Huérfana de bandos.
Me he ido bajando de religiones, tribus y causas que sentía mías. No por cambiar de valores, sino por negarme a comprar el pack completo.
Desde que publiqué El Cluedo obsceno me llegan críticas de los dos lados. A unos les sobra lo que digo de la izquierda. A otros, lo que digo de la derecha. Cada uno ha leído la mitad del texto y está convencido de que la otra mitad sobraba. Las dos críticas comparten algo: superioridad moral.
No me sorprende. Me duele, pero no me sorprende. Porque no es la primera vez.
Escribo esto desde un sitio que duele: el de haber visto, en distintas épocas y en ámbitos muy distintos, cuánto nos cuesta la autocrítica. Y lo fácil que nos resulta blindar lo que pensamos ante cualquier crítica o cualquier dato que nos chirría.
Ese blindaje es la superioridad moral: creer que nuestras posiciones son moralmente mejores y que eso nos da derecho a juzgar, a no escuchar o a callar al otro.
Lo peor que hacemos, casi nunca lo hacemos sintiéndonos malos.
Lo que aprendí vendiendoLa confianza vende.
En mis programas de ventas repito una idea hasta el cansancio: lo que vende no es el hecho en sí, el dato del producto. Lo que vende es la confianza.
Con las ideas pasa exactamente lo mismo. Puedes ganar una discusión gritando más, escondiendo el dato que no te conviene o haciendo callar al de enfrente. Lo que no ganas es confianza. Y sin confianza, lo que has ganado no vale nada.
Si para vender mi historia tengo que ocultar datos, cancelar al otro o gritar más, prefiero bajarme de ahí.
Y me he bajado de unos cuantos sitios.
Mi mar de orfandadesComprar el marco completo.
Las personas somos incoherentes. Nos pasan cosas, cambiamos de opinión, nos contradecimos. Eso es humano y lo acepto, en los demás y en mí.
Lo que nunca he podido aceptar es tener que comprar el marco completo: el paquete entero, sin derecho a preguntar por la letra pequeña. Y eso es lo que me ha ido alejando de grupos, ideologías y corrientes que, en su momento, sentí como casa.
Primera bajadaLa fe y la práctica.
Desde los cinco o seis años hasta los 41 formé parte de una religión que llevaba por bandera unos principios. En la práctica, eran otros. No voy a entrar hoy en detalles. Lo que sí puedo contar es lo que aprendí: que el problema rara vez está en los principios, sino en la distancia entre lo que se predica y lo que se hace, y en la prohibición de señalarla.
Hay una parábola que lo resume. La del fariseo que rezaba en el templo dando gracias a Dios "porque no soy como los demás" (Lucas 18). Dos mil años después, seguimos rezando lo mismo, con otras palabras.
El psiquiatra Robert J. Lifton estudió en 1961 cómo funcionan los grupos que lo controlan todo. Algunos de los rasgos que describió:
Exigencia de pureza: el mundo se divide entre puros e impuros, y la culpa no se acaba nunca.
Lenguaje cargado: etiquetas que, en lugar de abrir el pensamiento, lo cierran.
La doctrina por encima de la persona: si tu experiencia contradice la doctrina, la que se equivoca eres tú.
Quien está fuera no merece ser escuchado.
Cuando sales, empiezas a ver esos rasgos en sitios que no tienen nada de religioso.
Segunda bajadaLactancia y crianza: la culpa en los dos lados.
Durante años trabajé como asesora de maternidad y lactancia. Y vi cómo se formaban bandos: teta o biberón, colecho o cuna, crianza "respetuosa" o el resto. Cada bando tenía su verdad. Y la culpa, siempre, caía sobre las madres. Sobre las de los dos lados.
Estuve dentro de esa guerra que todo el mundo se empeñaba en alimentar: la que dividía a las madres que daban teta y a las que no.
A las que no amamantaban, se las culpaba por no hacerlo.
A las que sí, se las llamaba "retrógradas", "de derechas", "vacas" o casi abusadoras de niños por no destetar. Y no, no exagero: en ese debate en redes participé yo.
De hecho, en esa época, buena parte del feminismo estaba tan en contra de la lactancia que yo me negué durante años a asumir esa etiqueta. Luego decidí "aceptar pulpo".
Para hacerte una idea del tono de aquellos años:
2010. El suplemento Magazine de El Mundo publica "Madre o vaca", un reportaje que comparaba a las madres lactantes con vacas. Hubo protestas y tetadas ante sus sedes, como contaba Bebés y más.
2017. Patricia Merino responde en Tribuna Feminista a otra polémica en redes sobre maternidad y lamenta la agresividad de los dos lados.
