Evolución del marketing


¿Sabes qué día es el 8M?
¿Sabes que no es una fiesta?
¿Sabes la diferencia entre celebrar y conmemorar?
¿Sabes que mandarnos tarjetas y mensajes con textos del tipo:
y similares, es un insulto a las mujeres y nuestra historia?
Sueño con un futuro en el que, al menos ese día, se nos respete, se nos valore y se conmemore lo que de verdad significa esa fecha.
Cada vez que recibo ese día felicitaciones por WhatsApp, por Messenger, por privado en cualquier red social me pregunto si mandaríamos tarjetas de felicitación a las enfermas de cáncer de mama en su día, o a las personas con enfermedades raras y similares.
Los días dedicados a causas no son siempre festivos. Se escogen para visibilizar situaciones desfavorecidas, para concienciar a la población de causas que merecen nuestra atención o para conmemorar sucesos que no queremos que pasen al olvido.
El 8 de marzo de 1875 varios centenares de mujeres de una fábrica textil de Nueva York, protestaron y se manifestaron por la desigualdad salarial respecto a sus compañeros. Las protestas desencadenaron una brutal represión de la policía que terminó asesinando a 120 trabajadoras.
El 8 de marzo de 1875 cientos de mujeres trabajadoras de una fábrica textil de Nueva York se manifestaron por la desigualdad salarial respecto a sus compañeros. Sus protestas desencadenaron una brutal represión policial y 120 trabajadoras fueron asesinadas.
Ese suceso hizo que se creara el primer sindicato femenino de la historia y desató una ola de protestas y huelgas de mujeres en el sector textil. En 1908, bajo el lema «Pan y Rosas» 15000 mujeres protestaron en las calles las terribles condiciones laborales que experimentaban.
El primer Día Nacional de la Mujer se celebró el 28 de febrero de 1909 en EEUU. El Partido Socialista de América designó este día en honor a la huelga de trabajadoras de la confección de 1908 en Nueva York. En 1910 la Internacional Socialista, en Cophenhague, invitó a cien mujeres de diferentes países paracelebrar en marzo un día de la mujer para luchar por obtener el sufrago universal femenino.
En 1975 la asamblea general de la ONU declaró oficialmente el 8 de marzo Día Internacional de la Mujer
El 25 de marzo de 1911 se produjo un incendio en la industria textil Triangle Shirtwaist Company durante una huelga masiva que duró más de un año y en la que las trabajadoras ya luchaban por la mejora de sus derechos laborales.
En dicho incendio murieron un total de 146 personas, de las cuales, 129 eran mujeres de entre 14 y 48 años. Como trabajaban con tintes morados la gran columna de humo que se veía por el incendio era de ese color.
No creo que sea necesario explicar por qué ponerse el color morado a modo de «adorno» con cualquier justificación es un insulto a aquellas mujeres y a todas las que llevan/llevamos luchando desde entonces por derechos aún no conseguidos.
Ver a políticos y políticas ponerse una camiseta morada o poner este color en sus carteles cuando siguen sin hacer políticas efectivas contra la brecha salarial, por ejemplo, nos enfada mucho.
Ver en las manifestaciones ese día a grupos «supuestamente feministas» defendiendo slogans neoliberales abiertamente contrarios a los derechos de las mujeres es obsceno.
Ver al capitalismo y sus grandes corporaciones vestirse de morado ese día, como intentando blanquear o «enmoradar» sus prácticas habituales discriminatorias del resto del año es un insulto para quienes cada día, de cada año, luchamos por hacer política y construcción social y educativa feminista.
Ahora entenderás que ver el 8M lleno de flores, bombones, ositos, lazos, cajas rosas, todo muy «mono», como si fuera la fiesta azucarada de una quinceañera, no es que no nos guste, es que nos cabrea, MUCHO.
Así que si el miércoles me vas a decir, a mí o a cualquier otra mujer, aquello de: «felicidades», «preciosa» o «lo más bonito de la creación», ya sabes la respuesta que vas a recibir…
PD: Feminismo solo hay uno. Con una agenda y un sujeto político propio: la mujer.
Hay días que la vida se me hace «bola».
Por eso hace mucho decidí no ver noticias en la TV, de ese modo en vez de pasarme media hora bombardeada de cosas que me entristecen, enervan o enojan, dejo que sea cualquier algoritmo el que me las filtre y, al menos, las cosas que me entristecen, enervan o enojan son solo las de temas que me preocupan algo más.
Como mi trabajo está enfocado en un alto porcentaje en la situación de las mujeres y la infancia, pues me llegan cositas como esa que veis en la imagen.
Y depende como me pille el día, me río o me entristezco o me dan ganas de salir a quemar contenedores. Y no, no es apología de la violencia, por si a esta generación woke hay que explicarle lo que son recursos literarios… Que, como decía mi amiga Irene, las mujeres somos tan buenas que vamos a una manifestación porque nos están asesinando y recogemos los papeles del suelo… pero ese es otro tema (coméntame si te interesa para otro artículo 😉 ).
El caso es que me pregunto cómo reciben esta noticia los propios hombres. Así que si es tu caso, si eres uno de esos «ejemplares raros» que lees a mujeres y no te sientes ofendido cuando contamos lo que nos pasa ni te aventuras a excusarte antes de que acabemos nuestras frases, te pregunto:
Y te pregunto:
En mi vida he tenido mayoría de jefes hombres ( ¡qué raro!) y algunos eran rematadamente incompetentes.
Te hablaría de uno que, con mis 18 añitos, me hablaba con un sarcasmo y una superioridad que me asustaba y asqueaba a partes iguales. Que nunca me dio una directriz de cómo hacer mi trabajo pero si no lo hacía bien me ridiculizaba delante de los clientes.
Te contaría de aquel que se inventaba el inglés que hablaba y en vez de reconocer que no era capaz de entender cuando le hablaban nos pasaba las llamadas ( a las chicas) diciendo que estaba ocupado. Este, además de programar reuniones fuera de horario para oírse a sí mismo hablar, se la pasaba comentando que «trabajar con mujeres era muy complicado». ( Creo que la realidad era que para él lo complicado era trabajar).
Te nombraría a uno al que le tuve que escribir fonéticamente cómo se decían las frases más comunes que usábamos en el trabajo en inglés, que acabó siendo mi jefe (¡qué raro!), al que le cubría yo las bajas en festivos, al que le hacía trabajo administrativo, comercial y de RRP que no me correspondía, y fue el máximo responsable de mi baja por mobbing ( y ahí sigue Paquito, con su carguito).
