Qué implica trabajar gratis

Qué implica trabajar gratis

«¡Qué morro las que cobran!
Menos mal que hay gente que ayuda gratis»

Esa frase es muy oída en mi sector. Como somos mayoritariamente madres que trabajamos en temas relacionados con el cuidado  tenemos incorporado el «chip», que no es otra cosa que una creencia errónea y un prejuicio, de que los servicios relacionados con el cuidado no se deben cobrar.

Este es un tema con un trasfondo más amplio que el que se ve a simple vista. Cada vez que alguien recrimina a alguien su derecho a cobrar debería pensar en el mensaje que está transmitiendo, a sí mismo, al otro, y a la sociedad.
Mensajes como estos:

  • Me siento superior a ti juzgando si tú debes o no debes cobrar por lo que haces.
  • Me molesta que cobres por algo que necesito de ti y en vez de analizar de dónde viene esa reacción, proyecto mi enfado en ti y en tu derecho a recibir el pago por tu trabajo, experiencia y conocimientos.
  • Quiero aprovecharme de esa experiencia y conocimientos, porque reconozco que es más valioso y más fácil que hacerlo  yo o aprender sola, pero no quiero pagarte por ello.
  • Te doy la oportunidad de que me ayudes. Es un privilegio que me dediques tu tiempo porque soy mejor y más importante  que tú.
  • El dinero es «sucio».
  • Mi tiempo es más valioso que el tuyo.
  • Mi necesidad está por delante de las tuyas y las de tu familia.
  • No quiero un trato justo, ni equitativo. Quiero conseguir algo de ti sin que tú recibas nada a cambio.
  • La satisfacción de haberme ayudado tiene que valerte como moneda de pago.
  • Mi agradecimiento  engrandecerá tu ego y ese es pago más que suficiente.
  • Si no estoy de acuerdo con tus condiciones  no solo tengo derecho a no aceptarlas, sino  a enjuiciarte moralmente y  a criticarte.
  • El voluntariado es la forma más altruista de dar un servicio y por supuesto no perpetúa la diferencia entre el que otorga el servicio y quien lo recibe. No fomenta la diferencia de clases y siempre se hace con los motivos más puros.

He dedicado miles de horas al voluntariado y a día de hoy una parte de mi trabajo como asesora lo hago sin ser remunerada económicamente. Eso no significa que no entienda que es un arma de doble filo.

Nada es gratis: alguien lo paga

Trabajo para conseguir un cambio de paradigma en la forma de vivir, en la forma de criar y eso implica cambiar mentalidades y creencias muy arraigadas. Eso significa que no solo divulgo información a quien quiere oírla sino también a aquéllos que no saben aún si la quieren oír. Por eso parte de mi tiempo lo dedico a escribir artículos, grabar vídeos, publicar  y compartir información interesante y responder consultas por diversos medios  sin remuneración de parte de quien recibe la información.

Yo pago por contar lo que sé.

Del mismo modo que muchos escritores pagan para publicar su trabajo. Motivos para actuar así hay varios, algunos son impuestos por las circunstancias, otros muy loables y otros directamente relacionados con el ego.

Os voy a poner el ejemplo de un escritor.

EL que escribe normalmente quiere que le lean, y por supuesto le gustaría vivir de ello, pero  para llegar a eso, antes tiene que llegar a convertirse en alguien que la gente quiera leer. Y si no te conoce nadie, nadie va a pagar por leerte. Por eso, a no ser que ganes un premio con tu primera novela y directamente te conviertas en un objetivo interesante, antes de poder vender tu trabajo, has tenido que promocionarlo, y eso a veces, incluye regalarlo.

Eso no significa que no tenga valor, significa que le das tanto valor que quieres algún día vivir de ello y esa es tu estrategia a medio y largo plazo. En este caso pues, regalar tu trabajo es un medio para un fin.

A veces el que escribe decide regalar su trabajo para algo o alguien. Quizás le pidan una colaboración  para alguna revista, o que escriba un prólogo a otro autor. Puede que decida que parte del beneficio de su trabajo vaya destinado a alguna obra social… Pero esto puede hacerlo siempre  y cuando la mayor parte de su trabajo sea reconocida, valorada y pagada. Si no tiene para comer y  pagar la casa, dudo que se dedique a seguir regalando su trabajo altruístamente.

Pero incluso en este caso, obtiene algo a cambio, y aquí entro en el tercer supuesto.
Cuando yo regalo mi trabajo estoy obteniendo un pago, que quizás no es con dinero, pero sí en reconocimiento, agradecimiento, posicionamiento, prestigio, fama…  Tengo por supuesto derecho a que ese pago me compense de no recibir dinero, y tengo derecho a preferir cobrar con dinero. Lo que no es de derecho es que alguien juzgue que un pago es moralmente reprobable argumentando que lo que se ofrece gratis es mejor.

trabajar gratis

[Tweet «Ningún producto o servicio es gratis, alguien lo paga. O lo pagas tú o lo paga otro.»]
EL pago que recibo con dinero cierra el círculo: tú necesitas un servicio, yo te lo doy, tú me pagas: FIN.

Además cobrar  implica una responsabilidad: tengo que ser profesional y dar un servicio justo a lo que cobro. Me obliga por así decirlo a ser bueno en mi trabajo, porque además, de eso depende que siga trabajando en esto o no.
EL pago que recibe el ego, por el contrario, nunca acaba, porque el ego siempre suele querer más.  EL que recibe «el regalo» se siente eternamente agradecido y se corre el riesgo de verse siempre en el rol de tener que demostrar su agradecimiento una y otra vez: el círculo nunca se cierra.
Por otro lado, el no cobrar es una trampa para los mediocres: como no he exigido pago, no me pueden exigir mucha responsabilidad, así que da un poco igual si soy bueno o solo regular, porque «doy lo que puedo y gratis».
No es extraño ver gente mediocre en su profesión regalando su trabajo y no siempre es por bondad, es porque nadie pagaría por él, porque no lo vale.

