Señalar para no escuchar

Señalar para no escuchar

Superioridad moral · Comunicación · Sin filtros

Señalar para no escuchar.

Cuatro trampas de la superioridad moral. Para reconocerlas cuando te las aplican. Y, sobre todo, cuando las aplicas tú.

Trampas de la superioridad moral: muchas manos señalan a una figura que habla

En Huérfana de bandos conté lo que me ha costado, a lo largo de los años, negarme a comprar el marco completo. Aquel era un post personal. Este es práctico: las trampas de la superioridad moral y cómo se ponen en marcha en una conversación.

Llevo años enseñando a negociar, y hay una regla que no falla: cuando una conversación deja de ir de ideas y empieza a ir de quién es el bueno, se acabó la negociación. Ya nadie escucha. Solo se señala.

Y para señalar hay trampas que se repiten. En todos los bandos.

Cuando no puedes rebatir una idea, siempre puedes descalificar a quien la dice.

Trampa 1

La etiqueta que cierra la conversación.

El psiquiatra Robert J. Lifton acuñó en 1961 una expresión precisa: el cliché que termina el pensamiento. Palabras que no sirven para explicar, sino para dejar de pensar. Las usamos todos:

Desde un lado: facha, nazi, racista, tránsfoba, negacionista.

Desde el otro: rojo, perroflauta, feminazi, progre.

Me incluyo. Yo uso a menudo la palabra buenismo, y me vigilo: sirve para describir una actitud, no para despachar a una persona. En el momento en que la uso para no escuchar, me he convertido en lo que critico.

Cómo reconocerla

Quita la etiqueta de la frase. Si no queda ningún argumento, no lo había.

Qué responder

"¿Qué he dicho exactamente que sea eso?" Devuelve la conversación al hecho concreto.

Trampa 2

La víctima como autoridad.

Primero, el matiz, porque es imprescindible: las discriminaciones existen, y escuchar a quien las sufre es necesario. El problema no es denunciar. El problema es cuando ser víctima, o hablar en su nombre, se convierte en el argumento que cierra el debate: "si no lo has vivido, no puedes opinar".

Nietzsche lo describió en 1887 como resentimiento: convertir la debilidad en virtud y al fuerte, por definición, en malo.

Un estudio de 2021 (Ok, Qian, Strejcek y Aquino) encontró que señalarse como víctima virtuosa se asocia más a rasgos de narcisismo, maquiavelismo y psicopatía, y que funciona para obtener recursos de los demás. Ojo: no dice que las víctimas manipulen; dice que el rol de víctima también se puede usar como herramienta.

El psicólogo Nick Haslam (2016) lo llamó "concept creep": conceptos como trauma, acoso, violencia o prejuicio se van ensanchando hasta abarcar cosas cada vez más leves. Hasta que discrepar se vive como una agresión.

Tampoco es de un solo bando. "Ya no se puede decir nada" y "nos persiguen por decir la verdad" también son victimismo como argumento, solo que desde el otro lado.

Qué responder

Separar el dolor del argumento. El dolor se respeta. El argumento se discute.

Trampa 3

La clase como moral.

Aquí hay dos prejuicios espejo, y cada bando tiene el suyo:

"El rico es malo por definición", desde un lado.

"El pobre se lo ha buscado", desde el otro.

1El rico es malo por definición

En 2012, un estudio de Paul Piff en la revista PNAS concluyó que la clase alta se comporta de forma menos ética. Fue un titular mundial. Lo que tuvo mucha menos difusión:

De las tres réplicas registradas, ninguna lo confirma por completo: una da resultados mixtos (Balakrishnan y otros, 2017) y dos no lo replican (Jung y otros, 2023; Boyce y otros, 2023).

Un estudio con una gran muestra de población en los Países Bajos (Trautmann y otros, 2013) concluyó que la relación entre clase y ética es "un mosaico complejo", no una regla.

Un dato frágil convertido en dogma. Y en lenguaje: "buitres", "rentistas", "los de los yates".

2El pobre se lo ha buscado

El espejo. El psicólogo Melvin Lerner lo llamó la creencia en un mundo justo: necesitamos pensar que cada uno tiene lo que merece, y eso nos lleva a culpar a quien está peor. En lenguaje: "paguitas", "mantenidos". La filósofa Adela Cortina le puso nombre al rechazo al pobre: aporofobia, palabra del año para la Fundéu en 2017.

