Buenismo: la bondad como excusa.
Cuando la bondad se convierte en excusa para no dar argumentos. Y quien cumple, paga la factura.
La casa de mis padres
Cuando yo era niña, mis padres compraron una casa en una urbanización familiar, algo alejada del centro, con su colegio y sus pocas tiendas. Como tantas familias de trabajadores en los años ochenta, se hipotecaron para tener algo propio. Pagaron, cumplieron, año tras año.
Al cabo de un tiempo, la región sufrió una catástrofe natural, una riada muy grave. Y ahí empieza lo que quiero contar. La versión oficial fue: «estas viviendas se ceden a los damnificados de la riada». Sonaba bien. Sonaba justo. Nadie podía oponerse a ayudar a quien lo había perdido todo.
Pero eso no fue exactamente lo que pasó. La mayoría de esas viviendas no fueron para los afectados por la inundación. Fueron para otras familias, algunas ya señaladas por conflictos y tráfico de drogas, y más tarde, para familias que venían de vivir en chabolas.
- Nadie las acompañó.
- No hubo ningún plan, ninguna integración, ninguna gestión real.
- Solo la entrega de las llaves, y ya está.
¿Qué pasó después? El barrio se fue degradando. En pocos años se convirtió en una zona controlada por clanes, un punto de venta de droga donde ni la policía entraba con normalidad. Las familias que habían pagado su hipoteca, que habían hecho todo lo que se les pidió, empezaron a irse, una a una, porque ya no se podía vivir allí.
Con el tiempo, aquello se convirtió en un símbolo de lo que no debía repetirse. Se llamaba Parque Ansaldo, en San Juan de Alicante, y en 2004 lo derribaron entero. No quedó nada.
Mis padres nunca fueron indemnizados por perder su propiedad.
Ni un euro de lo que pagaron durante años les fue devuelto. Hicieron todo lo que se les pidió: pagar, cumplir, esperar. Perdieron la casa, perdieron el barrio, y nunca hubo una indemnización, ni una disculpa, ni nadie que respondiera por lo que pasó. El coste de una decisión que no tomaron ellos lo pagaron ellos solos.
No cuento esto por rencor, ni para señalar a nadie en concreto. Lo cuento porque el patrón se repite. Y no hace cuarenta años: está pasando ahora mismo. Veamos tres situaciones, dos de ellas con casos muy recientes, y comprobemos que el mecanismo es exactamente el mismo.
Situación 1Cuando la ley protege al agresor
Esta primera situación no es una noticia concreta, sino algo más incómodo todavía: una dinámica que se repite, con distintos protagonistas, en el acoso escolar entre menores.
En España, y en la mayoría de los países de nuestro entorno, la ley obliga a proteger de forma casi absoluta el llamado Interés Superior del Menor, tanto de la víctima como del agresor.
- La Ley Orgánica 5/2000, reguladora de la responsabilidad penal de los menores, fija la edad de responsabilidad penal en los 14 años. Por debajo de esa edad, un menor que agrede o acosa gravemente a otro no puede ser juzgado penalmente, y su caso se deriva a servicios sociales o al propio centro escolar, con medidas que las familias afectadas suelen considerar insuficientes.
- Además, revelar el nombre, la imagen o cualquier dato que identifique a un menor implicado en un delito está prohibido por ley, precisamente para no estigmatizarlo de por vida y darle una oportunidad real de reeducación.
El problema no es el principio en sí. El problema es cómo se traduce en la práctica:
- El traslado forzado de la víctima. Ante un caso grave, el centro no expulsa al agresor porque chocaría con su derecho a la escolarización, y termina siendo la víctima quien cambia de colegio, con la sensación de ser ella la castigada.
- La inimputabilidad por debajo de los 14 años, que deja fuera la vía penal incluso en agresiones graves.
- El vacío en el ciberacoso. Cuando se difunde contenido humillante de la víctima, la protección de la identidad del menor infractor durante la investigación hace que retirar ese contenido sea lento, mientras la humillación sigue circulando cada día.
El resultado son dos efectos muy concretos:
- La víctima siente que denunciar no sirve de nada, porque la burocracia, las disculpas privadas o el silencio institucional alargan su sufrimiento en vez de resolverlo.
- El entorno recibe el mensaje de que la violencia no tiene consecuencias visibles, lo que desanima a denunciar la próxima vez.
