¿Crees que es importante cómo nombramos las cosas?
En el contexto actual de la posverdad donde parece que se busca diluir el significado de las cosas al gusto del consumidor, lo cierto es que, como se suele citar atribuyéndolo a George Steiner: «lo que no se nombra no existe». Así que no sólo importa, y mucho, darle nombre a las cosas sino nombrarlas bien.
Una vaca es una vaca. Existe, tiene un nombre que la identifica y la distingue de cualquier otro ser vivo del planeta. Nos da información relevante como que es la hembra de su especie, así que la distingue del macho.
¿Muy obvio?
Puede, pero necesario recordar que las definiciones limitan precisamente porque esa es su función: que nos ayuden a distinguir una cosa no sólo de lo muy diferente, sino de lo que «se le parece».
Por eso ponemos nombre a las cosas, porque existen y es una forma de reconocimiento a que «ya son» y porque en base a las definiciones obtenemos información que nos ayuda a tener claro de qué hablamos y no confundirnos. Así tenemos la denominación «cubiertos», pero tenemos las más específicas: «cuchillo», «tenedor» y «cuchara».
¿Pero qué pasa cuando nombramos mal?
¿Qué pasa cuando deliberadamente usamos una denominación que cambia drásticamente la percepción que tenemos de algo o alguien?
¿Puede la forma en que nombramos a las personas influir para mal en el trato que se le da?
¡Por supuesto!
Hay muchos experimentos que demuestran que cuando le decimos a alguien alguna característica sobre una persona o grupo que no conoce, le condicionamos para que «encuentre» esa característica y afirme el prejuicio. Esto funciona en positivo y en negativo. Lo que se conoce como Efecto Pigmalión o Efecto Golem.
El trabajo realizado en una escuela por Rosenthal y Jacobson en 1968, entre otros, demostró que las expectativas del profesor influían en el rendimiento de los estudiantes.
Las expectativas positivas influyen en un rendimiento positivo.
Las negativas favorecen un mal rendimiento.
El nombre
Recursos humanos
Se denomina «recursos» a todos aquellos elementos que pueden utilizarse como medios a efectos de alcanzar un fin determinado.
Un recurso es agotable, reemplazable, sustituible.
Llamar a las personas que trabajan y/o colaboran en una empresa «recursos» es etiquetarlas como cosas, lo cual favorece la deshumanización.
No en vano muchos departamentos de RRHH funcionan más como centro de logística que como el departamento encargado de detectar, desarrollar y adecuar el talento y capacidades del equipo de personas de la empresa.
Y como pasa en logística, cuanto más cantidad de determinado producto tenemos, menos valor le damos. Si hay mucha oferta de personas para optar a un puesto, podemos permitirnos rebajar lo que nos cuesta. Por eso en época de crisis se consiguen:
Condiciones laborales peores.
Abaratar despidos.
Rebajar derechos.
Si el mundo de la empresa sigue viendo a las personas como un recurso que obtener, probar, exprimir y desechar, acabaremos la mayoría igual que el planeta: agotado y esquilmado.
En la práctica
¿Qué le hago? ¿Qué le pasa?
A menudo cuando trabajo con empresas, las personas que las dirigen preguntan:
«¿Cómo puedo hacer que Fulanito o Menganita sea más productivo?»
Y les suelo responder que no somos ingenieros de una empresa de coches a quien se le pide un motor más rápido, más potente y que consuma menos. Las personas somos personas. Eso significa que no podemos separar nuestro trabajo de cómo estamos y nos sentimos. Si una persona tiene un bajo rendimiento la primera pregunta no es «¿qué le hago?» sino «¿qué le pasa?».
Si una persona se siente mal, si sufre, si está agobiada, tiene miedo o ansiedad, que le exijas «trabajar mejor», le pongas una taza de Mr. Wonderful en su mesa o la mandes a un curso motivacional es tan útil como decirle a alguien con depresión: «anímate». Ese comportamiento es no entender nada sobre las personas.
Cuando lideramos un equipo no optimizamos recursos, ni siquiera dirigimos o gestionamos personas, como si fueran actores o personajes de un videojuego. Como mucho, gestionamos sus emociones, lo que implica:
Conocerlas.
Reconocerlas.
Validarlas.
Acompañarlas.
Y, a veces, ayudarles a gestionarlas.
Y en ese sentido sí podemos usar recursos para esa tarea.
Para terminar
¿Qué recursos tienes tú?
¿Has pensado en qué recursos tienes tú para ayudarte a conocer más y mejor a tu equipo, personal, colaboradores y clientes?
Cuando hago esta pregunta en mis formaciones las respuestas suelen ser: «los abogados, los altos ejecutivos, los sindicalistas, los mediadores…»
No sé qué habrás respondido tú a esa pregunta. Imagino que dependerá de tu propia experiencia en este tema. Lo cierto es que la mayoría pensamos en algún colectivo relacionado con negocios o con conflictos y eso es porque el término «negociación» o «negociar» lo relacionamos con esos ámbitos.