1 + 2Lo que tienen en común

Debajo de los dos está la mentalidad de suma cero: creer que si alguien gana, otro pierde. Davidai y Ongis (2019) encontraron que cada ideología la aplica en un terreno distinto: unos, a la riqueza; otros, a los inmigrantes.

Qué responder

Hablar de conductas, no de categorías. "Este casero hizo esto" se puede discutir. "Los caseros son buitres", no.

Trampa 4

El fin justifica los medios.

"Al fascismo se le combate, no se le ignora", decía Laura Borràs, entonces portavoz de JxCat en el Congreso, en "La hora de La 1" (TVE), durante la moción de censura de Vox de octubre de 2020. La frase suele venir acompañada de la paradoja de la tolerancia de Karl Popper (1945): una sociedad tolerante no puede tolerar a los intolerantes. Lo que casi nunca se cita es el resto. Popper escribió que, mientras se pueda contrarrestar con argumentos racionales y con la opinión pública, reprimir sería imprudente. La excepción era para quien rechaza el diálogo y responde con la fuerza, no una licencia para agredir a quien opina distinto.

El psicólogo Albert Bandura describió cómo hacemos daño sin sentirnos mal, lo que llamó desconexión moral. Algunos de sus mecanismos:

Justificación moral: la causa lo justifica.

Lenguaje eufemístico: no es acoso, es "jarabe democrático"; no es violencia, es "autodefensa".

Comparación ventajosa: "lo de los otros es peor".

Deshumanización: ya no son personas, son "ratas", "escoria", "buitres".

Ejemplos, de los dos lados:

Vallecas, abril de 2021: lanzamiento de botellas y adoquines contra un mitin de Vox. Catorce heridos leves según el primer balance.

Universidad de Navarra, octubre de 2025: encapuchados boicotean un acto de Vito Quiles y un periodista de El Español es agredido. Al día siguiente, en "Malas lenguas" (TVE), la periodista Laura Arroyo: "Esto no es violencia, es responder a su violencia y me parece muy bien que en Navarra se haga"; "nos han dado una excelente lección de antifascismo".

Y la respuesta, desde el otro lado: la cuenta de Vox publica sobre ella "Los que propagan odio y violencia… también se van. Todos", leído como una amenaza de deportación, y Arroyo, peruana, recibe una campaña de acoso racista. Una barbaridad contestada con otra.

Ferraz, noviembre de 2023: noches de disturbios ante la sede del PSOE en las protestas contra la amnistía, en nombre de la defensa de España.

Los escraches: Pablo Iglesias los llamó "jarabe democrático" cuando se hacían a dirigentes del PP. Cuando los sufrió él, en 2020, dijo que había que "evitar situaciones de crispación" y que nunca había dicho "de ir a la casa de nadie".

La violencia que justificas hoy es la que te aplicarán mañana con tus mismos argumentos.

Qué responder

El test de simetría: "¿Lo aceptarías si lo hiciera el otro bando?"

El test

Cuatro preguntas antes de señalar.

Sirven para detectar las trampas en los demás. Pero funcionan mejor aplicadas a una misma:

Si quito la etiqueta, ¿queda algún argumento?

¿Estamos discutiendo lo que se dice o quién lo dice?

¿Hablo de una conducta concreta o de un colectivo entero?

¿Lo aceptaría si lo hiciera el otro bando?

Para terminar

Discutir sin enemigos.

En negociación hay un principio clásico, de Fisher y Ury en "Obtenga el sí" (1981): separar a las personas del problema. Ser duro con el problema y respetuoso con la persona.

Un ejemplo sencillo: tu vecino tiene la música a tope a las dos de la madrugada. Puedes subir y decirle "eres un egoísta", y él se defenderá y la música seguirá. O puedes decirle "mañana madrugo y así no puedo dormir; ¿cómo lo arreglamos?". No has cedido en nada, pero él ya no tiene que defender su dignidad, solo su volumen.

