Cine · Relaciones tóxicas · Sin filtros

Si te gustó Passengers quizás deberías leer esto.

Hollywood sabe que llevamos un romántico dentro deseando celebrar finales felices. Y lo usa para vendernos como amor lo que, visto de cerca, es un secuestro.

Passengers: una fila de cápsulas de hibernación, una abierta en gris y otra abierta en rojo, unidas por una flecha

Hollywood sabe que la mayoría llevamos un romántico dentro deseando salir a celebrar los finales felices. Bueno, lo sabe Hollywood y cualquiera que quiera vendernos algo. Por eso estamos inundados de mensajes que idealizan la pareja como el súmmum de nuestras aspiraciones.

Y por eso crecemos con el detector de violencia, machismo y toxicidad totalmente desajustado. Normal, cuando desde niñas nuestros modelos son princesas ñoñas cuya única meta en la vida es ser lo bastante bellas para que algún príncipe las encuentre atractivas, hasta el punto de besarlas incluso muertas o inconscientes.

«Veo a una mujer inconsciente y puedo besarla sin molestarme en saber si ella querría o no». Caldo de cultivo de la cultura de la violación.

El marco

Acoso disfrazado de amor

En ese marco cultural que disfraza de amor el acoso, acabamos viendo películas como Crepúsculo y similares, o tarareando canciones en las que las mujeres no son más que herramientas para el placer de un machito bronceado, con barbita cuidadosamente descuidada, que se mueve como si nos concediera el inmenso placer de compartir planeta con él (véase Maluma o similares, porque parece que los fabrican en serie).

Y aquí una, que lleva unos añitos trabajando esto de ver más allá del «chico guapo y valiente conquista a chica guapa para hacerla feliz» (o «para hacerla mujer», que diría mi ídolo de infancia, Miguel Gallardo), va por la vida con el radar antirrelaciones tóxicas tan afinado que rara vez disfruta de una canción, una novela o una película taquillera.

Tras este preámbulo necesario, os cuento que vi Passengers hace unos días y, según avanzaba la película, me iba subiendo la mala leche.

Aviso de spoiler: si no la has visto, no sigas leyendo, porque la voy a destripar a gusto.

El argumento

Despierto, solo y con 90 años por delante

Miles de personas (unas 5.000) hacen un viaje interestelar de 120 años hacia otro planeta. Viajan en hibernación, para despertar al llegar y disfrutar de una vida al más puro estilo Tierra Prometida.

Durante el viaje, la nave choca con un meteorito y una de las cápsulas falla: uno de los pasajeros, Jim, despierta 90 años antes de tiempo. El dilema de la historia:

Seguir el viaje despierto, SOLO, sabiendo que morirá de viejo antes de llegar.

O despertar a alguien más para que comparta su «destino».

Por supuesto, el pobre chaval es guapo, porque a los guapos se lo perdonamos todo más fácilmente: ya sabéis, el efecto halo. Que se lo digan al señor Grey: quítale el dinero y la guapura, y estaría detenido por acoso en el segundo capítulo.

Nuestro apuesto protagonista intenta por todos los medios ser buen chico y no cargar a nadie con su mierda de suerte. Todo eso puntúa, claro. No vayamos a pensar que es un egoísta sin más: él lo intenta.

Intenta arreglar su cápsula y, al comprobar que no puede, intenta aprender a vivir solo en la nave, sin más compañía que un barman androide (que, como diría Ángel Sanchidrián, es lo que le da calidad a la película).

La chica

No se obsesiona: «se enamora»

Y, por supuesto, aparece la chica, Aurora.

Porque la no soledad no va de estar acompañado de un colega, sino de tener la novia que tú escojas, aunque ella no quiera.

La ve, le gusta y se pone a averiguar más sobre ella. Tras ver sus vídeos de presentación para el proyecto de repoblación cósmica, se obsesiona con ella.

¡Ay, no, perdón: se enamora! Que es la forma de explicar que alguien ve tu cara y tu cuerpo, te oye hablar a una cámara y cree que eres la persona de su vida, hasta el punto de pasar por encima de tus deseos y tus derechos para que te conviertas en la herramienta que cumpla los suyos.

Deseos y derechos

Mis deseos por encima de tus derechos

Mientras veía cómo avanzaba la película, no podía dejar de pensar en la gestación subrogada. Por ese mensaje de: «quiero ser madre o padre y, como no puedo por X, tengo derecho a conseguirlo por todos los medios a mi alcance»:

Aunque sea saltándome las leyes.

Aunque sea utilizando a los demás.

Aunque sea pisoteando sus derechos.

Porque todo el mundo sabe que los deseos de algunos están por encima de los derechos de otros, ¿no?

La mentira

Condenada a cadena perpetua

Como Hollywood hace muy bien su trabajo de moldear la conciencia colectiva, el guapito despierta a la chica y, por supuesto, no es sincero.

Porque empezar una relación con la única persona a la que vas a ver el resto de tu vida diciéndole que la has condenado a cadena perpetua en una nave espacial, que la has privado de su futuro porque tus deseos están por encima de sus derechos, no es buena táctica de seducción.

Así que le cuentas una milonga, sabiendo que muy mal se te tiene que dar para no acabar liándote con ella (no hay competencia, chaval, y eres guapo y estás cachas).

La moralina vomitiva llega tras el lógico desenlace: la chica se entera de la verdad (bendito androide sin conciencia) y se cabrea muchísimo, con todo el derecho del mundo. Le dice que se vaya a la mierda… Ah, no, que en la mierda ya están: él por accidente y ella por voluntad de él. Bueno, pues le dice que viva su mierda sin ella.

El final

El amor triunfa

Pero ninguna película que se precie acabaría castigando al guapo y dejando a la guapa cabreada y sola. Porque, en el fondo, todos sabemos que es mejor estar acompañadas de un guapo egoísta e infantil que solas con nuestra razón y nuestra dignidad. Así que, al final, el amor triunfa.

Viven su vida solos en su nave, se montan un huertecito cual Adán y Eva y mueren en la nave dejando un mensaje de amor eterno:

«El fin justifica los medios».

Para terminar

Síndrome de Estocolmo con final feliz

Y en esta exaltación del síndrome de Estocolmo hecha película, soltamos la lagrimita pensando que hemos visto otra película con final feliz.

¿O no?

— Nohemí Hervada

Nohemí Hervada
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