Perdonar una infidelidad no es firmar un cheque en blanco. Es renegociar el acuerdo. Y hay cosas que no deberías negociar nunca.
En la primera parte hablé del precio del engaño y de la diferencia entre un desliz y una infidelidad mantenida en el tiempo.
María sabía lo que pensaban sus amigas por haber perdonado "otra vez" a Carlos. No se lo decían, pero le tenían cierta lástima. A sus ojos, había dejado de ser una mujer fuerte y decidida para convertirse en la tonta que siguió con el hombre que la engañó tanto tiempo.
¿Te suena?
Nota: en este artículo doy por hecho que él engaña y ella es la engañada. Pero puede ser perfectamente al revés. Y aplica igual a parejas heterosexuales u homosexuales.
De un extremo al otro
De "aguanta" a "contacto cero"
Hoy, si quieres dejar a tu pareja, consejos no te van a faltar. Te los dan tus amigas, te los dan los profesionales y te los da internet. Y algunos se han convertido en eslóganes que sobrevuelan nuestro imaginario colectivo:
"Contacto cero."
"Amiga, date cuenta."
"Ahí no es."
Algunos tienen todo el sentido. Si sufres violencia, el contacto cero no es un eslogan: es protección. Y ahí no hay nada que negociar.
Si sufres violencia de género, en España puedes llamar al 016: es gratuito, atiende 24 horas y no deja rastro en la factura.
Pero fíjate en lo curioso. Hace unas décadas, la consigna era justo la contraria:
"Los trapos sucios se lavan en casa."
"Más vale malo conocido que bueno por conocer."
"Aguanta, por los niños."
"Los hombres son así."
"Quien bien te quiere te hará llorar."
Y, por supuesto, "hasta que la muerte os separe".
Hemos pasado del "los hombres son así" al "amiga, date cuenta".
De aguantarlo todo a no aguantar nada. De un extremo al otro. Y entre los dos hay algo de lo que casi nadie habla: negociar.
Negociar tiene una trampa que conoces muy bien, aunque no tengas pareja: "Es la última vez que te lo digo." Se lo dices a tu hijo, con el móvil en la mesa. A la amiga que siempre llega una hora tarde. Al jefe que te prometió el ascenso el año pasado… y el anterior. Llega la siguiente vez, no pasa nada, y lo vuelves a decir. Y cada vez, sin darte cuenta, mueves tu límite un poco más abajo.
Así que hoy toca lo difícil: ¿qué pasa cuando la persona engañada decide perdonar… cuando todo el mundo le dice que se vaya?
El juicio ajeno
"A mí me engaña una vez"
Todos creemos tener claros nuestros límites imperdonables:
"A mí me engaña una vez."
"Yo nunca daré segundas oportunidades."
"Quien te engaña una vez, te engañará siempre."
Venimos de varias generaciones de mujeres que aprendieron, a veces a la fuerza, a aguantar. Hoy eso nos parece tan fuera de lugar como aguantar un bofetón o necesitar permiso del marido para abrir una cuenta en el banco.
Pero para muchas de aquellas mujeres lo peor no era ser engañadas, sino que se supiera. Y eso nos ha dejado una herencia curiosa: el estigma social no recae en quien engaña, sino en la persona engañada.
Es otro ejemplo de culpar a la víctima. Al dolor de la traición se suma la vergüenza. Sigue siendo más vergonzoso que te pongan los cuernos que ponerlos. Y eso dice mucho de las creencias colectivas que deberíamos revisar.
Aun así, el juicio del entorno no es lo más difícil cuando decides seguir con la pareja que te engañó.
La primera condición
Sin aceptación no hay negociación
Hay tantos escenarios como parejas. Hay quien pide perdón, quien llora y suplica, quien no parece muy arrepentido y quien dedica todas sus energías a justificarse, o incluso a culpar a su pareja de haberle "empujado".
Todas las decisiones tienen consecuencias. Cuando un adulto decide engañar y no piensa en ellas, se comporta de forma inmadura, incluso cobarde. Así que lo primero es asumirlo.
Si tu pareja te ha sido infiel y no empieza por asumirlo, mal vamos.
Hay quien busca en su pareja un amor incondicional, más propio de una madre por su hijo. Pero entre adultos las reglas son otras. Una cosa es querer a alguien y otra tener que enseñarle qué es el respeto y la honestidad.
El bucle
Herir, pedir perdón, perdonar. Y otra vez.
Algunas parejas se dan "una última oportunidad" y la toman como tal. Otras se acostumbran a vivir en una dinámica de "herir, pedir perdón y perdonar", una y otra vez.
Es difícil no juzgar. Solo diré que una característica de las relaciones tóxicas, de las que conviene huir, es ese bucle infinito de últimas veces.
En términos de negociación, el bucle es fácil de explicar: cada "última vez" es una renegociación a la baja de tus propios límites. Lo que ayer era innegociable, hoy se acepta con condiciones, y mañana ni siquiera con condiciones.
Un límite que se negocia cada vez que se cruza deja de ser un límite.
Y si la decisión es no seguir, aquí escribí sobre cómo atravesar ese duelo: nadie se muere de desamor.
Los fantasmas
Curar un ego herido
Por qué decide cada persona perdonar solo lo sabe ella, y a veces ni siquiera lo tiene claro al principio. Lo irá descubriendo cuando reaparezcan los fantasmas de la sospecha. Si es tu caso, no es fácil. Estas son algunas de las preguntas contra las que tendrás que luchar:
¿Seguirá teniendo contacto con ella?
¿Echará de menos lo que tenían?
¿Era mejor con ella que conmigo? ¿Por qué?
¿Piensa en ella cuando está conmigo?
Una infidelidad es un golpe enorme para el ego. Hace tambalear la confianza en una misma, porque creemos que tiene que ver con "la otra persona". Y nos obsesionamos con ella: quién es, cómo es, en qué se diferencia de mí, qué hacían juntos. Con las redes sociales, es fácil pasarse horas buscando respuestas a todas esas preguntas.
Es normal, pero intenta pasar esa etapa cuanto antes. La respuesta no está fuera. Da igual con quién, da igual cómo, da igual que fuera Miss Universo y doctora en Ciencias o una perfecta desconocida.
Quien engaña, engaña por sí mismo. Se trata de sus porqués, no de con quién.
Eso es lo primero de lo que la pareja tiene que hablar, con honestidad: por qué el amor y el respeto entre ambos no fueron suficientes para evitarlo, y qué decisiones van a tomar.
El nuevo acuerdo
Lo que tiene que asumir cada uno
Recuerda: los papeles pueden ser perfectamente al revés.
Quien engañó tendrá que aceptar que:
Ha hecho daño, y a pesar del perdón la herida seguirá abierta bastante tiempo.
Las reacciones de la otra persona pueden no ser muy racionales durante un tiempo.
La confianza rota tardará en restablecerse.
La autoestima de su pareja está seriamente dañada.
La intimidad y el sexo pueden ser especialmente complicados.
Algunos lugares y fechas reavivarán los recuerdos dolorosos.
Su pareja está buscando su lugar en un escenario nuevo.
Quien fue engañada tendrá que lidiar con:
Las ganas de averiguar los detalles escabrosos.
El deseo de reprochar constantemente lo sucedido.
El afán de preguntarlo absolutamente todo sobre la otra relación.
Sus propios sentimientos de dolor, vergüenza, frustración y rabia.
Su orgullo herido y su autoestima dañada.
E incluso, pensamientos ocasionales de venganza.
Identificar todo eso no es fácil. Superarlo, todavía menos. Pero algunas parejas lo consiguen. No hay fórmulas mágicas, salvo el amor: no el sucedáneo romántico que nos venden, sino el amor maduro, el que implica sinceridad, honestidad, intimidad, valentía y, sobre todo, respeto.
La terapeuta Esther Perel lo resume en su charla TED sobre la infidelidad, que te animo a ver: la traición es profunda, pero puede curarse. Algunas aventuras son el final de relaciones que ya estaban muriendo; otras abren posibilidades nuevas.
Solo el tiempo dirá cuál es cuál en cada caso.
Para terminar
Negociar y no negociar
Perdonar puede ser una decisión valiente. Pero solo si es una decisión y no una rendición. Para eso necesitas tener claros dos listas:
Lo que estás dispuesta a negociar: el tiempo, las formas, cómo se reconstruye la confianza.
Lo que no vas a negociar nunca: tu dignidad, tu respeto, tus límites.
Esto no vale solo para la pareja. Vale para tu trabajo, tu familia y tus amistades. Y se aprende.
La fidelidad es un acuerdo. Una infidelidad, el incumplimiento de ese acuerdo. La pregunta es si se puede renegociar, y a qué precio.
Hace unas décadas, la pareja en nuestra sociedad era monógama e implicaba casi siempre el matrimonio como muestra social y personal de un compromiso de convivencia y fidelidad.
Hoy el concepto es mucho más amplio. No pasa necesariamente por formalizar la unión, y el cambio no está solo en la forma, sino en el fondo, en lo que esperamos de esa relación de dos:
Antes vivíamos con el "para toda la vida", y la fidelidad era el eje del éxito de la pareja.
Hoy, ni todo el mundo se casa ni quien se casa da por hecho que será para siempre.
Y aun así, la fidelidad sigue siendo una expectativa mayoritaria. Salvo casos anecdóticos, nadie acepta el engaño como parte del acuerdo.
La terapeuta de pareja Esther Perel lo resume así:
«La monogamia antes significaba una persona para toda la vida. Hoy significa una persona a la vez.»
Y lo remata con humor: hoy muchos dicen "soy monógamo en todas mis relaciones".
Hay quien defiende que una infidelidad no es exactamente un engaño si no hay implicación emocional. Que "una canita al aire" no significa mucho, porque la relación que de verdad importa es la de la pareja.
¿Es eso así?
¿Afecta a una pareja una infidelidad, aunque sea algo puntual?
¿Puede la pareja sobrevivir a algo así?
¿Qué desafíos tiene por delante quien engaña? ¿Y quien ha sido engañado?
El punto de partida
Un acuerdo, no un sobreentendido
Toda pareja funciona con un acuerdo, aunque nunca se haya puesto en palabras. Y ahí está el primer problema: la mayoría de las parejas no negocian su acuerdo de fidelidad. Lo dan por supuesto.
"Hay parejas que pactan libremente tener relaciones con terceros", me diréis. Como en el poliamor: la práctica o el deseo de mantener relaciones afectivas, emocionales y sexuales con más de una persona a la vez, de forma simultánea, duradera y con el consentimiento expreso y pleno de todos los implicados.
Tengo mi propia opinión al respecto, pero lo que he observado es esto: casi siempre hay uno que está convencido y otro que acepta "pulpo como animal de compañía" por no perder la relación.
Eso no es un acuerdo. Es una concesión hecha desde el miedo. Y lo que se negocia desde el miedo casi nunca se sostiene.
Este artículo habla de las parejas en las que, dicho o no, ambos se comprometieron a ser fieles.
El precio
El precio del engaño
Cualquier engaño es nocivo para una relación. Cuando alguien nos miente y lo descubrimos, es difícil que la confianza vuelva al nivel de antes. Es el famoso "perdono, pero no olvido".
Puede que no rompamos: evaluamos pros y contras y quizá no nos compensa perder a ese socio, ese amigo o esa empleada. Pero la sombra de la sospecha se queda sobrevolando.
En la pareja, el engaño se vive además como traición y deslealtad. No es solo aceptar que tu pareja ha tenido sexo con otra persona. Es sentir que alguien ha metido a un intruso en tu espacio más íntimo.
Muchos hemos dicho, antes de vivirlo, que jamás lo toleraríamos. Que sería el final inmediato.
¿Es así? ¿Estarías dispuesta o dispuesto a perdonar una infidelidad?
¿Podrías vivir con la huella emocional del engaño?
¿Y con el estigma social de que todo el mundo sepa que te han puesto los cuernos?
No todas son iguales
¿Un desliz o una doble vida?
No es lo mismo un engaño puntual que uno mantenido en el tiempo. No porque uno sea más grave que otro, eso lo juzga cada cual según su historia, sino porque nuestra predisposición a perdonar cambia:
Si fue algo aislado, solemos buscar alguna circunstancia que pueda considerarse (no que deba) atenuante. Lo vivimos como un desliz. Y es habitual que, en plena herida, nos preguntemos si tuvimos parte de culpa. No porque la tengamos, sino porque la culpa es una reacción frecuente en cualquier duelo: una forma de buscar sentido, y algo de control, ante lo que no hemos elegido.
Si fue prolongado, al hecho se suman la decisión de mantener el engaño, las mentiras para encubrirlo y una falta de respeto continuada. Ahí no encontramos atenuantes: solo agravantes. Repetir significa que la otra persona no es algo casual, sino alguien con quien hay una implicación mayor, aunque solo sea sexual.
Algunas parejas que deciden seguir tras un desliz consiguen algo paradójico: usar lo ocurrido para hablar con más sinceridad de la relación, del compromiso, de las expectativas y de los deseos de ambos. Se enfrentan con más verdad a su relación después de la mentira.
Es decir, hacen lo que no hicieron al principio: negociar de verdad su acuerdo.
La confianza no se recupera pronto. El tiempo dirá si la pareja es lo bastante madura para recomenzar.
Para terminar
Lo que se negocia y lo que no
Perdonar o no perdonar es una decisión personal. Pero en ambos casos estás ante una negociación: qué aceptas, qué no, en qué condiciones y a qué precio.
«El humor, siempre hacia dentro o hacia arriba, nunca hacia abajo». Hoy una querida amiga me ha dado la versión que faltaba: «Lo que agota es educar hacia arriba y no hacia abajo».
Pedagogas a tiempo completo
Hacer pedagogía es un trabajo
Hacer pedagogía es un trabajo. Cuando esa pedagogía va contra la corriente dominante, no es solo un trabajo: es un desafío.
Por la tarea en sí.
Por el marco hostil.
Porque quienes la reciben no solo no la agradecen: más veces de las que piensas, se vuelven contra ti.
Por eso la mayoría de las veces las mujeres callamos. Porque nos sale más barato, porque no compensa arriesgar nuestra paz mental o nuestra salud, porque sencillamente nos agota explicar lo mismo una y otra vez.
Pero a algunas nos cuesta callar. Por temperamento, por objetivo vital, por necesidad. Algunas seguimos repartiendo pedagogía allá por donde vamos, porque la alternativa es esperar a que el cambio llegue solo. Y sabemos que eso no va a pasar.
Los sistemas están estructurados para mantener los privilegios de unos sobre otros. El patriarcado es algo más que una palabra de moda: es una estructura de poder que coloca a las mujeres debajo de los hombres.
Da igual cuántas mujeres conozcas que viven «bien». Ser mujer nos coloca en posiciones de discriminación, lo veamos o no.
Paternalismo
«Solo sabes dar soluciones»
Hace unos días compartí una viñeta de @Perezfecto en la que una mujer le dice a un hombre, presumiblemente su pareja:
«Contigo no se puede dialogar, solo sabes dar soluciones».
Comenté lo real de esas palabras: hay personas que, cuando conversan, solo saben arreglar los problemas del otro. No es una regla fija, pero es un perfil que se da sobre todo en hombres hacia mujeres.
Todas las mujeres que comentaron en mis redes dijeron haberse sentido así a menudo.
Solo un hombre reconoció lo cierto de esas palabras.
Otro entró a «disculpar» esa forma de actuar: según él, era «ayudar», «compañerismo».
Cuando le dije que lo que él llamaba compañerismo es paternalismo, no estuvo de acuerdo.
Porque el paternalismo, como el machismo, no se detecta desde dentro.
Hay que preguntarle a la otra si se siente infantilizada cuando, buscando escucha, desahogo y comprensión, recibe consejos y juicios.
El paternalismo se llama así por algo. Se construye sobre la idea de que hay alguien con autoridad que es responsable del otro. En la antigua Roma era el pater familias. Hoy es cualquiera cuando se relaciona con una mujer (y si es madre, más).
Armas de mujer
No queremos salvadores
Las mujeres estamos cansadas de explicar a los hombres de nuestro entorno que no los queremos ni como salvadores (sí, como en todos los cuentos de hadas en los que nos rescatan del peligro) ni como solucionadores.
Llevamos toda la historia humana resolviendo nuestros problemas como buenamente podemos, con la mierda de pocas herramientas que este sistema nos deja. Hemos sobrevivido a:
Desprecios, insultos y violaciones.
Quemas de brujas.
Eliminación de derechos.
Robos y apropiaciones culturales e intelectuales.
Corrientes de pensamiento misógino.
La historia de la humanidad es la historia de la misoginia. Y hemos sobrevivido, casi siempre con el apoyo de nuestras iguales.
Por eso las mujeres siempre hemos hecho círculos: alrededor del fuego, mientras se molía el grano o se lavaba la ropa en el río. En los pocos espacios donde se nos permitía ser libres (de expresión, al menos), entre otras mujeres, hablábamos, nos desahogábamos, nos reconocíamos, nos apoyábamos y nos sosteníamos.
La palabra empatía viene del griego empátheia, de pathos: lo que se siente, lo que se padece. La RAE la define como la capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos. Y sin duda quien mejor empatiza con tus emociones es quien las ha vivido.