"Eres un facha" o "eres un perroflauta" es el "eres un egoísta" del vecino. "Esa medida tiene este problema" es el "no puedo dormir". De lo primero solo se puede discutir. De lo segundo, se puede hablar.

La superioridad moral hace exactamente lo contrario: es blanda con el problema, porque no lo discute, y dura con la persona, porque la señala. Por eso no resuelve nada. Solo gana discusiones, y pierde la confianza.

Señalar es fácil. Escuchar, no tanto. Por eso sobran dedos y faltan oídos.

— Nohemí Hervada

Fuentes Piff y otros, PNAS (2012) · FLoRA, réplicas de Piff · Trautmann y otros (2013) · Ok y otros (2021), en PsyPost · Última Hora (Vallecas, 2021) · El Independiente (Iglesias, 2020) · RTVE (Borràs, 2020) · El Debate (Arroyo, 2-11-2025) · El Independiente (2-11-2025) · El Plural (acoso a Arroyo) · Lifton, Thought Reform and the Psychology of Totalism (1961) · Nietzsche, La genealogía de la moral (1887) · Haslam, "Concept Creep" (2016) · Lerner, The Belief in a Just World (1980) · Cortina, Aporofobia (2017) · Davidai y Ongis, Science Advances (2019) · Popper, La sociedad abierta y sus enemigos (1945) · Bandura (1999) · Fisher y Ury, Obtenga el sí (1981)

La última oportunidad

La última oportunidad

Pareja · Límites · Sin filtros

La última oportunidad.

Perdonar una infidelidad no es firmar un cheque en blanco. Es renegociar el acuerdo. Y hay cosas que no deberías negociar nunca.

Perdonar una infidelidad: un bucle gris que se repite y una línea roja que lo corta

En la primera parte hablé del precio del engaño y de la diferencia entre un desliz y una infidelidad mantenida en el tiempo.

María sabía lo que pensaban sus amigas por haber perdonado "otra vez" a Carlos. No se lo decían, pero le tenían cierta lástima. A sus ojos, había dejado de ser una mujer fuerte y decidida para convertirse en la tonta que siguió con el hombre que la engañó tanto tiempo.

¿Te suena?

Nota: en este artículo doy por hecho que él engaña y ella es la engañada. Pero puede ser perfectamente al revés. Y aplica igual a parejas heterosexuales u homosexuales.

De un extremo al otro

De "aguanta" a "contacto cero"

Hoy, si quieres dejar a tu pareja, consejos no te van a faltar. Te los dan tus amigas, te los dan los profesionales y te los da internet. Y algunos se han convertido en eslóganes que sobrevuelan nuestro imaginario colectivo:

"Contacto cero."

"Amiga, date cuenta."

"Ahí no es."

Algunos tienen todo el sentido. Si sufres violencia, el contacto cero no es un eslogan: es protección. Y ahí no hay nada que negociar.

Si sufres violencia de género, en España puedes llamar al 016: es gratuito, atiende 24 horas y no deja rastro en la factura.

Pero fíjate en lo curioso. Hace unas décadas, la consigna era justo la contraria:

"Los trapos sucios se lavan en casa."

"Más vale malo conocido que bueno por conocer."

"Aguanta, por los niños."

"Los hombres son así."

"Quien bien te quiere te hará llorar."

Y, por supuesto, "hasta que la muerte os separe".

Hemos pasado del "los hombres son así" al "amiga, date cuenta".

De aguantarlo todo a no aguantar nada. De un extremo al otro. Y entre los dos hay algo de lo que casi nadie habla: negociar.

Negociar tiene una trampa que conoces muy bien, aunque no tengas pareja: "Es la última vez que te lo digo." Se lo dices a tu hijo, con el móvil en la mesa. A la amiga que siempre llega una hora tarde. Al jefe que te prometió el ascenso el año pasado… y el anterior. Llega la siguiente vez, no pasa nada, y lo vuelves a decir. Y cada vez, sin darte cuenta, mueves tu límite un poco más abajo.

Así que hoy toca lo difícil: ¿qué pasa cuando la persona engañada decide perdonar… cuando todo el mundo le dice que se vaya?

El juicio ajeno

"A mí me engaña una vez"

Todos creemos tener claros nuestros límites imperdonables:

"A mí me engaña una vez."