En resumen:

  • Todo el mundo es libre de tener una opinión, de pensar que el trabajo de otro no vale nada o vale poco o vale mucho, incluso  de juzgarlo si le apetece.
  • No somos libres  de imponer nuestro juicio a los demás.
  • No tenemos derecho a exigir que nos den algo a cambio de nada, o a cambio del reconocimiento si la persona considera que ese no es el pago que quiere.
  • No tenemos derecho a criticar desde la envidia o la superioridad moral, por muy disfrazada de ecología, hermandad, sororidad o espiritualidad que esté.

 

Hasta Jesucristo en una ocasión respondió a un debate parecido con una lección magistral (Marcos 13:12-17):

«Den al César lo que es del César»

Así que no seamos nosotros más papistas que el papa. Agradezcamos vivir en una sociedad donde cada uno ofrece y escoge en libertad.

Sí duele, mucho. Pero no vas a morir

Sí duele, mucho. Pero no vas a morir

Dicen que todos los miedos son en realidad el mismo miedo:
el miedo a morir.

La muerte es el miedo por excelencia, porque acaba con toda la esperanza que, mientras hay vida, no todos, pero algunos, nos empeñamos en mantener.
Y  así los miedos que vamos acumulando o de los que nos despedimos en uno u otro momento,  o aquéllos que transformamos y trocamos son al final el mismo.

Por eso todos sabemos lo que es. Por eso todos podemos comprender qué es el miedo. Todos sentimos la misma emoción, por una u otra causa, la manifestaremos de forma diferente, en mayor o menor grado, pero  todos tenemos en el miedo a un viejo conocido.
Precisamente por ser tan conocido, tan común y tan universal y atemporal el miedo ha sido usado como arma, como elemento de control y de sumisión. La religión, la política, la cultura, la sociedad, la familia… en todos los estamentos y organizaciones ha habido quien ha encontrado en el miedo el mejor aliado para someter a los demás para su provecho.

Hoy, yo como adulta, puede que no le tenga miedo a la oscuridad, o a los fantasmas, a los payasos o a los bichos… pero mi capacidad de sentir miedo sigue ahí.

He conocido el miedo que produce la incertidumbre. Durante una época de mi vida vivía casi al día y tuve que ser capaz de sobreponerme a la parálisis del miedo a la indigencia.

Más adelante en una época de mala salud tuve que lidiar con el miedo a tener una enfermedad incapacitante y a si sería capaz de vivir con las limitaciones que eso podría suponer. Por fortuna, sólo fue algo temporal. Pero me recordó lo frágil que son algunas cosas que damos por sentado, y lo afortunadas que somos la mayoría de las personas por tener miedo a una enfermedad grave y no por tenerla.

He vivido el miedo por la gente que quiero. Por sus vidas  y sus muertes.

He vivido el miedo a quedar atrapada en una vida que nos iba robando la felicidad poco a poco, y  cuando decidí salir, tuve que afrontar el miedo a acabar peor de lo que estaba.

Conocí el miedo como madre.

Miedo a que a mi hijo le pasara algo malo cuando alguien con mucha buena intención y muy poco tacto me dijo que llevaba mucho tiempo sin comer bien y que seguramente le faltó glucosa a su cerebro. Recuerdo como ahora mismo el pánico de pensar que yo había provocado lesiones cerebrales a mi bebé. (Este detalle nunca lo olvido cuando hago una asesoría de lactancia= que nunca sea yo causa de más miedo para una madre).

Viví en primera persona el miedo a no ser lo bastante buena madre hasta que la muerte de mi segundo bebé me enseñó la más valiosa y dura lección de toda mi vida:

«hay algo peor que no sentirse una buena madre,

es no poder ser madre de ese ser que amas».

En el duelo por Altair aprendí la mayor parte de lo que sé sobre el miedo, sobre dolor, sobre sufrimiento, sobre fases y etapas, y retrocesos, y tristeza, y rabia y negociación, y resignación, y transformación… y sanación.

En mi tercer embarazo creo que apenas sentí nada que no fuera miedo. Hoy sé que era mi forma de amor, pero yo lo vivía como miedo. Me habían arrancado mi inocencia y había visto la muerte cara a cara. La imagen del pequeño cuerpo de Altair  sin vida era como el único combustible del que se alimentaba mi miedo. Pero no era así. Porque mi hija me regalaba señales para decirme: «mamá, estoy aquí». Y eso me ayudaba a no desfallecer de puro miedo a perderla.

Atravesé el umbral de la vida y la muerte que es un parto. En ese momento en el que tu mente, tu cuerpo y tu alma te dice «no puedo», en ese momento, el único antídoto que conozco al miedo que es el Amor me gritaba. «Sí puedes. Vas a poder.»
Y yo repetía esas mismas palabras para mi y para mi hija: «Vamos a poder» «Vamos a poder».

Y pudimos. Con el miedo, con la muerte y con la incertidumbre. 

Después de eso nunca me sentí tan fuerte ni tan viva ni tan alejada de la muerte. Hasta mi cuerpo experimentó un despertar a la vida que no había conocido antes.

Y decidí que no sería presa del miedo nunca más.