Y puedo contarte el caso de otro que me «fichó» para llevar el liderazgo femenino y empoderamiento en su portafolio de servicios pero pretendía que le dijera que sí a prácticas anti éticas profesionalmente y que le regalara parte de mi trabajo. Por supuesto al decirle «no» ( de primero de empoderamiento) me llevé de premio un ghosting de manual y un «cese» por correo electrónico un domingo noche que fui a mirar tras la notificación de «has sido eliminada de este grupo de WhatsApp». Muy divertido sobre todo teniendo en cuenta que se dedica a enseñar liderazgo y gestión de equipos. ¡Una fantasía total!
Si esto lo hubieran hecho mujeres imaginad los comentarios.
Así que la verdadera igualdad no es sólo que seamos la mitad en todo, sino que podamos serlo incluso siendo tan incompetentes y/o malos jefes como todos estos señores de los que te he hablado.
La verdadera igualdad no es sólo que seamos la mitad en todo, sino que podamos serlo incluso siendo tan incompetentes y/o malos jefes como todos estos señores de los que te he hablado.
De momento lo único bueno de esta historia es que si tienes mala memoria y no recuerdas el nombre de algún CEO o director, ya sabes, llámale José o Carlos y aciertas casi seguro.
Y ahora la pregunta es… ¿Qué vas a hacer con este post?¿Lo compartirás o es «too much truth» ?
Fuente noticia::Hipertextual
En el contexto actual de la posverdad donde parece que se buscar diluir el significado de las cosas al gusto del consumidor, lo cierto es que, como dijo George Steiner: «lo que no se nombra no existe». Así que no sólo importa, y mucho, darle nombre a las cosas sino nombrarlas bien.
Una vaca es una vaca. Existe, tiene un nombre que la identifica y la distingue de cualquier otro ser vivo del planeta. Nos da información relevante como que es la hembra de su especie, así que la distingue del macho.
¿Muy obvio?
Puede, pero necesario recordar que las definiciones limitan precisamente porque esa es su función: que nos ayuden a distinguir una cosa no sólo de lo muy diferente, sino de lo que «se le parece».
Por eso ponemos nombre a las cosas, porque existen y es una forma de reconocimiento a que «ya son» y porque en base a las definiciones obtenemos información que nos ayuda a tener claro de qué hablamos y no confundirnos.
Así tenemos la denominación «cubiertos», pero tenemos las más específicas. «cuchillo», «tenedor» y cuchara».
¿Pero qué pasa cuando nombramos mal? ¿Qué pasa cuando deliberadamente usamos una denominación que cambia drásticamente la percepción que tenemos de algo o alguien? ¿Puede la forma en que nombramos a las personas influir para mal en el trato que se le da?
¡Por supuesto!
Hay muchos experimentos que demuestran que cuando le decimos a alguien alguna característica sobre una persona o grupo que no conoce, le condicionamos para que «encuentre» esa característica y afirme el prejuicio. Esto funciona en positivo y en negativo. Lo que se conoce como Efecto Pigamalión o ·Efecto Golem.
El trabajo realizado en una escuela por Rosenthal y Jacobsen en 1968, entre otros, demostró que las expectativas del profesor influían en el rendimiento de los estudiantes. Las expectativas positivas influyen en un rendimiento positivo y las negativas favorecen un mal rendimiento.
Se denomina «recursos» a todos aquellos elementos que pueden utilizarse como medios a efectos de alcanzar un fin determinado.
Un recurso es agotable, reemplazable, sustituible.
Llamar a las personas que trabajan y/o colaboran en una empresa «recursos» es etiquetarlas como cosas, lo cual favorece la deshumanización.
No en vano muchos departamentos de RRHH funcionan más como centro de logística que como el departamento encargado de detectar, desarrollar y adecuar el talento y capacidades del equipo de personas de la empresa.
Y como pasa en logística, cuanto más cantidad de determinado producto tenemos, menos valor le damos. Si hay mucha oferta de personas para optar a un puesto, podemos permitirnos rebajar lo que nos cuesta. Por eso en época de crisis se consiguen condiciones laborables peores, abaratar despidos y rebajar derechos.
Si el mundo de la empresa sigue viendo a las personas como un recurso que obtener, probar, exprimir y desechar, acabaremos la mayoría igual que el planeta: agotado y esquilmado.
A menudo cuando trabajo con empresas, las personas que les dirigen preguntan:
-«¿Cómo puedo hacer que Fulanito o Menganita sea más productivo?
Y les suelo responder que no somos ingenieros de una empresa de coches a quien se le pide un motor más rápido, más potente y que consuma menos. Las personas somos personas. Eso significa que no podemos separar nuestro trabajo de cómo estamos y nos sentimos. Si una persona tiene un bajo rendimiento la primera pregunta no es «¿qué le hago?» sino «¿qué le pasa?».
Si una persona se siente mal, si sufre, si está agobiada, tiene miedo o ansiedad, que le exijas «trabajar mejor», le pongas una taza de Mr. Wonderful en su mesa o la mandes a un curso motivacional es tan útil como decirle a alguien con depresión: «anímate». Ese comportamiento es no entender nada sobre las personas.
Cuando lideramos un equipo no optimizamos recursos, ni siquiera dirigimos o gestionamos personas, como si fueran actores o personajes de un video juego. Como mucho, gestionamos sus emociones, lo que implica conocerlas, reconocerlas, validarlas, acompañarlas y, a veces, ayudarles a gestionarlas.
Y en ese sentido sí podemos usar recursos para esa tarea.
¿Has pensado en qué recursos tienes tú para ayudarte a conocer más y mejor a tu equipo, personal, colaboradores y clientes?
¿Quieres que empecemos a trabajar en ello?
Cuando hago esta pregunta en mis formaciones las respuestas suelen ser: «los abogados, los altos ejecutivos, los sindicalistas, los mediadores…»
No sé qué habrás respondido tú a esa pregunta. Imagino que dependerá de tu propia experiencia en este tema. Lo cierto es que la mayoría pensamos en algún colectivo relacionado con negocios o con conflictos y eso es porque el término «negociación» o «negociar» lo relacionamos con esos ámbitos.
Culpa de eso la tiene en gran parte Hollywood con sus películas de secuestros o del tipo «Wall Street». Y también el sistema de crianza, educación y liderazgo autoritario en el que el de arriba en la jerarquía ( padre o madre, docente o jefe/jefa) mandaba y los de abajo obedecían, sin siquiera plantearse la opción a negociar. Aprendimos que sólo sabían o podían negociar unos pocos.
Lo cierto es que negociar es algo intrínseco a la vida de prácticamente todos los seres humanos porque somos seres sociales y desde el momento en que convivimos con otras personas van a aparecer las discrepancias, las diferencias de opinión, de objetivos, de formas de hacer las cosas, de ritmo, etc. Esto implica que o bien escogemos el sistema que te decía antes de » manda el mas fuerte y los demás acatan» o toca negociar y llegar a acuerdos.