"Yo nunca daré segundas oportunidades."

"Quien te engaña una vez, te engañará siempre."

Venimos de varias generaciones de mujeres que aprendieron, a veces a la fuerza, a aguantar. Hoy eso nos parece tan fuera de lugar como aguantar un bofetón o necesitar permiso del marido para abrir una cuenta en el banco.

Pero para muchas de aquellas mujeres lo peor no era ser engañadas, sino que se supiera. Y eso nos ha dejado una herencia curiosa: el estigma social no recae en quien engaña, sino en la persona engañada.

Es otro ejemplo de culpar a la víctima. Al dolor de la traición se suma la vergüenza. Sigue siendo más vergonzoso que te pongan los cuernos que ponerlos. Y eso dice mucho de las creencias colectivas que deberíamos revisar.

Aun así, el juicio del entorno no es lo más difícil cuando decides seguir con la pareja que te engañó.

La primera condición

Sin aceptación no hay negociación

Hay tantos escenarios como parejas. Hay quien pide perdón, quien llora y suplica, quien no parece muy arrepentido y quien dedica todas sus energías a justificarse, o incluso a culpar a su pareja de haberle "empujado".

Todas las decisiones tienen consecuencias. Cuando un adulto decide engañar y no piensa en ellas, se comporta de forma inmadura, incluso cobarde. Así que lo primero es asumirlo.

Si tu pareja te ha sido infiel y no empieza por asumirlo, mal vamos.

Hay quien busca en su pareja un amor incondicional, más propio de una madre por su hijo. Pero entre adultos las reglas son otras. Una cosa es querer a alguien y otra tener que enseñarle qué es el respeto y la honestidad.

El bucle

Herir, pedir perdón, perdonar. Y otra vez.

Algunas parejas se dan "una última oportunidad" y la toman como tal. Otras se acostumbran a vivir en una dinámica de "herir, pedir perdón y perdonar", una y otra vez.

Es difícil no juzgar. Solo diré que una característica de las relaciones tóxicas, de las que conviene huir, es ese bucle infinito de últimas veces.

En términos de negociación, el bucle es fácil de explicar: cada "última vez" es una renegociación a la baja de tus propios límites. Lo que ayer era innegociable, hoy se acepta con condiciones, y mañana ni siquiera con condiciones.

Renegociar los límites a la baja en la pareja: una figura roja baja el listón una y otra vez hasta que la otra persona pasa por encima

Un límite que se negocia cada vez que se cruza deja de ser un límite.

Y si la decisión es no seguir, aquí escribí sobre cómo atravesar ese duelo: nadie se muere de desamor.

Los fantasmas

Curar un ego herido

Por qué decide cada persona perdonar solo lo sabe ella, y a veces ni siquiera lo tiene claro al principio. Lo irá descubriendo cuando reaparezcan los fantasmas de la sospecha. Si es tu caso, no es fácil. Estas son algunas de las preguntas contra las que tendrás que luchar:

¿Seguirá teniendo contacto con ella?

¿Echará de menos lo que tenían?

¿Era mejor con ella que conmigo? ¿Por qué?

¿Piensa en ella cuando está conmigo?

Una infidelidad es un golpe enorme para el ego. Hace tambalear la confianza en una misma, porque creemos que tiene que ver con "la otra persona". Y nos obsesionamos con ella: quién es, cómo es, en qué se diferencia de mí, qué hacían juntos. Con las redes sociales, es fácil pasarse horas buscando respuestas a todas esas preguntas.

Es normal, pero intenta pasar esa etapa cuanto antes. La respuesta no está fuera. Da igual con quién, da igual cómo, da igual que fuera Miss Universo y doctora en Ciencias o una perfecta desconocida.

Quien engaña, engaña por sí mismo. Se trata de sus porqués, no de con quién.

Eso es lo primero de lo que la pareja tiene que hablar, con honestidad: por qué el amor y el respeto entre ambos no fueron suficientes para evitarlo, y qué decisiones van a tomar.

El nuevo acuerdo

Lo que tiene que asumir cada uno

Recuerda: los papeles pueden ser perfectamente al revés.