Aquí el mecanismo cambia de forma respecto a los otros casos. No es una noticia que cuenta solo una parte: es una ley, bienintencionada, diseñada para proteger a un menor de un daño futuro, que en la práctica deja a otro menor, el que ya sufrió el daño, sin una respuesta visible.
Es buenismo convertido en norma, no solo en relato.
Situación 2Ceuta y la palabra que cada uno elige
La segunda situación es la de Ceuta, una ciudad de apenas 19 km² y unos 84.000 habitantes. El 30 y 31 de julio de 2026 entró en la ciudad, en cuestión de días, un número de personas cercano a la población total de la ciudad, convocadas a través de un grupo de Facebook con más de 160.000 miembros. El CNI había alertado un día antes de que se estaba organizando la entrada, pero según los informes desclasificados por el Gobierno, nunca llegó a anticipar una llegada masiva de miles de personas en tan poco tiempo.
Según el último dato oficial publicado, del Consejo General del Poder Judicial, entre el 30 de julio y el 14 de septiembre los juzgados de Ceuta abrieron 37 procedimientos por agresión sexual, 10 de ellos con penetración. Hay 39 víctimas, 14 de ellas menores. De esos procedimientos, 28 siguen abiertos.
- En lo que va de 2026 se contabilizan al menos 57 agresiones sexuales. En todo 2025 hubo 52, y ya era el máximo histórico de la ciudad.
- De ellas, 14 son violaciones, frente a 9 en todo 2025, 5 en 2024 y 8 en 2023, según datos del CGPJ y del Ministerio del Interior.
Fijaos en cómo lo llama cada uno: unos hablan de «entrada masiva», otros de «invasión».
- Ninguna de las dos palabras es un dato. Las dos son una elección.
- Esa elección depende de la ideología de quien habla, no de los hechos: se usa el término que más apela a la emoción, en un sentido o en el otro, en lugar de describir el hecho de forma objetiva y racional.
- Por eso doy los números, y que cada uno decida qué palabra le parece más honesta.
El relato que se cuenta depende de quién lo cuenta: unos ponen el foco solo en las cifras de agresiones, otros solo en la respuesta institucional, como la ampliación de los centros de acogida de 1.000 a 6.000 plazas o los 114,7 millones de euros de ayuda de la Comisión Europea. Pocas veces se cuentan las dos cosas juntas. Y ahí está, otra vez, la información incompleta.
Situación 3El desahucio de Maricarmen, setenta años después
La tercera situación es la de Maricarmen, una mujer de 87 años desahuciada el 23 de septiembre de 2026 de un piso de unos 90 m² en el barrio de Retiro, en Madrid, donde había vivido 71 años.
Su padre firma el contrato bajo la Ley de Arrendamientos Urbanos de aquel momento, que garantizaba la prórroga forzosa.
El texto refundido de la LAU recoge esa prórroga y las subrogaciones familiares.
El Decreto Boyer elimina la prórroga forzosa, pero solo para los contratos nuevos. El suyo, al ser anterior, sigue protegido.
Una reforma de la LAU limita la segunda subrogación a solo dos años de vigencia, salvo que el subrogado tenga una discapacidad igual o superior al 65 %.
Muere la madre de Maricarmen y ella se subroga en el contrato, con una discapacidad reconocida del 50 %.
Por esa ley de 1994, el contrato se extingue legalmente.
El edificio se vende y pasa a manos de Urbagestión.
En marzo, el Tribunal Supremo resuelve el caso. El desahucio se ejecuta el 23 de septiembre.
Durante todo ese tiempo, y hasta el final, Maricarmen nunca dejó de pagar. Pero hay que contar bien qué pagaba:
- Se habló mucho de que pagaba 500 euros al mes. No es exacto.
- Su renta era de unos 200 euros al mes, 204 según algunas informaciones.
- El resto, entre 220 y 250 euros, eran gastos de comunidad, agua y calefacción.
- En total, unos 450 euros al mes por un piso de 90 m² en Retiro, en una zona donde un piso así se alquila hoy por más de 2.500.
Nota: el desglose entre renta y gastos lo ha dado la empresa propietaria, Urbagestión, y lo han recogido varios medios. Es su versión, pero nadie la ha desmentido con documentos.
Y aquí está el dato que más me interesa: entre 2007 y 2026 pasaron diecinueve años. Setenta años después de que su padre firmara aquel contrato.