Y lo cierto es que al parecer la ley del más fuerte no fue el origen de la humanidad como podríamos pensar, sino justo lo contrario. Obviando que como seres humanos nacemos totalmente dependientes de cuidados por muchos meses y que sin esa disposición de nuestra madre a «renunciar» a ella misma para responder a las necesidades de su cría, no estaríamos vivos, seguro que conoces la respuesta de Margaret Mead, antropóloga cuando sus alumnos le preguntaron cuál fue el primer signo de civilización en la Humanidad.
Esperando oír que fue alguna herramienta ella les sorprendió respondiendo que el primer signo de civilización en una cultura antigua fue un fémur que alguien se fracturó y luego apareció sanado.
Mead explicó que entre los animales, si te rompes una pierna, mueres porque no puedes buscar comida o agua ni huir del peligro, lo que te convierte en presa fácil de los depredadores. Ningún animal con una extremidad inferior rota sobrevive el tiempo suficiente para que el hueso se suelde por sí sólo. De modo que un fémur quebrado y sanado es evidencia de que alguien se quedó con quien se lo rompió, que le vendó e inmovilizó la fractura y le proveyó lo necesario para sobrevivir todo ese tiempo. Es decir, que lo cuidó”.
El primer signo de civilización en una cultura antigua fue un fémur que alguien se fracturó y luego apareció sanado.
Así que el ser humano tiene esa capacidad de «ceder» o renunciar a su propio bienestar o una parte de él, para tener en cuenta las necesidades del otro. O sea que sabemos que una sociedad «civilizada» es la que no intenta imponer voluntades sino conciliar o negociar las voluntades del grupo.
Y es en este punto cuando te vuelvo a preguntar…
Sí, ese colectivo que no ha necesitado ir a una escuela de negocios ni a un training de liderazgo. Que solo necesitan estar muy conectados con lo que desean, tener una alta motivación y una gran inteligencia emocional para detectar cómo es el otro y qué tecla tocar.
Si cuando pedimos un aumento de sueldo o una renegociación de condiciones tuviéramos la misma determinación que nuestros hijos e hijas cuando nos piden algo, a no quedarse con el primer «no», la mayoría ahora cobraríamos más.
A no ser, claro que, como algunos niños, topemos con alguien autoritario y no dispuesto a negociar.
En ese caso, el niño o niña no tiene mucha más opción que obedecer o rebelarse con consecuencias, pero a ti, si es tu caso, lo que te recomiendo es: ¡Despide a ese jefe en cuanto puedas!
Porque quien no está dispuesto a negociar no debería NUNCA tener autoridad sobre otras personas del mismo modo que quien no esta dispuesto a CUIDAR de quien lo necesita debería nunca tener personas a su cargo.
Ahora la pregunta es, ¿eres negociador/a o negociable? . Suscríbete para no perderte los próximos artículos. Uno de ellos te dará las claves para responder a esa pregunta.
La tradición oral de los indios Dakota transmitida de generación en generación dice que:
«Cuando descubres que estás montando un caballo muerto, la mejor estrategia es desmontar».
Sin embargo, hoy en día para hacer negocios, educar o gobernar, se utiliza aun amplio espectro de estrategias mucho más avanzadas, tales como:
Igual cuando lees esa pregunta piensas en el hecho de si eres de las que la hace por las mañanas o la deja sin hacer la mayor parte del día.
Recuerdo una conferencia de algún mando del ejército que decía que hacerse la cama por la mañana era un indicativo del éxito, por aquello de empezar el día cumpliendo las obligaciones o algo así. Lo cierto es que luego nos enteramos que la ciencia nos dice que mejor no hacerla y dejarla deshecha mientras la habitación se airea… o sea que ya tenemos 2 ideas contrapuestas solo sobre algo tan aparentemente poco relevante como hacer al cama o no por la mañana.
Yo, si te sirve de algo te diré que solo «hago la cama» cuando cambio las sábanas, que lo mejor que me regalaron cuando me casé fue un edredón nórdico que no hay que estirar, ni entremeter ni nada. Y que yo personalmente prefiero la teoría de ventilar la cama a la de que el éxito depende de lo metódica y organizada que seas.
Pero no iban por ahí los tiros de mi pregunta. Me explico:
Yo duermo bastante regular, pero lo cierto es que hace poco decidí que iba a comprarme una cama buena de verdad, de esas de los hoteles de 5 estrellas. Decidí que en vez de gastarme «lo justo» en un colchón normalito y seguir con mi canapé de hace no sé cuántos años que ya no estaba bien del todo, iba, por fin, a invertir en una cama buena para mí.
Y estando en la cama desvelada pensé que es cierto que me sigo despertando muchas veces, pero que ya no noto molestias en el cuerpo como antes. Me alegré de haber decidido invertir en ese colchón que parecía de lujo por el precio.
Y dándole vuelta a eso, a que la verdad es que es un colchón «caro» pensaba yo que un tercio de la vida se nos va durmiendo y que igual sí importa en cómo lo hacemos.
Por eso llegué a la conclusión de que reflexionar en qué importancia le damos al sueño, a cómo y dónde dormimos no es tan trivial.
Casi todos los adultos que conozco tenemos un coche (o más). Y mirad esta noticia:
Pero es que si a eso le sumamos lo que implica tener un coche la cifra sube hasta esto:

Cuando lo ves así junto te das cuenta de cómo hemos normalizado ese gasto para una herramienta, que a no ser que seas taxista, vas a usar algunas horas al día solo.
Recuerda: en la cama estarás casi 1/3 de tu vida… y ya consideramos mucho pagar por un colchón los ue pagamos por solo 1 mes de coche.
Viéndolo así seguro que ahora no te parece caro invertir 700€ o 1000€ en una buena cama ¿no? Sobre todo porque no se trata solo de un tema de tiempo que pasas en ella sino de que incide directamente en nuestra salud y bienestar.
De hecho, uno de los baremos que tienen los hoteles para clasificarse y obtener estrellas es la calidad del colchón.
Y si no recuerda si alguna vez has dormido en un apartamento u hotel en el que la cama era de todo menos cómoda y confortable y si por el contrario, alguna vez has dormido en una de esas que parecía que flotabas.
Por supuesto, cuando no hay para comer, siempre digo que esto puede sonar a frivolidad, pero para mí este caso de la cama es una muestra de cómo a veces miramos el precio y no el valor de las cosas.
Yo estoy muy satisfecha de esa compra que lleva postergando mucho tiempo. Siempre había un gasto extra más importante, una compra que parecía más necesaria o la necesidad de otra persona de la familia antes que la mía.
Pero recordé que hubo una época en mi vida en la que trabajaba mucho físicamente y que cuando llegaba a la cama por la noche siempre decía en voz alta:
·Gracias dios mío por tener una cama»
No le damos importancia al reposo hasta que no estamos agotadas, del mismo modo que no valoramos la salud hasta que nos falta.