Quien engañó tendrá que aceptar que:

Ha hecho daño, y a pesar del perdón la herida seguirá abierta bastante tiempo.

Las reacciones de la otra persona pueden no ser muy racionales durante un tiempo.

La confianza rota tardará en restablecerse.

La autoestima de su pareja está seriamente dañada.

La intimidad y el sexo pueden ser especialmente complicados.

Algunos lugares y fechas reavivarán los recuerdos dolorosos.

Su pareja está buscando su lugar en un escenario nuevo.

Quien fue engañada tendrá que lidiar con:

Las ganas de averiguar los detalles escabrosos.

El deseo de reprochar constantemente lo sucedido.

El afán de preguntarlo absolutamente todo sobre la otra relación.

Sus propios sentimientos de dolor, vergüenza, frustración y rabia.

Su orgullo herido y su autoestima dañada.

E incluso, pensamientos ocasionales de venganza.

Identificar todo eso no es fácil. Superarlo, todavía menos. Pero algunas parejas lo consiguen. No hay fórmulas mágicas, salvo el amor: no el sucedáneo romántico que nos venden, sino el amor maduro, el que implica sinceridad, honestidad, intimidad, valentía y, sobre todo, respeto.

La terapeuta Esther Perel lo resume en su charla TED sobre la infidelidad, que te animo a ver: la traición es profunda, pero puede curarse. Algunas aventuras son el final de relaciones que ya estaban muriendo; otras abren posibilidades nuevas.

Solo el tiempo dirá cuál es cuál en cada caso.

Para terminar

Negociar y no negociar

Perdonar puede ser una decisión valiente. Pero solo si es una decisión y no una rendición. Para eso necesitas tener claros dos listas:

Lo que estás dispuesta a negociar: el tiempo, las formas, cómo se reconstruye la confianza.

Lo que no vas a negociar nunca: tu dignidad, tu respeto, tus límites.

Esto no vale solo para la pareja. Vale para tu trabajo, tu familia y tus amistades. Y se aprende.

Perdonar es una decisión. Rendirse, no.

— Nohemí Hervada

Perdono pero no olvido

Perdono pero no olvido

Pareja · Negociación · Sin filtros

Perdono, pero no olvido.

La fidelidad es un acuerdo. Una infidelidad, el incumplimiento de ese acuerdo. La pregunta es si se puede renegociar, y a qué precio.

Infidelidad y negociación en la pareja: dos sillas frente a frente y un hilo rojo roto entre ellas

Hace unas décadas, la pareja en nuestra sociedad era monógama e implicaba casi siempre el matrimonio como muestra social y personal de un compromiso de convivencia y fidelidad.

Hoy el concepto es mucho más amplio. No pasa necesariamente por formalizar la unión, y el cambio no está solo en la forma, sino en el fondo, en lo que esperamos de esa relación de dos:

Antes vivíamos con el "para toda la vida", y la fidelidad era el eje del éxito de la pareja.

Hoy, ni todo el mundo se casa ni quien se casa da por hecho que será para siempre.

Y aun así, la fidelidad sigue siendo una expectativa mayoritaria. Salvo casos anecdóticos, nadie acepta el engaño como parte del acuerdo.

La terapeuta de pareja Esther Perel lo resume así:

«La monogamia antes significaba una persona para toda la vida. Hoy significa una persona a la vez.»

Y lo remata con humor: hoy muchos dicen "soy monógamo en todas mis relaciones".

Hay quien defiende que una infidelidad no es exactamente un engaño si no hay implicación emocional. Que "una canita al aire" no significa mucho, porque la relación que de verdad importa es la de la pareja.

¿Es eso así?

¿Afecta a una pareja una infidelidad, aunque sea algo puntual?

¿Puede la pareja sobrevivir a algo así?

¿Qué desafíos tiene por delante quien engaña? ¿Y quien ha sido engañado?

El punto de partida

Un acuerdo, no un sobreentendido

Toda pareja funciona con un acuerdo, aunque nunca se haya puesto en palabras. Y ahí está el primer problema: la mayoría de las parejas no negocian su acuerdo de fidelidad. Lo dan por supuesto.

