Perdono, pero no olvido.
La fidelidad es un acuerdo. Una infidelidad, el incumplimiento de ese acuerdo. La pregunta es si se puede renegociar, y a qué precio.
Hace unas décadas, la pareja en nuestra sociedad era monógama e implicaba casi siempre el matrimonio como muestra social y personal de un compromiso de convivencia y fidelidad.
Hoy el concepto es mucho más amplio. No pasa necesariamente por formalizar la unión, y el cambio no está solo en la forma, sino en el fondo, en lo que esperamos de esa relación de dos:
Antes vivíamos con el "para toda la vida", y la fidelidad era el eje del éxito de la pareja.
Hoy, ni todo el mundo se casa ni quien se casa da por hecho que será para siempre.
Y aun así, la fidelidad sigue siendo una expectativa mayoritaria. Salvo casos anecdóticos, nadie acepta el engaño como parte del acuerdo.
La terapeuta de pareja Esther Perel lo resume así:
«La monogamia antes significaba una persona para toda la vida. Hoy significa una persona a la vez.»
Y lo remata con humor: hoy muchos dicen "soy monógamo en todas mis relaciones".
Hay quien defiende que una infidelidad no es exactamente un engaño si no hay implicación emocional. Que "una canita al aire" no significa mucho, porque la relación que de verdad importa es la de la pareja.
¿Es eso así?
¿Afecta a una pareja una infidelidad, aunque sea algo puntual?
¿Puede la pareja sobrevivir a algo así?
¿Qué desafíos tiene por delante quien engaña? ¿Y quien ha sido engañado?
Un acuerdo, no un sobreentendido
Toda pareja funciona con un acuerdo, aunque nunca se haya puesto en palabras. Y ahí está el primer problema: la mayoría de las parejas no negocian su acuerdo de fidelidad. Lo dan por supuesto.
"Hay parejas que pactan libremente tener relaciones con terceros", me diréis. Como en el poliamor: la práctica o el deseo de mantener relaciones afectivas, emocionales y sexuales con más de una persona a la vez, de forma simultánea, duradera y con el consentimiento expreso y pleno de todos los implicados.
Tengo mi propia opinión al respecto, pero lo que he observado es esto: casi siempre hay uno que está convencido y otro que acepta "pulpo como animal de compañía" por no perder la relación.
Eso no es un acuerdo. Es una concesión hecha desde el miedo. Y lo que se negocia desde el miedo casi nunca se sostiene.
Este artículo habla de las parejas en las que, dicho o no, ambos se comprometieron a ser fieles.
El precioEl precio del engaño
Cualquier engaño es nocivo para una relación. Cuando alguien nos miente y lo descubrimos, es difícil que la confianza vuelva al nivel de antes. Es el famoso "perdono, pero no olvido".
Puede que no rompamos: evaluamos pros y contras y quizá no nos compensa perder a ese socio, ese amigo o esa empleada. Pero la sombra de la sospecha se queda sobrevolando.
En la pareja, el engaño se vive además como traición y deslealtad. No es solo aceptar que tu pareja ha tenido sexo con otra persona. Es sentir que alguien ha metido a un intruso en tu espacio más íntimo.
Muchos hemos dicho, antes de vivirlo, que jamás lo toleraríamos. Que sería el final inmediato.
¿Es así? ¿Estarías dispuesta o dispuesto a perdonar una infidelidad?
¿Podrías vivir con la huella emocional del engaño?
¿Y con el estigma social de que todo el mundo sepa que te han puesto los cuernos?
¿Un desliz o una doble vida?
No es lo mismo un engaño puntual que uno mantenido en el tiempo. No porque uno sea más grave que otro, eso lo juzga cada cual según su historia, sino porque nuestra predisposición a perdonar cambia:
Si fue algo aislado, solemos buscar alguna circunstancia que pueda considerarse (no que deba) atenuante. Lo vivimos como un desliz. Y es habitual que, en plena herida, nos preguntemos si tuvimos parte de culpa. No porque la tengamos, sino porque la culpa es una reacción frecuente en cualquier duelo: una forma de buscar sentido, y algo de control, ante lo que no hemos elegido.
Si fue prolongado, al hecho se suman la decisión de mantener el engaño, las mentiras para encubrirlo y una falta de respeto continuada. Ahí no encontramos atenuantes: solo agravantes. Repetir significa que la otra persona no es algo casual, sino alguien con quien hay una implicación mayor, aunque solo sea sexual.
Algunas parejas que deciden seguir tras un desliz consiguen algo paradójico: usar lo ocurrido para hablar con más sinceridad de la relación, del compromiso, de las expectativas y de los deseos de ambos. Se enfrentan con más verdad a su relación después de la mentira.
Es decir, hacen lo que no hicieron al principio: negociar de verdad su acuerdo.
La confianza no se recupera pronto. El tiempo dirá si la pareja es lo bastante madura para recomenzar.
Lo que se negocia y lo que no
Perdonar o no perdonar es una decisión personal. Pero en ambos casos estás ante una negociación: qué aceptas, qué no, en qué condiciones y a qué precio.
Y saber qué es negociable y qué no, en la pareja, en el trabajo o con tu familia, se aprende. De eso va mi programa #27días para negociar y para no negociar.
Y si decides no seguir, te dejo lo que escribí sobre el duelo del desengaño.
En la segunda parte hablo de qué implica perdonar una infidelidad mantenida en el tiempo y qué tienen que asumir los dos si deciden seguir juntos.
Perdonar no es olvidar. Es renegociar el acuerdo.
— Nohemí Hervada