Así que ahora, no solo en mi vida personal, sino en mi trabajo céreo que voy a incorporar la pregunta de
«¿Cómo es tu cama?» como indicador de autoestima, de prioridades o de placer incluso.
Cuando nació mi hijo recuerdo que el padre me dijo un día:
«Esto que hacemos con Iker se llama colecho»
Porque antes de saber que tenía un nombre, nos dimos cuenta que para poder dormir algo más lo mejor era que él estuviera en nuestra cama. Cuando la cama de matrimonio se nos quedó pequeña lo que hicimos fue adosar otra a la nuestra. Nuestro dormitorio era literalmente eso: un DORMITORIO (la habitación de dormir). No teníamos ni armario, ni más muebles. Solo camas para dormir todos cómodos.
Así que el test de qué dice de ti tu cama o cómo y dónde duermes, como ves puede indicar muchas cosas sobre ti. Del mismo modo igual puedes cambiar cosas que quieras sobre ti, cambiando tu cama o tu forma de dormir… Pero de eso te hablo igual otro día.
Por cierto… aprovecho y te comento que hace unos meses me compré una manta de peso.
¿LAs conoces?
Así que entre mi colchón nuevo, mi manta eléctrica, mi edredón nórdico con una funda blanca de algodón que me encanta y mi manta de peso para aliviarme la tensión muscular y general… mi cama cierra el ciclo de rutina de autocuidado que empieza siempre que puedo con mi clase de yoga…
Estoy satisfecha de haber cumplido uno de mis propósitos de mejora de mi bienestar físico y mental.
¿Y tú? ¿Quieres compartirme algo sobre el tema?
Yo misma he usado por años el lema «lo primero es soñarlo». De hecho mi primer viaje internacional de trabajo, en 2016, giraba en torno a ese slogan.
No es que haya cambiado de idea sobre que para que las cosas se cumplan primero hay que «pensarlas», soñarlas o imaginarlas. Lo cierto es que si no nos marcamos objetivos rara vez nos movemos del lugar donde estamos. Dejar las cosas al azar no suele ser muy productivo y acabamos corriendo el riesgo de no trabajar para nuestros propios objetivos porque acabamos trabajando para los de otros. No es esa la idea de este artículo.
Cuando digo que lo primero no es el objetivo me refiero a que no siempre el objetivo que nos trazamos en nuestra vida, personal o profesional ha sido «decidido» por nosotros y nosotras mismas. Vivimos en una sociedad de aparente libertad que no es sino un tablero con opciones bastante limitadas y delimitadas. Prueba de ello es que cuesta encontrar objetivos de los que llamamos «divergentes» y originales.
Hasta los típicos mensajes del Misión, Visión y Valores muchas veces son copia-pega de otros . No ha habido un trabajo personal o corporativo de analizar ya no «qué» queremos hacer sino algo mucho más importante para mí a la hora de establecer objetivos que es «para qué» queremos hacer ese algo.
En mi experiencia trabajando con personas y empresas pocas veces me sabían responder al «para qué» del objetivo que tenían planteado. Y eso hacía muy difícil establecer una estrategia u hoja de ruta efectiva para su situación particular.
Por eso te repito: lo primero no es el objetivo. Lo primero es conocerte más a ti o tu proyecto y saber desde dónde partes y adónde quieres llegar, por qué quieres llegar ahí y sólo después buscaremos el cómo.
La mayoría de emprendedoras con las que he trabajado tenían como objetivo «emprender», me contaban que querían dejar su trabajo por cuenta ajena para tener más libertad.
Muchas me decían que habían contratado esta o aquella formación, a este o aquel coach que les guiase en el camino al éxito en el emprendimiento. Es triste decir que la mayoría de las personas que pagan por esos programas que les prometen facturar 6 cifras, no solo no llegan nunca a facturar esa cantidad sino que acaban fracasando en el emprendimiento y vuelven a donde estaban con menos dinero y una sensación de fracaso.
Es evidente que alguien que te dice que su objetivo al emprender es tener más libertad lo que tiene es una idea idílica del emprendimiento. Ha leído a este o aquel gurú de turno contar sus éxitos y dinero ganado fácilmente, contar que vive de ingresos pasivos y se ha creído el cuento.
Lo cierto es que emprender es un camino de retos constantes, que requiere de una alta tolerancia a la inseguridad a la frustración y mucha constancia. Que para llegar a tener libertad económica y de tiempo como emprendedor o emprendedora primero vas a tener que dedicarle muchas más de 40 horas a la semana. Si no tienes clara la realidad de lo que implica el objetivo que te marcas, no es tu objetivo.
Así que sí, lo primero antes de marcarte un objetivo es conocerte un poco mejor, a ti mismo, a ti misma, a tu proyecto y establecer un objetivo adaptado. Saber cuáles son tus valores, qué estás dispuesto a perder, cuánto puedes o no arriesgar, cuáles son tus circunstancias personales que te suman o te restan energía. En definitiva, antes de establecer el objetivo, analízate tú. Analiza tu punto de partida y solo después de eso estarás más cerca de que tu objetivo esté alineado y más basado en hechos que en expectativas irreales.
Lo cierto es que mi primer viaje a Chile fue como cumplir un sueño y de ahí el lema escogido. Pero lo que no todos saben es que mi primer sueño era que alguien me invitara a trabajar allí. Y ese sueño se reveló como inalcanzable cuando me invitaron a dar una formación en lactancia allí y al decirles que tenía que ir con mi hija que aún era un bebé y a la que amamantaba me respondieron que entonces mejor contrataban a un señor pediatra que, evidentemente, no daba teta y podía viajar solo.
Ahí me di cuenta que «ese sueño» no era el mío, que debía reajustarlo. Así que trabajé para no renunciar a algo que para mí en ese momento era irrenunciable. Y poco más de un año después yo misma financié y organicé mi propio viaje de formación a Chile. Y me llevé, no solo a mi hija, sino a mi hijo mayor también. Porque la realidad es que mi sueño no era «ir a Chile a trabajar», mi sueño era demostrar que podía trabajar en cualquier parte del mundo sin renunciar a lo que para mí estaba por arriba en mi escala de valores y prioridades.
Si quieres que te ayude, a ti o a tu equipo, en cualquier punto del proceso de autoconocimiento, evaluación y desarrollo de objetivos, ya sabes… ¡soy tu persona!.
«Demasiado feminista para el mundo profesional».
¿Qué sentirías si oyeras este comentario sobre ti y tu trabajo?
¡Bienvenida a mi vida!