El medio que cuenta esta noticia carga el relato contra una ley aprobada por el PSOE en 1994. Pero se le puede hacer la misma crítica que a las otras situaciones: rara vez se cuenta también que esa ley existía, entre otras razones, para que los propietarios pudieran recuperar en algún momento una vivienda alquilada durante décadas muy por debajo del precio de mercado. El mismo mecanismo de contar solo una parte del relato no lo usa un solo lado: lo usa cualquiera, según le convenga.
Y hay una segunda vuelta de tuerca. Desde 1994 hasta hoy, PSOE y PP se han alternado en el Gobierno durante más de treinta años, y esta regla concreta, la que ha dejado a Maricarmen sin protección, sigue exactamente igual.
Es protestar contra un problema que uno mismo ha mantenido, mientras se lo atribuye a «los otros».
Quien hoy usa este caso para señalar a un partido pertenece, muchas veces, a corrientes políticas que también han gobernado con margen de sobra para cambiarla si de verdad la consideraban injusta, y no lo han hecho. Sean quienes sean esos «otros» en la cabeza de quien escucha.
El patrón comúnCinco claves que se repiten
Si os fijáis, en las cuatro situaciones, la de mis padres y estas tres, se repite exactamente el mismo patrón. Y merece la pena quedarse con estos cinco puntos, porque son la clave de todo lo que viene después.
- No se da la información completa: se cuenta una parte, la que sostiene el relato, y se omite la otra.
- Se construye un relato que sostiene una idea concreta, no que describe el hecho: no es información neutra, es una narrativa con una dirección marcada de antemano.
- Se humaniza a una parte apelando a la empatía, y se deshumaniza o se presupone lo peor de la otra. Y esa otra parte suele ser, además, la que ya ha recibido el daño, el acoso, la agresión o la pérdida.
- Se evita el debate y se repiten consignas: en cuanto alguien pregunta o matiza, no se le responde con argumentos, se le responde con una etiqueta.
- Se dramatiza para apelar a lo emocional, no a lo racional: cuanto más fuerte es la emoción que provoca, menos espacio queda para pensar.
Qué es realmente el buenismo
Todo esto tiene un nombre: buenismo. La Real Academia Española lo define así:
«La actitud de quien, ante un conflicto, rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia».
Conviene dejar claro un matiz, porque si no, esto se puede malinterpretar: el problema no es tener empatía. El problema es la empatía selectiva, la que se dirige solo hacia una parte del conflicto y nunca hacia la otra, aunque la otra sea quien ya estaba sufriendo el daño.
Eso ya no es empatía. Es una estrategia que usa el lenguaje de la bondad para no tener que dar argumentos.
La psicologíaPor qué caemos tan fácilmente
Y aquí llega la pregunta importante: ¿por qué caemos en esto una y otra vez, si en el fondo es tan fácil de identificar cuando se explica así?
- Porque sentir cuesta menos que razonar. Una historia con nombre y cara mueve mucho más que un dato o una cifra, aunque el dato sea más importante.
- Porque necesitamos vernos como buenas personas. Alinearnos con el relato compasivo nos da una recompensa social inmediata, aunque sea superficial, aunque no hayamos entendido el problema real.
- Porque cuestionar el relato da miedo. Tememos que, si preguntamos o matizamos, se nos coloque automáticamente del lado «malo» de la historia, aunque lo que estemos cuestionando sea el relato, no el sufrimiento de nadie.
- Porque repetir la consigna nos da pertenencia a un grupo. Argumentar en contra, aunque sea con matices razonables, nos saca de él. Y eso, para la mayoría de las personas, pesa más que tener razón.
Quien cumple, paga la factura
Mientras tanto, quien cumple, quien paga, quien hace todo lo que se le pide, sigue siendo quien se queda pagando la factura:
- Tu hijo o tu hija, si es a quien acosan.
- Los ciudadanos de Ceuta.
- El propietario de una vivienda comprada y pagada legal y religiosamente, que ve cómo su derecho a su propiedad se cuestiona, se pisotea o se anula.
Esto, además, tiene mucho que ver con algo de lo que escribiré próximamente: qué pasa cuando alguien busca un consenso a toda costa. Porque muchas veces, buscar consenso no es convencer con argumentos. Es presionar hasta que el otro cede.
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El buenismo no es tener demasiado corazón. Es usar el corazón de la audiencia para no tener que dar argumentos.
— Nohemí Hervada
Te recomiendo este vídeo
Si te has quedado con ganas de más sobre el caso de Maricarmen, Juan Ramón Rallo lo analiza en «Maricarmen y la gran hipocresía de la que nadie habla». Merece la pena verlo entero.