Culpa de eso la tienen en gran parte:
Hollywood, con sus películas de secuestros o del tipo «Wall Street».
El sistema de crianza, educación y liderazgo autoritario, en el que el de arriba en la jerarquía (padre o madre, docente o jefe/jefa) mandaba y los de abajo obedecían, sin siquiera plantearse la opción a negociar.
Aprendimos que sólo sabían o podían negociar unos pocos.
Lo cierto es que negociar es algo intrínseco a la vida de prácticamente todos los seres humanos porque somos seres sociales y desde el momento en que convivimos con otras personas van a aparecer las discrepancias, las diferencias de opinión, de objetivos, de formas de hacer las cosas, de ritmo, etc. Esto implica que o bien escogemos el sistema de «manda el más fuerte y los demás acatan» o toca negociar y llegar a acuerdos.
El origen
Un fémur sanado
Y lo cierto es que al parecer la ley del más fuerte no fue el origen de la humanidad como podríamos pensar, sino justo lo contrario. Obviando que como seres humanos nacemos totalmente dependientes de cuidados por muchos meses y que sin esa disposición de nuestra madre a «renunciar» a ella misma para responder a las necesidades de su cría, no estaríamos vivos, seguro que conoces la anécdota que se atribuye a la antropóloga Margaret Mead: cuando sus alumnos le preguntaron cuál fue el primer signo de civilización en la Humanidad, esperando oír que fue alguna herramienta, ella les sorprendió respondiendo que:
El primer signo de civilización en una cultura antigua fue un fémur que alguien se fracturó y luego apareció sanado.
Mead explicó que entre los animales, si te rompes una pierna, mueres porque no puedes buscar comida o agua ni huir del peligro, lo que te convierte en presa fácil de los depredadores. Ningún animal con una extremidad inferior rota sobrevive el tiempo suficiente para que el hueso se suelde por sí solo. De modo que un fémur quebrado y sanado es evidencia de que alguien se quedó con quien se lo rompió, que le vendó e inmovilizó la fractura y le proveyó lo necesario para sobrevivir todo ese tiempo. Es decir, que lo cuidó.
Nota: no hay un texto ni una grabación de Margaret Mead con esta frase. El relato más antiguo que se conoce es de un tercero (el cirujano Paul Brand, que contaba haberla oído en una conferencia), así que es una anécdota atribuida, no verificada. Lo que sí está documentado es que se han encontrado restos humanos prehistóricos con fracturas graves curadas, lo que indica cuidados prolongados de otras personas.
Así que el ser humano tiene esa capacidad de «ceder» o renunciar a su propio bienestar o una parte de él, para tener en cuenta las necesidades del otro. O sea que sabemos que una sociedad «civilizada» es la que no intenta imponer voluntades sino conciliar o negociar las voluntades del grupo.
Negociar es pensar, por ejemplo, a la hora de preparar la comida, si puedes hacerla de tal modo que le guste a todos los que van a comer en vez de tirar del: «se come lo que hay y punto».
Negociar es pensar, al organizar una reunión, en un momento que les vaya bien a los asistentes y no sólo al que la organiza.
Negociar es también no rendirte al primer «no» sino buscar otro momento y otras condiciones para obtener el «sí» que te negaron.
La respuesta
Los mayores expertos
Y es en este punto cuando te vuelvo a preguntar…
¿Quiénes son los mayores expertos en negociar?
¿Quiénes no se rinden al primer «no» (ni al segundo ni al tercero) y son capaces de insistir dándole la vuelta a otras formas de pedir lo que quieren?
¿Quiénes son expertos en detectar «el punto débil» del otro para usarlo en su favor?
¿Quiénes saben buscar «aliados» para apoyar su argumento en la negociación?
¿Quiénes saben que para recibir algo también tienen que dar algo a cambio y lo proponen para obtener lo que quieren?
Sí, ese colectivo que no ha necesitado ir a una escuela de negocios ni a un training de liderazgo. Que solo necesitan estar muy conectados con lo que desean, tener una alta motivación y una gran inteligencia emocional para detectar cómo es el otro y qué tecla tocar.
Los niños y niñas.
Si cuando pedimos un aumento de sueldo o una renegociación de condiciones tuviéramos la misma determinación que nuestros hijos e hijas cuando nos piden algo, a no quedarse con el primer «no», la mayoría ahora cobraríamos más.
A no ser, claro, que, como algunos niños, topemos con alguien autoritario y no dispuesto a negociar. En ese caso, el niño o niña no tiene mucha más opción que obedecer o rebelarse con consecuencias, pero a ti, si es tu caso, lo que te recomiendo es: ¡Despide a ese jefe en cuanto puedas!
Para terminar
¿Negociador o negociable?
Porque quien no está dispuesto a negociar no debería NUNCA tener autoridad sobre otras personas, del mismo modo que quien no está dispuesto a CUIDAR de quien lo necesita nunca debería tener personas a su cargo.
Ahora la pregunta es: ¿eres negociador/a o negociable?
Antes del qué, el para qué. Y antes del para qué, saber desde dónde partes.