"Hay parejas que pactan libremente tener relaciones con terceros", me diréis. Como en el poliamor: la práctica o el deseo de mantener relaciones afectivas, emocionales y sexuales con más de una persona a la vez, de forma simultánea, duradera y con el consentimiento expreso y pleno de todos los implicados.

Tengo mi propia opinión al respecto, pero lo que he observado es esto: casi siempre hay uno que está convencido y otro que acepta "pulpo como animal de compañía" por no perder la relación.

Aceptar pulpo como animal de compañía en la pareja: una figura roja sujeta con resignación la correa de un pulpo que se enrosca en su pareja

Eso no es un acuerdo. Es una concesión hecha desde el miedo. Y lo que se negocia desde el miedo casi nunca se sostiene.

Este artículo habla de las parejas en las que, dicho o no, ambos se comprometieron a ser fieles.

El precio

El precio del engaño

Cualquier engaño es nocivo para una relación. Cuando alguien nos miente y lo descubrimos, es difícil que la confianza vuelva al nivel de antes. Es el famoso "perdono, pero no olvido".

Puede que no rompamos: evaluamos pros y contras y quizá no nos compensa perder a ese socio, ese amigo o esa empleada. Pero la sombra de la sospecha se queda sobrevolando.

En la pareja, el engaño se vive además como traición y deslealtad. No es solo aceptar que tu pareja ha tenido sexo con otra persona. Es sentir que alguien ha metido a un intruso en tu espacio más íntimo.

Muchos hemos dicho, antes de vivirlo, que jamás lo toleraríamos. Que sería el final inmediato.

¿Es así? ¿Estarías dispuesta o dispuesto a perdonar una infidelidad?

¿Podrías vivir con la huella emocional del engaño?

¿Y con el estigma social de que todo el mundo sepa que te han puesto los cuernos?

No todas son iguales

¿Un desliz o una doble vida?

No es lo mismo un engaño puntual que uno mantenido en el tiempo. No porque uno sea más grave que otro, eso lo juzga cada cual según su historia, sino porque nuestra predisposición a perdonar cambia:

Si fue algo aislado, solemos buscar alguna circunstancia que pueda considerarse (no que deba) atenuante. Lo vivimos como un desliz. Y es habitual que, en plena herida, nos preguntemos si tuvimos parte de culpa. No porque la tengamos, sino porque la culpa es una reacción frecuente en cualquier duelo: una forma de buscar sentido, y algo de control, ante lo que no hemos elegido.

Si fue prolongado, al hecho se suman la decisión de mantener el engaño, las mentiras para encubrirlo y una falta de respeto continuada. Ahí no encontramos atenuantes: solo agravantes. Repetir significa que la otra persona no es algo casual, sino alguien con quien hay una implicación mayor, aunque solo sea sexual.

Algunas parejas que deciden seguir tras un desliz consiguen algo paradójico: usar lo ocurrido para hablar con más sinceridad de la relación, del compromiso, de las expectativas y de los deseos de ambos. Se enfrentan con más verdad a su relación después de la mentira.

Es decir, hacen lo que no hicieron al principio: negociar de verdad su acuerdo.

La confianza no se recupera pronto. El tiempo dirá si la pareja es lo bastante madura para recomenzar.

Para terminar

Lo que se negocia y lo que no

Perdonar o no perdonar es una decisión personal. Pero en ambos casos estás ante una negociación: qué aceptas, qué no, en qué condiciones y a qué precio.

Y saber qué es negociable y qué no, en la pareja, en el trabajo o con tu familia, se aprende. De eso va mi programa #27días para negociar y para no negociar.

Y si decides no seguir, te dejo lo que escribí sobre el duelo del desengaño.

En la segunda parte hablo de qué implica perdonar una infidelidad mantenida en el tiempo y qué tienen que asumir los dos si deciden seguir juntos.

Perdonar no es olvidar. Es renegociar el acuerdo.

— Nohemí Hervada

Las profesionales también lloran

Las profesionales también lloran

Liderazgo · Negociación · Sin filtros

Las profesionales también lloran.

Llorar en una reunión no te resta fuerza. Creer que te la resta, sí.

Las profesionales también lloran: una mujer con americana llora en una reunión de trabajo, con una lágrima roja

¿Has llorado alguna vez en una reunión profesional?

¿Por nervios, rabia o frustración?