Por eso muchas mujeres hablamos un lenguaje común, verbal y no verbal. Por eso a una mujer, por muy desconocida que sea, le resulta fácil «leer» las emociones de otra y saber o sospechar qué necesita: seguramente ha vivido algo parecido.
Cuando alguien intenta darnos la solución, lo que sentimos no es agradecimiento. Las primeras veces lo aceptamos, porque es la reacción habitual del grupo de arriba y sabemos que, a sus ojos, nuestro sitio es el grupo de abajo. Poco a poco, si hay confianza o hartazgo, decimos que así no, que eso no es lo que necesitamos.
Entonces le toca al otro escuchar y no solo oír: responder a lo que pedimos y no a lo que él quiere dar.
Es comprensible que salte el piloto automático. A los varones se les educa para hacer, conseguir y reparar cosas, y eso les sigue empujando a vernos como un terreno en el que actuar, un reto que afrontar o algo que arreglar.
Pero no lo somos.
Confianza
Confío en ti hasta para dejar que te equivoques
Cuando trabajaba con familias de niños pequeños, hablábamos a menudo de la autonomía del bebé y de su desarrollo psicoafectivo y motor. Cuando un bebé empieza a gatear y a moverse solo, es normal sentir miedo por su seguridad. ¿En qué casa no entran los parques cuna, los suelos de goma eva y las barreras para las escaleras?
El desafío es entender que los bebés tienen una enorme capacidad de adaptarse al entorno en el que crecen. Cuando no se les coarta, exploran, aprenden sus límites físicos y entrenan sus capacidades.
Por supuesto, intentaremos que el entorno sea seguro.
Pero impedirle moverse, explorar y descubrir por miedo a una caída le hace menos apto, no más.
Si para evitarle caídas le llevamos de la mano o en volandas, evitamos la caída, sí, pero también el aprendizaje.
El amor también se demuestra con la confianza: confianza en que sus caídas y sus errores son parte del aprendizaje.
Las mujeres no somos bebés en desarrollo. Como colectivo somos más fuertes de lo que nosotras mismas imaginamos. Hemos sobrevivido durante siglos al odio visceral del poder. Seguimos sobreviviendo, e incluso destacando, en un sistema hecho a la medida del hombre (y me refiero al varón, no al hombre como especie).
Nuestra cultura, nuestra medicina, nuestro sistema económico, la explotación de los recursos, la crianza: todos los sistemas son androcéntricos. Y aquí seguimos, a pesar del desgaste que eso nos provoca.
Para terminar
Sois mayorcitos: aprended solos
Así que en casa, al menos, queremos paz, respeto y libertad. Queremos seguir educando a las futuras generaciones, pero hacia abajo. No nos pidáis que sigamos educando hacia arriba.
Y si queréis, hasta que desarrolléis toda la empatía que necesitamos, podéis aprenderos estas dos preguntas:
¿Qué puedo hacer por ti para que estés mejor? ¿Qué buscas?
Tengo una costumbre algo macabra: antes de subir a un avión me despido con «por si se cae el avión, que sepas que…». Y no pienso dejarla.
Vivo en una isla, lo que supone viajar bastante en avión. Y tengo una costumbre, algo macabra para algunas personas: despedirme con la frase «por si se cae el avión, que sepas que…».
A la mayoría de la gente le parece de mal gusto mencionar la muerte o la posibilidad de un accidente mortal. Si me paro a pensarlo, es normal: no queremos pensar que nos pueda pasar, precisamente porque sabemos que nos puede pasar.
Morirse es facilísimo. Como dice el refrán: «para morirse solo hay que estar vivo».
Por eso todos los vivos intentamos no pensarlo demasiado, para no amargarnos la existencia. Lo cierto es que yo pienso bastante en la muerte, porque me ha visitado de cerca y se ha convertido en una especie de enemiga íntima.
Lecciones
Lo que me enseñó la muerte
La muerte me ha dado lecciones de vida, de esas que te hacen replantearte muchas cosas:
Se me murió mi segundo bebé y perdí de golpe la inocencia. Aprendí a ver la cara B de la parte más bonita de la vida. Lo conté en Sí duele, mucho. Pero no vas a morir.
Se murió mi madre de repente y me di cuenta de que los «mañana hablamos» a veces no son posibles. Que se nos quedan conversaciones pendientes porque vivimos creyendo que somos, si no inmortales, sí longevos. Y no siempre es así.
La muerte no siempre avisa. Vivir es estar permanentemente en riesgo de morir, y no somos conscientes.
Y está bien que sea así. Pero no tanto.
El filtro
Saber que puedes morir es un aliciente para vivir
Aunque parezca contradictorio, ser consciente de que te puedes morir es un gran aliciente para vivir. Es:
Un filtro perfecto para saber qué es esencial y qué es superfluo, qué es prioritario y qué no.
Un examen implacable para saber qué gestionas desde el amor y qué desde el miedo.
Un espejo que te enfrenta a tu ego como nada más.
Con esa dosis brutal de verdad que solo dan los duelos, porque en ellos estás sola con tu dolor. Y en el dolor no hay máscaras que sirvan.
Modo avión
Mis últimas palabras: «te quiero»
Cuando me siento en el avión, los últimos mensajes que mando antes de poner el modo avión me dicen quiénes son las personas de mi vida.
Es un poco macabro, sí. Pero por unos segundos me imagino que muero estrellada y que mis últimas palabras fueron «te quiero».
Por si se cae el avión, que sepas que te quiero.9:55 ✓✓
Mi último mensaje antes del modo avión
Cuando publiqué esto en Facebook, tuvo más de 200 reacciones y se compartió 150 veces. Quizá no soy la única que piensa en esto antes de despegar.
Para terminar
No esperes al modo avión
Lástima que a veces tengamos que pensar en la muerte para decirlas.
Ojalá la vida nos motivara igual a vencer la vergüenza, el orgullo y el miedo, y a quedarnos con lo que de verdad importa.
Hollywood sabe que llevamos un romántico dentro deseando celebrar finales felices. Y lo usa para vendernos como amor lo que, visto de cerca, es un secuestro.
Hollywood sabe que la mayoría llevamos un romántico dentro deseando salir a celebrar los finales felices. Bueno, lo sabe Hollywood y cualquiera que quiera vendernos algo. Por eso estamos inundados de mensajes que idealizan la pareja como el súmmum de nuestras aspiraciones.
Y por eso crecemos con el detector de violencia, machismo y toxicidad totalmente desajustado. Normal, cuando desde niñas nuestros modelos son princesas ñoñas cuya única meta en la vida es ser lo bastante bellas para que algún príncipe las encuentre atractivas, hasta el punto de besarlas incluso muertas o inconscientes.
«Veo a una mujer inconsciente y puedo besarla sin molestarme en saber si ella querría o no». Caldo de cultivo de la cultura de la violación.
El marco
Acoso disfrazado de amor
En ese marco cultural que disfraza de amor el acoso, acabamos viendo películas como Crepúsculo y similares, o tarareando canciones en las que las mujeres no son más que herramientas para el placer de un machito bronceado, con barbita cuidadosamente descuidada, que se mueve como si nos concediera el inmenso placer de compartir planeta con él (véase Maluma o similares, porque parece que los fabrican en serie).
Y aquí una, que lleva unos añitos trabajando esto de ver más allá del «chico guapo y valiente conquista a chica guapa para hacerla feliz» (o «para hacerla mujer», que diría mi ídolo de infancia, Miguel Gallardo), va por la vida con el radar antirrelaciones tóxicas tan afinado que rara vez disfruta de una canción, una novela o una película taquillera.
Tras este preámbulo necesario, os cuento que vi Passengers hace unos días y, según avanzaba la película, me iba subiendo la mala leche.
Aviso de spoiler: si no la has visto, no sigas leyendo, porque la voy a destripar a gusto.
El argumento
Despierto, solo y con 90 años por delante
Miles de personas (unas 5.000) hacen un viaje interestelar de 120 años hacia otro planeta. Viajan en hibernación, para despertar al llegar y disfrutar de una vida al más puro estilo Tierra Prometida.
Durante el viaje, la nave choca con un meteorito y una de las cápsulas falla: uno de los pasajeros, Jim, despierta 90 años antes de tiempo. El dilema de la historia:
Seguir el viaje despierto, SOLO, sabiendo que morirá de viejo antes de llegar.
O despertar a alguien más para que comparta su «destino».
Por supuesto, el pobre chaval es guapo, porque a los guapos se lo perdonamos todo más fácilmente: ya sabéis, el efecto halo. Que se lo digan al señor Grey: quítale el dinero y la guapura, y estaría detenido por acoso en el segundo capítulo.
Nuestro apuesto protagonista intenta por todos los medios ser buen chico y no cargar a nadie con su mierda de suerte. Todo eso puntúa, claro. No vayamos a pensar que es un egoísta sin más: él lo intenta.
Intenta arreglar su cápsula y, al comprobar que no puede, intenta aprender a vivir solo en la nave, sin más compañía que un barman androide (que, como diría Ángel Sanchidrián, es lo que le da calidad a la película).
La chica
No se obsesiona: «se enamora»
Y, por supuesto, aparece la chica, Aurora.
Porque la no soledad no va de estar acompañado de un colega, sino de tener la novia que tú escojas, aunque ella no quiera.
La ve, le gusta y se pone a averiguar más sobre ella. Tras ver sus vídeos de presentación para el proyecto de repoblación cósmica, se obsesiona con ella.
¡Ay, no, perdón: se enamora! Que es la forma de explicar que alguien ve tu cara y tu cuerpo, te oye hablar a una cámara y cree que eres la persona de su vida, hasta el punto de pasar por encima de tus deseos y tus derechos para que te conviertas en la herramienta que cumpla los suyos.
Deseos y derechos
Mis deseos por encima de tus derechos
Mientras veía cómo avanzaba la película, no podía dejar de pensar en la gestación subrogada. Por ese mensaje de: «quiero ser madre o padre y, como no puedo por X, tengo derecho a conseguirlo por todos los medios a mi alcance»:
Aunque sea saltándome las leyes.
Aunque sea utilizando a los demás.
Aunque sea pisoteando sus derechos.
Porque todo el mundo sabe que los deseos de algunos están por encima de los derechos de otros, ¿no?
La mentira
Condenada a cadena perpetua
Como Hollywood hace muy bien su trabajo de moldear la conciencia colectiva, el guapito despierta a la chica y, por supuesto, no es sincero.
Porque empezar una relación con la única persona a la que vas a ver el resto de tu vida diciéndole que la has condenado a cadena perpetua en una nave espacial, que la has privado de su futuro porque tus deseos están por encima de sus derechos, no es buena táctica de seducción.
Así que le cuentas una milonga, sabiendo que muy mal se te tiene que dar para no acabar liándote con ella (no hay competencia, chaval, y eres guapo y estás cachas).
La moralina vomitiva llega tras el lógico desenlace: la chica se entera de la verdad (bendito androide sin conciencia) y se cabrea muchísimo, con todo el derecho del mundo. Le dice que se vaya a la mierda… Ah, no, que en la mierda ya están: él por accidente y ella por voluntad de él. Bueno, pues le dice que viva su mierda sin ella.
El final
El amor triunfa
Pero ninguna película que se precie acabaría castigando al guapo y dejando a la guapa cabreada y sola. Porque, en el fondo, todos sabemos que es mejor estar acompañadas de un guapo egoísta e infantil que solas con nuestra razón y nuestra dignidad. Así que, al final, el amor triunfa.
Viven su vida solos en su nave, se montan un huertecito cual Adán y Eva y mueren en la nave dejando un mensaje de amor eterno:
«El fin justifica los medios».
Para terminar
Síndrome de Estocolmo con final feliz
Y en esta exaltación del síndrome de Estocolmo hecha película, soltamos la lagrimita pensando que hemos visto otra película con final feliz.
«Ya sé que no fui maternada como espera serlo todo bebé mamífero… ¿qué hago con esa información? ¿Culpo a mi madre? ¿Culpo a mi abuela por no haber maternado e iniciar un linaje de heridas primales? ¿Culpo a la sociedad que no proveyó el medio adecuado para que maternar fuera la norma y no la excepción? ¿Culpo a una vida anterior? ¿Culpo a mi propio inconsciente por buscar esta experiencia para aprender algo? «
En mis años escuchando a mujeres relatar sus vivencias relacionadas con la maternidad ( como madre y/o como hija) es habitual llegar en algún momento al origen. Es necesario para entender nuestras propias creencias y acciones comprender de dónde vienen. En ese sentido es hasta recomendable hacer este ejercicio de mirar atrás con cierta objetividad.
Muchas terapias y disciplinas de autoconocimiento y desarrollo animan a esta búsqueda, de distinta forma pero con un mismo objetivo: tener más conciencia de los hechos para poder analizarlos más desde fuera y no tanto desde dentro.
Cuando eres protagonista de tu propia historia no tienes la objetividad necesaria para ver el cuadro completo. Es por eso que la mayoría hacemos esta búsqueda acompañadas de alguien que nos guía de algún modo para llegar más allá de lo evidente ( por habitual) a nuestros propios ojos. Psicólogos, terapeutas, coaches, asesoras… cada uno desde su campo de acción nos planteará preguntas para buscar más realidad y menos discurso .
LA cuestión que se plantea después de iniciado este viaje hacia el centro de una misma es: «¿y ahora qué?». Muchas de las consultas que recibo, tanto de madres, como de alumnas, están relacionadas ya no con el «qué saben» sino con el » qué hacemos con lo que sabemos».
Creo que es importante saber por qué somos como somos. Saber cuánto de lo que creemos que nos define es realmente nuestro y cuánto es adjudicado y aceptado, sobre todo si buscamos cambiar cosas. Si no me gusta cómo me enfrento ( o no) a un asunto, para mí es importante no sólo querer cambiar la forma de actuar, sino saber de dónde viene, el mecanismo que lo activa a veces incluso por encima de mi propia voluntad. Porque cuando trabajas solo en la forma, el trabajo es mayor. Tendemos a repetir los patrones que conocemos y si el trabajo es sólo moldear la forma de responder sin cambiar lo que nos hace responder así, la efectividad no es la misma.
Pero ese no es el motivo principal por el que creo que este viaje es necesario. Para mí lo más importante es cambiar el patrón innato de la culpa por el, a veces totalmente ajeno a nosotras, de la responsabilidad.
He escuchado a cientos de mujeres sentirse culpables por prácticamente todo lo relacionado con su vida, en concreto, con su maternidad.
Si no se quedan embarazadas aunque quieran, es por su culpa
Si se quedan embarazadas sin quererlo, es por su culpa
Si no pudieron parir, es por su culpa
Si les hicieron cesárea, es por su culpa
Si no amamantaron, es por su culpa
Si amamantaron y no lo disfrutaron, es por su culpa
Si no tienen un proceso de destete feliz, es por su culpa
Si no consiguen criar sin gritos, es por su culpa
Si sus hijos son «malcriados», es por su culpa
Si no comen, no duermen, no van a la guardería sin llorar, no sacan un 10 en matemáticas, no gestionan bien la frustración o no tienen pasión por algo definido….. también es por su culpa.
Las mujeres, en particular las madres, somos expertas en sentir culpa y en hacérsela sentir a otras ( en un intento de aliviar la propia). Ahí es donde cobra sentido la propuesta de cambiar el filtro de la culpa por el de la responsabilidad. Este simple y ,a la vez difícil, ejercicio hace que muchas mujeres se den cuenta de que casi todo eso por lo que sienten culpa no es su responsabilidad. Es muy difícil exigirnos responder de un modo que no hemos vivenciado y que solo conocemos a nivel intelectual. Nuestro cerebro está preparado para ahorrar recursos y cuando hay un modo de respuesta habitual que ya tiene toda una autopista neurológica creada, no suele animarse de motu propio a explorar nuevas alternativas. Esto explica por qué aun sabiendo, por ejemplo, lo nefasto de gritarle a nuestros hijos, gritamos mucho más de lo que desearíamos. En situaciones de estrés, cansancio y frustración, la respuesta más habitual es la automática… o sea, la integrada de forma vivencial.
Con esto no quiero decir que la herida primal, la falta de maternaje, haber nacido en un parto violentado o de un embarazo no deseado sea un comodín para librarse de toda la responsabilidad. Eso sería pasar de la culpa a la irresponsabilidad y la realidad es que como adultos, somos responsables de nuestras acciones, por muy difíciles que hayan sido nuestras circunstancias previas.
Es como decir que absolvemos a alguien que ha cometido un asesinato solo porque tenía atenuantes.
La meta no es librarnos de la culpa para echársela a los demás, la meta es aprender a modificar los patrones que no nos gustan, liberarnos de la presión a la que nos sometemos por no ser perfectas y cambiar culpa por responsabilidad.
Para muchas mujeres comprender hasta qué punto les influyó su propia vivencia en su capacidad para parir, amamantar o sencillamente poner límites a una relación tóxica , se convierte en una especie de oportunidad de ser benévolas consigo mismas, de no incrementar su culpa y de ayudarles a trabajar con responsabilidad en el camino, ahora sí, elegido por ellas.
Así que no se trata necesariamente de enfrentarnos a nuestra madre y echarle en cara todo lo que no hizo bien. Es una decisión personal tener ese tipo de conversación evaluando muchos factores particulares, como el qué quieres conseguir y cuáles pueden ser los posibles resultados.
