Educar hacia abajo.
«El humor, siempre hacia dentro o hacia arriba, nunca hacia abajo». Hoy una querida amiga me ha dado la versión que faltaba: «Lo que agota es educar hacia arriba y no hacia abajo».
Hacer pedagogía es un trabajo
Hacer pedagogía es un trabajo. Cuando esa pedagogía va contra la corriente dominante, no es solo un trabajo: es un desafío.
Por la tarea en sí.
Por el marco hostil.
Porque quienes la reciben no solo no la agradecen: más veces de las que piensas, se vuelven contra ti.
Por eso la mayoría de las veces las mujeres callamos. Porque nos sale más barato, porque no compensa arriesgar nuestra paz mental o nuestra salud, porque sencillamente nos agota explicar lo mismo una y otra vez.
Pero a algunas nos cuesta callar. Por temperamento, por objetivo vital, por necesidad. Algunas seguimos repartiendo pedagogía allá por donde vamos, porque la alternativa es esperar a que el cambio llegue solo. Y sabemos que eso no va a pasar.
Los sistemas están estructurados para mantener los privilegios de unos sobre otros. El patriarcado es algo más que una palabra de moda: es una estructura de poder que coloca a las mujeres debajo de los hombres.
Da igual cuántas mujeres conozcas que viven «bien». Ser mujer nos coloca en posiciones de discriminación, lo veamos o no.
Paternalismo«Solo sabes dar soluciones»
Hace unos días compartí una viñeta de @Perezfecto en la que una mujer le dice a un hombre, presumiblemente su pareja:
«Contigo no se puede dialogar, solo sabes dar soluciones».
Comenté lo real de esas palabras: hay personas que, cuando conversan, solo saben arreglar los problemas del otro. No es una regla fija, pero es un perfil que se da sobre todo en hombres hacia mujeres.
Todas las mujeres que comentaron en mis redes dijeron haberse sentido así a menudo.
Solo un hombre reconoció lo cierto de esas palabras.
Otro entró a «disculpar» esa forma de actuar: según él, era «ayudar», «compañerismo».
Cuando le dije que lo que él llamaba compañerismo es paternalismo, no estuvo de acuerdo.
Porque el paternalismo, como el machismo, no se detecta desde dentro.
Hay que preguntarle a la otra si se siente infantilizada cuando, buscando escucha, desahogo y comprensión, recibe consejos y juicios.
El paternalismo se llama así por algo. Se construye sobre la idea de que hay alguien con autoridad que es responsable del otro. En la antigua Roma era el pater familias. Hoy es cualquiera cuando se relaciona con una mujer (y si es madre, más).
Armas de mujerNo queremos salvadores
Las mujeres estamos cansadas de explicar a los hombres de nuestro entorno que no los queremos ni como salvadores (sí, como en todos los cuentos de hadas en los que nos rescatan del peligro) ni como solucionadores.
Llevamos toda la historia humana resolviendo nuestros problemas como buenamente podemos, con la mierda de pocas herramientas que este sistema nos deja. Hemos sobrevivido a:
Desprecios, insultos y violaciones.
Quemas de brujas.
Eliminación de derechos.
Robos y apropiaciones culturales e intelectuales.
Corrientes de pensamiento misógino.
La historia de la humanidad es la historia de la misoginia. Y hemos sobrevivido, casi siempre con el apoyo de nuestras iguales.
Por eso las mujeres siempre hemos hecho círculos: alrededor del fuego, mientras se molía el grano o se lavaba la ropa en el río. En los pocos espacios donde se nos permitía ser libres (de expresión, al menos), entre otras mujeres, hablábamos, nos desahogábamos, nos reconocíamos, nos apoyábamos y nos sosteníamos.
La palabra empatía viene del griego empátheia, de pathos: lo que se siente, lo que se padece. La RAE la define como la capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos. Y sin duda quien mejor empatiza con tus emociones es quien las ha vivido.
Por eso muchas mujeres hablamos un lenguaje común, verbal y no verbal. Por eso a una mujer, por muy desconocida que sea, le resulta fácil «leer» las emociones de otra y saber o sospechar qué necesita: seguramente ha vivido algo parecido.
Cuando alguien intenta darnos la solución, lo que sentimos no es agradecimiento. Las primeras veces lo aceptamos, porque es la reacción habitual del grupo de arriba y sabemos que, a sus ojos, nuestro sitio es el grupo de abajo. Poco a poco, si hay confianza o hartazgo, decimos que así no, que eso no es lo que necesitamos.
Entonces le toca al otro escuchar y no solo oír: responder a lo que pedimos y no a lo que él quiere dar.
Es comprensible que salte el piloto automático. A los varones se les educa para hacer, conseguir y reparar cosas, y eso les sigue empujando a vernos como un terreno en el que actuar, un reto que afrontar o algo que arreglar.
Pero no lo somos.
ConfianzaConfío en ti hasta para dejar que te equivoques
Cuando trabajaba con familias de niños pequeños, hablábamos a menudo de la autonomía del bebé y de su desarrollo psicoafectivo y motor. Cuando un bebé empieza a gatear y a moverse solo, es normal sentir miedo por su seguridad. ¿En qué casa no entran los parques cuna, los suelos de goma eva y las barreras para las escaleras?
El desafío es entender que los bebés tienen una enorme capacidad de adaptarse al entorno en el que crecen. Cuando no se les coarta, exploran, aprenden sus límites físicos y entrenan sus capacidades.
Por supuesto, intentaremos que el entorno sea seguro.
Pero impedirle moverse, explorar y descubrir por miedo a una caída le hace menos apto, no más.
Si para evitarle caídas le llevamos de la mano o en volandas, evitamos la caída, sí, pero también el aprendizaje.
El amor también se demuestra con la confianza: confianza en que sus caídas y sus errores son parte del aprendizaje.
Las mujeres no somos bebés en desarrollo. Como colectivo somos más fuertes de lo que nosotras mismas imaginamos. Hemos sobrevivido durante siglos al odio visceral del poder. Seguimos sobreviviendo, e incluso destacando, en un sistema hecho a la medida del hombre (y me refiero al varón, no al hombre como especie).
Nuestra cultura, nuestra medicina, nuestro sistema económico, la explotación de los recursos, la crianza: todos los sistemas son androcéntricos. Y aquí seguimos, a pesar del desgaste que eso nos provoca.
Sois mayorcitos: aprended solos
Así que en casa, al menos, queremos paz, respeto y libertad. Queremos seguir educando a las futuras generaciones, pero hacia abajo. No nos pidáis que sigamos educando hacia arriba.
Y si queréis, hasta que desarrolléis toda la empatía que necesitamos, podéis aprenderos estas dos preguntas:
¿Qué puedo hacer por ti para que estés mejor? ¿Qué buscas?
— Nohemí Hervada