¿Has sentido que eso le restaba fuerza a tu posición?

Empezaré diciéndote que es habitual tanto lo primero como lo segundo. Y no: llorar no implica necesariamente perder fuerza en una reunión o una negociación.

Déjame explicarte por qué tenemos esa percepción y por qué es errónea.

La caja

Lo que hemos hecho con el llanto

Nuestra cultura ha metido el llanto en una caja con estas etiquetas: débil, sentimental, triste, pusilánime, vergonzoso y, por supuesto, femenino.

Lo cierto es que el llanto es una acción fisiológica con múltiples funciones: desde algo tan práctico como limpiar el ojo cuando nos entra algo o se irrita, hasta expresar emociones tan dispares como la tristeza, el dolor, la alegría o el placer.

Lloramos por cosas muy diferentes, con intensidades e implicaciones diferentes. Y las personas desarrollamos habilidades sociales que nos ayudan a «leer» qué significa el llanto en cada caso:

Nadie le dice «lo siento» a quien llora de alegría en la boda de su hijo o su hija.

Nadie le dice «me alegro por ti» a la viuda que llora en un funeral.

No minimices el enorme poder social que tiene saber leer estos comportamientos. Hay personas que no pueden hacerlo, y eso les genera muchos problemas.

En general, la mayoría interpretamos bien el llanto en esos ámbitos. Pero ¿qué pasa cuando, en un contexto profesional, sin películas, anuncios, música, bodas ni entierros, interpretamos mal el llanto propio o el ajeno?

Lo que me cuentan

¿Te ha pasado? A mí, sí.

Trabajando liderazgo y negociación con mujeres, muchas me relatan conversaciones en las que acabaron llorando delante de un cliente, un socio, un colaborador, un proveedor o incluso un empleado.

En mi vida profesional he llorado en reuniones, en medio de una discusión, hablando yo y escuchando a otras personas. Y no, no se debe necesariamente a debilidad. He llorado:

De angustia, impotencia, rabia y frustración.

De emoción, en una clase, al tocar un tema sensible.

Al descubrir la pasividad de la gente y cómo afecta a mis derechos o a los de los míos.

De angustia ante la mezquindad o la maldad.

Para descargar estrés o reequilibrar mi estado emocional.

Para descargar la agresividad en vez de darle rienda suelta, que es lo que me apetecía de primeras.

Ninguno de esos motivos le ha restado peso a mis argumentos ni credibilidad a mi persona ni a mi trabajo. Al menos, no a mis ojos.

Sé que hay quien percibe el llanto de una mujer en esos ambientes como un paso atrás, una derrota o sumisión. Esa reacción es una muestra más de desconocimiento de la psique humana.

El cine lo ha retratado mil veces. Acuérdate de la escena de Andy llorando en El diablo viste de Prada: su desahogo se recibe como una queja, no como lo que es, la señal de alguien que está dando todo y no se siente reconocida.

Imagen y poder

Cómo te perciben también cuenta

No voy a negarte que en una negociación la imagen que proyectamos importa. Trabajar nuestro rango de poder y autoridad es fundamental, porque el éxito profesional no depende solo de lo buenas que seamos, sino de lo buenas que se nos percibe.

Por eso trabajar la seguridad, la confianza, el aplomo y la gestión emocional es imprescindible para que tus competencias brillen.

Si eres de las que lloran en cada reunión, cada discusión, cada negociación, mi consejo es que analices primero el porqué de esa reacción.

Cuando una profesional formada reacciona así de forma habitual, casi nunca tiene que ver con su preparación (las hard skills), sino con la actitud (las soft skills): autoestima, seguridad, confianza. Por eso no basta con trabajar la inteligencia empresarial: también hay que trabajar la inteligencia emocional.

Ese desborde puede venir de cosas como:

El miedo a hablar en público, tan generalizado.

El miedo a la exposición o al rechazo.

Una percepción poco realista de tus propias competencias: el síndrome de la impostora.

Una situación médica o personal, como una depresión o un duelo.

Si te pasa de forma puntual

Ten en cuenta esto

Es perfectamente normal.

No cambia quién eres.

No reduce tu valor profesional.

Es un mecanismo de liberación de estrés.