No tiene por qué ser el motivo de abanderar todas las guerras que se nos ocurran relacionadas con estos temas, cuando la única guerra que realmente es importante es la que tenemos con nosotras mismas. A veces las batallas que externalizamos son para desviar nuestra atención sobre las propias.
Tampoco se trata, como ya he dicho, de tener la excusa perfecta para no aportar al mundo algo mejor que lo que recibimos. Porque creo que la clave de las preguntas que planteé al inicio del post es esta:
«Se trata de un ejercicio de madurez. De integrar lo vivido siendo capaces de hacer nuestros duelos, de forma sana, para romper el círculo vicioso de dar lo mismo que recibimos. Es nuestra responsabilidad romper el círculo vicioso de violencia y desamparo, criar con más amor y responsabilidad. Criar hijos que se sientan más maternados, amados y respetados. Transformar esta sociedad en un hábitat menos hostil para las personas, para los hijos y para las madres.»
Yo me pasé años juzgando severamente mi propia crianza sin entender lo que significaba en mi vida. Llegó mi edad adulta, sufrí una depresión y en ese momento de tocar fondo, cuando solo veía dentro de mí todo lo negro y oscuro, decidí vaciar mi carga de forma violenta, sin pensar en nadie más que en mi necesidad de salir de esa oscuridad. Alivié mi carga de la única forma que conocía… arrojándosela a la persona que consideraba la culpable. Cuando empecé a darme cuenta de las implicaciones de la forma de nacer y ser criado me di cuenta que necesitaba más información para dibujar mi propia historia, que no era solo mi historia, porque estaba entretejida con las de todas las personas de mi familia. Pero era tarde.
Si pudiera me gustaría no como hice una vez, lanzar palabras, acusaciones, reproches… sino hacer preguntas. Me gustaría tanto saber … no tanto de hechos, esos los viví. Te preguntaría sobre sentimientos, sobre emociones, sobre miedos, sobre soledad… y te abrazaría porque todo lo bueno que soy hoy salió de todo lo que viví. De algún modo que yo no supe ver hasta hace bien poco construiste en mi (o no derribaste al menos) una persona resiliente, con la autoestima necesaria para encararse con cualquier autoridad que considerara injusta cuando todos a su alrededor, con vidas mucho más «perfectas» , callaban. Me inculcaste el amor por las palabras para ser capaz ahora, de nombrar y escribir lo que en su día no te dije lo suficiente. Hay tanto de ti ahora en mí que a veces me asusta. Ojalá creyera que me puedes ver y esto te llega, seria mucho más fácil gestionar esta tristeza y esta desolación de sentirse huérfana.
¿Por qué los hombres insultan, humillan, difaman, ningunean, ridiculizan, golpean, acosan, violan y matan a las mujeres?
Se hacen estudios, análisis, ensayos y discursos para responder a esa pregunta. Se dan elaboradas explicaciones, cuando la respuesta es bien sencilla. La respuesta es tan simple como estas dos palabras :
PORQUE PUEDEN
Dice un refrán popular “ querer es poder” y con la violencia de género vemos el máximo exponente. de esa máxima. La clave está en que QUIEREN insultar, humillar, difamar, ningunear, ridiculizar, golpear, acosar, violar y matar y PUEDEN hacerlo con una impunidad más inmoral aún que el hecho en sí.
Ese saberse en una posición de ventaja, jugando a su juego, con sus reglas y sus árbitros, incluso con sus propios seguidores al más puro estilo hooligans, es un caldo de cultivo perfecto para que proliferen cual bacterias putrefactivas, este tipo de hombres. Seres asquerosos, por mucha apariencia de normalidad y buen rollito con el que se disfracen, que no van más allá de su propia voluntad y deseo, que sólo viven para su propia satisfacción, para sus deseos, aunque sus deseos sean totalmente ilícitos e inmorales.
Deseos versus derechos
Vivimos en un mundo que no siempre distingue entre deseos y derechos, la prueba más evidente y actual es la comercialización de los úteros de mujeres para satisfacer el deseo de algunos de tener un bebé a la carta.
Los deseos no son malos en sí mismos. Todos somos libres de desear algo. Lo malo es no entender que no tengo derecho a algo o a hacer o conseguir algo de alguien sólo por desearlo.
Vivir creyendo que uno puede conseguir todo lo que sueña o desea es muy peligroso si no somos conscientes de que existe un límite natural, ético y moral que no podemos sobrepasar.
No deberíamos tener que explicar a estas alturas que cuando nuestros sueños y deseos afectan a otras personas, ya no basta con nuestra voluntad como vara de medir y licitar.
Y es que el respeto es algo que todos deseamos de nuestro lado, pero no siempre devolvemos hacia fuera. El respeto es la verdadera medida, el verdadero límite a mis deseos, la norma no escrita en cada detalle que facilita la convivencia.
Hay quien cree que el amor mueve el mundo, pero es el respeto quien hace que ese movimiento sea fluido y no violento. Sobre todo en un mundo con un punto de vista tan erróneo sobre el amor.
La violación: un crimen de guerra
El amor ha sido la excusa durante milenios para ejercer y sufrir violencia de género. Las mujeres sabemos mucho sobre violencia. Sobre todas las violencias, las directas y las indirectas.
No hemos sido históricamente los soldados en las batallas, no hemos llenado los campos de prisioneros de guerra, pero no ha hecho falta. Nunca hemos estado al margen de las guerras de los hombres, porque nuestros cuerpos, siempre, en toda época, en todo momento, han sido campos de batalla. Nuestra identidad siempre ha sido terreno a conquistar, nuestro poder femenino era un objetivo a someter, nuestros cuerpos terrenos que arrasar.
Los hombres siempre lo han sabido, por eso es práctica habitual en las guerras, luchar fuera del campo de batalla y utilizar las violaciones a las mujeres como arma.
La muerte luchando se considera digna, ser un preso de guerra también. Pero ser violada te convierte en una muestra andante de que el enemigo plantó su bandera en ti. Dejas de ser una persona y pasas a ser una vergüenza eterna, incluso para los tuyos.
Quien cree que todo lo relacionado con la violencia, el acoso, el bullying y las violaciones tiene que ver con el deseo sexual se equivoca. Es una cuestión de poder y sumisión.
Por eso no viola el que tiene ganas de follar, el feo, el marginado, el que no liga con facilidad.
Viola el que no acepta un “no”
el que no es capaz de empatizar
el que no ve a la mujer como una persona, sino como un objeto para satisfacer su propio deseo.
Viola el que cree que a las mujeres nos gusta convertirnos en cuerpos sin voluntad para que él/ ellos hagan lo que quieran con nosotras.
Violan los que tras llenar su mente con fantasías que el porno les ha presentado como creíbles creen que a alguna mujer libre y medianamente sana emocional y psicológicamente hablando, le gusta que uno o varios hombres la fuercen y penetren con violencia por todos lados.
Violan los que se excitan con la violencia y la humillación a solas y fantasean con llevar esas escenas a la práctica.
LA realidad es que hay muchos más violadores potenciales de los que creemos, muchos más de los que acaban cometiendo el hecho. La mayoría de las mujeres estamos rodeadas de violadores potenciales, que quizás no lleguen a consumar sus fantasías, pero sabes que las tienen cuando les oyes reir los chistes del compañero. Cuando muchos de sus comentarios sobre las mujeres reflejan que están totalmente inmersos en la cultura de la violación. Cuando como género en vez de recriminar al que se expresa en esos términos, le jalean, se suman, o se callan.
Querido hombre que estás incómodo al leer esto:
No siento que lo estés, porque ese mismo sentimiento es la prueba de lo que digo. En este tema, quien calla otorga.
El género culpable
Ayer estuve hablando con mi hijo sobre el holocausto y explicándole lo que es la culpa colectiva. El pueblo alemán en su conjunto fue culpable del holocausto. Sí, esas gentes normales que se tenían por buenas personas. Pero callaron.
Hoy, los hombres de este planeta, como género sois culpables.
Culpables porque tenéis que ser vosotros los que paréis esta bola de nieve que nos arrojais y en vez de eso, algunos solo os apartais para que no os toque.
Tenéis que ser vosotros quienes dejéis de una vez ese espíritu de mal llamada lealtad fraternal, más propio de películas de adolescentes universitarios que de adultos, y empecéis a parar los pies a vuestros «colegas».
Es hora de que no permitáis que los malnacidos que presumen de cómo tratan a “su novia”, o a una mujer cualquiera, conocida o desconocida, hablen como hablan, actúen como actúan.
Es hora de que reaccionéis más a la violencia que se nos ejerce día tras día, que a los penaltys que os pitan en contra.
Es hora de que seáis parte del cambio atacando a los violentos, no a las víctimas.
Es hora de dejar de excusaros con lo de “notallmen” (“no somos todos iguales”).
Porque lo cierto es que si no haces nada en contra, eres uno de ellos. Aquí, como en las guerras de soldados que entran en los pueblos a violar a las mujeres, no hay terreno neutral.
¡Locas feminazis exageradas!
Si crees que exagero o que soy una loca feminazi, una loca del coño o similar, mira estas imágenes…
Frases recopiladas en ForoCoches.
Imágenes de muestra de cómo se divierten nuestros jóvenes universitarios.
Futuros abogados e ingenieros en plena ODA A LA CULTURA DE LA VIOLACIÓN Y LA MISOGINIA
No es sentido del humor. Es VIOLENCIA
Más ejemplos de "humor" en camisetas
Tras leer esas frases dime que sigues estando orgulloso de tu género.
Dítelo en el espejo, díselo a tu pareja, díselo a tu madre, a tu hermana, díselo a tu hija.
Y si frente a las mujeres que te importan te avergüenzas de estas frases, pregúntate por qué.
¿Es porque respetas a las mujeres sólo cuando son algo tuyo?
Porque entonces es machismo también.
No nos respetas porque somos personas, sino porque la falta de respeto a algo «tuyo» la consideras una falta de respeto a ti, como hombre.
Las mujeres no merecemos respeto por ser “algo” de un hombre. Merecemos respeto por ser nosotras mismas. Merecemos respeto, punto.
Merecemos que ningún hombre pueda intimidarnos, y si no hacéis nada para que el mundo que compartimos sea un lugar seguro, entonces deberíais estar prepcrados para el día que todas decidamos aplicar lo de “ ni una agresión sin respuesta”.
Preferiría no criar a mi hija y mi hijo en ese mundo, pero ¿sabes?
Prefiero criarlos así, que lamentar una muerte más.
Prefiero tu vergüenza a nuestro dolor.
Prefiero pagar por una agresión como respuesta que llorar a una más, a una menos.
He escuchado tu nota de voz y aún llorando he decidido escribirte este post.
Imagino que un poco por exhibicionismo y un mucho porque mereces que todo el mundo sepa cómo eres y que te quiero.
Siempre he sido el tipo de persona «idealista», con altos valores sobre conceptos como la amistad. Quizás porque el otro gran concepto afectivo que nos sostiene, que es la familia, en mi caso no lo fue tanto.
Para mí tener amigos, amigas, ha sido muchas veces una tabla de salvación. De la tristeza, de la desesperanza, de la frustración, de la depresión…
Por eso una de las cosas que más me afectan es la traición de esas personas a las que les confías tu intimidad, tus secretos, tus flaquezas, tus miserias incluso y que un día ves cómo las usan contra ti.
La gente confunde a veces ser una persona muy sociable con tener cientos de amigos, o creen que el hecho de que hables abiertamente de tus emociones, sentimientos y vivencias te hace no ser una persona confiable para guardar los secretos de los demás… o los tuyos propios. Como si toda tu vida fuera siempre un escaparate, algo frívolo y poco profundo. Cuando lo cierto es que precisamente por eso, precisamente por ser tan visible, necesitamos tanto tener refugios, lugares protegidos de las siempre presentes opiniones y juicios de quienes creen conocerte.
La gente cree que la actitud que has decidido adoptar ante la vida es tu actitud cada minuto del día o que es innata y no te cuesta, a menudo, un esfuerzo enorme. Como si decidir ser valiente no fuera difícil, como si la seguridad que llevas años trabajándote no fuera en realidad un fuerte vulnerable recibiendo ataques constantes, como si no tuvieras que estar continuamente revisando y reforzando tus puntos débiles. Yo tengo claro cuáles son los míos. Y sé muy bien qué cosas me refuerzan y cuáles me debilitan.
Tú eres una de esas inyecciones para mi.
Mis amigas han sido siempre mi anclaje para no perderme, mi toma de tierra para no olvidarme de quién soy ni de dónde vengo, mi sofá con manta en un día triste y lluvioso, mi diario íntimo, el espejo en el que a veces te da vergüenza mirarte.
Hay muchas definiciones de amistad y seguro que todas son ciertas. Yo en estos últimos años he comprendido aún mejor qué es tener una amiga que eliges como una hermana. Aquella que te quiere independientemente de dónde estés, de qué hagas o con quien. Alguien que nunca va a atribuirte malos motivos, que ante la duda siempre pensará lo mejor de ti. Alguien a quien puedes confesarle tus propias incongruencias y sabrá cuándo decirte la palabra justa y, sobre todo, sabrá cuándo callar.
El amor de verdad es incondicional, dicen. Yo siempre estuve en contra de esa frase porque no entiendo el amor sin respeto, y para mí esa era una condición innegociable. Mis amigas de verdad saben que, a veces, hasta eso se negocia. No está ni bien ni mal. Es lo que somos, como somos, como decidimos vivir.
A veces escogemos ser felices a tener razón, escogemos perdonar lo imperdonable porque pueden más nuestras ganas de confiar en el otro que nuestro propio orgullo. A veces, lo cierto, es que hacemos sólo lo que podemos hacer.
Mis amigas de verdad no son perfectas, ni lo pretenden. No necesitan sermonearme cuando les cuento que he vuelto a tropezar en la misma piedra. Pero siempre me ayudan a levantarme.
Mis amigas de verdad sólo preguntan: ¿ahora toca odiar o querer? Y odian y quieren conmigo.
Mis amigas de verdad no tienen que justificarme sus palabras porque nunca me hablan desde la superioridad de sentirse mejores ni moral ni intelectual ni social ni económica ni profesionalmente.
Mis amigas de verdad saben quién soy.
Mis amigas de verdad saben que siempre, a pesar de todo y de todos, a pesar incluso de nosotras mismas, siempre estoy.
Ojalá yo sea el mismo tipo de amiga para ellas, para ti. Gracias por ser una de mis personas. Gracias por regalarme ser un poco parte de tu vida. Gracias por reservarme mi hueco aunque pase el tiempo, la distancia, otras amistades y más amores y desamores,
aunque pase la vida y la vida nos pase. Gracias.
Querida Nohemí
No sé por qué te escribo, no sé si te pareceré una loca, pero te sigo y sigo lo que escribes y ya sabes que a veces es más fácil contarle las cosas a un extraño.
No tengo blog como tú y de tenerlo no sé si me atrevería a publicar cosas personales e íntimas. No sé cómo tú puedes hacerlo. Es decir, yo te lo agradezco. Ver a personas que hablan en primera persona de lo que les pasa, bueno o malo, te hace sentir acompañada. Pero yo no sé si podría asumir exponer mi vida a cualquiera.
Esta carta te autorizo a que la publiques si crees que es interesante. Como sé que miras mucho la ortografía y la gramática, corrige lo que necesites :-).
Sé que has vivido de cerca el maltrato en diferentes formas. Me he releído 100 veces tus post sobre las relaciones tóxicas. Yo hoy no quiero hablarte de mi tipo de hombre tóxico, al que podríamos llamar de varias maneras, que al final son la misma: «el cobarde», «el inmaduro», «el egoísta»… Hoy voy a contarte que la tóxica soy yo.
Soy tóxica para mí misma porque permito que me falten al respeto manteniendo una relación que me daña. Porque veo todo lo que no funciona y aún creo que ocurrirá un milagro que le hará cambiar y asumir responsabilidades. Porque justifico sus mentiras, sus engaños y sus traiciones. Porque me engaño a mí misma creyendo sus promesas a pesar de que las ha incumplido vez tras vez. Porque no acabo de aceptar que si me hace daño no me quiere. Porque perdoné una infidelidad y sólo le pedí que cortara de raíz con esa relación y no lo hizo. Porque me he pasado meses culpándola a ella, cuando la realidad es que la culpa es de él. ¿Por qué las mujeres aun siendo engañadas seguimos haciendo responsables a otras mujeres y no a los hombres que engañan? ¿por qué seguimos queriendo mantener su «integridad» inmaculada cuando no lo es?
Imagino que porque necesitamos respetarles para justificar que les amamos, y un mentiroso no merece respeto. Es más fácil autoengañarnos pensando que la culpa siempre es de ella, que le escribe, que le llama o mensajea, que le llora o le provoca… da igual… Da igual que la otra sea una zorra o una bella persona también engañada, somos tan estúpidamente tóxicas con nosotras mismas y con todo el género que la odiaremos a ella y no a él. Y le pediremos que la bloquee cuando lo que tendríamos que hacer es bloquearle nosotras a él. Y nos preguntaremos «por qué» la ha escogido, qué tiene que nosotros no tengamos, qué nos sobra o qué nos falta… cuando la verdad es que nadie engaña por un tercero sino por sí mismo.
Soy la más tóxica de este trío en el que vivo, porque soy la única que no quiere vivir en una relación así y lo tolera. Ellos han encontrado la forma de que les funcione. Imagino que hasta hablarán de mi y me pongo enferma de pensarlo. Pero aquí estoy, contándote que me han engañado y que yo lo he tolerado.