Y cuando supe que mi vida no era como quería decidí cambiarla. Lamento haber dañado con ello a otras personas, pero estoy convencida que no hacerlo habría sido mucho peor.

Ninguna dinámica mantenida por el miedo a la soledad o por el miedo a no dañar acaban siendo positivas. Si no se mantienen por amor, es por miedo. Y el miedo no es un buen vinculador, o al menos, no para la felicidad, o no como yo la entiendo o la quiero entender.

Y fui feliz un tiempo, quizás demasiado, como dirían los dioses griegos, para una simple mortal y sufrí otra vez el miedo en forma de engaño y abandono.

Y lloré. Lloré como no recordaba haber llorado antes. No sé si de niña lloré mucho, creo que no, me recuerdo más bien enfadada que llorando. Sea como fuere, en esas semanas, y meses, y años, lloré por fuera y por dentro. Lloré hasta creer secarme. Lloré de miedo a estar sola.

¿Por qué os cuento todo esto?

Porque da igual que tengas 1 mes, 15 años, 22 o 44, cualquier miedo, sea a la oscuridad, a estar solo, a que no te quiera nadie, a que no sepas si  tendrás un techo y comida mañana o a cualquier otra cosa, es al final una forma del único miedo, el único real : a morir.
Pero eso no va a hacer que no  sientas los miedos y que no te duelan los duelos.

Los duelos duelen, mucho.

Algunos por imprevisibles, otros por traicioneros, otros por inesperados, otros por injustos, otros por inmerecidos, otros por desoladores, otros por revividos, otros por  impuestos, y a veces por todo junto.

Duele. y lloras, y sigues llorando. Y cuando crees que no te quedan lágrimas, algo te devuelve a la casilla de salida y descubres que aún hay más dolor y más llanto y más angustia y más vacío.

Y crees morir o quieres morir aunque sea un rato para no sentir dolor.  Porque aún vive en ti ese miedo, el miedo a la soledad, a la oscuridad, pero no a la soledad de perder a esa persona que hoy lloras, no el miedo a la oscuridad que sabes que tarde o temprano se disipará con el día, sino el miedo a la soledad y oscuridad eterna: a la muerte.

Y sólo nos queda sacar nuestra última arma para transitar ese camino sin perdernos en él  para siempre. Lo que nos salva al final de la locura y la desesperación: el amor.

El de verdad, no el que te juró alguien con más miedo a estar solo que tú a la luz de una luna, no. El amor de verdad, el amor a la vida, el amor a tu propia vida y  de aquellos a los que quieres y te quieren de verdad, sin egoísmo ni rebajando su y tu dignidad. El amor en mayúsculas.

Tabla de salvaciónYo, a veces, he envidiado, envidio hoy, a quien se queda en el miedo a estar solo y se agarra a la primera  tabla de salvación que encuentra. Pero las personas no somos tablas de salvación unas de otras.  Así que como escribí el otro día, no es que yo no sea egoísta, y no tenga miedo. Seguramente tenga más que tú.
Pero yo he decidido vencerlo. Aún no he ganado, pero estoy en ello.
Ahora toca llorar, mucho. Y toca sentir el dolor, mucho y muy fuerte…

Pero si algo sé… es que de esto no voy a morir.

 

Vender el Alma por un Abrazo

Vender el Alma por un Abrazo

Una de las mejores cosas de mi vida es tener amigas de verdad.
De las que cuando estás mal te dicen:

«¿A quién hay que romperle las piernas?» o «¿A quién hay que odiar?»

Esas cosas de mujeres que sólo entiende quien ha vivido esa complicidad femenina, ese comadreo y esa lealtad de quien está dispuesto a todo para que sepas que son incondicionales.

Si hay que odiar a un ex, ellas serán las primeras.

Si hay que odiar a la nueva novia de un ex seguro que  son capaces de sacar una lista de motivos  más larga que una tenia.

Quien no ha pasado por esto igual ve maldad en estos hechos o machismo o lo que sea. Pero las mujeres, las mujeres que transitamos junto a otras mujeres el camino de la vida, sabemos que ser «políticamente correcto» es de todo menos femenino. Y es de todo menos positivo en un duelo.

Duelos

EN un duelo no eres muy racional:  tienes rabia, dolor, tristeza, autocomplacencia, te rebajas, intentas negociar, peleas, te rindes, reniegas y suplicas.
Si no lo has vivido no sabes lo que es un duelo. Si no has pasado por ahí vives anestesiado. No hiciste tu duelo. O es que no has perdido nada de real valor.

Cuando pierdes algo que amas no hay razón, ni cordura. Te vuelves loca por momentos.

Ellas, tus amigas, lo saben.

Y hacen lo que deben hacer en estos momentos: acompañarte.
Y poco a poco a medida que pasan las etapas, cuando has llorado, y has odiado, y has luchado y has gritado y has explotado y cuando te has rendido… aparecen para decirte las verdades.

Entonces sí: no antes.

Y la verdad que todas sabemos es que cuando alguien se va es que no quiere estar contigo. O no puede. Pero si no puede, es que en el fondo no quiere. Que cuando alguien no tiene el valor de estar contigo no te merece.

Somos diosas dadoras de vida.
Nada hay que empodere más a una mujer que saber que ha traspasado el umbral que une la vida y la muerte.
Nada hay más poderoso que saber que engendró y generó y mantuvo una vida.
Nada hay más poderoso que sentir que has traído al mundo algo tan único y tan valioso y que es tuyo.
Nada hay más fuerte que una madre luchando por sus crías.