2018. Pikara entrevista a Beatriz Gimeno, autora de "La lactancia materna. Política e identidad", uno de los libros más críticos con la lactancia desde el feminismo.
Atendí a decenas de madres y padres que lloraban mientras aplicaban el método de "Duérmete, niño", de Eduard Estivill, convencidos de que era por el bien de su bebé.
Y vi a quienes, en nombre de la crianza "respetuosa", juzgaban a esas mismas madres, no te digo a las otras. Porque no es lo mismo "respetar" a tus hijos que respetar al prójimo. Además, si tu crianza es la respetuosa, ¿qué es la de las demás?
Si llora el bebé y llora la familia al aplicar el método, el único que se beneficia es quien vende el libro.
El mecanismo es el mismo en los dos bandos: "por su bien". Generaciones enteras crecieron con "la letra con sangre entra", y en España el derecho de los padres a "corregir" a sus hijos no desapareció del Código Civil hasta 2007. El psicólogo Albert Bandura lo llamó desconexión moral: la forma en que hacemos daño sin sentirnos mal. El primero de sus mecanismos es la justificación moral. Si la causa es buena, todo vale.
Tercera bajadaEl garbanzo negro del porteo.
En el mundo del porteo, el discurso generalizado era que portear nunca hacía daño al cuerpo de la madre y no tenía contraindicaciones. Yo compré ese discurso durante años. Hasta que sufrí un aborto y me empecé a replantear muchas cosas. Entre otras, si algo de lo que yo consideraba inocuo no lo era tanto. Así que empecé a investigar, preguntando a profesionales para tener más información, más "datos" y no solo el relato.
Como resultado cambió mi forma de abordar mi trabajo hasta el punto de enseñar que, a veces, a una mujer hay que decirle "ahora, o de momento, mejor no portear".
Por eso creé el concepto de porteo no hiperpresivo: para enseñar a minimizar el impacto de cargar peso en el cuerpo del adulto. Porque siempre hay impacto, y en algunos casos, pocos, sí está contraindicado. A mis ojos, visibilizarlo era lo veraz y lo ético.
Nunca entendí por qué negar las excepciones era válido.
Defender algo no exige absolutizarlo. Al contrario: reconocer sus límites es lo que lo hace creíble. Otra vez, la confianza.
Cuarta bajadaEl feminismo que sí era mío.
Este es el que más me duele.
Te contaba que durante años me negué a llamarme feminista. Pasado un tiempo, acepté pulpo. Entendí que había que sumar: el clima político y social amenazaba con un retroceso en los derechos de las mujeres, y entre quedarme al margen o sumar, escogí sumar.
Ya no estaba en mi etapa más maternal. Empecé a identificarme públicamente como feminista y me involucré como he hecho con todo lo que me ha importado en la vida: con la acción, no solo con el intelecto.
Por eso hablo de un feminismo del que sí me sentía parte, en el que he hecho activismo durante años. No del institucional, ni del que ha abrazado la teoría queer.
En 2025, el periodista Juan Soto Ivars publicó "Esto no existe. Las denuncias falsas en violencia de género" (Debate). Se puede discrepar de su libro. Para eso, primero hay que leerlo.
Pero la historia no empieza con él. Antes, las canceladas fuimos nosotras, o quienes decían cosas parecidas a las nuestras:
Barcelona. Manifestantes LGTBI intentan entrar en la Casa del Libro para impedir la presentación de "Nadie nace en un cuerpo equivocado", de José Errasti y Marino Pérez Álvarez. Hay enfrentamientos con los Mossos y la librería anula el acto.
Badalona. Se suspende la presentación de "La coeducación secuestrada", de las feministas Silvia Carrasco y Marina Pibernat, tras la presión de colectivos LGTB y varios partidos que hablaban de "ideas transfóbicas".
Todo es mentira (Cuatro). Ione Belarra pregunta a la abogada feminista Paula Fraga si una mujer trans es una mujer. Fraga responde que no. Belarra lo califica de transfobia y delito de odio, y le pide a Risto Mejide que no le dé espacio. Respuesta de Mejide: "Nosotros no vamos a cancelar a nadie en este programa".
Más Espejo Público (Antena 3). Llega el libro de Soto Ivars. Una de las invitadas: "no me pregunte si me he leído el libro porque no me lo he leído y además no me lo voy a leer, pero sí que me he leído todos los datos".
El mismo programa. Zuriñe Ojeda (Feministas al Congreso) y Mari Cruz Garrido (Docentes Feministas por la Coeducación) se posicionan en contra del boicot: las feministas lo han sufrido en carne propia. Pero mantienen que el libro niega la violencia machista o da alas a quienes la niegan.
Sevilla. Colectivos feministas piden por carta que se anule la presentación del libro en una biblioteca pública.