¿Cuántas veces has oído que para tener éxito lo primero es marcarse un objetivo?
Yo misma he usado durante años el lema "lo primero es soñarlo". De hecho, mi primer viaje internacional de trabajo, en 2016, giraba en torno a ese eslogan.
No he cambiado de idea: para que las cosas se cumplan, primero hay que pensarlas, soñarlas o imaginarlas. Si no nos marcamos objetivos, rara vez nos movemos del sitio. Dejarlo todo al azar no suele ser productivo, y corremos el riesgo de acabar trabajando para los objetivos de otros en lugar de para los nuestros.
Pero no va de eso este artículo.
La trampa
¿De verdad es tu objetivo?
Cuando digo que lo primero no es el objetivo, me refiero a que no siempre lo hemos decidido nosotros.
Vivimos en una sociedad de aparente libertad que, en realidad, es un tablero con opciones bastante limitadas.
Prueba de ello: cuesta mucho encontrar objetivos divergentes u originales.
Hasta la típica "Misión, Visión y Valores" es muchas veces un copia-pega de la de otros.
Falta un trabajo previo, personal o de empresa, que no analice qué queremos hacer, sino algo mucho más importante: para qué queremos hacerlo.
En mi experiencia con personas y empresas, pocas sabían responder al "para qué" de su objetivo.
Y sin esa respuesta es muy difícil trazar una estrategia o una hoja de ruta que funcione en tu situación concreta.
Lo primero es conocerte. Después, el para qué. Y solo al final, el cómo.
El caso típico
"Quiero emprender para ser libre"
La mayoría de las emprendedoras con las que he trabajado tenían un mismo objetivo: emprender. Querían dejar su trabajo por cuenta ajena para tener más libertad.
Muchas habían pagado esta o aquella formación, a este o aquel coach que prometía guiarlas al éxito. Y la realidad es dura:
La mayoría de quienes pagan programas que prometen "facturar 6 cifras" nunca llegan a esa cifra.
Muchas acaban abandonando el emprendimiento y vuelven al punto de partida, con menos dinero y una sensación de fracaso.
Quien dice que su objetivo al emprender es "tener más libertad" tiene, casi siempre, una idea idílica del emprendimiento. Ha leído al gurú de turno contar sus éxitos, su dinero fácil y sus ingresos pasivos. Y se ha creído el cuento.
La realidad de emprender es otra:
Es un camino de retos constantes.
Exige una alta tolerancia a la inseguridad y a la frustración, y mucha constancia.
Para llegar a tener libertad económica y de tiempo, primero vas a tener que dedicarle muchas más de 40 horas a la semana.
Si no tienes clara la realidad de lo que implica el objetivo que te marcas, no es tu objetivo.
Antes de marcarte la meta
Analiza tu punto de partida
Así que sí: antes de marcarte un objetivo, conócete mejor, a ti o a tu proyecto. Pregúntate:
¿Cuáles son mis valores?
¿Qué estoy dispuesta a perder?
¿Cuánto puedo arriesgar, y cuánto no?
¿Qué circunstancias personales me suman energía y cuáles me la restan?
Solo después de analizar tu punto de partida estarás más cerca de un objetivo alineado contigo y basado en hechos, no en expectativas irreales.
Mi historia
El sueño que no era mío
Mi primer viaje a Chile fue cumplir un sueño, y de ahí el lema. Pero lo que no todo el mundo sabe es que mi primer sueño era que alguien me invitara a trabajar allí.
Y ese sueño se reveló inalcanzable. Me invitaron a dar una formación en lactancia, y cuando les dije que tenía que ir con mi hija, que aún era un bebé y a la que amamantaba, me respondieron que entonces mejor contrataban a un señor pediatra, que evidentemente no daba teta y podía viajar solo.
Ahí me di cuenta de que "ese sueño" no era el mío. Tenía que reajustarlo. Así que trabajé para no renunciar a algo que para mí, en ese momento, era irrenunciable.
Poco más de un año después, yo misma financié y organicé mi propio viaje de formación a Chile. Y me llevé no solo a mi hija, sino también a mi hijo mayor.
Porque la realidad es que mi sueño no era "ir a Chile a trabajar". Mi sueño era demostrar que podía trabajar en cualquier parte del mundo sin renunciar a lo que estaba más arriba en mi escala de valores.
Para terminar
Primero tú, después la meta
Un objetivo copiado puede llevarte muy lejos… al sitio equivocado. Antes de preguntarte qué quieres conseguir, pregúntate para qué y desde dónde.
Si quieres que te ayude, a ti o a tu equipo, en cualquier punto del proceso de autoconocimiento, evaluación y desarrollo de objetivos, ya sabes… ¡soy tu persona!
Llorar en una reunión no te resta fuerza. Creer que te la resta, sí.
¿Has llorado alguna vez en una reunión profesional?
¿Por nervios, rabia o frustración?
¿Has sentido que eso le restaba fuerza a tu posición?
Empezaré diciéndote que es habitual tanto lo primero como lo segundo. Y no: llorar no implica necesariamente perder fuerza en una reunión o una negociación.