Y eso asusta.
Asusta a veces hasta a los propios padres de nuestros hijos. Nos ven transformarnos en otra cosa. Ya no somos «su mujer». No todos están preparados, no todos están a la altura. No todos están dispuestos a hacer ese viaje de entrega, renuncia, sacrificio y cambio. O no a nuestro ritmo.

Porque  nada te cambia tanto como entregarte a criar.
Nada te enfrenta tanto a tus propias verdades y mentiras y miserias y miedos y angustias y carencias y heridas como ser responsable de otro ser de esta forma.
Nada te hace más fuerte que vencer tu propio deseo de salir huyendo de tanta responsabilidad.
Nada te hace más fuerte que darte cuenta que a veces quieres renunciar a ese sagrado privilegio para ser tú la abrazada, la cuidada, la amada incondicionalmente.
Y nada te hace más fuerte que no hacerlo.

A veces nuestra  propia falta del abrazo que ahora damos, de la presencia que ahora intentamos tener para nuestros hijos, de la incondicionalidad de nuestro amor por ellos…

Esa herida aún abierta que es ser conscientes de que no lo tuvimos. Que supura cada vez que renunciamos a algo por escoger darles con todas nuestras fuerzas el amor que merecen de la forma que merecen. Del modo que nosotros esperábamos. Del modo que merecíamos y no tuvimos…

A veces, eso nos resulta insoportable.

Y por momentos vendemos nuestra alma al diablo por ese abrazo.
Y soñamos con ser libres.
Cuando esa libertad no es más que ser prisionera.
Prisionera de la soledad de la niña que fuimos.
Prisionera de la necesidad de los abrazos que no recibimos y hoy añoramos.
Prisioneras de la falta del único amor de verdad incondicional que deberíamos haber esperado. Ese que pasó y no lo tuvimos.

Y ahora, a veces, encontramos seres especiales (porque lo son, o porque así les vemos).
Que descubren que añoramos los abrazos.
Y nos los dan.
Y nos enganchan.
Y les amamos. A ellos y a sus abrazos.
Y sentimos que queremos quedarnos  a vivir en sus brazos. Sentimos paz y calma, seguridad…  Sentimos reposo para el alma.
Y queremos  ser sólo eso que sentimos en esos momentos, con ellos, en sus brazos.

Pero no podemos. Porque no somos más aquélla niña.

Ahora somos nosotras quienes abrazamos y cuidamos.

Nos toca crecer para criar y hacer de nuestros hijos adultos más sanos.

Con menos heridas y menos carencias.

Con la etapa de ser niños colmada de cariño. Y de presencia y de respuesta y de consuelo y de compañía en muchas horas, las activas, y las muertas.

Y es tan duro renunciar algunas veces.

Es tan duro darnos cuenta que por momentos no nos compensa.

Es tan dura la lucha del corazón de la niña, del corazón de la mujer y del corazón de la diosa, madre y guerrera.
Atenea, Afrodita, Hera…

Sólo quien ha vivido esa lucha la comprende.

Sólo quien la ha llorado sabrá acompañarte.

Y sólo los hombres fuertes y valientes son capaces de entenderlo. Y de aceptar que les amemos, aunque no sean lo primero.

Sólo el que reconoce que también tiene una herida, buscará en nosotras el amor de una mujer, no el de otra cosa.

Y nos querrá por lo que somos, con lo que les podemos dar y con lo que les quitamos.

Entenderán que les compensa más un tiempo a medias con quien desean, con «su» mujer,  que todas las horas con otra sólo por suplir una carencia.

Amar es renunciar al egoísmo y al miedo.

No significa no serlo ni tenerlo.
Ser madre no me hizo menos egoísta y no me hizo no tener miedo. Pero me enseñó a verlo. A aceptarlo y enfrentarlo.
Soy egoísta porque a veces deseo estar yo sola. Ser dueña de todo mi tiempo. Dormir con quien quiero hasta que quiero. Hacer planes sin preguntar, mi libertad. Quiero lo mismo que cualquiera.
LA diferencia es que yo tengo además otro deseo.
Deseo disfrutar de mis hijos. Y deseo que ellos sepan… No, «que sepan» no, deseo que ellos sientan que son para mí, antes que otros, lo primero.
Deseo que vean a su madre feliz encontrando el equilibrio de ser feliz ella misma, con su vida, sus amores y sus cosas… pero sin que ellos paguen un precio.

No siempre será así. Ellos crecen, y algún día no querrán dormir conmigo, ni salir conmigo, ni abrazarme en público (ojalá no). Algún día sí podré dormir con quien quiera hasta cuando quiera, o sola. Algún día mis viajes serán de más de 2 días. Algún día podré ir a cenar sin hora de llegada. Algún día podré perderme en un sendero sin ellos.
Pero aún no. Y una vez más cito a Bei: «Las noches son largas y los años son cortos».

Y tengo miedo.

Miedo a no volver a amar de este modo. Y a no ser amada como quiero y merezco. Miedo a volverme descreída del amor a base de desengaños.

Como tú, soy egoista y tengo miedo.

Pero sobre todo lo que tengo… tengo amor.

Tengo amor del que vence el egoísmo y el miedo.

PD: Dedicado a mi madre.
Ahora te he comprendido más de lo que te comprendí nunca. Perdona por haberte juzgado tantas veces. Por haber odiado tus elecciones y tus prioridades. Ahora sé, que a veces, una sólo da lo que puede, lo que tiene.

Un Salto de fe

Un Salto de fe

Te invito a ver esta escena de la película Indiana Jones y la Última Cruzada.

