El amor de las pequeñas cosas

El amor de las pequeñas cosas

Relaciones · Amor · Sin filtros

El amor de las pequeñas cosas.

¿Has pensado en cómo percibimos el amor? ¿Con grandes cosas o con pequeñas cosas?

El amor de las pequeñas cosas: un gran corazón vacío y una pequeña nota con un corazón rojo

Eso de «daría mi vida por ti», que tanto hemos leído y oído y que ha contribuido a esa concepción del amor romántico como algo heroico, no suele pasar nunca.

La mayoría no necesitaremos que nadie dé su vida por nosotras. Lo que sí necesitamos es saber que quieren vivir la vida con nosotras.

Nos han vendido que es más fácil morir por amor que vivir con amor. Y por eso la vida va como va.

Las pequeñas cosas

Una nota de 15 segundos

Una pequeña nota inesperada, que cuesta 15 segundos escribir y dice mucho más de lo que pone en ella.

  • Esas notas que consiguen un cosquilleo las primeras veces.
  • Un suspiro o una sonrisa, aunque ya no sean novedad.
El amor de las pequeñas cosas

Saberse querida es bueno para el alma.

Hacer saber a quienes queremos eso mismo, que les queremos, debería ser parte de nuestra rutina, como saludar al llegar a un lugar:

  • A una misma.
  • A nuestros hijos e hijas.
  • A la pareja, si la hay.
  • A las amigas.
Para terminar

¿Cómo va ese saldo?

Te animo a que midas la calidad de tus relaciones pensando en los «te quiero» que das y que recibes.

No hace falta morir por nadie. Basta con decírselo hoy.

— Nohemí Hervada

Educar solo hacia abajo

Educar solo hacia abajo

Feminismo · Relaciones · Sin filtros

Educar hacia abajo.

«El humor, siempre hacia dentro o hacia arriba, nunca hacia abajo». Hoy una querida amiga me ha dado la versión que faltaba: «Lo que agota es educar hacia arriba y no hacia abajo».

Educar hacia abajo: una mujer en rojo empuja una gran roca gris cuesta arriba
Pedagogas a tiempo completo

Hacer pedagogía es un trabajo

Hacer pedagogía es un trabajo. Cuando esa pedagogía va contra la corriente dominante, no es solo un trabajo: es un desafío.

Por la tarea en sí.

Por el marco hostil.

Porque quienes la reciben no solo no la agradecen: más veces de las que piensas, se vuelven contra ti.

Por eso la mayoría de las veces las mujeres callamos. Porque nos sale más barato, porque no compensa arriesgar nuestra paz mental o nuestra salud, porque sencillamente nos agota explicar lo mismo una y otra vez.

Pero a algunas nos cuesta callar. Por temperamento, por objetivo vital, por necesidad. Algunas seguimos repartiendo pedagogía allá por donde vamos, porque la alternativa es esperar a que el cambio llegue solo. Y sabemos que eso no va a pasar.

Los sistemas están estructurados para mantener los privilegios de unos sobre otros. El patriarcado es algo más que una palabra de moda: es una estructura de poder que coloca a las mujeres debajo de los hombres.

Da igual cuántas mujeres conozcas que viven «bien». Ser mujer nos coloca en posiciones de discriminación, lo veamos o no.

Paternalismo

«Solo sabes dar soluciones»

Hace unos días compartí una viñeta de @Perezfecto en la que una mujer le dice a un hombre, presumiblemente su pareja:

«Contigo no se puede dialogar, solo sabes dar soluciones».

Comenté lo real de esas palabras: hay personas que, cuando conversan, solo saben arreglar los problemas del otro. No es una regla fija, pero es un perfil que se da sobre todo en hombres hacia mujeres.

Todas las mujeres que comentaron en mis redes dijeron haberse sentido así a menudo.

Solo un hombre reconoció lo cierto de esas palabras.

Otro entró a «disculpar» esa forma de actuar: según él, era «ayudar», «compañerismo».

Cuando le dije que lo que él llamaba compañerismo es paternalismo, no estuvo de acuerdo.

Porque el paternalismo, como el machismo, no se detecta desde dentro.

Hay que preguntarle a la otra si se siente infantilizada cuando, buscando escucha, desahogo y comprensión, recibe consejos y juicios.

El paternalismo se llama así por algo. Se construye sobre la idea de que hay alguien con autoridad que es responsable del otro. En la antigua Roma era el pater familias. Hoy es cualquiera cuando se relaciona con una mujer (y si es madre, más).

Armas de mujer

No queremos salvadores

Las mujeres estamos cansadas de explicar a los hombres de nuestro entorno que no los queremos ni como salvadores (sí, como en todos los cuentos de hadas en los que nos rescatan del peligro) ni como solucionadores.