Pienso en todas las veces que he juzgado a otras mujeres por soportar cuernos. Por prostituirse por un status, o por una estabilidad económica, o social… Yo lo he hecho por la peor de las razones. Lo he hecho diciendo que es por amor. Y ese razonamiento es el más tóxico de todos. De hecho, creo de verdad que la raíz de todas las relaciones tóxicas es precisamente atribuir al amor algo que no es.
El amor no puede causar sufrimiento deliberado, no puede ser tan egoísta, no puede hacer que nos perdamos el respeto a nosotros mismos.
[Tweet «El amor no puede causar sufrimiento deliberado, no puede ser tan egoísta, no puede hacer que nos perdamos el respeto a nosotros mismos.»]
Te he leído mucho escribir sobre el miedo y tienes razón, al final tenemos miedo. Tengo miedo.
Miedo a no sentir otra vez esa emoción cuando alguien que amas te mira o te roza. Miedo a no ser capaz de volver a confiar de nuevo en alguien. Miedo a no ser suficiente una vez más. Miedo a no volver a vivir el éxtasis de ser 1 siendo 2. Y ese miedo me hace aferrarme a alguien que me da migajas en forma de amor. Que dice amarme cuando en realidad su amor más grande es a sí mismo. Alguien que sabe qué me hace daño y continúa haciéndolo. Alguien que se cree el Dr. Frankenstein y quiere construir una mujer perfecta a base de ir cogiendo trozos de aquí y allá. Que dice buscar en otra lo que yo no le doy.
Así que sí, la tóxica aquí soy yo.
Y te lo cuento imagino que para tener el compromiso moral con alguien que no sea yo misma de que no lo voy a ser más. Como cuando uno tiene miedo a volar y se mete en un avión. Sé que me voy a arrepentir 1000 veces de esto. Sé que voy a volver a encontrar justificación para todo. Sé que voy a escuchar a esos gurús que me hablan del amor supremo sin ataduras y en total libertad. Yo no quería ataduras, sólo quería que no me engañaran. Imagino que no soy muy zen para aceptar esa «barra libre de amor». Soy demasiado convencional y me crié con las historias que acababan en final feliz de 2, no de 3 o de 25. Y sigo creyendo en la absurda mentira de que el amor todo lo puede. Y estoy segura que cuando le de a «enviar» a este mensaje tras un momento de alivio volveré a pensar en que todo se arreglará de la forma que sueño.
Porque sigo soñando que se va a dar cuenta, que va a aprender la lección y dejará de jugar a 2 bandas, o a 3 o a 4… ya ni sé…
Sigo creyendo que un día tocará en mi puerta y me dirá que todo acabó de verdad y que soy yo la persona con la que quiere estar a pesar de todo.
Querida Nohemí… no espero respuesta. Porque lo que me vas a decir ya lo sé. La teoría de este examen la aprobé a la primera. Pero la práctica es mucho más difícil. Porque las normas, la teoría, es algo claro y cerrado, es absoluto, pero en la vida real tengo que conducir en una carretera donde hay otros coches, muchos coches, demasiados, y donde no todos cumplen las normas. En la vida real hay tantas variantes que nos condicionan que ser coherente se me antoja ahora mismo imposible.
Ojalá esto que hago me sirva de señal luminosa en mi camino para recordarme cuando lo olvide que la meta de nuestra vida no es amar a alguien, sino amarnos primero a nosotros mismos, y amarnos bien.
[Tweet «Ojalá esto me sirva de señal luminosa para recordarme cuando lo olvide que la meta de nuestra vida no es amar a alguien, sino amarnos primero a nosotros mismos, y amarnos bien. «]
Llevo 2 días que solo echo bilis por la boca. Normalmente escribir me desahoga pero este tema me puede y ni poniendo palabras a lo que siento consigo paz.
Cada cosa que leo y me cuentan me cabrea más. Cuando creía que nada me podía asquear más que los propios asesinatos de estos días, resulta que no es así. Me asquean los titulares de la prensa. Me asquea cómo se usa el lenguaje. Me asquean los eufemismos para referirse a crímenes brutales. Me asquea que se respete más a los «presuntos» que a las víctimas. Me asquean todos esos impresentables que creen que su derecho a la libertad de expresión les autoriza a hablar de «generalidades», de «denuncias falsas», de «los hombres que también sufren» y de las «mujeres violentas». Me pregunto en qué lugar han perdido ya no la empatía que es evidente que no sienten, entre otras cosas porque no pertenecen a un colectivo permanentemente en peligro por cuestión de género, sino el sentido común. Ese que dicta que en determinados momentos y lugares para ciertos comentarios «no ha lugar».
«No ha lugar» cuando estamos enterrando niños y mujeres brutalmente asesinados, cuando no conseguimos quitar de nuestras mentes la imagen de 2 niñas aterradas viendo venir a su padre con una radial para asesinarlas, en este momento me importa una mierda lo que opinen esos mal nacidos y me sale la vena asesina ver que su narcisismo les impide quedarse callados delante de mi
Saca lo peor de mi ver que no tienen la poca vergüenza de reservar sus comentarios para sus corrillos machistas o para las sobremesas de sus comidas familiares, donde «sus mujeres» les darán la razón diciendo que es que «las mujeres hoy en día son unas zorras que amargan la vida a los hombres». Me asquean los opinólogos que se atreven a decir qué tendrían que haber hecho Laura y Marina para no ser asesinadas. Y si ese comentario viene de «La presidenta de Asociación de Mujeres Progresistas» ya pongo el grito en el cielo. «Señora Besteiro : Laura y Marina no tendrían que haber hecho ni dejado de hacer nada para no ser asesinadas, porque en un asesinato sólo hay un responsable y es el asesino.
Da igual lo que haga la víctima, que salga o entre, que pasee sola o acompañada, que vaya con chándal de manga larga o minifalda, que avisara o no a la policía, que por otro lado, en estos casos no suelen acompañar a «hacer mudanzas» como ya han declarado en otras ocasiones, da igual porque la víctima no es la responsable, a ver si dejamos ya ese discurso rancio que no es sino otra forma de machismo.
A las víctimas las asesinaron machistas asesinos. La culpa es de ellos.
Las asesinaron por un sistema que no es capaz de aislar a los maltratadores
Las asesinaron por un sistema que no protege a las víctimas
Las asesinaron porque en vez de analizar qué han hecho mal los que están vivos solo hablan de «qué hicieron mal las que están muertas»
Las asesinaron porque una gran parte de la «gente normal» sigue sin reconocer la magnitud del problema que vivimos.
A ver si nos enteramos que no se trata de que nos «cuidemos», de que no salgamos de noche o nos vistamos con burkas adaptados al nivel de tolerancia al cuerpo femenino de los psicópatas machistas que nos rodeen. No somos las mujeres las que nos tenemos que proteger, porque estar vivas es nuestro derecho y no tendríamos que estar defendiéndolo a cada paso que damos.
A no ser que sea verdad que estamos todas en estado de alerta. En tiempos de guerra no hay tregua que valga ni podemos confiar en que se respete el derecho a la vida, por eso se vigila cada paso que se da. En tiempos de guerra al menos se sabe quién es el enemigo y cada bando lucha unido con una meta común.
Las mujeres asesinadas no somos soldados, no hemos elegido ir a ninguna guerra, no hay bando que luche con nosotras. Nos han colocado sin preguntarnos en un campo de batalla donde sólo somos presas fáciles de genocidas.
[Tweet «No se trata de que nos «cuidemos», de que no salgamos de noche o nos vistamos con burkas adaptados al nivel de tolerancia al cuerpo femenino de los psicópatas machistas que nos rodeen. No somos las mujeres las que nos tenemos que proteger, porque estar vivas es nuestro derecho «]
¿Solo yo veo la incongruencia de que nos acusen de no «ir con cuidado» porque vivimos en un campo minado pero luego minimicen el alcance de la violencia machista? ¿En qué quedamos? ¿Hay o no hay alarma social? Si hay que protegerse será porque estamos amenazadas… ¿no es de justicia entonces ir a por los amenazadores?
Si hay un francotirador en lo alto de una torre la solución no es ir repartiendo chalecos antibalas a los transeúntes, la solución es detener al francotirador y encarcelarlo. (Y ya puestos al que le alquila la torre y le vende el arma)
Hacer a la víctima responsable de cuidarse del maltratador es como insinuar que tenemos que vivir cuidándonos de algún posible francotirador
[Tweet «Si hay un francotirador en lo alto de una torre la solución no es ir repartiendo chalecos antibalas a los transeúntes, la solución es detener al francotirador y encarcelarlo. #HastaElCoñoYa»]
Claro que las mujeres no somos Rodrigo Rato. A los miles de mujeres que viven amenazadas por hombres que saben perfectamente dónde viven, a qué colegio van sus hijos, dónde hacen la compra o quiénes son sus amigas, esas nunca se reunirán con ningún ministro para interesarse por su protección.
Nos lanzan a una lucha donde solo van armados los violentos. A una lucha que no pedimos, a una invasión ilegal e inmoral porque el botín que quieren no les pertenece. Nos asesinen o no nos roban la vida.
En este punto no voy a tolerar un solo comentario más que no sea para condenar no sólo los asesinatos, sino los acosos, las amenazas, los acosos reales o virtuales, las vejaciones, los desprecios, los insultos, las miradas fuera de lugar, los chistes machistas, las quejas que no han lugar, y la defensa de actitudes machistas, vengan de hombres o de mujeres.
Me gustaría que todo el que se considera mi amigo tuviera el sentir que compartió este hombre en un tweet
Como muy bien ha escrito mi amiga Myriam Moya en su post, del cual os copio un fragmento:
(…Nos estáis matando, nos están matando hombres como vosotros y estáis de brazos caídos y sois responsables y seguís sin hacer nada.
Es hora de empezar a actuar, es hora de que empecéis a actuar… tenéis las armas, tenéis la fuerza, tenéis el poder económico, tenéis el poder jurídico, tenéis la prensa, los cuerpos de seguridad, las leyes, las calles…
Tenéis la capacidad de la acción o de hacernos desaparecer. (…)
Es hora de dejar de ser tibios en este tema. Para miles de mujeres asesinadas ya es tarde, pero hay millones más viviendo con el miedo a ver la lucecita roja apuntándoles. La próxima vez que hables con tu hermana, tu mujer, una amiga, tu hija, una compañera de trabajo piensa que podría ser ella la siguiente. Y que tú podrías hacer mucho por evitarlo.
Estoy profundamente cabreada. Cabreada, triste y frustrada. Que una persona asesine a otra es triste. Que lo haga un hombre a una mujer con la que tuvo/tiene una relación es sencillamente descorazonador. Que un padre asesine a sus hijos para hacerle daño a su ex mujer es directamente satánico. Y ya no os cuento cuando «intenta suicidarse» después… no alcanzo a encontrar las palabras para definir a alguien tan cobarde.
Nos enseñaron a no hablar con extraños, a no subir en el coche con gente que no fuera «de confianza», a no dejar entrar a cualquiera en casa… y resulta que el enemigo está dentro.
Y una cree que no hay nada peor que morir asesinada y/o que nos asesinen a nuestros hijos y amigas, pero resulta que lo hay.
[Tweet «Hay algo peor que que te asesinen y es «morirse» y que sea culpa tuya #HastaElCoñoYa #ViolenciadeGénero #MachismoMata»]
Para variar el feminicidio es culpa nuestra:
Por denunciar
Por no denunciar
Por dejarles
Por no dejarles
Por divorciarte
Por no divorciarte
Por quitar la denuncia
Por no quitar la denuncia
Por no dejarles ver a los hijos
Por dejarles ver a los hijos
Por contar lo que ocurre
Por no contar lo que ocurre
Por buscar ayuda
Por no buscar ayuda
Por quedarnos en nuestro hogar
Por irnos
Como reza un dicho: «vayas donde vayas te voy a coger»
Y yo que no creo en el destino precisamente porque no concibo el mundo con una fuerza superior que predetermine nuestro final sin posibilidad de escapatoria, resulta que constato que cientos de mujeres viven a diario con el temor a que su destino sea ese que les han anunciado tantas veces: «te voy a matar».
¡Ah no! Que no nos matan… que nos morimos nosotras solas.
Y este genocidio no sale de la nada.
La gente «normal» no es «normal», «un buen tipo», «un vecino ejemplar», «un trabajador nato» y de repente un día le da por asesinar… La gente normal, buenos tipos, vecinos ejemplares y trabajadores natos no asesinamos. Nos enfadamos por supuesto, y a lo mejor gritamos y nos cagamos en los muertos de alguien y seguramente damos algún portazo un día, pero no asesinamos. El que asesina «no era un tipo normal» : ES UN ASESINO.
¡Basta ya de condescendencia y paños calientes!
¡Basta ya de medios de comunicación que parecen estar más preocupados de «no ofender a la pobre víctima» (el asesino, no te vayas a creer que la víctima es la muerta que seguro «algo habría hecho» para provocar al pobre hombre) que de contar lo que ocurre!
Mientras los cuerpos de las mujeres asesinadas están aún calientes, degolladas, calcinadas, acuchilladas… a la mayor parte de los medios les preocupa «no adelantar conclusiones» y acusar injustamente al «presunto asesino».
Ejemplo de titular de una noticia que luego fue modificado
Y no es que una ahora se pase la Ley de presunción de inocencia por el forro, sino que choca que esa ley se aplique sólo cuando son ellos los que asesinan.
Al parecer esta mujer con antecedentes psiquiátricos y seguramente una psicosis puerperal que nadie detectó (esto da para otro post) no es presunta. En este caso pueden afirmar sin lugar a dudas que el bebé ha sido degollado y que ella lo ha matado. Y lo que no vamos a leer es que esa muerte también es violencia de género.
[Tweet «¿Puede alguien explicarme por qué cuando matan ellos parece que matan menos? #HastaElCoñoYa #MachismoMata»]
Y a una se le hincha la vena día tras día con titulares como estos:
Y con «reacciones» vergonzosas, me da igual si con perfiles verdaderos o fakes
Como puse anoche en Twitter
[Tweet » Tragedia es un terremoto o una riada. O que te caiga una maceta. Si te asesinan es un asesinato. #HastaElCoñoYA #MAchismoMata #ViolenciaDeGénero «]
El lenguaje nos delata.
«De la abundancia del corazón habla la boca» dijo un sabio. Y nos sale por la boca lo que tenemos dentro. Y lo que esta sociedad respira es un odio visceral hacia la mujer. Un odio que no debe ser otra cosa que miedo. Porque la verdad, haber sido tratadas toda la historia como lo hemos sido y seguir vivas tiene mérito.
Ese odio que se les escapa a la mayoría sin querer cuando en vez de criticar asesinatos diarios te salen con lo de «nosotros también sufrimos».
Psicópatas machistas enfundados en trajes o en uniformes predicando desde sus púlpitos particulares o profesionales ciertos «valores» cuando en el fondo son lo que son: impresentables machistas movidos solo por el odio.
Creedme que sé de lo que hablo. No sólo he vivido en mi familia un asesinato de violencia de género. Conocí a un impresentable de esos que te dicen «te amo» y «eres una puta zorra y una buscona» en la misma frase. De los que ponían a parir a su ex calificándola de «loca» y de «maltratadora», de los que te vigilan, te espían y acosan en las redes, a ti y a todos tus contactos… De los que amenazan con el suicidio cuando les dejas y te lloran y te imploran mientras no dejan de insultarte. De esos que edifican su vida tras dejarles buscando la forma de hacerte daño, si no físicamente, a tu trabajo y tu reputación.
Y este impresentable psicópata sigue teniendo su régimen de visitas con su hijo. Y el asesino condenado que mató a alguien de mi familia se presentó en el juicio por la custodia de sus hijos huérfanos por su culpa para declarar en contra de la familia materna. prefería que sus hijos fueran separados e institucionalizados antes que vivir con sus abuelos maternos. Y la familia del asesino justificándole.
Y como este caso, como estos casos, cientos, miles. Con esos perfiles o con algún otro, porque los hay muy variados. Pero todos son maltratadores. Ellos, quienes les justifican y defienden y quienes «callan» ante la barbarie.
SON MALTRATADORES NO SON BUENAS PERSONAS NI BUENOS VECINOS NI BUENOS TRABAJADORES
Y los jueces que miran más las estadísticas que a las personas, los que hacen oídos sordos a las denuncias, los que obligan a niños a estar con maltratadores solo porque la mitad del ADN es suyo… ellos y ellas son responsables también del sufrimiento y las muertes.
¿Qué hacemos con esto?
¿Cómo seguimos viviendo cuando una gran parte de las «buenas y normales personas» que nos rodean lo que piensa de verdad sobre este feminicidio es esto?
Los nazis construyeron campos de concentración, asesinaron, torturaron y masacraron a cientos de miles de personas… no olvidemos que lo hicieron con la connivencia de la mayoría de una sociedad alemana de «gente normal», de «buena gente» «trabajadora y cristiana» que sabía lo que pasaba, callaba y miraba a otro lado.
Creemos que eso solo les pasa a otras, pero no es así.
Le pasa a tu hermana, a tu madre, a tu hija, a tu amiga, a tu compañera de trabajo…
le pasa a tu novia, a tu mujer, a tu exmujer
le pasa a la que fue reina del instituto y a la cajera del supermercado,
a la empresaria de éxito y a la inmigrante sin papeles.