Es un video muy usado en el coaching empresarial, aunque quizás el primero en plasmar esta idea fuera el propio Machado:

«Caminante no hay camino
Se hace camino al andar»

Creemos que vamos por un camino trazado de antemano por alguien o algo, incluso por nosotros mismos, cuando en realidad a cada paso que damos, incluso antes, con la intención de darlo creamos la realidad de ese momento.

da el primer paso y el camino aparecerá

Yo he tenido muchos momentos en mi vida de verdadero «bloqueo». De pánico. De incertidumbre, de no saber qué hacer.
Momentos en los que te planteas que tu realidad aunque no sea confortable es más soportable  que levantar el pie en el aire para dirigirte hacia lo desconocido.
Y en esos momentos es cuando necesitas un salto de fe como Indiana.
No todos tenemos esa fe, no todos la tenemos siempre. No todos somos personas decididas y animosas. De hecho, la mayoría somos bastante cobardes  y miedosos. Practicamos más a menudo de lo que pensamos aquello de :

«Virgencita, virgencita que me quede como estoy».

Entonces ¿cómo sacar fuerzas para dar el salto?

La fe va de confiar en algo. Pero no a ciegas. No en cualquier cosa. Ese sentido de «creencia ciega» ha sido transmitido por nuestra cultura judeocristiana, aunque en realidad no es correcto en origen.

La etimología de la palabra fe en hebreo, Emunah, transmite la idea de «verdad». Y el término griego usado en los evangelio (idioma en el que se escribió la mayoría de todo el Nuevo Testamento antes de ser traducidos al latín)  era «pistis», que según  Friberg´s Analytical Greek Lexicon (Léxico analítico griego de Friberg) significa: “Certidumbre, fe, confianza, seguridad”.
Así que la idea de creer algo porque sí, sin pruebas, ni habieno demostrado su verdad ni veracidad, no es fe. Es otra cosa, aunque todo el mundo lo llame así.

¿Qué tiene esto que ver contigo?

Como os decía antes, en momentos de dificultad, de retos, cuando estamos frente a un abismo que se nos antoja imposible, tenemos que dar el Salto de fe.Y eso significa confiar en algo que sea verdad.

A veces, como Indiana, necesitaremos que otro nos muestre el camino, que otros  nos recuerden lo que en momentos de bajón olvidamos: que tengamos fe en nosotros  mismos.

  • Si eres de los que a veces pierdes la fe en ti mismo.
  • Si estás en ese momento de tu vida que no crees capaz de dar un paso adelante
  • Si el abismo al que te enfrentas te parece más grande que tu propia capacidad
  • Si no encuentras el impulso para dar ese primer paso

Recuerda que todos los grandes caminos empiezan igual, con un solo paso. Levantando el pie en la dirección que quieres.
Recuerda que  somos nuestro peor enemigo. Que nuestro cerebro, experto en crearse su propia realidad engañosa, a veces nos ciega a la verdad y a lo evidente.
Recuerda que no tienes que hacerlo  solo. Te aconsejo que te rodees de gente que te conoce de verdad y te quiere. Porque como Henry Jones, ellos, cuando tú flaquees, te recodarán lo que es verdad.
Yo hoy he recibido ese tipo de empujón para mi propio salto de fe. En forma de llamadas y mensajes de amigas. Mensajes como este:

Amigas

Sin duda ven lo mejor de mi: Que no es todo lo que soy, porque también soy miedo a veces y dolor, y ganas de dejarlo todo e irme lejos.
Pero también soy eso que me recuerdan, y ese es mi impulso para levantar el pie… cada día. Porque la meta es el movimiento, unas veces más rápido y otras más lento. Pero seguir en marcha.
Si me dejas que te dé un consejo:

Si quieres trabajar por tu emprendimiento, por tu vida… invierte en tus relaciones personales.
Ese es tu mejor activo.

PD: Dedicado a «mis personas». Ellas saben quiénes son. GRACIAS infinitas. <3

emprende en femenino.- nohemi hervada

Encontré mi Pócima

Encontré mi Pócima

A veces uno busca las palabras y otras veces las palabras lo buscan a uno.

Ayer llegué a casa y me fui a la cama con deseo… y lo hice realidad.


Nos enganchan las personas por lo que nos cuentan, o por lo que entendemos nosotros de lo que nos cuentan.

Adoro a quienes saben y creen en el poder de las palabras, quienes las usan sabiendo que son algo más que fonemas unidos, a quienes poseen el secreto mágico de la Alquimia de la vida.


Puedo amar a alguien por las palabras que usa
O amar sus palabras y usarle a él para tenerlas
O usar su amor para crearlas
O crear amor usándolas
Al final «amor» es una palabra


Gracias David por recordarme algo que a veces, en mi soberbia, olvido.


Ayer tu pócima 71, escogida al azar ( seguro que no) era mía.
Fue para mí por un instante
O para siempre
Y mientras la leía y sonreía era consciente de cómo leemos lo que queremos.
Yo ayer tenía que hablar de Amor, o de des-amor, que al fin es lo mismo.

Gracias Elena Alonso-Viajamor por traer a mi vida momentos mágicos en forma de personas y palabras, gracias Carol por invitarme.

Gracias a todos por recordarme que el drama lo ponemos nosotros, porque la realidad ES que


TODO,  siempre es un comienzo
aunque se vista de final.


Soy experta en comienzos, porque he practicado con muchos finales.


Anoche me fui a la cama contigo, como te prometí
Y viajé a otros mundos, como ese niño en el sofá que hacía Nada.
Y mi alma estuvo en paz y alborotada
porque sé, porque siento, porque nombro, porque creo


Y antes de eso, antes de llegar a casa, paré el coche, cogí mi libreta y mi pluma, escribí un par de hojas con alguna disculpa y varios GRACIAS, las arranqué y las dejé debajo de una puerta.