No luches contra él. Tu cuerpo recupera el equilibrio llorando, igual que la fiebre ayuda a combatir una infección.

No estás ofendiendo a nadie.

Recuérdate que todas las personas lloran.

Llorar no reduce tu rango de poder, a no ser que tú creas que lo reduce.

No te disculpes por llorar. Nunca.

Las mujeres hemos conseguido la mayoría de nuestros derechos entre lágrimas, sudor y sangre. No sonriendo.

Para trabajarlo

Refuerza tu poder

Sé que no es fácil decirnos mensajes positivos, y menos en situaciones que vivimos como debilidad. Por eso:

Aprovecha cada oportunidad para reforzar tu poder, tu autoridad y tu autoestima.

Aprende técnicas de negociación que te den seguridad.

Rodéate de mujeres referentes en tu sector y en otros, y si puedes, conócelas en lo personal.

Comprueba que la fuerza y la fortaleza van mucho más allá de ser fría, distante e impasible.

Aprende de tus errores sin culparte por ellos.

Recuerda que mostrarte vulnerable no es debilidad: es honestidad y humildad.

Celebra tus triunfos.

Para terminar

Y sobre todo

Llora si lo necesitas, respira, y sigue defendiendo tu posición. Tus argumentos siguen siendo los mismos con los ojos húmedos.

No dejes que nadie te haga sentir menos de lo que eres.

— Nohemí Hervada

¿Negociador o negociable?

¿Negociador o negociable?

Negociar es un arte. En eso estamos todos de acuerdo.
LA pregunta es : ¿Lo dominas?

En el arte de la negociación se busca  el win to win, es decir que ambas partes ganen en el acuerdo o decisión tomada. Pero la realidad es que  a veces sentimos que cada vez que negociamos rebajamos más de lo que queríamos. Nos convertimos en más «negociables» que «negociadores» con lo que eso implica.
Hoy voy a compartir contigo un par  de  Tips de mi taller Empodérate.

  • Establece tus límites

¿Tienes claro cuáles son tus límites infranqueables?
Todo negociador tiene que tener claro qué límite no puede cruzar.
Con el ejemplo de una puja en una subasta lo verás claro: Si voy a pujar por algo que me interesa tengo que saber cuál es la cantidad máximo que pudo permitirme pagar.
Algunas personas encuentran tanta emoción en la puja en sí que sobrepasan su límite con tal de ganar.
LA euforia de ganar no compensa el verse con una deuda que no se puede afrontar o el darse cuenta que se ha pagado por un producto mucho más de lo que vale.
No nos engañemos: la meta no es ganar a toda costa, sino ganar en condiciones favorables.

John Ritchie -The captain's auction

John Ritchie -The captain’s auction

Del mismo modo que en el ejemplo de la subasta, en la vida  he de saber  antes de negociar  en qué aspectos soy flexible y estoy dispuesto a ceder y en cuáles no.
Si siempre rebajo mis normas para agradar a otros o por miedo no solo estaré  perdiendo mi parcela de poder personal, ese que es intransferible, también perderé el respeto de quien negocia conmigo.

Nadie paga el precio de salida de un producto que se anuncia con «precio negociable». Por eso  debemos evitar ganarnos la fama de ser «negociables» con nuestros principios y valores o  todo el mundo nos exigirá más de lo justo.

Dado que en toda negociación hay que poner un límite, lo inteligente es que tengas tú bien definido el tuyo.

 

Negociador

 

Si te gusta el cine como a mí, te recomiendo ver esta película  y observar en acción algunas de las principales tácticas de negociación. Verás como te suena mi segundo tip 😉

  • No hagas una pregunta a la que te puedan responder con un «NO»

Nada hay que corte más una negociación que una negativa directa, así que aprende a evitar hacer preguntas a las que te puedan  responder con un NO.

Solemos abusar de las preguntas tipo :
«¿Puedo…..?
Con esa frase demuestras poca capacidad negociadora porque dejas en manos del otro el poder de negarte lo que quieres y un buen negociador sabe plantear las preguntas de otra forma.
Si quieres aprender más sobre este y otros tips estáte atent@ s mi próximo taller Empodérate.

 

Nohemí Hervada
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