Déjame explicarte por qué tenemos esa percepción y por qué es errónea.
La caja
Lo que hemos hecho con el llanto
Nuestra cultura ha metido el llanto en una caja con estas etiquetas: débil, sentimental, triste, pusilánime, vergonzoso y, por supuesto, femenino.
Lo cierto es que el llanto es una acción fisiológica con múltiples funciones: desde algo tan práctico como limpiar el ojo cuando nos entra algo o se irrita, hasta expresar emociones tan dispares como la tristeza, el dolor, la alegría o el placer.
Lloramos por cosas muy diferentes, con intensidades e implicaciones diferentes. Y las personas desarrollamos habilidades sociales que nos ayudan a «leer» qué significa el llanto en cada caso:
Nadie le dice «lo siento» a quien llora de alegría en la boda de su hijo o su hija.
Nadie le dice «me alegro por ti» a la viuda que llora en un funeral.
No minimices el enorme poder social que tiene saber leer estos comportamientos. Hay personas que no pueden hacerlo, y eso les genera muchos problemas.
En general, la mayoría interpretamos bien el llanto en esos ámbitos. Pero ¿qué pasa cuando, en un contexto profesional, sin películas, anuncios, música, bodas ni entierros, interpretamos mal el llanto propio o el ajeno?
Lo que me cuentan
¿Te ha pasado? A mí, sí.
Trabajando liderazgo y negociación con mujeres, muchas me relatan conversaciones en las que acabaron llorando delante de un cliente, un socio, un colaborador, un proveedor o incluso un empleado.
En mi vida profesional he llorado en reuniones, en medio de una discusión, hablando yo y escuchando a otras personas. Y no, no se debe necesariamente a debilidad. He llorado:
De angustia, impotencia, rabia y frustración.
De emoción, en una clase, al tocar un tema sensible.
Al descubrir la pasividad de la gente y cómo afecta a mis derechos o a los de los míos.
De angustia ante la mezquindad o la maldad.
Para descargar estrés o reequilibrar mi estado emocional.
Para descargar la agresividad en vez de darle rienda suelta, que es lo que me apetecía de primeras.
Ninguno de esos motivos le ha restado peso a mis argumentos ni credibilidad a mi persona ni a mi trabajo. Al menos, no a mis ojos.
Sé que hay quien percibe el llanto de una mujer en esos ambientes como un paso atrás, una derrota o sumisión. Esa reacción es una muestra más de desconocimiento de la psique humana.
El cine lo ha retratado mil veces. Acuérdate de la escena de Andy llorando en El diablo viste de Prada: su desahogo se recibe como una queja, no como lo que es, la señal de alguien que está dando todo y no se siente reconocida.
Imagen y poder
Cómo te perciben también cuenta
No voy a negarte que en una negociación la imagen que proyectamos importa. Trabajar nuestro rango de poder y autoridad es fundamental, porque el éxito profesional no depende solo de lo buenas que seamos, sino de lo buenas que se nos percibe.
Por eso trabajar la seguridad, la confianza, el aplomo y la gestión emocional es imprescindible para que tus competencias brillen.
Si eres de las que lloran en cada reunión, cada discusión, cada negociación, mi consejo es que analices primero el porqué de esa reacción.
Cuando una profesional formada reacciona así de forma habitual, casi nunca tiene que ver con su preparación (las hard skills), sino con la actitud (las soft skills): autoestima, seguridad, confianza. Por eso no basta con trabajar la inteligencia empresarial: también hay que trabajar la inteligencia emocional.
Ese desborde puede venir de cosas como:
El miedo a hablar en público, tan generalizado.
El miedo a la exposición o al rechazo.
Una percepción poco realista de tus propias competencias: el síndrome de la impostora.
Una situación médica o personal, como una depresión o un duelo.
Si te pasa de forma puntual
Ten en cuenta esto
Es perfectamente normal.
No cambia quién eres.
No reduce tu valor profesional.
Es un mecanismo de liberación de estrés.
No luches contra él. Tu cuerpo recupera el equilibrio llorando, igual que la fiebre ayuda a combatir una infección.
No estás ofendiendo a nadie.
Recuérdate que todas las personas lloran.
Llorar no reduce tu rango de poder, a no ser que tú creas que lo reduce.
No te disculpes por llorar. Nunca.
Las mujeres hemos conseguido la mayoría de nuestros derechos entre lágrimas, sudor y sangre. No sonriendo.
Para trabajarlo
Refuerza tu poder
Sé que no es fácil decirnos mensajes positivos, y menos en situaciones que vivimos como debilidad. Por eso:
Aprovecha cada oportunidad para reforzar tu poder, tu autoridad y tu autoestima.
Aprende técnicas de negociación que te den seguridad.
Rodéate de mujeres referentes en tu sector y en otros, y si puedes, conócelas en lo personal.
Comprueba que la fuerza y la fortaleza van mucho más allá de ser fría, distante e impasible.
Aprende de tus errores sin culparte por ellos.