Trazos garabateados con todo su sentido
O con dos
El que yo escribí
Y el que será leído

Pócima 71

Fragmento del Libro SI FUESES PÁJARO LO ENENDERÍAS
de David Testal

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¿Y tú, ves enemigos?

¿Y tú, ves enemigos?

Hace años yo trabajaba en una empresa del sector servicios. Nuestros clientes eran turistas a los que por supuesto no conocíamos de nada. Recuerdo a alguien de mi oficina que tenía la costumbre de comentarnos al resto de compañeros en voz baja  cuando entraba un cliente por la puerta: «Ya viene otro tonto», o cosas por el estilo.

Mal servicio al clienteHe recordado esas escenas muchas veces, las he sufrido en carne propia cuando he llegado yo como cliente o usuaria de algún servicio y he notado cómo mi llegada «molestaba» al empleado que estaba manteniendo una conversación personal.

Entiendo que no todo el mundo tiene un trabajo vocacional, y que un mal día lo tenemos todos, pero en algunas personas, ese desprecio por el prójimo, eso que yo llamo  «ver enemigos en todas partes» es un hábito,  la regla y no la excepción.

Antes se decía que eso solo se lo podían permitir los funcionarios, por aquello de que no les iban a echar aunque hicieran su trabajo de cualquier forma. He de decir que desgraciadamente la práctica de «ver al enemigo» por todas partes no hace distinción entre fijos o eventuales. He encontrado gente con esa actitud en prácticamente todos los sectores y en todo tipo de puestos de trabajo.
Y si no fuera tan triste parecería el guión de una película

Estas semanas concretamente he estado pensando en 2 campos en los que la relación del usuario con el que da el servicio   tiene una implicación mucho más seria que la de la relación normal entre empresario y cliente: El campo de la educación y el de la salud.

De la educación hablaré otro día, pero en lo referente al ámbito sanitario, los usuarios no somos meros clientes, somos pacientes o familiares de pacientes y eso hace que la relación que se crea esté condicionada por la preocupación por la salud, la nuestra o la de nuestros hijos.
EN mi trabajo de asesoría, formación  y divulgación de temas como la lactancia, el contacto y el porteo, a menudo las familias me comentan que tienen «problemas» para que se respeten sus derechos y deseos por parte de  algunos profesionales de este sector.  Se siguen protocolos que van en contra de derechos reconocidos, y se trata a los pacientes con un paternalismo y/o autoritarismo que choca frontalmente con lo que el paciente y/o su familia necesita: sentirse respetado,  informado, con el mejor tratamiento posible, con la sensación REAL de que se nos escucha, lo que contribuye a generar y/o aumentar la confianza  en el personal encargado de cuidarnos.

Asesorarte

.

Sé que esto no es así en muchos casos y entiendo que, salvo algún caso de gente amargada, como hay en todos lados, estos profesionales quieren hacer su trabajo de la mejor forma posible.

  • Entiendo que tener un trabajo relacionado con la salud, con el cuidado, y sobre todo si hablamos de bebés y niños genera unas circunstancias muy concretas.
  • Entiendo que es un trabajo estresante en sí mismo que conlleva una gran responsabilidad.
  • Entiendo que tratar con enfermos y/o padres preocupados, frustrados y/o con miedo añade más estrés al punto anterior.
  • Entiendo que no siempre es un trabajo agradecido, ni respetado, ni bien remunerado.
  • Entiendo que se trabaja en muchas ocasiones sin los medios ni recursos necesarios.
  • Entiendo que los propios centros de trabajo o instituciones públicas no siempre ofrecen formación para actualizarse, y que si se ofrece no siempre se dan herramientas para implantar los cambios propuestos.
  • Entiendo que la formación «complementaria»  y las iniciativas personales no siempre están bien vistas en este sector tan jerarquizado.
  • Entiendo todo eso y mucho más…

Pero también entiendo que muchas veces lo que hay detrás de esos comportamientos es MIEDO. Miedo manifestado en diversas formas.

  • Miedo a tener que cambiar prácticas aprendidas y establecidas por años.
  • Miedo a no estar a la altura de ese cambio o a las repercusiones que pueda tener no saber hacerlo bien
  • Miedo a que la presencia de los padres influya negativamente en mi capacidad de hacer bien el trabajo
  • Miedo a sentirse cuestionado
  • Miedo a perder de algún modo autoridad o status o privilegios
  • En definitiva: Miedo al cambio

Ante eso, da igual cuántos cursos se ofrezcan, cuánta experiencia demuestre quien lo imparte, o cuántos medios se nos den para implementar los cambios. Si se tiene miedo al cambio nuestro trabajo se verá afectado de forma negativa.

La buena noticia es que hay un antídoto al Miedo y es el Amor

 

Características del AMOR:

  • La Confianza: para  no ver enemigos donde no los hay y ver lo mejor  en cada cual
  • La Generosidad: para dar de nosotros lo mejor aunque sea en circunstancias que no nos gustan
  • La Autoestima: para tener la certeza de que somos profesionales preparados y podemos aprender lo que haga falta y hacer muy bien nuestro trabajo
  • La Humildad: para aceptar que siempre podemos aprender de otras personas
  • El Valor: para dar un paso al frente y apuntarnos a ser agentes del cambio

 

 

Parece difícil, porque a esto sí que nos nos han enseñado a casi ninguno…pero lo más difícil es no hacer nada.  Y al final se trata como de montar en bici: empezar y seguir pedaleando.
Y para ese primer impulso te animo a que oigas este Podcast, o sólo la presentación, del programa Pensamiento Positivo de Sergio Fernández:

«Vives desde el amor o desde el miedo»

PD: Gracias a Rosa Jiménez Boluda por su trabajo de documentación al  encontrarme el trailer de la película «Ausentes».

