Sí duele, mucho. Pero no vas a morir.
Dicen que todos los miedos son en realidad el mismo miedo: el miedo a morir. Esto es lo que aprendí de él, a fuerza de atravesarlo.
Dicen que todos los miedos son en realidad el mismo miedo: el miedo a morir.
La muerte es el miedo por excelencia, porque acaba con toda la esperanza que, mientras hay vida, algunos nos empeñamos en mantener. Y así, los miedos que vamos acumulando, de los que nos despedimos o que transformamos con los años, son al final el mismo.
Por eso todos sabemos lo que es. Lo manifestamos de forma diferente, con más o menos intensidad, pero todos tenemos en el miedo a un viejo conocido.
El arma más antiguaEl miedo como control
Precisamente por ser tan común, tan universal y tan atemporal, el miedo se ha usado siempre como arma, como herramienta de control y de sumisión.
La religión, la política, la cultura, la sociedad, la familia: en todas partes ha habido quien ha encontrado en el miedo el mejor aliado para someter a los demás en su provecho.
Nota de 2026: escribí esto hace más de diez años y hoy lo suscribo más que nunca. Gobernar con miedo y con enemigos sigue siendo la estrategia más barata. Lo analizo en El que vota no también es diputado.
Mis miedosLos miedos que he conocido
Hoy, como adulta, puede que no le tenga miedo a la oscuridad, a los fantasmas, a los payasos o a los bichos. Pero mi capacidad de sentir miedo sigue ahí. He conocido:
El miedo a la incertidumbre. Durante una época viví casi al día y tuve que sobreponerme a la parálisis del miedo a no tener techo ni comida.
El miedo a la enfermedad. En una época de mala salud temí tener algo incapacitante y no saber vivir con sus limitaciones. Por fortuna, fue temporal. Pero me recordó lo frágiles que son cosas que damos por sentadas, y lo afortunadas que somos quienes tenemos miedo a una enfermedad grave y no la enfermedad.
El miedo por la gente que quiero. Por sus vidas y por sus muertes.
El miedo a quedarme atrapada en una vida que me iba robando la felicidad poco a poco. Y, cuando decidí salir, el miedo a acabar peor de lo que estaba.
El miedo como madre
Conocí el miedo como madre cuando alguien, con muy buena intención y muy poco tacto, me dijo que mi hijo llevaba mucho tiempo sin comer bien y que seguramente le había faltado glucosa al cerebro. Recuerdo como si fuera ahora el pánico de pensar que yo le había provocado lesiones cerebrales a mi bebé.
Este detalle no lo olvido nunca cuando hago una asesoría de lactancia: que nunca sea yo causa de más miedo para una madre.
Viví en primera persona el miedo a no ser lo bastante buena madre, hasta que la muerte de mi segundo bebé me enseñó la lección más valiosa y más dura de mi vida:
Hay algo peor que no sentirse una buena madre: no poder ser madre de ese ser que amas.
En el duelo por Altair aprendí casi todo lo que sé sobre el miedo, sobre el dolor y el sufrimiento. Sobre fases, etapas y retrocesos. Sobre la tristeza, la rabia, la negociación, la resignación, la transformación… y la sanación.
En mi tercer embarazo creo que apenas sentí nada que no fuera miedo. Hoy sé que era mi forma de amor, pero yo lo vivía como miedo. Me habían arrancado la inocencia y había visto la muerte cara a cara. Pero mi hija me regalaba señales para decirme: "mamá, estoy aquí". Y eso me ayudaba a no desfallecer.
Atravesé el umbral de la vida y la muerte que es un parto. En ese momento en que tu mente, tu cuerpo y tu alma te dicen "no puedo", el único antídoto que conozco contra el miedo, el amor, me gritaba: "Sí puedes. Vas a poder".
Y yo repetía esas mismas palabras, para mí y para mi hija: "Vamos a poder. Vamos a poder."
Y pudimos. Con el miedo, con la muerte y con la incertidumbre.
Después de eso nunca me sentí tan fuerte, tan viva ni tan lejos de la muerte. Y decidí que no volvería a ser presa del miedo.
DecidirLo que se mantiene por miedo
Cuando supe que mi vida no era como quería, decidí cambiarla. Lamento haber hecho daño a otras personas, pero estoy convencida de que no hacerlo habría sido mucho peor.
Si una relación no se mantiene por amor, se mantiene por miedo. Y el miedo no es un buen vínculo. Al menos, no para la felicidad.
Ninguna dinámica sostenida por el miedo a la soledad o por el miedo a hacer daño acaba siendo positiva.
Y fui feliz un tiempo. Quizá demasiado, como dirían los dioses griegos, para una simple mortal. Y volví a sufrir el miedo, esta vez en forma de engaño y abandono.
Y lloré. Lloré como no recordaba haber llorado nunca. De niña me recuerdo más enfadada que llorando. Pero en esas semanas, meses y años, lloré por fuera y por dentro. Lloré hasta creer secarme. Lloré de miedo a estar sola.
Por qué te lo cuentoLos duelos duelen
Porque da igual que tengas un mes, 15 años, 22 o 44. Cualquier miedo, a la oscuridad, a estar sola, a que no te quiera nadie, a no saber si tendrás techo y comida mañana, es al final una forma del único miedo real: a morir.
Saberlo no hace que no sientas los miedos. Ni que no te duelan los duelos. Porque duelen, mucho:
Algunos, por imprevisibles o inesperados.
Otros, por traicioneros, injustos o inmerecidos.
Otros, por desoladores, revividos o impuestos.
Y a veces, por todo junto.
Duele. Y lloras, y sigues llorando. Y cuando crees que no te quedan lágrimas, algo te devuelve a la casilla de salida y descubres que aún hay más dolor, más llanto, más angustia y más vacío.
Y crees morir, o quieres desaparecer aunque sea un rato para no sentir. Porque aún vive en ti ese miedo: no el miedo a la oscuridad, que sabes que se disipará con el día, sino el miedo a la oscuridad para siempre.
La última armaEl amor de verdad
Solo nos queda una última arma para recorrer ese camino sin perdernos en él. Lo que al final nos salva de la desesperación: el amor.
Pero el de verdad. No el que te juró alguien con más miedo a estar solo que tú, a la luz de la luna. El amor a la vida, a tu propia vida, y a quienes te quieren de verdad, sin egoísmo y sin rebajar tu dignidad ni la suya. El amor en mayúsculas.
A veces he envidiado a quien, por miedo a estar solo, se agarra a la primera tabla de salvación que encuentra. Pero las personas no somos tablas de salvación unas de otras. Así que, como escribí en Vender el alma por un abrazo, no es que yo no sea egoísta ni que no tenga miedo. Seguramente tengo más que tú.
Pero he decidido vencerlo. Aún no he ganado, pero estoy en ello.
Ahora toca llorar
Ahora toca llorar, mucho. Y toca sentir el dolor, mucho y muy fuerte.
Pero si algo sé, es que de esto no voy a morir.
— Nohemí Hervada
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