Recuerda que mostrarte vulnerable no es debilidad: es honestidad y humildad.
Celebra tus triunfos.
Para terminar
Y sobre todo
Llora si lo necesitas, respira, y sigue defendiendo tu posición. Tus argumentos siguen siendo los mismos con los ojos húmedos.
No dejes que nadie te haga sentir menos de lo que eres.
DISC mide la distancia entre cómo trabajas y cómo te gustaría trabajar. Lo que no mide es con qué recargas. Y ahí está la diferencia entre quien avanza y quien se quema.
En estos últimos meses, trabajando con DISC, uso mucho una palabra que me resulta muy familiar. Me viene del ámbito maternal, de haber hecho asesorías personalizadas con cientos de madres en pleno posparto y puerperio: desgaste.
El desgaste es algo que las mujeres conocemos bien, por desgracia.
Además del desgaste de vivir que tiene todo ser vivo, las mujeres y las madres tenemos el «bonus» de la carga mental: la que no siempre se ve ni se cuantifica, pero que desgasta muchísimo.
La que no se va en el día libre.
La que no se va en vacaciones.
La que a veces ni siquiera se va cuando te acuestas.
DISC es una herramienta de análisis, detección, desarrollo y adecuación del talento. Nos sirve para ver cómo trabajarías mejor y cómo lo estás haciendo ahora.
Por así decirlo, te ubica en tu punto ideal y mide la distancia a la que estás de él, o la distancia al punto al que quieres llegar.
A mayor distancia, más desgaste.
¿Significa eso que DISC te limita en un área en la que ahora no destacas?
No. Lo que te dice es que te costará más esfuerzo que hacer aquello para lo que tienes talento natural.
Por qué importa
Copiar estrategias sale caro
A veces nos planteamos una estrategia sin analizar si es para nosotras. Vemos a alguien a quien le funciona algo y queremos copiarlo. Es normal y está bien. Pero:
Quizá esa persona tiene un talento que tú no has desarrollado.
O quizá tú tienes un talento justo «opuesto» al que requiere esa estrategia.
Si no eres consciente de ello y de lo que supone, lo que vas a cosechar es frustración y desgaste.
¿Significa eso que estás condenada a hacer siempre lo mismo?
No.
Ninguna herramienta de análisis del comportamiento es una profecía. A no ser que tú creas que lo es.
Ya sabes: la profecía autocumplida. Por eso, para mí, lo importante al recibir un informe DISC es la sesión de análisis: para explicarte que lo que ves, todo lo que ves, se puede modificar.
El quid de la cuestión es cómo hacer cambios para ir hacia un lugar en el que ahora mismo no estás. Te pongo un ejemplo.
Si eres una persona analítica, concienzuda y preocupada por la calidad, te va a costar mucho actuar de forma rápida y reactiva cuando la situación lo pida.
¿Es malo entonces ser analítica y concienzuda? Piensa en quien diseña los frenos de tu coche. ¿Quieres que sea alguien analítico y concienzudo, o alguien que improvisa con prisas por llegar a la fecha de lanzamiento?
Nada es malo.
Cada factor de comportamiento tiene un motor que lo impulsa y una preocupación principal.
Cada uno tiene sus prioridades y sus ritmos.
Todos son necesarios para que una empresa o un emprendimiento llegue a buen puerto. Todos tienen talento.
El problema es que esas diferencias de prioridades y ritmos causan conflictos que no siempre vemos como lo que son: diferencias en el modo de ver la situación, no conflictos personales en los que uno tiene razón y el otro no.
Volvamos al ejemplo. La persona analítica, por su situación personal o por la del mundo, necesita cambiar de estrategia y actuar de forma menos analítica y más proactiva. ¿Puede hacerlo?
Por supuesto. Pero le va a costar, porque tendrá que dejar de tirar del motor al que está acostumbrada:
Aumentar su capacidad de asumir riesgos.
No retrasar la acción buscando el producto perfecto.
Al final, DISC es una herramienta de autoconocimiento para planear estrategias con inteligencia. No sirve de nada seguir el plan que le funcionó a otra persona si su motor y el tuyo son distintos. Y no solo eso: aquí es donde entra la recarga.
Lo que DISC no mide
Los motores de recarga
DISC mide el desgaste porque analiza la distancia entre dónde estás y adónde quieres ir. Lo que no mide es tu capacidad de recarga.
Hay emprendedoras con una situación personal más favorable que otras, y eso también cuenta a la hora de cambiar, aplicar estrategias y obtener resultados.
Cada una de estas circunstancias suma desgaste y resta recarga:
Eres madre de hijos pequeños, quizá bebés.
Tu pareja no te apoya en tu decisión de emprender, o te boicotea con pullitas como «para qué te complicas» o «por qué te gastas dinero en eso».
Vas muy justa de dinero y no tienes colchón para invertir sin sentir que se lo quitas a tu familia.
Tienes poca o ninguna formación en ese ámbito profesional.
Te falta experiencia práctica para hablar de tu servicio con autoridad.
El mundo digital se te hace cuesta arriba y no conoces las herramientas con las que tienes que trabajar.
