Un enemigo en vez de un proyecto.
La polarización política en España no nace en la calle. La fabrican quienes prefieren tenerte enfadado antes que convencido.
En la primera parte contaba cómo pasé de decir "soy apolítica" a entender que la política es ocuparse de lo común, no llevar un carné.
Y los datos decían algo importante: en España no hay desinterés por lo público. Hay desafección. El 90 % desconfía de los partidos.
Hoy toca la otra cara: qué ha hecho la clase política con ese desencanto. Y sobre todo, por qué hablamos tanto de polarización política en España cuando, como verás, la mayoría no vivimos en una trinchera.
La función olvidadaGestionar lo público o perpetuarse
La función de un político es sencilla de enunciar: gestionar lo público y mejorar el bienestar de la población. No es mantenerse en el poder a toda costa. No es usarlo en beneficio propio.
El problema está estudiado desde hace más de un siglo, y por autores de todos los colores:
Max Weber (1919) distinguía entre quien vive para la política y quien vive de la política. El segundo necesita, ante todo, seguir en el cargo.
Robert Michels (1911), sociólogo que había militado en el socialismo alemán, formuló la "ley de hierro de la oligarquía": toda organización, por democrática que nazca, acaba sirviendo a quienes la dirigen.
James Buchanan, premio Nobel y referente liberal, lo resumió así: los políticos no son ángeles. Responden a sus propios incentivos, como todos. Y el primero es ser reelegidos.
La ciudadanía lo percibe. En el barómetro del CIS de septiembre, "el Gobierno y partidos o políticos concretos" es el primer problema del país para el 15,4 % de los encuestados. Los políticos ya no se perciben como quienes resuelven los problemas, sino como uno de ellos.
La estrategiaDibujar un enemigo
Y aquí viene lo grave. Si a una población desencantada ya no la movilizan los proyectos, ¿qué la saca de casa para votar?
La respuesta que han encontrado los partidos es tan vieja como eficaz: darle un enemigo.
Carl Schmitt, jurista conservador, definió la política como la distinción entre amigo y enemigo.
Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, teóricos de la izquierda, propusieron construir un "ellos" para crear un "nosotros". Fue la base intelectual del primer Podemos.
El politólogo Steven Webster lo midió en Estados Unidos: la ira moviliza más que la adhesión. Cada vez más gente no vota a favor de alguien. Vota contra alguien.
En España lo hemos visto en todos los colores:
"La casta", de Podemos.
El "muro" frente a la derecha, de Pedro Sánchez en su investidura de 2023. Hoy se repite como "si no nos votas, viene la ultraderecha": lo desmonto en ¿Que viene el Coco?
La "anti-España", de Vox.
"Que te vote Txapote", nacido en el entorno de Vox y amplificado por políticos de PP y Vox.
Y el último capítulo: "quien vote no a los decretos de vivienda está con los fondos buitre", con votación a viva voz para que cada diputado se retratara. Lo conté en El que vota no también es diputado.
Y hay un atajo todavía más barato que el eslogan: la etiqueta. Hoy, quien no está de acuerdo con el Gobierno es "facha". Cuando no, directamente "nazi".
Ceuta, la ciudad de las cuatro culturas, donde cristianos, musulmanes, judíos e hindúes llevan décadas conviviendo. Cuando sus vecinos salieron a la calle a pedir seguridad, tuvieron que empezar defendiéndose: "No somos racistas". Y un dato que desmonta la etiqueta: cuando en agosto desembarcaron en la ciudad un grupo neonazi y el eurodiputado Alvise Pérez, fueron los propios ceutíes quienes los echaron al grito de "Ceuta sí, nazis no".
Irene Montero, en enero de 2026: "Ojalá podamos barrer de fachas y racistas este país con gente migrante". Podemos dijo después que era ironía.
La otra trinchera tiene su propio diccionario: "traidor", "felón", "comunista" para cualquiera que no piense igual.
Si todo el que discrepa es facha, la palabra deja de significar nada. Y los fascistas de verdad lo agradecen.
Movilizar con ira es más barato que convencer con argumentos.
Pero hay un dato que desmonta la idea de que somos un país dividido en dos trincheras. Según el CIS, al 75 % no le incomoda nada tener vecinos que voten a otro partido. Y al 64 % no le importaría que su hijo se casara con alguien de otro partido.
En cambio, uno de cada tres españoles dice sentir "asco" hacia Sánchez o hacia Abascal.
No nos odiamos entre vecinos. Nos han enseñado a odiar a los líderes del otro.
La crispación viene más de arriba que de abajo. Es una estrategia, no un clima.
La memoriaDe la Transición a la trinchera
No hace tanto, este país hizo algo muy difícil. Saliendo de una guerra civil y de casi cuarenta años de dictadura, gente que se había enfrentado se sentó a pactar.
No fue un cuento de hadas. Fue algo más valioso: la única forma posible de redactar una Constitución y caminar hacia la democracia. Un pacto, con renuncias por todas partes.
Siete ponentes de UCD, AP, PSOE, PCE y la minoría catalana redactan la Constitución. Del franquismo reformista al comunismo, en la misma mesa. En el referéndum, cerca del 88 % vota sí.
El 23-F demuestra que había quien añoraba el régimen anterior. Pero el golpe fracasó, y días después más de un millón de personas salieron a la calle en Madrid por la democracia. La sociedad dejó claro que no quería volver atrás.
De aquellos siete "padres de la Constitución", cinco han muerto. Siguen vivos Miguel Herrero de Miñón y Miquel Roca.
Hubo violencia en esos años, claro. Pero conviene llamar a cada cosa por su nombre:
ETA nació contra el franquismo, pero siguió matando en democracia, y la mayoría de sus víctimas fueron civiles. Eso no era política. Era terrorismo.
Los GAL tampoco eran política. Eran guerra sucia y terrorismo de Estado.
Con aquella generación ya casi desaparecida, ha llegado otra que hace justo lo contrario: reabrir heridas que la mayoría de sus votantes no vivió. Leyes de memoria por un lado, leyes de "concordia" por el otro, y la Guerra Civil convertida de nuevo en munición electoral.
Es más fácil reavivar un odio que diseñar un proyecto.
Es más fácil fanatizar a una base que gestionar con cabeza.
Es más fácil buscar un culpable que tener visión de Estado.
¿Cuándo fue la última vez que votaste a favor de un proyecto y no en contra de alguien?
¿Sabrías decir tres propuestas concretas del partido al que votas?
¿Las causas que defiendes siguen siendo tuyas, o ya tienen dueño?
Ni trinchera ni silencio
La crispación no es un clima que cae del cielo. Es una estrategia. Y como toda estrategia, solo funciona si picas.
No hace falta afiliarse a nada para dejar de picar. Basta con hacer política sin carné:
Infórmate en fuentes de distinto color. Si todas te dan la razón, no te estás informando.
Exige gestión, no gestos. Resultados medibles, no eslóganes. Los datos de estos ocho años, en Elecciones en caliente.
Desconfía de quien te ofrece un enemigo en lugar de un proyecto.
Defiende tus causas sin entregarlas a unas siglas.
Nos quieren enfadados porque enfadados no pensamos. Y quien no piensa, vota lo que le digan.
— Nohemí Hervada