Hace años, un señor ( por ser generosa en mis términos) me dijo que con el tipo de fotos y comentarios que publicaba en mis redes nunca me iban a tomar en serio en el mundo de la empresa. Por aquel entonces yo me dedicaba al ámbito maternal y mis fotos en tetas dieron la vuelta al mundo cuando Facebook las censuró y peleamos para conseguir cambiar su política.
Es curioso que un tipo narcisista, tirando a psicópata, que presumía de premios de emprendedores y de estar en consejos de dirección de empresas afeara mi «estilo» en redes. Sobre todo si recuerdo las fotos que él me mandaba a mí de mujeres desnudas y atadas. Al parecer mis tetas daban mala imagen si era para defender mi derecho a amamantar pero las de las mujeres con las que se excitaba y masturbaba sí eran dignas de compartirse. Al final este asqueroso ser no es más que un reflejo de la hipócrita moral que aún hoy existe en el mundo, incluído el mundo profesional y de empresa.
Porque esa ha sido la tónica. Recuerdo en mi primer trabajo de secretaría de un bufete de abogados de mucho prestigio, cómo mis jefes idolatraban a Mario Conde. Todos vestidos y peinados igual que él, que parecían clones. Daba igual que esa fachada de hombre de éxito escondiera lo que escondía. Hasta robar es glamuroso si lo haces con un traje caro y mucha gomina (y eres hombre, claro).
Si eres hombre puedes permitirme soltar tacos diciendo que eres lo más, puedes mirar a la gente a la cara y ser todo lo directo que no serás agresivo sino potente. Podrás defender a muerte tus colores y tus ídolos aunque estos sean deleznables, porque representan el éxito en masculino. Si eres mujer no vayas a creer que puedes hacer lo mismo. A ti te toca ir por los carriles que ellos te marcan o descarrilarás tu carrera profesional y encima habrá sido culpa tuya.
Me pregunto ¿se puede ser «demasiado» feminista?
¿Se puede una pasar de exigir que se cumplan los derechos?
¿Se puede ser demasiado pro derechos humanos?
¿Se puede ser demasiado equitativa?
Al parecer sí.
Yo tengo claro qué somos, somos feministas, demasiado poco, diría yo. LA cuestión es si tiene claro lo que eres tú.
Nadie le dice «lo siento» a quien llora de alegría en la boda de su hij@. Ni decimos «me alegro por ti» a la viuda que llora en un funeral.
No minimices el gran poder social que encierra el hecho de «leer estos comportamientos» porque hay gente con incapacidad ( y/o discapacidad) para hacerlo y esto mismo les genera muchos problemas.
.
He llorado de angustia, de impotencia, de rabia y de frustración, del mismo modo que a veces en una clase, he llorado de emoción, al tocar un tema sensible. He llorado al descubrir la pasividad de la gente y cómo eso afecta a mis derechos o los de los míos. He llorado de angustia ante la mezquindad o la maldad, he llorado para descargar estrés o reequilibrar mi estado emocional y he llorado para descargar la agresividad y no darle rienda suelta que es lo que me ha apetecido de primeras.
Ninguno de esos motivos le ha restado peso a mis argumentos ni credibilidad a mi persona ni a mi desempeño profesional, al menos no a mis ojos.
Aprovecha cada oportunidad para reforzar tu poder, tu autoridad y tu autoestima.
Aprende técnicas de negociación que te aporten seguridad.
Rodétate de mujeres referentes en tu sector y en otros y esfuérzate por conocerlas en el plano personal si es posible.
Comprueba a título personal que el concepto de «fuerza» y «fortaleza» puede alcanzar otras dimensiones que van más allá de «ser fría, distante e impasible».
Aprende de tus errores sin culparte por ellos.
Recuerda que mostrarse vulnerable no es señal de debilidad sino de honestidad y humildad.
Celebra tus triunfos.
Y sobre todo:
«NO DEJES QUE NADIE TE HAGA SENTIR MENOS DE LO QUE ERES»
Si quieres trabajar en tu motivación, implementación, visibilidad, imagen, comunicación y actitud…
Empieza por mi programa de más éxito: #27DÍAS y #27GLITTERDAYS y si quieres ir más allá, te espero en mi próximo training para aumentar tu rango de poder
#POWERUP o en mi programa de alto impacto: LIDERAZGO FEMENINO
«El humor siempre hacia dentro o hacia arriba, nunca hacia abajo».
«Lo que agota es educar hacia arriba y no hacia abajo».
Hace unos días reposteaba una viñeta de @Perezfecto en la que una mujer le dice a un hombre (presumiblemente su pareja):
Porque el paternalismo, como el machismo, no se detecta desde dentro.
No nos pidáis seguir educando hacia arriba. Sois mayorcitos: aprended solos.
¿Qué puedo hacer por ti para que estés mejor?
Desgaste es algo que las mujeres conocemos bien, por desgracia.
Aparte el desgaste de vivir que tiene todo ser vivo, las mujeres y madres, tenemos el «bonus» de la carga mental que no siempre se ve ni se cuantifica pero que genera mucho desgaste.
Esa carga de la que no te liberas en el día libre, ni en vacaciones, a veces ni siquiera cuando vas a dormir. UN desgaste silencioso y poco reconocido.
DISC es una herramienta de análisis, deteción, desarrolllo y adecuación del talento. Nos sirve para detectar cómo trabajarías mejor y cómo estás haciendo. Por así decirlo nos ubica en tu punto ideal y la distancia a la que estás ahora o a la que quieres estar. A mayor distancia entre ellos, más desgaste.
No.
Lo que te dice es que te costará más esfuerzo que hacer aquello para lo que tienes talento natural.
Porque a veces nos planteamos una estrategia sin analizar si es para nosotras. Vemos a alguien hacer algo que le funciona y sencillamente queremos copiarlo. Y eso es normal y está bien, pero quizás esa persona a la que le funciona tiene un talento que tú no has desarrollado, o tú tienes un talento precisamente «opuesto» al que requiere la estrategia en cuestión y si no eres consciente de ello y de lo que supone, lo que vas a cosechar es frustración y desgaste.
No.
Ninguna herramienta de análisis del comportamiento es una profecía, a no ser que tú creas que lo es, ya sabes, la profecía autocumplida. Por eso para mí lo importante al recibir un informe DISC es contratar la sesión de análisis, para explicarte precisamente que lo que ves, todo lo que ves, puede ser modificable.
El quid de la cuestión es cómo implementar modificaciones para dirigirme hacia un lugar en el que ahora mismo no estoy.
Te pongo un ejemplo:
Si eres una persona analítica, concienzuda y preocupada por la calidad, te va a costar mucho actuar de forma rápida y reactiva cuando la situación lo requiere.
¿Es malo entonces ser analítica y concienzuda?
Imagina a quien diseña los frenos de tu coche. ¿Quieres que sea una persona analítica y concienzuda o alguien improvisado y apurado por los tiempos de lanzamiento?