Y no hablemos de si tienes problemas de salud o cuidas además de personas dependientes.
Ahora imagina lo contrario:
No tienes hijos a tu cargo.
Tu pareja no estorba: te alivia carga y apoya tus decisiones y tus proyectos.
Tienes dinero para afrontar el cambio con cierta tranquilidad.
Tu tiempo es tuyo.
Tu bagaje profesional es potente y conoces las herramientas digitales, aunque sea de usarlas por entretenimiento.
En esas circunstancias tienes muchos motores de recarga. Puedes permitirte más desgaste para cambiar tu estrategia profesional en un plazo razonable.
Por eso a unas personas parece que todo les funciona y a otras no les funciona nada.
Es verdad que muchas veces es porque unas trabajan mucho y otras no. Pero no siempre es eso, o no solo eso. No todo es cuestión de echar horas. Hace falta una estrategia personalizada.
Cómo trabajo
Qué es el mentoring
El mentoring como yo lo entiendo no es solo «te ayudo a llegar donde yo estoy». Es también «de la forma más adecuada a tu perfil».
No vendemos plantillas estratégicas universales, porque cada persona tiene talentos y circunstancias diferentes.
Ni siquiera vendemos nuestra propia estrategia, porque nuestras clientas no son nosotras.
Trabajar más de una década asesorando a madres me dio una capacidad que no tenía: escuchar y mirar desde un lugar que no fuera mi propio yo. Ahí entendí que lo que me servía a mí no les servía forzosamente a las demás, porque ellas no eran yo.
Aprendí a proponer con la otra persona en el centro, no yo.
Aprendí a no convertirme en el centro de este trabajo y a tener claro mi objetivo profesional.
Aprendí a primero recabar y luego aportar.
Hoy, en mentoring, aunque en otro ámbito, aplico mucho de ese aprendizaje. Analizo no solo el desgaste, sino la capacidad y la velocidad de recarga de mis clientas.
Por eso llevo meses trabajando todos mis servicios de mentoring con DISC: empezamos con mucha información valiosa y concreta, lo que nos ahorra tiempo y nos deja hablar antes de presente y de futuro.
Mis clientas, sus resultados y los cambios que han conseguido son mi carta de recomendación. Lee sus testimonios.
Para terminar
Antes de copiar otra estrategia
Antes de copiar el plan que le funcionó a otra, hazte dos preguntas: ¿cuánto me va a desgastar? y ¿con qué cuento para recargar?
¿Por qué las mujeres son mejores líderes que los hombres?
Este debate sobre quiénes son mejores, los hombres y las mujeres, se ha llevado desde tiempos inmemorables.
Las mujeres siempre han tenido mejores habilidades gerenciales y están dotadas de ciertas habilidades específicas útiles para el liderazgo. Desafortunadamente las mujeres han sido siempre menospreciadas y la sociedad no cree que sean mejores como líderes. Es una realidad que no obtienen la igualdad en muchas plataformas sociales.
Aunque las mujeres hacen la misma cantidad de trabajo con la misma cantidad de compromiso, no les pagan igual que a los hombres (brecha salarial).
Las mujeres son subestimadas en los campos de gestión aunque hay ciertos indicadores que demuestran que las mujeres son mejores líderes que los hombres. Sigue leyendo este artículo para conocer más:
Son mejores en la administración
Las mujeres han estado a cargo del hogar desde tiempos pasados. Saben cómo gastar y ahorrar dinero incluso cuando este es escaso. En los últimos años con su incorporación al mundo empresarial se ha comprobado que las mujeres son mejores gerentes pues saben cómo manejar de manera eficiente los recursos, cómo asignarlos y cómo mantener un equilibrio.
La mayoría de las mujeres optan por el «enfoque de la lista de cosas por hacer», lo que las convierte en profesionales de planificación y programación. La mayoría de los hombres optan por el enfoque de «como vamos yendo vamos viendo» que, a menudo, no funciona a su favor.
Las mujeres poseen muchos rasgos que, a ojos de sus compañeros de trabajo y subordinados, las califican como mejores gerentes. Son mucho más consideradas con las personas que trabajan para ellas y tienen la motivación de crecer junto con los demás en una organización.
Motivan a los demás
Motivar a los demás es una cualidad que no todos poseen pero las mujeres, en general, son motivadoras. Las mujeres tienen muy desarrollada la intuición que, a menudo, sale a la luz cuando se necesita.
Ellas saben muy bien lo que te motiva y lo que desencadena tus miedos así que pueden generar fácilmente ideas para alentarte y motivarte.
Algo a lo que cada vez se le da más importancia: las emociones. Las mujeres lidian mejor con ellas que los hombres que no están tan acostumbrados a manifestarlas. Las mujeres pueden hacerse cargo fácilmente de situaciones en las que los empleados están desanimados. Ellas energizan, llenan de confianza y motivan a ver la luz al final del túnel.
Un estudio también revela que las personas que trabajan con mujeres están más comprometidas que las personas que trabajan con hombres.