Le rinuncie delle mamme

Le rinuncie delle mamme

Immagina di essere una professionista altamente qualificata.
Immagina di avere un lavoro che ti appassiona.
Immagina di guadagnare tanti soldi da poterti permettere il livello di vita che hai sempre sognato.
Immagina di sentirti rispettata e valorizzata.
Immagina di avere l’independenza economica che ti permetta rapporti salutari e liberi con gli altri adulti.
Lo stai immaginando? 
Adesso immagina di diventare mamma.
Immagina che le tue prospettive siano goderti le 16 settimane di maternità, per poi continuare la tua fiammante carriera in quanto puoi permetterti la miglior persona al mondo che si prenda cura del tuo bebè quando tu non ci sei.
Immagina che quel momento arrivi e di provare un miscuglio tra sollievo e tristezza. Sollievo perchè la maternità è più strapazzante del tuo lavoro di 10 ore tra squali d’impresa e del mondo del lavoro; e tristezza perchè in realtà non vorresti lasciare il tuo bebè con nessun’altro.
Immagina di essere nel tuo ufficio e di avvertire che in realtà non è quello che vorresti.
Immagina di decidere di rinunciare al tuo lavoro, al tuo status, alla tua autonomia per fare la mamma nel modo che tu liberamente decidi.
Immagina che passino i giorni, le settimane, i mesi, forse anche gli anni e di sentirti felice e soddisfatta per essere presente nella crescita dei tuoi figli, felice di sapere che stai investendo in qualcosa que nessuno altro possa dare loro. Felice perchè la tua testa, abituata ad analizzare tutto in modo molto razionale ed obiettivo, ti dice che sei indispensabile per i tuoi figli in questa fase del loro sviluppo.
Immagina che nonostante ciò, un’altra parte di te si senta stanca, esausta, aggressiva, suscettibile perchè la tua parte emotiva non si accontenta «dei vantaggi nel crescere direttamente i tuoi figli».
Immagina anni senza dormire ininterrottamente, senza una reale conversazione adulta, senza continue interruzioni quali «tetta»,»pipì», «prendimi in braccio», «non voglio», «voglio»…
Immagina che il tuo sostentamento non dipenda da te, bensì dal tuo compagno, o dai tuoi genitori, o dall’assitenza pubblica.
Immagina di accorgerti che intorno a te nessuno attribuisca valore a quello che fai, che tutti diano per scontato che sia un tuo dovere e niente più.
Immagina di volere il padre dei tuoi figli molto più presente durante la loro crescita e la risposta che ricevi quando affronti l’argomento sia: «io lavoro tutto il giorno per permetterti di giocare con i puppazzi!».

Immagina che ti classifichino come anti femminista, «pigra», «signora»,»hippy «, fondamentalista… Ti critichino per una cosa e per l’esatto contrario, perchè scegliere di fare la mamma non è ben visto in nessun ambiente tra quelli che prima frequentavi: sul lavoro, in polìtica, nella società, nemmeno nella tua famiglia….

Lo stai immaginando? 

Adesso immagina che in questo caos emotivo, fisico, sentimentale e sociale, ti giunga una proposta di lavoro.

Immagina che un cacciatore di teste abbia visionato il tuo profilo professionale e ti offra un lavoro. Addirittura migliore di quello che avevi lasciato.
Immagina che sentendo quanto guadagnerai, non puoi evitare di pensare al fatto che sono mesi che vesti capi acquistati nei  grandi magazzini, compri prodotti senza marca al supermercato, e che la cosa più simile ad una cena fuori è andare in un fast food con i bambini.
Immagina di sognare l’opportunità di riavere la tua vita, la tua autonomia, la tua libertà, la tua indipendenza, il tuo status, il tuo riconocimento, la tua «voce», dissoltisi ormai tra pianti e richieste dei bimbi.
Immagina di pensare a tutto ciò e di decidere che ancora non è il momento, che i tuoi figli sono ancora piccoli.
Puoi immaginare i sentimenti provati?
Puoi immaginare il senso di colpa che tutto ciò produce?
Colpa di desiderare di dire di sí a quell’offerta.
Colpa per sentirti triste nel dire di no.
Colpa perchè tutto ciò ti scuote, ti fa arrabiare, ti frustra e hai sfogato i tuoi sentimenti con 4 urla ai tuoi figli; e ciò ti fa pensare di essere un fiasco come mamma, o di essere una delusione per la crescita che desideri.
Colpa perchè alla fine è l’unica cosa che come donna abbiamo imparato: sentirci colpevoli di tutto, per tutto e per tutti.
Portiamo il carico più pesante della società, quello che nessuno riconosce, apprezza,  né tanto meno retribuisce.
Durante le campagne elettorali ci frustra vedere come nessuno sia interessato alla nostra condizione. Siamo stanche di vedere che l’unica opzione che ci offrono è quella di avere asili fin dalla nascita, o che il padre usufruisca di metà del periodo di maternità.
Come mamme stiamo frequentemente rinunciando: TUTTE.
Alcune rinunciano alla loro vita, altre ai loro figli.
Ci sono quelle che cercano di conciliare lavoro e figli, rinunciando ad avere tempo per loro stesse, o ad avere un’intimità con il loro compagno o con le loro amiche.
O semplicemente a dedicarsi al loro benessere facendo sport…che ne so.
L’unica cosa vera è che qualunque mamma tu conosca, lo è a patto di rinunciare a qualcosa.
La prossima volta che ti trovi con una mamma non la criticare.
Non le dire quello che deve o non deve fare.
Non la ignorare perchè sai che non potrà venire alla tua festa la sera, invitala comunque.
Non cadere in certezze e nemmeno in cliché.
Semplicemente dille:
«Sei molto coraggiosa, lo stai facendo molto bene e ti ammiro»
PS: Dedicato ad A. e a tutte le belle mamme che hanno deciso di vivere intensamente questo lungo, bello e a volte duro e solitario viaggio che è crescere i propri figli.  Ho imparato tanto di te,  di voi, che posso solo dirvi GRAZIE
Nohemí Hervada
Texto original en castellano: Las Renuncias de las Madres
Texto en inglés:  What mothers give up
Le rinuncie delle mamme