Nos pasa a todas.
Nos matan a todas.
Nos asesinan a todas.
No nos morimos NO: NOS ASESINAN
[Tweet «#HastaElCoñoya #MAchismoMata No nos morimos NO: NOS ASESINAN»]
Ser un padre moderno es una tarea difícil. Y ser un padre modelo aún más.
Por un lado queremos que os involucréis en la crianza de los hijos, sin referentes la mayoría de las veces, ya que nuestros padres no fueron ejemplo vivo de estar demasiado implicados en algo que no fuera ver las notas y el paseo del fin de semana. Pero por otro lado queremos que respetéis las parcelas que son intrínsecamente nuestras.
Por un lado queremos que entendáis nuestra forma de criar, que la hagáis vuestra, pero queremos que lo hagáis sin pretender ser los protagonistas.
Por un lado os pedimos participación y por otro lado os la limitamos.
Por un lado criticamos que adoptéis la pose del «padrazo»y por otro nos hacemos seguidoras , («fans» o groupies más o menos babeantes) del hombre de turno, padre o no, que nos da lecciones de cómo parir, amamantar, etc.
Es lo que alguna amiga denomina #ElEfectoPicha.
El mismo consejo, el mismo vídeo de porteo, el mismo razonamiento es más aplaudido entre las propias mujeres si el que lo da es un hombre.
Parece que todas desearíamos tener de pareja al tío guay que habla de las bondades de la lactancia, del parto natural y del porteo. Y por eso cuando vemos a uno así babeamos todas ( Y me incluyo yo con el Papá de Aurora que nos hizo suspirar a todas en el pleistoceno de mi maternidad, que recordarán muy bien mis amigas cofundadoras de Red Canguro 😉 ).
Y la cuestión es que realmente ni nosotras mismas sabemos qué queremos del padre de nuestros hijos en realidad. O al menos no hasta que ves lo que no quieres.
Lo cierto es que si vives con el padre de tu(s) hijo(s) y crías de este modo, con eso de que el papel de la madre es vital e insustituible los primeros meses, resulta que acabas asumiendo prácticamente el 90% del trabajo del cuidado de los hijos. Aunque ya no sea dar teta, sino todo lo demás. Aunque los hijos crezcan y podamos ir aumentando la cantidad de trabajo a compartir.
Resulta que tu pareja sigue sin saber dónde está la ropa de los niños, o cómo se toma la medicina o cómo se comen la pasta.
Resulta que tú has aprendido a compaginar el cuidado de tus hijos con el resto de cosas que haces a diario, a veces incluso con el trabajo y los hobbies pero él con ellos sólo sabe llevarlos al parque.
Y aquí entono el mea culpa. Y aunque estas situaciones no son todas la mía, me vais a permitir que la escriba en primer persona
-Es culpa mía que no sepas dónde está su ropa
-Es culpa mía que no sepas peinar a la niña
-Es cupa mía que no sepas qué cosas se comen y cuáles no
-Es culpa mía que seas incapaz de pasar unos días solo con ellos sin la ayuda de tu madre o tu hermana (o tu nueva pareja)
-Es culpa mía que seas incapaz de prepararles algo de comer que no sea una pizza precocinada
-Es culpa mía que no seas capaz de hacer tus actividades normales con ellos
-Es culpa mía que no soportes verles enfadados o llorando
-Es culpa mía que no sepas gestionar sus emociones negativas, acompañarlas y digerirlas.
-Es culpa mía que te agotes porque las noches que duermes con ellos te despiertan y es culpa mía que te quejes al día siguiente de lo hecho polvo que estás por ello
-Es culpa mía que no sepas qué actividades hacer con ellos
-Es cupa mía que no sepas quién es su médico, o su maestra, o su monitor de extraescolares
-Es culpa mía que no seas capaz de hacer tortillas con ellos en tu cocina o improvisar un disfraz
-Es culpa mía que no hayas entendido que la responsabilidad de ser padre es indelegable
-Es culpa mía que sientas que el tiempo que decidimos que yo pasara criando a nuestros hijos te parezca ahora injusto
-Es culpa mía que tú gestiones mi agenda
-Es culpa mía que creas que pedirte que ejerzas de padre es injusto
-Es culpa mía que creas que tu situación es culpa mía
-Es culpa mía que arrojes contra mi tu frustración
Todo eso y más es culpa mía.Porque te lo he permitido yo.
Así que es hora de aceptar mi parte de responsabilidad y de que cambien las cosas.
Así yo podré liberarme de la culpa y tú de la situación en la que te encuentras.
A partir de ahora:
-Sabrás dónde está su ropa
-Sabrás peinar a la niña, mejor o peor, pero lo harás.
-Sabrás qué cosas se comen y cuáles no
-Serás capaz de pasar unos días solo con ellos, con o sin ayuda es cosa tuya.
-Serás capaz de prepararles algo de comer que no sea una pizza precocinada
-Serás capaz de hacer tus actividades normales con ellos, como he hecho yo todos estos años.
-Aprenderás a soportar sus enfados o lloros, porque en esos momentos también son tus hijos.
-Aprenderás a gestionar sus emociones negativas, acompañarlas y digerirlas.
-Serás capaz de sobrevivir a sus despertares nocturnos, yo sigo viva tras años de hacerlo. Y aprenderás a hacerlo sin quejarte.
-Aprenderás a saber qué hacer con ellos
-Sabrás quién es su médico, o su maestra, o su monitor de extraescolares
-Harás tortitas con ellos en tu cocina o improvisarás un disfraz
-Entenderás que la responsabilidad de ser padre es indelegable
-Entenderás que el tiempo que decidimos que yo pasara criando a nuestros hijos nos parecía entonces lo justo, a ambos.
-Tu vida no afectará a mi agenda, ni la mía a la tuya.
-Entenderás que pedirte que ejerzas de padre es lo justo para ti, no para mí.
–Y no sé si algún día aceptarás que tu situación no es culpa mía, pero lo que no voy a dejar nunca más es que arrojes contra mí tu frustración.
Nuestros hijos aprenden de la vida mirándonos y ya les hemos dado más de una lección de cómo No hacer las cosas.
Es tiempo de cambiar.
He decidido vivir en la responsabilidad y no en la culpa y espero que tú hagas lo mismo.
Y os dejo con un toque de humor… porque quien quiere, encuentra la forma 🙂
Dicen que todos los miedos son en realidad el mismo miedo: el miedo a morir. Esto es lo que aprendí de él, a fuerza de atravesarlo.
Dicen que todos los miedos son en realidad el mismo miedo: el miedo a morir.
La muerte es el miedo por excelencia, porque acaba con toda la esperanza que, mientras hay vida, algunos nos empeñamos en mantener. Y así, los miedos que vamos acumulando, de los que nos despedimos o que transformamos con los años, son al final el mismo.
Por eso todos sabemos lo que es. Lo manifestamos de forma diferente, con más o menos intensidad, pero todos tenemos en el miedo a un viejo conocido.
El arma más antigua
El miedo como control
Precisamente por ser tan común, tan universal y tan atemporal, el miedo se ha usado siempre como arma, como herramienta de control y de sumisión.
La religión, la política, la cultura, la sociedad, la familia: en todas partes ha habido quien ha encontrado en el miedo el mejor aliado para someter a los demás en su provecho.
Nota de 2026: escribí esto hace más de diez años y hoy lo suscribo más que nunca. Gobernar con miedo y con enemigos sigue siendo la estrategia más barata. Lo analizo en El que vota no también es diputado.
Mis miedos
Los miedos que he conocido
Hoy, como adulta, puede que no le tenga miedo a la oscuridad, a los fantasmas, a los payasos o a los bichos. Pero mi capacidad de sentir miedo sigue ahí. He conocido:
El miedo a la incertidumbre. Durante una época viví casi al día y tuve que sobreponerme a la parálisis del miedo a no tener techo ni comida.
El miedo a la enfermedad. En una época de mala salud temí tener algo incapacitante y no saber vivir con sus limitaciones. Por fortuna, fue temporal. Pero me recordó lo frágiles que son cosas que damos por sentadas, y lo afortunadas que somos quienes tenemos miedo a una enfermedad grave y no la enfermedad.
El miedo por la gente que quiero. Por sus vidas y por sus muertes.
El miedo a quedarme atrapada en una vida que me iba robando la felicidad poco a poco. Y, cuando decidí salir, el miedo a acabar peor de lo que estaba.
Ser madre
El miedo como madre
Conocí el miedo como madre cuando alguien, con muy buena intención y muy poco tacto, me dijo que mi hijo llevaba mucho tiempo sin comer bien y que seguramente le había faltado glucosa al cerebro. Recuerdo como si fuera ahora el pánico de pensar que yo le había provocado lesiones cerebrales a mi bebé.
Este detalle no lo olvido nunca cuando hago una asesoría de lactancia: que nunca sea yo causa de más miedo para una madre.
Viví en primera persona el miedo a no ser lo bastante buena madre, hasta que la muerte de mi segundo bebé me enseñó la lección más valiosa y más dura de mi vida:
Hay algo peor que no sentirse una buena madre: no poder ser madre de ese ser que amas.
En el duelo por Altair aprendí casi todo lo que sé sobre el miedo, sobre el dolor y el sufrimiento. Sobre fases, etapas y retrocesos. Sobre la tristeza, la rabia, la negociación, la resignación, la transformación… y la sanación.
En mi tercer embarazo creo que apenas sentí nada que no fuera miedo. Hoy sé que era mi forma de amor, pero yo lo vivía como miedo. Me habían arrancado la inocencia y había visto la muerte cara a cara. Pero mi hija me regalaba señales para decirme: "mamá, estoy aquí". Y eso me ayudaba a no desfallecer.
Atravesé el umbral de la vida y la muerte que es un parto. En ese momento en que tu mente, tu cuerpo y tu alma te dicen "no puedo", el único antídoto que conozco contra el miedo, el amor, me gritaba: "Sí puedes. Vas a poder".
Y yo repetía esas mismas palabras, para mí y para mi hija: "Vamos a poder. Vamos a poder."
Y pudimos. Con el miedo, con la muerte y con la incertidumbre.
Después de eso nunca me sentí tan fuerte, tan viva ni tan lejos de la muerte. Y decidí que no volvería a ser presa del miedo.
Decidir
Lo que se mantiene por miedo
Cuando supe que mi vida no era como quería, decidí cambiarla. Lamento haber hecho daño a otras personas, pero estoy convencida de que no hacerlo habría sido mucho peor.
Si una relación no se mantiene por amor, se mantiene por miedo. Y el miedo no es un buen vínculo. Al menos, no para la felicidad.
Ninguna dinámica sostenida por el miedo a la soledad o por el miedo a hacer daño acaba siendo positiva.
Y fui feliz un tiempo. Quizá demasiado, como dirían los dioses griegos, para una simple mortal. Y volví a sufrir el miedo, esta vez en forma de engaño y abandono.
Y lloré. Lloré como no recordaba haber llorado nunca. De niña me recuerdo más enfadada que llorando. Pero en esas semanas, meses y años, lloré por fuera y por dentro. Lloré hasta creer secarme. Lloré de miedo a estar sola.
Por qué te lo cuento
Los duelos duelen
Porque da igual que tengas un mes, 15 años, 22 o 44. Cualquier miedo, a la oscuridad, a estar sola, a que no te quiera nadie, a no saber si tendrás techo y comida mañana, es al final una forma del único miedo real: a morir.
Saberlo no hace que no sientas los miedos. Ni que no te duelan los duelos. Porque duelen, mucho:
Algunos, por imprevisibles o inesperados.
Otros, por traicioneros, injustos o inmerecidos.
Otros, por desoladores, revividos o impuestos.
Y a veces, por todo junto.
Duele. Y lloras, y sigues llorando. Y cuando crees que no te quedan lágrimas, algo te devuelve a la casilla de salida y descubres que aún hay más dolor, más llanto, más angustia y más vacío.
Y crees morir, o quieres desaparecer aunque sea un rato para no sentir. Porque aún vive en ti ese miedo: no el miedo a la oscuridad, que sabes que se disipará con el día, sino el miedo a la oscuridad para siempre.
La última arma
El amor de verdad
Solo nos queda una última arma para recorrer ese camino sin perdernos en él. Lo que al final nos salva de la desesperación: el amor.
Pero el de verdad. No el que te juró alguien con más miedo a estar solo que tú, a la luz de la luna. El amor a la vida, a tu propia vida, y a quienes te quieren de verdad, sin egoísmo y sin rebajar tu dignidad ni la suya. El amor en mayúsculas.
A veces he envidiado a quien, por miedo a estar solo, se agarra a la primera tabla de salvación que encuentra. Pero las personas no somos tablas de salvación unas de otras. Así que, como escribí en Vender el alma por un abrazo, no es que yo no sea egoísta ni que no tenga miedo. Seguramente tengo más que tú.
Pero he decidido vencerlo. Aún no he ganado, pero estoy en ello.
Para terminar
Ahora toca llorar
Ahora toca llorar, mucho. Y toca sentir el dolor, mucho y muy fuerte.
Pero si algo sé, es que de esto no voy a morir.
— Nohemí Hervada
Si el dolor te supera y en algún momento sientes que no puedes más, no lo pases sola: llama al 024, la línea de atención a la conducta suicida. Es gratuita, confidencial y atiende las 24 horas.
Sobre las amigas que te sostienen en un duelo, la niña que fuimos y el abrazo que no tuvimos. Y sobre por qué, aun así, elegimos dar el que nos faltó.
Una de las mejores cosas de mi vida es tener amigas de verdad. De las que, cuando estás mal, te dicen:
"¿A quién hay que romperle las piernas?" O, mejor aún: "¿A quién hay que odiar?"
Cosas de mujeres que solo entiende quien ha vivido esa complicidad, ese comadreo y esa lealtad de quien está dispuesta a todo para que sepas que es incondicional.
Si hay que odiar a un ex, ellas serán las primeras.
Si hay que odiar a la nueva novia del ex, seguro que sacan una lista de motivos más larga que una tenia.
Quien no ha pasado por esto quizá vea maldad, o machismo, o lo que sea. Pero las mujeres que recorremos la vida junto a otras mujeres sabemos que ser "políticamente correcta" es de todo menos útil en un duelo.
El duelo
En un duelo no hay cordura
En un duelo no eres muy racional. Tienes rabia, dolor, tristeza, autocompasión. Te rebajas, intentas negociar, peleas, te rindes, reniegas y suplicas.
Si no lo has vivido, no sabes lo que es un duelo. O vives anestesiada, o no has perdido nada de verdadero valor. Cuando pierdes algo que amas no hay razón ni cordura. Te vuelves loca por momentos.
Ellas, tus amigas, lo saben. Y hacen lo que hay que hacer: acompañarte.
Y poco a poco, a medida que pasan las etapas, cuando has llorado, has odiado, has luchado, has gritado, has explotado y te has rendido… aparecen para decirte las verdades. Entonces sí. No antes.
Si alguien se va, es que no quiere estar contigo. O no puede. Y si no puede, en el fondo, no quiere.
Cuando alguien no tiene el valor de estar contigo, no te merece. Lo escribí más tarde de otra forma: nadie se muere de desamor, y con quien ya no te quiere, no se negocia.
La transformación
Lo que asusta de una madre
Somos diosas dadoras de vida.
Nada hay que dé más fuerza a una mujer que saber que ha cruzado el umbral entre la vida y la muerte.
Nada hay más poderoso que saber que engendraste, gestaste y mantuviste una vida.
Nada hay más poderoso que sentir que has traído al mundo algo tan único y tan valioso.
Nada hay más fuerte que una madre luchando por sus crías.
Y eso asusta. A veces, hasta a los propios padres de nuestros hijos. Nos ven transformarnos en otra cosa: ya no somos "su mujer". No todos están preparados. No todos están a la altura. No todos están dispuestos a hacer ese viaje de entrega, renuncia, sacrificio y cambio, o no a nuestro ritmo.
Porque nada te cambia tanto como entregarte a criar. Nada te enfrenta tanto a tus propias verdades y mentiras, miserias y miedos, carencias y heridas, como ser responsable de otro ser de esta forma.
Nada te hace más fuerte que vencer tu propio deseo de salir huyendo de tanta responsabilidad.
Nada te hace más fuerte que darte cuenta de que a veces quieres renunciar a ese privilegio para ser tú la abrazada, la cuidada, la amada sin condiciones.
Y nada te hace más fuerte que no hacerlo.
La herida
El abrazo que no tuvimos
A veces nos falta lo mismo que hoy damos: el abrazo, la presencia, el amor incondicional que intentamos dar a nuestros hijos.
Es una herida aún abierta: saber que nosotras no lo tuvimos. Y supura cada vez que renunciamos a algo por darles el amor que merecen, del modo que nosotras esperábamos, del modo que merecíamos y no tuvimos.
A veces eso se hace insoportable. Y por momentos vendemos el alma al diablo por ese abrazo.
Y soñamos con ser libres, cuando esa libertad no es más que ser prisionera:
Prisionera de la soledad de la niña que fuimos.
Prisionera de la necesidad de los abrazos que no recibimos y hoy añoramos.
Prisionera de la falta del único amor incondicional que deberíamos haber tenido, y que pasó sin que llegara.