Son buenas para colaborar con las personas
Las mujeres se sienten cómodas trabajando en sistemas colaborativos. Se les da bien fomentar la unión en sus equipos.
Están acostumbradas a desempeñar muchos roles a la vez porque llevan toda la historia haicéndolo. Compaginar el trabajo en casa y fuera, hijos, mayores, compras, gestión de recursos, etc. LAs familias funcionan como pequeñas organizaciones y ellas tienen práctica en buscar el bienestar de todos.
Los hombres priorizan sus características alfa-masculinas para dirigir y suelen tener un estilo de liderazgo diferente, más jerárquico y menos grupal lo cual es un impedimento para el buen avance de una empresa.
A las mujeres les gusta trabajar en equipo, compartir sus opiniones e ideas y encontrar una solución para el problema que beneficiará a todos los miembros del equipo.
Saben buscar el éxito en contra de las probabilidades
Sí, algunas personas dirían lo contrario, pero las mujeres saben cómo alcanzar sus objetivos contra viento y marea. ¿Sabes por qué?
Porque siempre han enfrentado algún tipo de discriminación, restricciones y limitaciones. Que muchas mujeres estén lográndolo no significa que no sigan teniendo estos problemas. LAs que lo consiguen son un ejemplo de tesón y fortaleza.
Los hombres nunca se darán cuenta de lo que es ser subestimado desde su infancia.Todas las niñas y mujeres se han enfrentado a esto en algún momento. Eso les da a muchas un impulso extra para demostrar que las personas que ponen una barrera en su camino están equivocadas, que ellas pueden alcanzar el éxito en cualquier camino en el que estén trabajando.
Su ética empresarial es más fuerte
Las mujeres tienen una ética comercial más fuerte cuando se las compara con la de los hombres.
Dado que el comportamiento ético es altamente valorado en cualquier organización, las mujeres tienen una mayor posibilidad de ser líderes. Las mujeres también son más responsables de lo que hacen y bastante transparentes.
Están cargadas de paciencia
Las mujeres, definitivamente, tienen mucha más paciencia que los hombres. No apresuran las cosas sin pensarlo bien. Saben que las decisiones no deben tomarse a toda prisa. Se toman un tiempo para respirar y profundizar más antes de sacar conclusiones precipitadas cuando se trata de decisiones comerciales.
Sabemos también que las mujeres manejan el estrés de manera más eficiente que los hombres. El estrés puede desdibujar tu capacidad de toma de decisiones a veces y llevarte a tomar decisiones que arruinen tus posibilidades de ascenso.
Poseen mejores resultados de comunicación
Con frecuencia escuchamos chistes burlándose de cuánto hablan las mujeres. Es un cliché instalado en nuestra sociedad pero es eso, un cliché, las mujeres no hablan solo de banalidades o por hablar.
Las mujeres hablan con sentido la mayoría de las veces.Tienen una habilidad única para pensar racionalmente sobre todo.Tienden a analizar las cosas en profundidad y suelen encontrar soluciones efectivas. Pueden comunicarse tácticamente con las personas en sus tratos comerciales sin ningún problema.
Sus habilidades innatas les ayudan a aplicar sus ideas en el mundo corporativo de manera eficaz. Una mejor comunicación, necesaria para dirigir una empresa, facilita el flujo de información de una manera eficiente.
Mientras que los hombres prefieren la acción sobre las palabras, las mujeres prefieren hablar durante una discusión y luego continuar con el trabajo.Tienen una gran capacidad de escucha y esa es la razón por la que se relacionan mejor con los empleados y los clientes, entienden sus preocupaciones.
La comunicación desempeña un papel clave en nutrir y mantener una relación sólida, ya sea en una empresa o a nivel personal.
Por mucho que una parte de la sociedad siga creyendo que los hombres son mejores líderes, cada vez más personas están cambiando su perspectiva de género.
Las mujeres todavía tienen un largo camino por recorrer pero cada vez más mujeres demuestran con su trabajo sus excelentes cualidades y potencial para ser excelentes líderes.
¡Tú también puedes!
Andrés Gananci es un emprendedor y aventurero apasionado de la vida que fundó su primer negocio online con tan sólo 17 años.
12 años después, sigue viajando por el mundo mientras trabaja desde casa»
Un buen emprendedor sabe que una cosa es vender una vez a un cliente y otra fidelizarle para que siempre que necesite algún producto o servicio que tú tengas te lo compre a ti.
De hecho, las grandes empresas crean apóstoles de la marca, es decir, clientes que se identifican tanto con la marca que la asumen como propia y no sólo comprarán todos los productos que saque, sino que serán los mejores publicistas de la misma.
¿Quién no «acabó comprándose el MAC (o IPhone o Ipad)» por ese amigo fanático de Apple?
Un buen emprendedor sabe que una de las mejores formas de fidelizar no es sólo ofrecer un producto y/o servicio de calidad sino personalizar el trato al cliente.
A nadie le gusta sentirse un número más, así que cuando tratas a tu cliente de forma personalizada, le llamas por su nombre y adaptas tu oferta a lo que él necesita exactamente, le estás dando ese plus que hará que te escoja por encima del resto de ofertas similares del sector.