Ese último matiz es el que más me interesa. Porque el libro empieza diciendo expresamente lo contrario: que la violencia machista existe, y que con las denuncias falsas pierden precisamente las mujeres que sí son víctimas, porque en la cola se cuelan otras que no lo son. Se puede estar en contra del boicot y, aun así, rebatir algo que el libro no dice.
¿Y los datos? Lo único que sabemos con certeza es cuántas denuncias falsas llegan a perseguirse y acaban en condena. Y son pocas:
Ese dato mide las falsedades probadas y perseguidas, no las que existen. Que no haya denuncia por denuncia falsa no significa que no existan. La cifra real no se conoce. Y eso, precisamente, es lo que debería poder investigarse y discutirse sin que te llamen negacionista.
Lo digo claro:
Si para luchar contra la violencia machista hay que negar que haya gente que pueda utilizar las denuncias de forma espuria, o aceptar que cada mujer del planeta es un ser de luz, conmigo que no cuenten.
Y como feminista, nunca voy a aceptar que luchemos por nuestro derecho a la libertad de expresión y nos convirtamos en canceladoras cuando alguien, desde otro posicionamiento, intenta explicarse.
Quinta bajadaLa política, ya lo sabes.
De la política ya hablé en Apolítica, decía yo. Nunca he sido de partido. Y cuanto más escribo, más claro tengo que no voy a serlo: en la trinchera, el que no dispara a los de enfrente es sospechoso para los suyos.
Así que aquí estoy: cada vez más huérfana de todo.
Por qué nos cuesta tantoSuperioridad moral: nadie es el villano.
La psicología lleva años explicando de dónde sale la superioridad moral y por qué blindamos nuestras ideas:
Nos creemos mejores que la media. En un estudio con 270 personas, Tappin y McKay (2017) comprobaron que casi todos nos vemos por encima de los demás, y que el autoengaño más irracional es el moral: más que el de la inteligencia o la simpatía.
Preferimos no saber. Evitamos la información que amenaza lo que creemos, aunque sea gratis y útil (Golman, Hagmann y Loewenstein, 2017).
Lo moral no se negocia. Cuando vivimos una postura como cuestión moral, el que discrepa deja de estar equivocado y pasa a ser malo (Linda Skitka).
La indignación se premia. Cada palabra moral y emocional en un tuit aumenta su difusión un 20 %, sobre todo dentro del propio grupo (Brady y otros, 2017, más de 560.000 tuits).
Y luego está el famoso experimento de la cárcel de Stanford (Zimbardo, 1971), el que nos contaron como prueba de que el entorno nos convierte en monstruos. Hoy sabemos que a los "guardias" se les orientó para ser duros y que el experimento no se pudo reproducir. La lectura actual (Haslam y Reicher) es más incómoda: hacemos daño cuando nos identificamos con una causa que creemos justa y alguien nos dice que eso es lo correcto.
Nadie es el villano de su propia historia.
Pertenecer sin perder el criterioLa tribu une y ciega.
Jonathan Haidt lo resume en una frase: la moral une y ciega. Nos da tribu, y a cambio nos pide que no miremos lo que la tribu no quiere ver.
La necesidad de sentirse parte de algo mayor es profundamente humana. Yo también la tengo. Pero intento que nunca sea a costa de perder mi espíritu crítico.
Y esto no va de un bando. En Badalona cancelaron a unas feministas; en Valdemorillo, en 2023, un ayuntamiento con Vox retiró una obra basada en el Orlando de Virginia Woolf. La superioridad moral no tiene carné. Y la empatía tampoco es superioridad moral; la que sí la roza es la empatía selectiva.
¿Cuándo fue la última vez que cambiaste de opinión?
¿Te has negado a leer algo que ya criticabas?
¿Sabrías explicar la postura contraria de forma que quien la defiende la firmara?
¿Qué dato de tu propio bando te chirría y prefieres no mirar?
La tabla de siempre.
Cada una de estas bajadas ha sido un pequeño duelo. Dejas atrás gente, rituales, certezas y la comodidad de tener siempre a alguien que piensa como tú.
Lo que me ha mantenido a flote no es una ideología. Son unas pocas costumbres, el mejor antídoto que conozco contra la superioridad moral. También contra la mía:
Preguntarme "¿y si me equivoco?" antes de dar algo por cerrado.
Formular la mejor versión del argumento contrario antes de criticarlo.
Separar a la persona de la idea.
Desconfiar de las palabras que cierran preguntas en lugar de abrirlas.
John Stuart Mill lo escribió en 1859: quien solo conoce su lado del argumento, sabe poco de él.
En el mar de orfandades, siempre tuve una tabla: cuestionármelo todo. Incluso a mí misma.
— Nohemí Hervada