Y a veces encontramos a alguien especial, porque lo es o porque así lo vemos, que descubre que añoramos los abrazos. Y nos los da. Y nos engancha. Y lo amamos, a él y a sus abrazos.
Queremos quedarnos a vivir en sus brazos. Sentimos paz, calma, seguridad. Reposo para el alma.
Pero no podemos. Porque ya no somos aquella niña. Ahora somos nosotras las que abrazamos y cuidamos.
Nos toca crecer para criar, y hacer de nuestros hijos adultos más sanos, con menos heridas y menos carencias. Con una infancia colmada de cariño, de presencia, de respuesta, de consuelo y de compañía, en las horas activas y en las muertas.
Y es tan duro renunciar algunas veces. Es tan duro darse cuenta de que, por momentos, no compensa. Es tan dura la lucha del corazón de la niña, del corazón de la mujer y del corazón de la diosa, madre y guerrera.
Atenea, Afrodita, Hera…
Solo quien ha vivido esa lucha la comprende. Solo quien la ha llorado sabrá acompañarte.
El amor adulto
Los hombres que están a la altura
Solo los hombres fuertes y valientes son capaces de entenderlo. Y de aceptar que los amemos aunque no sean lo primero.
Solo el que reconoce que también tiene una herida buscará en nosotras el amor de una mujer, y no el de otra cosa. Nos querrá por lo que somos, con lo que podemos darle y con lo que le quitamos.
Le compensará más un tiempo a medias con la mujer que desea que todas las horas con otra solo por suplir una carencia.
Egoísmo y miedo
Amar es renunciar al egoísmo y al miedo
No significa no ser egoísta ni no tener miedo. Ser madre no me hizo menos egoísta ni me quitó el miedo. Pero me enseñó a verlo, aceptarlo y enfrentarlo.
Soy egoísta porque a veces deseo estar sola. Ser dueña de todo mi tiempo. Dormir con quien quiera hasta cuando quiera. Hacer planes sin preguntar. Quiero lo mismo que cualquiera.
La diferencia es que tengo además otro deseo: disfrutar de mis hijos. Y no solo que sepan, sino que sientan que para mí son lo primero. Que vean a su madre feliz, encontrando su equilibrio con su vida, sus amores y sus cosas, pero sin que ellos paguen el precio.
No siempre será así. Crecerán, y algún día no querrán dormir conmigo, ni salir conmigo, ni abrazarme en público (ojalá que no). Algún día podré viajar más de dos días, cenar sin hora de vuelta o perderme en un sendero sin ellos.
Pero aún no. Como dice Bei: "Las noches son largas y los años son cortos".
Y tengo miedo. Miedo a no volver a amar así. A no ser amada como quiero y merezco. A volverme descreída del amor a base de desengaños.
Para terminar
Lo que sí tengo
Como tú, soy egoísta y tengo miedo.
Pero, sobre todo, tengo amor. Del que vence al egoísmo y al miedo.
P. D.: Dedicado a mi madre. Ahora te comprendo más de lo que te comprendí nunca. Perdona por haberte juzgado tantas veces, por haber odiado tus elecciones y tus prioridades. Ahora sé que, a veces, una solo da lo que puede. Lo que tiene.
A veces uno busca las palabras y otras veces las palabras lo buscan a uno.
Ayer llegué a casa y me fui a la cama con deseo… y lo hice realidad.
Nos enganchan las personas por lo que nos cuentan, o por lo que entendemos nosotros de lo que nos cuentan.
Adoro a quienes saben y creen en el poder de las palabras, quienes las usan sabiendo que son algo más que fonemas unidos, a quienes poseen el secreto mágico de la Alquimia de la vida.
Puedo amar a alguien por las palabras que usa O amar sus palabras y usarle a él para tenerlas O usar su amor para crearlas O crear amor usándolas Al final «amor» es una palabra
Gracias David por recordarme algo que a veces, en mi soberbia, olvido.
Ayer tu pócima 71, escogida al azar ( seguro que no) era mía.
Fue para mí por un instante
O para siempre
Y mientras la leía y sonreía era consciente de cómo leemos lo que queremos.
Yo ayer tenía que hablar de Amor, o de des-amor, que al fin es lo mismo.
Gracias Elena Alonso-Viajamor por traer a mi vida momentos mágicos en forma de personas y palabras, gracias Carol por invitarme.
Gracias a todos por recordarme que el drama lo ponemos nosotros, porque la realidad ES que
TODO, siempre es un comienzo
aunque se vista de final.
Soy experta en comienzos, porque he practicado con muchos finales.
Anoche me fui a la cama contigo, como te prometí
Y viajé a otros mundos, como ese niño en el sofá que hacía Nada.
Y mi alma estuvo en paz y alborotada
porque sé, porque siento, porque nombro, porque creo
Y antes de eso, antes de llegar a casa, paré el coche, cogí mi libreta y mi pluma, escribí un par de hojas con alguna disculpa y varios GRACIAS, las arranqué y las dejé debajo de una puerta.
Trazos garabateados con todo su sentido O con dos El que yo escribí Y el que será leído
Fragmento del Libro SI FUESES PÁJARO LO ENENDERÍAS
de David Testal
Hace años yo trabajaba en una empresa del sector servicios. Nuestros clientes eran turistas a los que por supuesto no conocíamos de nada. Recuerdo a alguien de mi oficina que tenía la costumbre de comentarnos al resto de compañeros en voz baja cuando entraba un cliente por la puerta: «Ya viene otro tonto», o cosas por el estilo.
He recordado esas escenas muchas veces, las he sufrido en carne propia cuando he llegado yo como cliente o usuaria de algún servicio y he notado cómo mi llegada «molestaba» al empleado que estaba manteniendo una conversación personal.
Entiendo que no todo el mundo tiene un trabajo vocacional, y que un mal día lo tenemos todos, pero en algunas personas, ese desprecio por el prójimo, eso que yo llamo «ver enemigos en todas partes» es un hábito, la regla y no la excepción.
Antes se decía que eso solo se lo podían permitir los funcionarios, por aquello de que no les iban a echar aunque hicieran su trabajo de cualquier forma. He de decir que desgraciadamente la práctica de «ver al enemigo» por todas partes no hace distinción entre fijos o eventuales. He encontrado gente con esa actitud en prácticamente todos los sectores y en todo tipo de puestos de trabajo.
Y si no fuera tan triste parecería el guión de una película
Estas semanas concretamente he estado pensando en 2 campos en los que la relación del usuario con el que da el servicio tiene una implicación mucho más seria que la de la relación normal entre empresario y cliente: El campo de la educación y el de la salud.
De la educación hablaré otro día, pero en lo referente al ámbito sanitario, los usuarios no somos meros clientes, somos pacientes o familiares de pacientes y eso hace que la relación que se crea esté condicionada por la preocupación por la salud, la nuestra o la de nuestros hijos.
EN mi trabajo de asesoría, formación y divulgación de temas como la lactancia, el contacto y el porteo, a menudo las familias me comentan que tienen «problemas» para que se respeten sus derechos y deseos por parte de algunos profesionales de este sector. Se siguen protocolos que van en contra de derechos reconocidos, y se trata a los pacientes con un paternalismo y/o autoritarismo que choca frontalmente con lo que el paciente y/o su familia necesita: sentirse respetado, informado, con el mejor tratamiento posible, con la sensación REAL de que se nos escucha, lo que contribuye a generar y/o aumentar la confianza en el personal encargado de cuidarnos.
.
Sé que esto no es así en muchos casos y entiendo que, salvo algún caso de gente amargada, como hay en todos lados, estos profesionales quieren hacer su trabajo de la mejor forma posible.
Entiendo que tener un trabajo relacionado con la salud, con el cuidado, y sobre todo si hablamos de bebés y niños genera unas circunstancias muy concretas.
Entiendo que es un trabajo estresante en sí mismo que conlleva una gran responsabilidad.
Entiendo que tratar con enfermos y/o padres preocupados, frustrados y/o con miedo añade más estrés al punto anterior.
Entiendo que no siempre es un trabajo agradecido, ni respetado, ni bien remunerado.
Entiendo que se trabaja en muchas ocasiones sin los medios ni recursos necesarios.
Entiendo que los propios centros de trabajo o instituciones públicas no siempre ofrecen formación para actualizarse, y que si se ofrece no siempre se dan herramientas para implantar los cambios propuestos.
Entiendo que la formación «complementaria» y las iniciativas personales no siempre están bien vistas en este sector tan jerarquizado.
Entiendo todo eso y mucho más…
Pero también entiendo que muchas veces lo que hay detrás de esos comportamientos es MIEDO. Miedo manifestado en diversas formas.
Miedo a tener que cambiar prácticas aprendidas y establecidas por años.
Miedo a no estar a la altura de ese cambio o a las repercusiones que pueda tener no saber hacerlo bien
Miedo a que la presencia de los padres influya negativamente en mi capacidad de hacer bien el trabajo
Miedo a sentirse cuestionado
Miedo a perder de algún modo autoridad o status o privilegios
En definitiva: Miedo al cambio
Ante eso, da igual cuántos cursos se ofrezcan, cuánta experiencia demuestre quien lo imparte, o cuántos medios se nos den para implementar los cambios. Si se tiene miedo al cambio nuestro trabajo se verá afectado de forma negativa.
La buena noticia es que hay un antídoto al Miedo y es el Amor
Características del AMOR:
La Confianza: para no ver enemigos donde no los hay y ver lo mejor en cada cual
La Generosidad: para dar de nosotros lo mejor aunque sea en circunstancias que no nos gustan
La Autoestima: para tener la certeza de que somos profesionales preparados y podemos aprender lo que haga falta y hacer muy bien nuestro trabajo
La Humildad: para aceptar que siempre podemos aprender de otras personas
El Valor: para dar un paso al frente y apuntarnos a ser agentes del cambio
Parece difícil, porque a esto sí que nos nos han enseñado a casi ninguno…pero lo más difícil es no hacer nada. Y al final se trata como de montar en bici: empezar y seguir pedaleando.
Y para ese primer impulso te animo a que oigas este Podcast, o sólo la presentación, del programa Pensamiento Positivo de Sergio Fernández:
«Vives desde el amor o desde el miedo»
PD: Gracias a Rosa Jiménez Boluda por su trabajo de documentación al encontrarme el trailer de la película «Ausentes».
Aunque el maltratador se vista de seda…
Desgraciado maltratador se queda.
Y no habría mucho más que añadir.
Porque lo cierto es que estos individuos no llevan un cartel de neón en la frente. Son personas «normales», vistas a distancia. Incluso de cerca, pueden ser verdaderos «encantadores».
¿Entonces cómo saber cómo son en realidad?
Algunos maltratadores van acumulando relaciones tóxicas precisamente porque van embaucando a una tras otra de sus víctimas. Según estas van dándose cuenta del tipo de elemento que es en realidad, si rompen con él, a pesar del número dramático que montará intentando que creas que no puede vivir sin ti y que incluso piensa en quitarse la vida, lo cierto es que estos seres solo se quieren a sí mismos, así que no, no lo hará. No solo no se va a suicidar ni va a morirse de pena, sino que si de verdad cortas todos los lazos con él, buscará otra. Y no tardará en hallarla. Porque en realidad lo que buscan es un recipiente de sus obsesiones y sus fantasías enfermizas. Da igual cómo seas. Lo que le interesa es conquistarte, tenerte y controlarte. Son psicópatas buscando hacer realidad sus fantasías. No te engañes, no te quiere. Son incapaces de albergar amor porque no entienden ese concepto de aceptación, respeto y tolerancia necesarios para amar.
¿Por qué tienen éxito?
Un maltratador es un experto en halagar, en piropear exactamente del modo que a ti más te guste: será romántico y detallista como el que más, desprendido en regalarte cosas que de verdad tengan un significado especia para ti. Creerás con esto que te escucha hasta el mínimo detalle para saber qué te gusta, cuando en realidad lo que hace es espiarte y estudiarte como en un juego de estrategia. Recuerda que para él eres un objetivo.
Cumplirá tus deseos y sueños (hasta los más oscuros si es que has cometido la imprudencia de compartirlos con él), se esforzará mucho en que todo el mundo sepa que estás con él.
Porque para él eres un trofeo.
Le importas realmente NADA.
Pero eres su objetivo, su meta y lo que le genera placer es controlarte y tenerte… y por supuesto exhibirte.
Eso sí, no tolerará que te exhibas tú.
Este tipo de maltratadores psicológicos suelen ser extremadamente moralistas. Aunque por otro lado, tras esa apariencia de reputación intachable, se esconde un depravado. Te sorprendería cómo pueden ofenderse porque consideran inmoral que quieras tener una relación esporádica con él si ser su «prometida» , o que publiques fotos para él «vergonzosas», pero luego te mande fotos que avergonzarían a la mayoría de tus contactos. O te pidan ir al límite o más allá de lo «aceptable» en el sexo. Así son. Tras esa fachada de beatitud y moralidad solo hay un ser oscuro y podrido.
El problema de estos maltratadores es que confunden su fantasía de control y sumisión con la vida real. Y creen que la mujer que desean es suya, así con todas las letras: su posesión. Y entonces todo ese «amor», que no es sino obsesión, se transforma en odio visceral. Y entonces es cuando sacan lo que de verdad son:
Seres despreciables y malignos que destilan odio por ti, por tu entorno y/o por todo lo que hagas.
Imagen de «El Retrato de Dorian Grey» de Oscar Wilde
Te odiará porque no te tiene, y odiará todo lo que eres y representas. Y toda la energía que dedicó a «adularte» ahora la enfocará a criticarte, a denigrarte y a hundirte (bueno, a intentarlo, porque realmente no tienen poder sobre ti).
Usarán tus secretos y confidencias para hacerte daño. Aquello que un día le confiaste en intimidad se convertirá en sus manos en un arma con la que apuñalarte. No tengas miedo. Nada hay peor que estar con un ser así de repulsivo, así que, haga lo que haga, diga lo que diga, es para bien si está lejos de ti.
Cuando empieces a ver cómo es y le digas «NO» a alguno de sus intentos por controlarte empezarás a ver su verdadero rostro. Violencia en forma de chantaje emocional o chantaje directo. Adjetivos con los que pretende denigrarte: zorra, puta, inmoral, poco profesional… Y todo esto mientras sigue jurando que te ama. Totalmente esquizofrénico para cualquiera menos para él, que ve normal decirte en la misma frase: «Eres una puta, eres despreciable y te amo»
Cuando de verdad vea que no consigue retenerte su odio crecerá e irá más allá que increparte a ti por privado. Lo hará de forma pública. Alguno hasta se convertirá en experto en hablar contra ti o contra tu trabajo. Igual hasta va a la Tv o da conferencias en un intento patético de seguir vinculado a ti.
Recuerda:
Lo que se hace movido por el odio, es odioso, como él, como ellos.
Y creerá que te hace daño, cuando ese comportamiento es autodestructivo para sí mismo.
Y con el tiempo estará con otra, y la exhibirá como suya. Seguramente con un lenguaje verbal y corporal que delaten ese afán de posesión.
Y tú pensarás: -«Pobrecilla. Ojalá se dé cuenta pronto de cómo es de verdad, antes de que le haga más daño».
Y mientras, seguirá con su vida y su deseo de aparentar cualidades que en el fondo no tiene: profesionalidad, bondad, éxito…
En el fondo todos los maltratadores narcisistas son seres acomplejados.
No saben querer porque nadie los quiere,
así que necesitan encontrar reconocimiento de algún modo.
Intentarán hacer cosas «vistosas» y muy mediáticas para tener un auditorio que le aplauda. Seguramente les veas haciendo «obras de caridad», tipo banco de alimentos o similares. Da igual. Da igual lo que hagan, cómo se vistan, cuántos cargos acumulen, o cuántas conferencias den…
Porque nosotras sabemos lo que son, sabemos cómo son y sabemos lo que hacen. Y sabemos que por mucho que adornen su CV son lo que son: Maltratadores y Psicópatas en potencia
Y hablo con conocimiento de causa, porque yo he estado con uno. Y querida amiga, tú que sonríes en esa foto como sonreí yo un día, ojalá te des cuenta pronto de la verdad, ojalá alguien te avise de eso que aún no ves y salgas corriendo de ahí. Ojalá.
¿Alguna vez habéis tenido un día de esos horribles?
¿De esos que no quieres ni que te pregunten cómo estás?
¿Días en los que intentas disimular con pintalabios y tacones la tristeza?
Yo hoy tenía uno de esos días.
Y el cuerpo me pedía quedarme en casa en pijama y desconectar del mundo. Pero tenía un compromiso, y no me gusta fallar ni en el plano profesional ni en el personal, y la cita era con personas a las que me unen las 2 cosas.
Hoy se celebraba el I Aniversario de Espacio Vida, y estaba invitada a participar haciendo un Círculo de Mujeres, así que allí fui.
Justo a la hora de mi participación empezó a llover, con lo que los planes se trastocaron un poco, pero decidí quedarme. A pesar de mi mal día, de las lágrimas al abrazar a algunas personas.
Ya sabéis que hay ciertos mecanismos que nos abren las compuertas emocionales:
-un «¿cómo estás?» sincero
-una mirada a los ojos de quienes te conocen
-un abrazo
Y yo hoy tuve de todo. Y lloré a ratos, como habría llorado en mi casa. Con una gran diferencia: no estaba sola.