Hoy te pongo como ejemplo a imitar a un cantante: Manuel Carrasco. ¿Crees que no tiene mucho que ver? Lee el post y lo verás.
Manuel Carrasco es un compositor y cantante que este año en su gira de conciertos ha conseguido emocionar a quienes acudían a verle y oirle, mucho más de lo que esperaban. ¿Cómo?
Haciéndoles sentir especiales al preparar una canción única para cada ciudad que acogía su concierto. No una canción cualquiera en la que cambiar sólo el nombre, sino, en cada caso, aludiendo a lugares, barrios, monumentos, personajes, costumbres, folklore, gastronomía y/o demás señas de identidad del lugar.
Que alguien que ya tenía vendido su producto ( las entradas del concierto) se tomara el tiempo de conocer cada lugar y preparar un «bonus» de ese tipo, personalizado para cada cliente (ciudad), a pesar de que no le iba a reportar más ganancia económica, es un ejemplo perfecto de cómo usar la inteligencia emocional en el trabajo.
Os pongo dos de los ejemplos que a mí más me tocan, uno por ser el lugar donde vivo, y el otro, porque habla de la ciudad donde crecí… con cuya canción rememoro lugares y momentos de mi vida.
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Manuel Carrasco igual no ganará directamente de esas composiciones, pero es seguro que ha ganado muchos más fans de los que tenía antes de empezar su gira. Eso es visión emprendedora inteligente. Eso es saber que los clientes, en realidad, más que productos y/o servicios compran experiencias.
¿Y tú?
¿Piensas en la forma en que puedes hacer que tu cliente se sienta especial?
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¿Cuántas veces has oído eso de : “No esperes a decir a tus seres queridos que les quieres”?
Seguramente hemos compartido decenas de carteles con ese tipo de mensajes.
Pero lo cierto es que nuestra conciencia sobre la fragilidad de la vida es breve. Nos dura el tiempo justo de hacer un repaso mental rápido para recordar si nos despedimos de los nuestros ese día con un beso y un “te quiero” o con un simple “hasta luego”.
Estamos diseñados para intentar sobrevivir, así que no nos recreamos en pensar que puede que no lo logremos hoy. Vivimos como si fuéramos eternos, y eso es bueno. Pero es falso.
Vivimos haciendo planes para mañana, para el mes que viene, para nuestra jubilación… cuando lo cierto es que nadie tiene garantizado llegar a cumplirlos. No se trata ahora de hacer del Carpe Diem nuestro grito de guerra y vivir sólo el momento presente, porque en el mundo en que la mayoría nos movemos, para que haya un presente con cierta calidad de vida hemos tenido que tener algo de cabeza en en algún momento más o menos lejano en el pasado. Pero sí se trata de ser sinceros y pensar si somos de los que de verdad disfrutamos el hoy, aunque dediquemos parte de nuestro tiempo al mañana.
Cuando era pequeña a veces iba con mi abuela a visitar a una familiar con muchísimo dinero pero muy tacaña. Cuando esta mujer me ofrecía merendar, siempre era con pan duro. Mi abuela me decía: “Esta mujer siempre come pan de ayer. ¿Algún día parará y empezará a comer el pan del día?»
Esa frase :“comer siempre pan de ayer”, se me quedó grabada como ejemplo de personas que no disfrutan nunca el presente.
No quiero pasarme la vida comiendo pan de ayer. No quiero mi pan caliente y recién hecho de hoy comérmelo duro mañana.
……….Quiero querer a la gente que quiero cada día de mi vida y demostrárselo.
……….Quiero que cada vez que me separo de los míos sea con un gran abrazo y un beso, nunca con un enfado que solucionar a la noche. Porque a veces, sencillamente no hay noche.
……….Quiero que mis prisas, mis proyectos emocionantes y mis ganas de vivir no se coman los momentos de sencillamente mirar a mis hijos y agradecer tenerlos en mi vida. Quiero que sepan que son mi mayor motivo de orgullo. Sin duda lo mejor que he hecho nunca.
……….Quiero pasar mi vida trabajando con gente que aprecia lo que hago y con gente a la que yo valoro y no malgastar mi energía y mis talentos para otros que ni los aprecian, ni los valoran, ni los remuneran.
……….Quiero que mis amigas sepan que aunque lejos, pienso en ellas cada día, como uno de los mayores regalos de mi paso por la vida. Aquéllas que siguen conmigo y otras que, por diversos motivos, ya no están.
……….Quiero llorar cuando la gente que quiero llora, y reír cuando ellos ríen, y celebrar sus alegrías y maldecir las injusticias que sufren. Quiero que por encima de todo, sepan que no están solos.
……….Quiero, como dirían las aspirantes a Miss Universo: la paz mundial y la concordia, pero mientras eso llega, me gustaría pensar que puedo contribuir a un pedacito de eso a toda esa gente que me importa.
Quiero comer con los que quiero mi pan del día, cada día.