Nada es malo.
Cada factor de comportamiento tiene un motor que le impulsa y una preocupación principal. Cada uno tiene sus prioridades y sus ritmos. Todos son necesarios y contribuyen a que una empresa o emprendimiento llegue a buen puerto. Todos tienen talento.
El problema es que esas diferencias de prioridades y ritmos causan conflictos que no siempre vemos como lo que son, conflictos por diferencias en el modo de ver la situación, no conflictos personales porque uno tenga la razón y el otro no.
Siguiendo con el ejemplo anterior, la persona analítica, dada la situación actual ( personal o global) necesita modificar su estrategia y actuar de forma menos analítica y más proactiva. ¿Puede hacerlo?
Por supuesto.
Pero le va a costar, porque va a tener que dejar de tirar con el motor con el que está acostumbrada. Tendrá que aumentar su capacidad de asumir riesgos y no demorar la acción en la búsqueda del producto perfecto.
Al final se trata de una herramienta de autoconocimiento interesante para planear estrategias con inteligencia.
No sirve de nada seguir un plan que le ha funcionado a otra persona si su motor y el tuyo son diferentes. Y no solo eso y ahí es donde voy con el concepto de recarga.
DISC mide el desgaste porque analiza la «distancia» entre el punto en el que estás y el punto hacia el cual quieres ir, lo que no mide es la capacidad de recarga de cada cual.
Hay emprendedoras que tienen una situación personal más favorable que otras y eso también cuenta a la hora de implementar estrategias, desarrollar cambios y obtener resultados.
Si eres una madre con hijos pequeños ( puede que bebés incluso), con una pareja que no te apoya en tu decisión de emprender y/o te boicotea tus planes soltando pullitas como «para qué te complicas» o » por qué te gastas dinero en eso«, si estás muy apurada económicamente y no tienes un colchón financiero que te permita invertir sin sentir que estás quitándole los recursos a la familia, si tienes poca o nula formación en ese ámbito profesional, si te falta experiencia práctica para hablar sobre tu servicio con autoridad, si el mundo digital se te hace algo complicadísimo y no conoces ninguna de las herramientas con las que tienes que trabajar….. Y no hablemos si tienes problemas de salud o cuidas además apersonas dependientes.
Por cada faceta de tu vida personal y circunstancias que demanden de ti energía, sumas un punto más de desgaste y uno menos de recarga.
Ahora piensa en que no tienes hijos a tu cargo, ni una pareja que moleste, sino alguien que contribuye a aliviarte carga y a apoyarte en tus decisiones y proyectos. Dispones de dinero para afrontar este proceso de cambio con cierta tranquilidad. Tu tiempo es todo tuyo y además tu bagaje profesional es potente. Conoces las herramientas digitales, aunque fuera de usarlas por entretenimiento.
Tú, en esas circunstancias, tienes muchos motores de recarga. Tú puedes permitirte más desgaste para cambiar tu estrategia profesional en un plazo razonable.
Ahora quizá entiendes por qué hay personas que parece que todo les funciona y otras a las que no les funciona nada. Cierto es que muchas veces es porque unas trabajan mucho y otras no, pero no siempre es eso, o no sólo eso. No todo es cuestión de echar horas. Hace falta una estrategia personalizada.
El mentoring que yo entiendo no es solo el de : «te ayudo a llegar donde yo estoy». Inlcluye también el «de la forma más adecuada a tu perfil».
En mentoring no vendemos plantillas estratégicas universales porque cada persona es diferente, con talentos diferentes y circunstancias diferentes. Ni siquiera vendemos nuestra propia estrategia porque nuestras clientas no son nosotras.
Trabajar más de una década, como te decía al comienzo del post, asesorando a madres me dio la capacidad que no tenía de aprender a escuchar y a mirar desde otro lugar que no fuera mi propio yo.
Es en ese ámbito en el que fui capaz de comprender que lo que me servía a mí no le servía forzosamente a las demás, porque ellas no eran yo.
Aprendí a descubrir otras formas de mirar y de escuchar, aprendí a proponer teniendo como centro a la persona que me pedía ayuda y no a mí misma.
Aprendí a no convertirme en el centro de este trabajo y a tener claro mi objetivo profesional.
Ahora en mentoring, aunque en un ámbito diferente, implemento mucho de ese aprendizaje de primero recabar y luego aportar. De analizar no sólo el desgaste sino la capacidad y velocidad de recarga de mis clientas.
Por eso llevo meses trabajando todos mis servicios de mentoring con DISC.
Porque empezamos con mucha información valiosa y concreta de partida lo que nos permite ahorrar tiempo y empezar a hablar de presente y futuro.
100% de clientas satisfechas, obteniendo resultados, acercándose a los cambios que querían son mi carta de recomendación.
¿ Y tú? ¿Sabes qué te desgasta y con qué recargas?
Las campañas electorales se están convirtiendo en una especie de suero de la verdad de nuestra clase política.
LAs madres llevamos años reclamando tener voz en política, que se escuchen nuestras reivindicaciones de primera mano y que se tengan en cuenta. Voto ya tenemos, pero cuando no hay ninguna opción que te represente, al final tu voto no vale tanto como debería.
LAs pasadas elecciones generales muchas mujeres nos hemos sentido huérfanas. Se ha votado más con el miedo que con la esperanza. Muchas decidimos votar en oposición más que votar a favor, como dijo muy acertada como siempre mi amiga Irene García: «votamos en defensa propia».
Independientemente de vuestra ideología, si sois madres de ese grupo invisible para los medios que, como yo, decidisteis que maternar también es un derecho que queríais ejercer sin renunciar o delegar en terceros, habréis sentido la indefensión de saber que fuera cual fuera vuestro voto, ninguno iba a apoyaros en esa decisión.
Llevamos años reclamando un permiso de maternidad de mínimo 6 meses. Reclamación que responde primero al derecho del bebé y, evidentemente, también al de la madre, que, no olvidemos, es la que gesta, pare y amamanta por mucho que a la PPINA no le guste. Resulta que no era posible, no había fondos, hasta que aparecieron de vete a saber donde para incrementar la baja del padre.
Por supuesto que no, pero no es justo ni moral ni biológica ni fisiológicamente ampliar un derecho cuando los otros 2 protagonistas que van delante, aun no tienen garantizados los mínimos.
-Porque el bebé tiene derecho a ser nutrido por su madre sin restricción de tiempo al menos hasta que este sea capaz de tomar otros alimentos y ser cuidado por extraños sin interferir en su relación de apego seguro con su cuidador principal: su madre.
-Porque la persona que ha gestado y parido necesita un tiempo de adaptación física, emocional y social muy superior a las 16 semanas. Creer que este periodo es «repartible con el padre» es ningunear el propio proceso biológico y mental del proceso de la gestación y el parto.