Cuando estamos tristes tendemos a aislarnos, y es lo peor que podemos hacer.
Recuérdalo siempre, cuantas menos ganas tengas de ver gente,
más necesitas salir y rodearte de quienes te aprecian.
Hoy estuve cantando. A pesar del gris del cielo y de mi corazón, si estás oyendo a Arístides Moreno hablar de la vida, de la suerte que tenemos, de la empatía, de felicidad… si le oyes cantar y cantas con él, cambias.
Recordó él que cuando un grupo de personas se junta a hacer algo vibran en la misma frecuencia y hoy un grupo de personas cantamos juntas a la felicidad y al amor, y sonreímos. Y nos dimos cuenta que como él dice, si cambiamos nosotros, cambia el mundo
Cantar no hace desaparecer la causa de la tristeza, pero puede hacerte cambiar la emoción en el momento. Te saca de tu agujero negro de egocentrismo para mirar con más amplitud y más verdad.
Tenemos muchísimas razones para ser felices y frecuentemente nos dejamos absorber por las cosas negativas. Es cuestión de decidir, como casi todo en la vida.
Es cierto que las emociones negativas no debemos obviarlas. Para sobreponernos a la tristeza, tenemos que completar el ciclo, aceptarla, darle su lugar, vivirla y dejarla ir. Pero eso es una cosa y otra recrearse en el dolor. Así que ante la tentación de regodearnos en nuestra pena, ya sabéis: cantad.
Para remate del día, Lola Cordero, nos ofreció un rato de baile que viví como un regalo del cielo.
Permitirse mover el cuerpo, disfrutar, mirar a los ojos a otra persona mientras sientes que el ritmo te lleva como quiere… bailar en círculo sintiendo la música, y las palabras…
Esa es una de las mejores terapias que conozco contra la tristeza.
Imaginadnos en una azotea, con bastante frío, amenazando lluvia, pero bailando al ritmo de estas canciones:
Y mientras cantaba:
«Todo aquel que piense que esta solo y que esta mal, tiene que saber que no es así, que en la vida no hay nadie solo, siempre hay alguien.»
Miraba a mi alrededor y pensaba que es cierto: «a veces me siento sola, pero no estoy sola».
Y si acabas el rato de baile con esta canción, te ves olvidando tu día de mierda, que llevas con tacones desde las 11 de la mañana, que no has dormido nada la noche anterior, que te equivocaste de fecha al sacar unos billetes de avión, que tu escapada romántica ya no va a ser y que al final del día, cuando se duerman tus hijos estarás sola…
Porque mis hijos ya duermen y yo no estoy sola: Estoy escribiendo para ti.
Voy a reír, voy a bailar Vivir mi vida lalalalá Voy a reír, voy a gozar Vivir mi vida lalalalá
Voy a reír (eeso!), voy a bailar Vivir mi vida lalalalá Voy a reír, voy a gozar Vivir mi vida lalalalá
A veces llega la lluvia Para limpiar las heridas A veces solo una gota Puede vencer la sequía
Y para qué llorar, pa’ qué Si duele una pena, se olvida Y para qué sufrir, pa’ qué Si así es la vida, hay que vivirla Lalalé
Voy a reír, voy a bailar Vivir mi vida lalalalá Voy a reír, voy a gozar Vivir mi vida lalalalá
Eeeso!
Voy ha vivir el momento Para entender el destino Voy a escuchar en silencio Para encontrar el camino
Y para qué llorar, pa’ qué Si duele una pena, se olvida Y para qué sufrír, pa’ qué Si duele una pena, se olvida Lalalé
Voy a reír, voy a bailar Vivir mi vida lalalalá Voy a reír, voy a gozar Vivir mi vida lalalalá
Mi gente! Toooma!
Voy a reír, voy a bailar Pa’ qué llorar, pa’ que sufrir Empieza a soñar, a reír Voy a reír (ohoo!), voy a bailar Siente y baila y goza Que la vida es una sola Voy a reír, voy a bailar Vive, sigue Siempre pa’lante No mires pa’trás Eeeso! Mi gente La vida es una haha
Voy a reír, voy a bailar Vivir mi vida lalalalá Voy a reír, voy a gozar Vivir mi vida lalalalá
«El que no recoge conmigo… desparrama» dijo Jesús. Y parece una frase algo exagerada ¿o no?
Él criticaba a esas personas que no se posicionaban claramente en un conflicto trascendental, a quienes querían caminar entre dos aguas o que querían contentar a todo el mundo.
Por supuesto la vida no es una guerra constante con bandos, afortunadamente. Somos seres complejos, con múltiples facetas y aristas que nos irán posicionado a veces en un lado y otros en otro. Podemos comulgar con gente muy diferente, con ideologías diferentes según el momento y la situación. A veces incluso será una afinidad puramente afectiva: si quiero a alguien no soy objetivo para juzgar sus ideas y comportamientos y tenderé a excusarle, justificarle o a sencillamente aceptarle sin más, aunque no comparta lo que hace. Eso es normal y creo que todos lo hacemos. No conozco a nadie 100% ecuánime en este sentido.
Pero hay veces que esa tibieza es sencillamente injustificable.
¿Quién no ha sentido asco cuando los padres de un maltratador no es que no se avergüencen del comportamiento de su hijo y no se dignen a condenar el hecho y a dar el pésame a la familia, sino que, además, lo justifican y se revuelven atacando y lanzando acusaciones directas o solapadas hacia la víctima?
Va por delante que no me gustaría nada vivir esa situación desgarradora. No alcanzo a imaginar el dolor de unos padres que contemplan que su hijo(a) es un monstruo capaz de torturar y/o asesinar. Imagino que se le cae a uno el alma. Pero lo que sí sé es que ese alma no se levanta negando la realidad y haciendo del verdugo la víctima y de la víctima el culpable.
Por supuesto podemos debatir por qué se ha llegado a eso, qué nivel de desamparo y violencia ha llevado a alguien a convertirse en maltratador, violador y/o asesino, pero en primera instancia a mí me preocupa la víctima. Que seguro que también vivió intentando capear su propio desamparo sin convertirse en un monstruo.
Cuando alguien, sea quien sea, justifica el maltrato o al maltratador está siendo cómplice.Con todas las letras, sin medias tintas: CÓMPLICE.
Me da igual si le quieres, si le admiras, si es un genio, si te hizo un favor, si te parece que su discurso es coherente, si crees que no tenía otra opción.. me da igual, si es tu hijo o tu padre o tu amigo o tu hermano o tu jefe o tu marido o tu amante o tu vecino del 5º: si le justificas eres como él.
Las personas pueden ser perdonables,
los hechos violentos SIEMPRE han de ser condenados.
Crecí oyendo frases como:
«¿Fulanito?, ¿fulanito un maltratador?, ¿con lo buena persona que se le ve?
Tan formal, tan atento, tan majo él siempre dispuesto a ayudar…»
A la familia negando la mayor y haciéndose los sordos y ciegos ante la evidencia que hijos o cónyuge relataban. Crecí oyendo este tipo de cosas… y a día de hoy veo que no hemos cambiado mucho.
Esa persona tan maja, tan atenta y tan profesional puede ser un monstruo en determinadas circunstancias, y su mayor baza es que la gente no crea a la víctima.
Me da igual su status, su apariencia, su fama, su trabajo, sus buenas obras …
Cuando un hombre amenaza, critica, coacciona, insulta, chantajea, coarta, espía, vigila, acosa, ningunea a una mujer, es un maltratador. Cuando le falta al respeto, cuando quiere controlarla, cuando decide por ella, cuando se atribuye el derecho a juzgar, a premiar y a castigar… es un maltratador.
Y cualquiera que contribuya a darle alas, que jalea su comportamiento, que le da pábulo a creerse el Juez supremo de la moral de los demás, que le ríe las gracias y los chistes, cualquiera que por el motivo que sea le alimenta, es cómplice.
El odio y el mal llamado amor y lealtad hace extraños compañeros de viaje. Y creedme que este tipo de personajes monstruosos en el fondo son unos narcisistas. Necesitan público que aplauda sus bravatas. No seas tú su público.
Hace años lo hombres se jactaban de tener a sus esposas dominadas con el beneplácito del resto del grupo, incluso de las otras mujeres.
Hoy creemos que hemos cambiado pero siguen muriendo mujeres, sigue habiendo denuncias por maltrato y sigue habiendo muchísimo más maltrato que no se denuncia. Sencillamente porque está tan interiorizado que no se ve o por miedo o por vergüenza.
Nuestra sociedad pretende que sea la víctima la que se avergüence, poniendo en tela de juicio lo ocurrido o su comportamiento. Como si alguien, sea lo que fuera lo que hiciera, mereciera un insulto o una amenaza o un chantaje.
Este post hoy no es para aquellas que sufren el maltrato y el acoso sino para el resto. Para los que a veces miramos a otro lado, para los que nos repetimos que no va con nosotros, para los que pensamos, que como víctima es de tal o tal modo, se lo merece.
Para quienes al oír la verdad de la situación aún exclaman:
«¿Fulanito? ¡No puede ser!»
Díselo a las 47 mujeres asesinadas en nuestro país en lo que va de año, o a los niños que acaban muertos a mano de sus propios padres como venganza hacia la mujer.
Es cierto que la mayoría no llegan hasta ese punto. Pero no hay medio de saber quién es el que se pasará la vida solo amenazando (que no es poco) o llegará a mayores. Yo personalmente preferiría no arriesgarme.
He vivido de cerca el maltrato en varias de sus formas.
He tenido en mi propia familia un asesinato brutal por parte de un hombre a su mujer delante de sus hijos. He vivido cómo su familia le justifica e incluso intentaron que los niños no se fueran con la familia materna, prefiriendo que acabaran en el sistema de casas de acogida y separados.
He sufrido en primer persona una relación que derivó en insultos y amenazas sencillamente porque le puse fin y no esta dispuesta a aguantar juicios hacia mi persona, mi trabajo y mi libertad. He vivido coacciones y chantajes emocionales. No me digas que no tengo autoridad para hablar de este tema y decirte que si tú por el motivo que sea apoyas de uno u otro modo a un desgraciado de estos, eres un maltratador igual que él.
Si encima eres mujer, lo que siento ya no es rabia o decepción sino asco.
Asco de ver mujeres jaleando a violentos. De aplaudirles sus alegatos de odio y venganza. De justificar sus hechos y sus formas.
Solo te deseo una cosa: que nunca te pase a ti, o a una hija tuya.
Porque los responsables de acabar con esta lacra no son siempre los demás… somos todos, tú y yo.
Porque si no estas conmigo en esto, estás contra mí.
Hoy inauguro una sección del blog.
Pensaba ponerla en mi blog personal, pero al final he decidido que vaya aquí porque uno de los trabajos que desempeño dentro del desarrollo personal es el tema de las relaciones, el empoderamiento y la imagen.
EL otro día mi gran amiga Irene García Perulero, que además de bióloga es experta en temas de violencia y feminismo, escribió en clave de humor la sinopsis de una película que fue a ver con sus hijas.
Aparte el hecho de que está en clave de humor y de que es un SPOILER (avisados estáis) creo que refleja muy bien el entramado que se da a veces en ciertas relaciones.
OS animo a ver la película primero, a sacar vuestras conclusiones y luego a leer a Irene. Podéis hacerlo al revés también 🙂
He de dejar constancia que este estilo es homenaje a Ángel Sanchidrián y su página Sinopsis de cine, que os recomiendo fervientemente si queréis reiros a carcajada limpia.
Bueno, pues anoche vi Maléfica y os la voy a contar. Va de una chiquina que es muy buena y muy generosa y compasiva y feliz hasta que da con un mermao mediocre que la engaña y la deja toda puteada para sentirse él alguien. Entonces cuando ella se da cuenta se coge un cabreo de la hostia y decide vengarse. Él se pasa toda la película acojonado y paranoico y convirtiendo en mierda todo lo que toca y ella pues al principio está fatal pero luego pues va conociendo gente y queriéndolos y eso.
El final es feliz porque él, que se ha quedao más solo que la una, se autodestruye y ella recupera todo su poder que es lo que le da calidad a la película.
Podéis verla si os gustan los finales felices con mermaos que se autodestruyen o las mujeres poderosas con un cabreo de la hostia.
PD: Añado que ella es un pibón y él un bicho de feo.
Esperamos vuestros comentarios y si este tema os interesa no os perdáis el próximo trabajo de Irene García Perulero junto a la psicóloga Mónica Serrano: Infancias Libres: Adultos felices.
Ginesaurio:dícese del profesional de la ginecología y obstetricia que en lugar de trabajar con TODA la evidencia científica como apoyo, sigue anclado en prácticas obsoletas, sin base científica, basada en protocolos absurdos incuestionables. Suele centrarse en el Yo a la hora de trabajar o explicar sus argumentos, más que en el principio ético y deontológico de respeto total al paciente, buscando atenderle de forma integral.
Es cierto que tu relación con el ginesaurio no va a ser tan larga como con un novio o un marido. Pero puede que sea más larga que con algún «rollo» eventual o pasajero, y te garantizo que los efectos de su paso «breve» por tu vida pueden dejar más secuelas de las que desearías.
Algunas mujeres han derramado más lágrimas por el trato recibido por un ginesaurio que por un abandono o un desengaño, y para variar, me incluyo también en este grupo.
«Yo también sufrí por un ginesaurio».
Características para distinguir a un ginesaurio de un ginecólogo/obstetra profesional
Cuando le dediqué un artículo a Elena López os prometí otro para presentaros a la otra persona clave en Asesoras Continuum:Mercedes Granda.
Lo primero que debo hacer es disculparme por haber tardado tanto… al final ya sabéis, lo urgente se come a lo importante… y ese no es un buen sistema de trabajo.
Muchos ya la conoceréis por su web Mi Saquito Mágico. Merce (como la llamamos sus amigas) fue una de las fundadoras de Red Canguro y recuerdo que cuando nos conocimos virtualmente era la más freaky del mundo de porteo que yo había conocido.
Se formó como monitora de porteo por una asociación belga, y recién llegada a España no sabía que había un grupo de locas como ella gestando lo que después se convirtió en el núcleo del que nació la Asociación española por el fomento del uso de portabebés.
En esa etapa nos juntamos un grupito grande de mujeres para hacer algo increíble, y he de decir que el tiempo y la vida nos ha alejado de la mayoría, pero tengo la suerte de contar hoy en mi trabajo con dos de ellas, valiosísimas para mi.
Casi desde el principio de trabajar en el porteo Merce demostró ser la wikipedia del porteo, de hecho la llamábamos cariñosamente WikiMerce, porque en el foro, cuando había preguntas relacionadas con la historia del porteo, portabebés raros, o porteo en casos especiales, Merce era la que más conocimiento tenía.
De ese modo la mayoría de las consultas de ese tipo se le derivaban a ella, lo que hizo que su experiencia práctica aumentara muchísimo,
A día de hoy, es frecuente en los foros y redes sociales que cuando hay dudas sobre estos temas, se cite a Merce para que les responda.
Merce no solo tiene experiencia por formarse y tratar familias, ha vivido mucho de lo que hoy aconseja. Su segunda hija, Lea, una preciosa niña que ya desde su nacimiento dio lecciones de vida, fue diagnosticada de hemiparesia, con lo cual Merce ha pasado muchísimo tiempo con médicos, fisioterapeutas, rehabilitadores, enseñándoles en el día a día cómo el porteo beneficia no solo los casos como el de su hija, sino muchos otros.
Los últimos años se ha ido especializando en todos los temas que tienen que ver con Maternidad y Discapacidad, no solo el porteo, sino ya desde la búsqueda del embarazo.
Es socia de El Parto es Nuestro, lactivista, y por supuesto Formadora Continuum. Es una experta Asesora de Maternidad, especializada en casos de discapacidad (Porteo Adaptado)
En la formación de Asesoras Continuum es la responsable del módulo Porteo y Necesidades Especiales, y formadora junto a Elena y a mi en Porteo. Además como geógrafa especializada en geografía humana, sus clases de Historia del Porteo son fundamentales para formas asesoras de porteo completas.
Mercedes Granda, Elena López y yo misma
Gracias a Merce yo personalmente, he visibilizado las maternidades más ocultas, las relacionadas con la discapacidad en cualquiera de sus formas.
Si ser madre nos convierte en una especie de «discapaces» a los ojos de un sistema totalmente paternalista, cuando la madre parte con alguna característica limitante como punto de partida podéis imaginar el periplo que ha de vivir para no ser más ninguneada o aniñada aún.
Los avances de la medicina y la ciencia hacen posible la maternidad en muchos casos en los que antes era difícil o imposible, pero a nivel social y/o emocional, nuestra sociedad sigue sin saber acompañar y asesorar a las familias que se enfrentan a este reto.
Madres con movilidad reducida, discapacidades varias, enfermedades limitantes, madres con bebés enfermos, a veces diagnosticados desde el embarazo, otras que se enfrentan a la dura noticia de que su hijo no es el «niño sano y perfecto» que soñamos… todas estas madres ( y padres) se enfrentan a muchos miedos y dudas. Se necesitan personas preparadas y formadas, con experiencia en estas vivencias que sepan escuchar, orientar, derivar a losprofesionales necesarios y asesorar en temas como lactancia y porteo de forma seria y con conocimiento real, no a tientas o de oídas.