What mothers give up

Imagine you are a highly qualified professional.

Imagine you have a job you are passionate about.

Imagine you earn lots of money, which allows you to have the lifestyle you always dreamt of.
Imagine you feel you are respected and recognised.

Imagine you are financially independent, which means your relationships with other adults are free and healthy.

Can you imagine that?

Now, imagine you become a mother.

Imagine your plan is to enjoy those  weeks’ maternity leave, to then continue with your splendid career, since you can afford to pay the best person in the world to look after your baby while you are not around.

Imagine that moment arrives and you feel a mixture of relief and sadness. Relief, because you find maternity harder than your 10-hours-a-day job, surrounded by corporate and financial sharks. Then sadness, because you do not want to leave your baby with anybody else.

Imagine you are in your office and you feel that is not what you want to do.

Imagine you decide to give up your job, your status, your independence, so that you can be a mother in the way you freely choose to.

Imagine days, weeks and months go by, maybe even years, and you feel happy you are present in your children’s upbringing. Happy knowing you are investing in something nobody else can give them. Happy because your head, used to analysing everything in a cold and objective way, is telling you that you are indispensable for your children in this stage of their development.

Imagine that, despite all this, another side of you feels tired, exhausted, annoyed and susceptible, because for your emotional side, knowing the benefits of bringing up children is not enough.

Imagine you have not had a full night’s sleep in years, nor have you been able to hold an adult conversation without interruptions such as “Mummy I want booby”, “wee-wee”, “hold me”, “I don’t want”, “I want” …

Now imagine your income does not come from you, but from your partner, your parents, or a public welfare system.

Imagine you realise that nobody around you appreciates what you do. They take for granted it is your responsibility, and that is it.

Imagine you would love for your children’s father to get involved in their upbringing, and all you get when you talk about it is something like: “I work all day long so that you can stay home playing with dolls”.

Imagine you are criticised for being an anti-feminist, “slack”, “snobbish”, “a hippie”, a fundamentalist…  You are criticised for one thing and then for the right opposite too, because it seems that choosing to be a mother is not well looked upon in any environment you used to be a part of: in business, politics, society or your family…

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Can you imagine it?

Now imagine in that emotional, physical, anaemic and social chaos, you get a job offer.

Imagine some head-hunter has seen your professional profile and offers you a much better job than the one you gave up.

Imagine when you hear how much you will get paid, you cannot help but thinking about how many months you have been buying clothes in department stores, buying own-brand labels in the supermarket, and the closest you have had to eating out is going to a fast food restaurant with the kids.

Imagine you dream about that chance to regain your life, your autonomy, your freedom, your independence, your status, your recognition, your voice, which has become muffled by the children’s cries and demands.

Imagine you think about it and decide that it is not the time yet, that your children are still young.

Can you imagine the feelings you meet?

Can you imagine the sense of guilt this generates?

Feeling guilty for wanting to accept that offer

Feeling guilty for being sad when turning it down

Feeling guilty because this occurrence troubles you, it makes you angry and it frustrates you, and you have let it all out by shouting at your kids, which makes you feel you are a failure of a mother or a fraud to the upbringing you want to provide them with.

Feeling guilty because at the end of the day, that is all we have learnt as women: to feel guilty for everything, about everything and about everyone.

We carry the heaviest load of society, which nobody recognises, appreciates or remunerates. In times of electoral campaigns it is frustrating to see how nobody is interested in our situation. We are fed up of seeing that the only option available to us is to resort to nurseries since birth, or that the father requests half of the maternity leave.

Mothers Job

 

Mothers are constantly giving up: ALL OF US.

Some give up their lives, some others give up their children.

Some try to balance it all out and give up having time to themselves, having private time with their partners, spending time with their friends, or investing in their own health by exercising… who knows…

The truth is that any mother you know is so at the expense of giving up.

Next time you come across a mother please do not criticise her.

Do not tell her what she should do or how to do it.

Do not ignore her just because you know she will not be able to come to your evening party. Invite her along all the same.

Do not state the obvious or use set phrases.

Just tell her:

 

“You are very brave, you are doing very well and I admire you”.

PS: Dedicated to A. and all those beautiful mothers who have decided to live intensely this long, beautiful, and sometimes hard and lonely journey, which is bringing children up. I have learnt so much from you, from all of you, that all I can say is THANK YOU.

Greetings.
@NohemiHervada

Traducción del texto original en castellano «La renuncia de las Madres» de Nohemí Hervada, realizada por Becks13 @V3rsion13
Texto en italiano : Le renuncie delle mamme

Nohemí Hervada
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