-Porque no siempre hay «padre» y esa es una realidad que se obvia demasiado a menudo. LA mayoría de las familias monoparentales de nuestro país, son monomarentales, pero hasta en el lenguaje tergiversamos la realidad.
-Porque «cuidar a l@s hij@s» no es una especie de servicio civil obligatorio, como oímos a algunos padres durante su permiso de paternidad. EL cuidado es, a ojos de la mayoría de la clase política, una especie de impuesto a pagar que no nos gusta y buscamos fórmulas para evadir o repartir y tocar a menos. No se trata de cambiar pañales señores y señoras políticos, a ver cuándo lo van a entender.
-Porque si al final lo hacen, tampoco merecen medallas como si fueran héroes. Ser un padrazo es directamente proporcional a ser una mala madre y hacer campaña con la responsabilidad de los progenitores con el cuidado de sus hij@s es moralmente deleznable.
-EL cuidado es la base de la reproducción y supervivencia de los mamíferos, especialmente de los humanos cuyo tiempo de desarrollo especialmente largo. Los primeros años de vida del bebé son un periodo especialmente sensible que requieren algo más que ingerir cualquier alimento que permita no morir de inanición, estar limpio y a resguardo.
-Nuestros bebés tienen derecho al cuidado óptimo y este es el que provee su madre cuando esta está dispuesta a hacerlo sin sentir que pierde derechos, poder adquisitivo o calidad de vida.
-Anunciar como medida permisos iguales e intransferibles para este primer periodo sensible del bebé es no entender nada de nada.
-Prometer guarderías de 0 a 3 años es reírse de las necesidades de los bebés y sus madres.
-Ensalzar a mujeres que a la semana de parir ya están «emprendiendo por el mundo» es un insulto a las madres. Refleja una supina ignorancia de lo que supone el hecho maternal, de las necesidades del binomio madre-bebé, de las profundas repercusiones que todo lo que se hace o no se hace en este periodo de tiempo.
Diaz Ayuso pone de ejemplo y defiende a una mujer que acaba de dar a luz y ya se ha puesto a Trabajar.. Es decir que renuncia a sus derechos..🙄🙄
Pero atentos a lo que dice de las «mujeres de la izquierda»..
Ni un solo día sin hacer el ridículo.. #Rumno26mARV pic.twitter.com/1oOr0bKiez— SayonaraTroika (@Sayo_cab75) 14 de mayo de 2019
-Es un insulto especialmente a esas mujeres con empleos precarios a los que no quieren «volver» pero tienen que hacerlo porque su subsistencia depende de ello. A Isabel Díaz Ayuso el derecho de tener 16 semanas tras el parto le parece que es de «víctimas de izquierda». Me gustaría verla a ella siendo camarera de pisos en un hotel, volviendo a hacer 20 habitaciones y 5 salidas más los pasillos de las zonas comunes a la semana de parir. Cargando fardos de ropa sucia y empujando carros llenos de toallas y sábanas más los productos de limpieza. Retorciendo cientos de veces la fregona que limpie los suelos que pisan esas que van al hotel a descansar, mientras su útero se retuerce también con los entuertos propios del posparto y sus pechos se hinchan por estar 10 horas sin amamantar a un bebé que vete a saber con quién estará. A ver lo que le duraba a Isabel Díaz Ayuso su ideología de derechas de «menospreciar los derechos de las trabajadoras» en esas circunstancias.
-Es un insulto a esas mujeres que sufren depresiones post parto, la mayoría de veces no diagnosticadas, porque ya se sabe que las mujeres somos tan emocionales que nuestros síntomas graves se confunden con nuestro día día. Todo el mundo sabe que la depresión pos parto se cura dejando al bebé y volviendo al curro, claro que sí.
-Es un insulto a las emprendedoras que luchamos cada día por levantar negocios que nos permitan vivir y hacer eso que la sociedad nos prometió falsamente: conciliar. Que muchas hayamos tenido que buscar fórmulas que nos permitan emprender porque no teníamos otra alternativa válida no es excusa para imponerlo a las demás. Algunas somos privilegiadas porque nuestro emprendimiento pudimos sacarlo adelante con un bebé a la teta, pero ESO ES UN PRIVILEGIO que no todas tienen señora Isabel Díaz Ayuso. Al parecer usted solo conoce emprendedoras PREMIUM, que pueden permitirse emprender por el mundo a la semana de dar a luz. No creo que hable de la peluquera del barrio, esa que trabaja 10 horas diarias de pie o de la que trabaja en una tahona y se levanta las 3 de la mañana a hacer pan, aparte de la jornada de venta al público, o de la que monta un restaurante y prácticamente vive a allí para sacarlo adelante. Esas emprendedoras, aunque quisieran, que ya le digo yo que por mucho que les guste su trabajo no quieren volver a la semana de parir, no pueden emprender con sus bebés de 7 días.
EN definitiva, que cada vez que ustedes hablan de mujeres dan vergüenza, cada vez que hablan de política referida a las familias dan asco. Mucho asco.

Borja Sémper, candidato del PP a la alcaldía de Donostia:
Así que no hablen por mí ni por la mayoría de las madres que conozco. Madres que cada día, intentan satisfacer las necesidades de los suyos, casi siempre a costa de ellas mismas, de su poder adquisitivo, de su calidad de vida. Y créanme, ese espíritu de «sacrificio» no es para alabarlo. De hecho nos repatea que en mayo aparezcan campañas de marketing reforzando ese estereotipo con si fuera una virtud a mantener. No queremos que nos alaben estar siempre a disposición de todos sin que se nos tenga en cuenta ni se nos escuche,
Queremos RESPETO, queremos poder ejercer nuestros DERECHOS, todos, queremos IGUALDAD en lo que somos iguales y EQUIDAD para contemplar nuestras diferencias en justicia.
A ver si se enteran ustedes de una vez.
Parecía un personaje de cualquier serie de vikingos. Podría haber sido modelo. Rubio, alto, con una barba que a a pesar del evidente descuido no ocultaba lo atractivo que había debajo. Envuelto en ropa sucia, no de esa suciedad honorable que tienen los héroes, sino con la suciedad que invisibilizamos.
En medio de un grupo cada vez más grande de gente, de niños, niñas y jóvenes con sus familias, de alguna que otra exhibición de cochazos con la excusa del deporte infantil. Envueltos por una música que, muy mal escogida, como a propósito para hacer juego, como todo, por contraste ese día, no paraba de recordarnos que vivimos en plena era del culto, no ya al cuerpo, sino a la ostentación.
En medio de todo ese ir y venir de gente por un barranco polvoriento, como en un western, él parecía un fantasma. No por terrorífico, sino por Invisible.