Nosotras tenemos a Merce.
Y vosotros también.
Mercedes no solo trabaja para la formación de Asesoras Continuum, gracias a la tecnología, si necesitas su asesoramiento, puedes contactarla por correo, teléfono o videoconferencia.
Contar con una Asesora de Maternidad puede marcar la diferencia en la vivencia de la maternidad, si tu maternidad es especial, contar con el asesoramiento de Merce sin duda puede ayudarte a aliviar la carga extra que supone para ti.
EL mundo necesita más personas interesadas también en las minorías, personas que aman a las personas, sean cuales sean sus circunstancias, el mundo necesita más Mercedes Granda.
Yo soy afortunada porque he conocido a la primera <3
Una relación tóxica no siempre es aparentemente violenta.
A veces creemos que solo podemos calificar de tóxica una relación si hay golpes, insultos y/o vejaciones.
Pero no es así.
Igual que hay productos tóxicos que no te matan pero pueden hacerte pasar un mal rato o dejarte con secuelas de por vida, hay relaciones tóxicas que parecen menos graves porque no vemos la violencia directa.
Hoy voy a hablaros de uno de esos perfiles fascinantes a primera vista, a ver si os suena: (más…)
Hemos crecido rodeadas de mensajes que nos han hecho creer que el amor es muchas cosas cuando la realidad es muy diferente.
HOy escribí un post para mi blog personal a raíz de una canción ( que es uno de mis hobbys, coleccionar canciones según mis vivencias y estado de ánimo).
Pero como suele suceder la inspiración llega como quiere y me salió un post sobre as relaciones tóxicas.
En concreto sobre el deseo de cambiar al otro y lo que ese deseo esconde en realidad.
Como la red social que más trabajo es Facebook el artículo generó cierto debate y me he animado a escribir mis reflexiones al respecto. Podría parecer que no está muy relacionado con mi trabajo pero no es así.
PArte de mi trabajo de desarrollo personal con mujeres es trabajar el empoderamiento personal, y este pasa por reconocer actitudes de sumisión, voluntaria o forzada por otros.
Muchas mujeres (hombres también,aunque la verdad es que en muchísima menor medida) han sufrido a lo largo de su vida alguna relación tóxica, esto es , una relación en la que hay algún tipo de maltrato, abuso o falta de respeto. Estos hombres suelen ser celosos y posesivos en grado a veces patológico aunque ellos se crean en el rol de ser salvadores de las mujeres a las que dicen amar.
Partimos de la premisa de que cuando alguien quiere «salvar» a otro de si mismo está adquiriendo un papel de superioridad que ya nos da que pensar. Sobre todo porque la salvación no se suele referir a aspectos de vida o muerte, somos si esa persona abusara de drogas o condujera a 200km/hora por la autopista, sino a salvación en el plano moral, al más puro estilo mesiánico.
Cómo reconocer a un candidato a mesías tóxico.(más…)
¿Cómo te organizas para ser madre de 2 hijos, educarlos en casa, llevar una tienda on line, un grupo de crianza, una casa, una formación con medio centenar de alumnas, varias webs, hacer cursos, dar talleres, viajar, escribir en revistas, dar conferencias…?
Esa pregunta me la hacen a menudo.
Quizás si eres de las personas que me siguen a través del blog o de Facebook también te la has hecho alguna vez al ver mi «actividad» habitual.
Yo siempre digo que si vieran mi casa lo entenderían 🙂
El tiempo es lo más democrático que hay, todos tenemos los días de 24 horas. Nadie tiene un día con más ni con menos tiempo. Seamos madres o no, trabajadoras en casa o no, empleadas o no, emprendedoras o no, sanas o no, con más o menos medios y cultura: TODOS DISPONEMOS DE LA MISMA CANTIDAD DE TIEMPO.
Pero es evidente que hay gente a quien le cunde y otros que siempre van con la sensación de no llegar a nada. Y eso es cierto, de ahí que haya un refrán que reza así: «Si quieres que algo se haga, dáselo a una persona ocupada».
Yo no soy una persona especialmente organizada, más bien tiendo a lo contrario. Siempre he sido de las de hacer las cosas a última hora, con el tiempo justo, la última noche… Es cierto que ser resolutiva te da la confianza de que en general puedes hacerlo así, y que el bagaje y la experiencia son una buena base para «improvisar» (de donde no hay no se puede sacar y menos improvisando) pero realmente cuando quieres ser profesional hay que replantearse los vicios en la forma de trabajar para hacerlo de forma mucho más eficiente y sin estrés añadido.
Entonces, ¿qué cosas he incorporado yo a mi vida que han hecho posible que la reina de la desorganización pueda ser hoy emprendedora de éxito?
Voy a compartir contigo 3 tips que a mí me han cambiado la vida:
Aprende a decir «no»
Parece una obviedad pero hasta que no te enfoques en lo que realmente te interesa y apartes lo demás no conseguirás alcanzar objetivos.
Ponle el justo valor a tu trabajo y cóbralo
Si regalas tu trabajo, aquello en lo que eres buena, luego tendrás que trabajar en otras cosas para poder vivir y eso repercutirá en tu estado de ánimo, en tu vida personal y familiar, en tu emprendimiento. Si cobras por tu trabajo bien hecho no tendrás luego que invertir más tiempo en ganar dinero. Ganarás dinero con ESE trabajo de forma más rápida y efectiva.
Delega, subcontrata y colabora
LO pongo en tercer lugar pero realmente para mi es mi herramienta fundamental.
Tenemos la mentalidad del emprendedor multifunción , del que lo hace todo él. Atiende clientes, lleva su web, los impuestos, las facturas, y hasta limpia la oficina. Hay que cambiar ese chip.
Si yo delego, por ejemplo, las tareas de mi casa en otra persona, esas horas las rentabilizo más dedicándome a mi emprendimiento. Es verdad que parece que gasto dinero, pero en realidad no es así. Porque esas 4 horas que puedo pagar a la semana para tener un lugar de trabajo limpio y ordenado consiguen que a la hora de trabajar me cunda más porque estoy en un estado de ánimo más dispuesto y porque mi trabajo es más valioso (cuantitativamente) que lo que estoy invirtiendo en eso que he subcontratado.
Cuando me planteé mi curso de formación tenía claro que iba a apostar por un modelo colaborativo que iba a enriquecer mi proyecto a varios niveles.
La primera persona a la que invité fue a Elena López. ¿Sabéis por qué?
Pues por lo que decía el dicho que os comenté: es una persona muy bien formada y muy ocupada, con una capacidad de trabajo y organización que yo no tenía. Ella complementa lo que a mi me falta y esa es la clave del modelo colaborativo.
Siempre digo que yo necesitaba una «Elena» en mi vida que me recordara la importancia de marcarnos metas, objetivos… y PLAZOS.
De hecho desde que empecé a trabajar con ella uso mucho esta expresión:
Pon una «Elena López» en tu vida.
No siempre las colaboraciones funcionan como una espera. Es cierto que a veces hay decepciones, incluso pérdidas económicas y personales por equivocarnos al escoger. Pero de todo se aprende. Y al final aprende una a encontrar a las Elenas de su vida y a mantenerlas cerca.
Para mí es un lujo tenerla de socia, que se implicara en mi proyecto como si fuera suyo, que tuviera una visión mucho más clara incluso que yo del alcance de nuestro trabajo. (De hecho estoy pensando en blindarle el contrato :-D)
No todas podéis asociaros con Elena López, pero ahora sí podéis «ponerla» en vuestra vida porque acaba de lanzar su nuevo proyecto :
¿A qué esperas para poner a Elena López en tu vida?
PD: En breve te hablaré del otro pilar de mi proyecto, mi otra socia Mercedes Granda
Pero duele como si sí. Un desengaño amoroso es un duelo, y como todo duelo, no tiene atajos. Estas son las verdades que no te va a gustar leer.
¿Has sufrido algún desengaño amoroso? ¿Te han dejado alguna vez? Si es así, sabes lo desoladora que puede ser esa experiencia.
Nos pasamos la vida oyendo frases como "sin ti no soy nada" o "sin ti me muero", porque casi todos hemos sentido alguna vez que, tras un desengaño, todo pierde sentido.
Pero ¿es cierto? ¿Podemos morirnos de amor, o mejor dicho, de desamor?
El duelo
Un duelo con alguien vivo
Morirse no es tan fácil. Pero eso no quiere decir que no sea una experiencia dolorosa, dura y, a veces, traumática. Y tiene que serlo, porque en el fondo un desengaño es un duelo.
Muertes, abandonos, cambios, pérdidas, fracasos: todo lo que implica una pérdida importante es un duelo. Pero el desengaño tiene un agravante: la persona que ya no está sigue viva.
Cuando muere alguien a quien amamos, el dolor es atroz porque es irreversible. No hay nada que podamos hacer para recuperarlo. Y, por brutal que suene, esa irreversibilidad ayuda a hacer el duelo: no hay esperanza de volver.
Cuando nos dejan, la otra persona sigue ahí. Y eso alimenta lo único que no ayuda: la esperanza de que vuelva.
Los dos duelos comparten mucho: no son lineales, hay recaídas, volvemos una y otra vez a los momentos compartidos. La diferencia es que en el desamor seguimos esperando.
La anestesia
Fantasías contra el dolor
Como la otra persona sigue viva, nos aferramos a la idea de que puede volver. Y fantaseamos sin parar:
Imaginamos escenarios en los que las cosas cambian.
En los que la causa de la separación ya no existe.
En los que una inspiración casi divina le hace ver que estamos predestinados.
Ni que decir tiene que es una ilusión. Da igual que siga vivo. Si no te quiere, no te quiere.
Fantasear alivia el dolor en el momento, pero lo agrava cuando chocas con la realidad. Es como beber o tomar pastillas para anestesiar las emociones: cuando pasa el efecto, la emoción sigue ahí, y tú estás peor preparada para gestionarla.
No hay atajos. El dolor hay que pasarlo, y cuanto antes, mejor.
Lo que no quieres oír
Verdades que tienes que oír
No me gusta llamarlos consejos, porque no sé si lo son. Lo que sí sé es que, si estás en esa situación, no te va a gustar leerlos. Nunca gusta.
1. Acepta que es un golpe a tu ego
No te quiere a ti. Así de sencillo. Cuando entiendes de dónde viene el dolor, es más fácil saber hacia dónde caminar para gestionarlo.
2. No negocies
Da igual lo que estés dispuesta a ofrecer, a dar, a cambiar. No te quiere. Eso salió de la otra persona, y no va a cambiar porque cambies tú.
Para negociar hacen falta dos partes que quieran llegar a un acuerdo. Cuando una ya se ha ido, no hay nada que negociar. Lo único que te queda por proteger son tus límites. Y si intentas negociar, puede que te pierda el respeto, y será aún peor.
Hay cosas que se negocian. El amor de alguien que ya no te quiere, no.
3. No va a seguir siendo tu amigo
Es imposible, al menos hasta que los sentimientos desaparezcan. Si te tiene cariño, te lo propondrá para que no sufras. Pero no entres en ese juego: no es real, y a veces solo sirve para aliviar su sentimiento de culpa.
4. Corta los lazos pendientes
Oblígate a cortar los flecos pendientes. Si no tienes fuerzas, pídele que lo haga la otra persona.
Una vez hecho, mantente en tu decisión.
Quita su número de tus contactos frecuentes y evita los lugares que sabes que frecuenta.
Resiste la tentación de preguntarte a cada rato qué hace y ocupa tu mente en otras cosas. Los amigos son la mejor terapia.
5. Da igual si hay otra persona
El dolor es el mismo. Si te deja por alguien, te sentirás inferior. Si te deja por nadie, creerás que prefiere estar sola que contigo. Los dos pensamientos están distorsionados.
No queremos a las personas por comparación: sencillamente las queremos o no. Si apareció alguien, fue una consecuencia, no la causa.
6. Un clavo no saca otro clavo
Lo primero que quiere un ego herido es que alguien lo levante. Puede distraerte, pero es otra anestesia.
Si un desengaño hunde tu autoestima, es que le diste a la otra persona un poder que no debería tener. La autoestima es eso: estima por una misma. Tu idea de quién eres y cuánto vales tiene que ser independiente de que alguien te quiera o no.
Si no, cuando esa persona se vaya, necesitarás a otra que te vuelva a levantar. Y entrarás en un círculo vicioso: la necesidad de gustar a todo el mundo es una droga peligrosa.
7. Míralo con objetividad
Hasta ahora lo has idealizado. Seguramente, en la última fase antes de la ruptura, mientras intentabas salvarlo, te centraste en lo que tú hacías mal. Es el momento de mirar con objetividad: una relación que no funciona es cosa de las dos partes.
8. Céntrate en ti
No busques en quién volcar el amor que te sobra, al menos no en otra pareja. Tampoco te escondas en el trabajo. Mímate. Tómate el tiempo de sanar. Conócete y reconócete.
9. Aprende algo de esto
Es una buena ocasión para preguntarte por qué quieres a personas que no te corresponden. Ese análisis puede llevarte a conocer tus heridas más profundas y los vacíos que arrastras y que no vas a llenar con nadie.
Si ves este trance como una oportunidad de aprender, como algo que te hará más sabia y más consciente, será mucho más fácil atravesar la tormenta y dejar la amargura en el agua, sin llevarla contigo a la orilla.
Y aprende a distinguir lo que se negocia de lo que no. En el amor, en el trabajo y en la vida.
Nadie se muere de desamor. Pero sí se puede perder una misma intentando no perder al otro.
Hace tiempo alguien le planteó esta pregunta a un auditorio:
-«En caso de conflicto en una relación,
¿quién da el primer paso para solucionarlo?»
Los asistentes empezaron a responder:
-«El que lo comenzó»
-«El otro»
-«El hombre
-«La mujer»
-«El culpable»
-«El ofendido»
– etc…
¿Qué pensáis vosotros?
Independientemente de que cada situación es única, dada entre personas únicas y que generalizar suele ser estúpido, nuestra respuesta ya nos da una pista sobre nuestra propia forma de tratar los asuntos.
Si eres mujer y respondes : «el hombre», ya se atisba cómo van las cosas con tu pareja ( y viceversa)
Si eres de los que contesta: » el culpable», lo mismo.
Cuando hay un conflicto, por lo general, ambas partes creen tener razón, así que ese tipo de respuestas no sirven.
¿Cómo esperar que el culpable ( el otro) dé el primer paso si él piensa que el culpable eres tú?
En esa espiral el argumento de que actúe el que causó el daño no sirve para restaurar lo perdido.
Si te crees con la razón, y eso te impide dar el primer paso, habrás ganado la batalla ( en tu ego solo) y serás como el rey de El Principito, ganador, con el poder, pero solo.
Y por definición, un rey ( o un ganador) solo, no es nada.
Así que, si eres una persona orgullosa, criada como casi todos en la idea de: «quien la hace la paga», y esperas que sean los demás los que muevan ficha, ten cuidado.
Encontrarás a gente dispuesta a hacerlo, y eso solo hará que alimentar más tu ego y tu decisión de esperar siempre que sea el otro el que se «rebaje» . Y pasará que quizás un día, la persona que más te importe no lo haga, y sencillamente la pierdas. La pierdas por puro orgullo convertido en estupidez. Porque así es como vemos al rey del cuento: un estúpido.
La respuesta entonces sigue sin ser clara. ¿Quién da el primer paso?
El conferenciante contestó:
-«El más maduro de los dos»
En otro proverbios antiguos he encontrado la versión que dice que es «el más sabio de los dos».
La madurez no es solo tener más y mejores cualidades que el otro. Puede haber gente muy humilde y muy inmadura.
La madurez, o la sabiduría, la da la experiencia de saber o llegar a divisar el resultado de nuestras acciones antes de que ocurran.
Una persona madura, aunque tenga orgullo, aprende a controlarlo y a pasar por encima para recuperar algo o a alguien que le interesa tener.
Una persona madura sabe que pedir disculpas no es una debilidad.
Y una persona madura sabe que si su acción no tiene la respuesta esperada tampoco es para martirizarse de por vida.
Uno hace su parte esperando la respuesta correspondiente de parte del otro. Si no llega, es cuestión de esperar, manteniendo las vías abiertas.
En un mundo perfecto todos responderíamos bien a la primera. Pero no es un mundo perfecto, y nosotros somos la gran prueba de ello. Y todos tenemos una gran mochila que a veces nos condiciona demasiado.
Estos días una amiga contaba que hace años alguien se apartó de ella sin saber muy bien por qué, sin dar explicaciones, molesta y sin querer escuchar una disculpa o tener una conversación para aclararlo.
Me recordó a algunas personas que tras un tiempo de bastante cercanía un día decidieron desaparecer sin más. Ni un adiós.
Intenté preguntar, saber qué pasaba, y nada. No pretendía retomar una relación que la otra persona no quisiera, pero al menos despedirnos en condiciones.
Un par de estas personas que pasaron por mi vida nunca respondieron.
Y por supuesto ante esto solo queda el respeto a la voluntad del otro. Con tristeza, con curiosidad incluso, pero respeto al fin y al cabo.
Quiero pensar que algún día les llegará la madurez para asumir qué les impedía siquiera despedirse.
Mientras tanto yo estoy tranquila, porque mis vías de comunicación están abiertas.
Es lo único que podemos hacer. Mantener la puerta abierta y algún día recibirles sin reproches.