Caminaba con la mirada baja y perdida como quien se ha acostumbrado a no ser visto a pesar de su altura y a pesar de desentonar con la imagen grupal. La primera vez que le vi pasar frente a mí intenté mirarle a los ojos y no encontré su mirada. Pasó rápido como quien sabe que molesta con su sola presencia.
Le seguí con la mirada hasta que paró en su destino, una especie de silla vieja y un montón de lo que, para nosotros, sería basura, que parecía ser su lugar. Porque llamarlo “casa” me parece un vegonzoso eufemismo. Un rincón inhóspito con la única bondad de tener un techo. El puente.
Sentí angustia y pensé en todas las veces que en mi vida había oído la expresión “vivir bajo un puente”. Una frase que siendo niña y adolescente igual se usaba como metáfora de aquellos que tienen un desafortunado destino ( merecido según sea de moralizante el discurso) o como amenaza ( horriblemente literal par la mente de los niños y jóvenes) si no aprovechábamos nuestras oportunidades.
Me pareció escuchar la voz de mi padre pronunciando esas palabras que, en su caso, eran totalmente absurdas por carecer de autoridad moral para dar cualquier lección de vida a sus hijos. En cualquier caso la imagen del puente como único refugio se hizo realidad viendo a ese joven allí.
Yo estaba allí, con mis hijos, agradeciendo ser de ese grupo de personas que nos hemos creído que somos clase media porque los fines de semana vamos en nuestro coche a que nuestros hijos e hijas compitan con otros niñas y niñas por un minuto de gloria y una medalla de latón cuya insignia es tan cutre que se despega antes de llegar a casa.
Pero ahí estamos, riendo, animando, aplaudiendo, a veces incluso siendo unos totales impresentables cuando animamos a nuestros hijos e hijas a machacar al resto.
Y en ese contexto, el joven vikingo cuyo hogar es el puente, ese al que ni miramos, nos valida automáticamente en la cúspide de la pirámide. Porque nosotros tenemos una casa y un trabajo. ¡Nosotros no vivimos bajo un puente! ¡Nosotros demostramos que no somos unos fracasados!
Porque en este mundo nuestro o, más bien, en este aquí y ahora de este mundo nuestro el éxito es ese: no vivir bajo un puente. Aunque nuestra hipoteca nos obligue a dedicar nuestra vida a quien quiera que sea nuestro amo, quitándonos el tiempo de lo que es de verdad vivir, Aunque nuestro cochazo sea solo una forma de disimular con el valor de lo exterior lo pobres que somos por dentro. Aunque nuestras creencias más profundas sean más asquerosas que la ropa sucia que evitamos mirar. Da igual, porque nosotros no acabamos bajo un puente.
No pude evitar preguntarme qué, por qué, cómo… Quería saber cómo había acabado un chico joven, alto y guapo ( y no, esto no es una frivolidad, a los guapos les va mejor en la vida y si no lo creen piensen en la imagen habitual de los sin techo …) bajo aquel puente.
Quería acercarme y hablar con él, decirle :
-“Hola, no eres invisible, te veo. ¿Cómo estás? ¿Necesitas algo?”
Entonces pensé en qué derecho tengo yo a irrumpir en la vida de alguien solo porque yo creo que está en una posición desfavorecida. Me escuché a mí misma hablando de estererotipos, de paternalismo, de capacitismo, de la cara oculta del voluntariado que demasiadas veces usa el sujeto que recibe la ayuda como excusa para alimentar el propio ego.
Pensé si cabría la posibilidad de que ese joven alto, guapo y rubio estuviera exactamente donde quisiera estar. ¿Es eso posible? ¿De verdad alguien podría escoger aislarse, invisibilizarse, desdibujarse?
No tengo la respuesta. La historia de ese joven solo la sabe él. Y quizás pequé por defecto.
Pasó delante de mí un par de veces más con unas bebidas en las manos. Cada vez la misma búsqueda infructuosa de sus ojos. Cada vez su paso ligero, decidido y casi flotante sin reparar en lo que le rodeaba.
Me pregunté si nosotros nos habríamos vuelto también invisibles a sus ojos. Si éramos como una especie de cuerpos que vibraban en una frecuencia inaudible para él, del mismo modo que él para el resto de los que estábamos allí.
Mi hija y otras niñas de su edad jugaban cerca de la zona donde él estaba. Otros niños y niños pasaban cerca con sus bicis o correteando y me resultó curioso que durante el rato que yo observaba ninguno de ellos se acercase a él. Quise recordarme a mí misma siendo niña y acercándome a hablar con todo lo que me parecía interesante o sencillamente diferente. Recuerdo la primera vez que vi un negro y un “enano”. Recuerdo mi reacción exagerada y cómo mi madre avergonzada me cogía de la mano para alejarme y decirme que a la gente no se la señalaba. Y allí ninguno de los niños y niñas vio nada interesante ni diferente.Quizás es que se ha vuelto todo común, incluso la miseria. No lo sé.
Sé que estuve mal mucho rato. Posiblemente una mezcla entre tristeza, compasión y vergüenza. Quizás mi propia reacción en sí misma sea la prueba de mi propio clasismo.
No sé si había una buena y una mala reacción. Como suelo decir en mis cursos, casi siempre importa más la motivación que la acción. Y la reacción que la acción. Podría haber reaccionado de otro modo. Podría haber “hecho” algo más que observar y pensar. El caso es que no hice nada.
No hice nada salvo hablar con mi hijo de ello. Le hablé del chico que vivía bajo el puente y de lo invisible que se vuelven a veces las personas. Y me dijo que él sí lo había visto y lo había mirado. Que se preguntó por qué estaría allí.
Y en mi soberbia comodidad de mujer de clase media, con un coche de gama media e hipoteca, que lleva a sus hijos a unas competiciones con las que está profundamente en desacuerdo sentí el hipócrita alivio de pensar que algo estaba haciendo bien.
Pero en el fondo, cuando toca rendir cuentas a una misma sin máscaras, llevo varios días pensando en si el chico rubio, alto y guapo que vive bajo el puente estará bien. Si él preferiría estar en otro lugar. Pensé en que esa podría ser mi historia cuando, con 19 años, me fui de mi casa sin trabajo y con muy poco dinero en el bolsillo.
Quizás la única diferencia que hizo que yo no acabara viviendo bajo un puente, como tantas veces vaticinaba mi padre, fue que yo tuve suerte. No el tipo de suerte capacitista que tanto oigo y tanto asco me da. Tuve suerte porque siempre tuve personas con quien contar.
Hoy, que sigo recibiendo tanto de tanta gente que quiero y me quiere, el chico alto, rubio y guapo que vive bajo el puente me obliga a ser aún más agradecida.
¡Gracias a las personas de mi vida!
PD. Y no, no era alcohol.