Llevamos toda la historia humana resolviendo nuestros problemas como buenamente podemos, con la mierda de pocas herramientas que este sistema nos deja. Hemos sobrevivido a:

Desprecios, insultos y violaciones.

Quemas de brujas.

Eliminación de derechos.

Robos y apropiaciones culturales e intelectuales.

Corrientes de pensamiento misógino.

La historia de la humanidad es la historia de la misoginia. Y hemos sobrevivido, casi siempre con el apoyo de nuestras iguales.

Por eso las mujeres siempre hemos hecho círculos: alrededor del fuego, mientras se molía el grano o se lavaba la ropa en el río. En los pocos espacios donde se nos permitía ser libres (de expresión, al menos), entre otras mujeres, hablábamos, nos desahogábamos, nos reconocíamos, nos apoyábamos y nos sosteníamos.

La palabra empatía viene del griego empátheia, de pathos: lo que se siente, lo que se padece. La RAE la define como la capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos. Y sin duda quien mejor empatiza con tus emociones es quien las ha vivido.

Por eso muchas mujeres hablamos un lenguaje común, verbal y no verbal. Por eso a una mujer, por muy desconocida que sea, le resulta fácil «leer» las emociones de otra y saber o sospechar qué necesita: seguramente ha vivido algo parecido.

Cuando alguien intenta darnos la solución, lo que sentimos no es agradecimiento. Las primeras veces lo aceptamos, porque es la reacción habitual del grupo de arriba y sabemos que, a sus ojos, nuestro sitio es el grupo de abajo. Poco a poco, si hay confianza o hartazgo, decimos que así no, que eso no es lo que necesitamos.

Entonces le toca al otro escuchar y no solo oír: responder a lo que pedimos y no a lo que él quiere dar.

Es comprensible que salte el piloto automático. A los varones se les educa para hacer, conseguir y reparar cosas, y eso les sigue empujando a vernos como un terreno en el que actuar, un reto que afrontar o algo que arreglar.

Pero no lo somos.

Confianza

Confío en ti hasta para dejar que te equivoques

Cuando trabajaba con familias de niños pequeños, hablábamos a menudo de la autonomía del bebé y de su desarrollo psicoafectivo y motor. Cuando un bebé empieza a gatear y a moverse solo, es normal sentir miedo por su seguridad. ¿En qué casa no entran los parques cuna, los suelos de goma eva y las barreras para las escaleras?

El desafío es entender que los bebés tienen una enorme capacidad de adaptarse al entorno en el que crecen. Cuando no se les coarta, exploran, aprenden sus límites físicos y entrenan sus capacidades.

Por supuesto, intentaremos que el entorno sea seguro.

Pero impedirle moverse, explorar y descubrir por miedo a una caída le hace menos apto, no más.

Si para evitarle caídas le llevamos de la mano o en volandas, evitamos la caída, sí, pero también el aprendizaje.

El amor también se demuestra con la confianza: confianza en que sus caídas y sus errores son parte del aprendizaje.

Las mujeres no somos bebés en desarrollo. Como colectivo somos más fuertes de lo que nosotras mismas imaginamos. Hemos sobrevivido durante siglos al odio visceral del poder. Seguimos sobreviviendo, e incluso destacando, en un sistema hecho a la medida del hombre (y me refiero al varón, no al hombre como especie).

Nuestra cultura, nuestra medicina, nuestro sistema económico, la explotación de los recursos, la crianza: todos los sistemas son androcéntricos. Y aquí seguimos, a pesar del desgaste que eso nos provoca.

Para terminar

Sois mayorcitos: aprended solos

Así que en casa, al menos, queremos paz, respeto y libertad. Queremos seguir educando a las futuras generaciones, pero hacia abajo. No nos pidáis que sigamos educando hacia arriba.

Y si queréis, hasta que desarrolléis toda la empatía que necesitamos, podéis aprenderos estas dos preguntas:

¿Qué puedo hacer por ti para que estés mejor? ¿Qué buscas?

— Nohemí Hervada

Sí «papá», es culpa mía

Ser un padre moderno es una tarea difícil. Y ser un padre modelo aún más.

  • Por un lado queremos que os involucréis en la crianza de los hijos, sin referentes la mayoría de las veces, ya que nuestros padres no fueron ejemplo vivo de estar demasiado implicados en algo que no fuera ver las notas y el paseo del fin de semana. Pero por otro lado queremos que respetéis las parcelas que son intrínsecamente nuestras.
  • Por un lado queremos que entendáis nuestra forma de criar, que la hagáis vuestra, pero queremos que lo hagáis sin pretender ser los protagonistas.
  • Por un lado os pedimos participación y por otro lado os la limitamos.
  • Por un lado criticamos que adoptéis la pose del «padrazo» y por otro nos hacemos seguidoras , («fans»  o groupies más o menos babeantes) del hombre de turno, padre o no,  que nos da lecciones de cómo parir, amamantar, etc.

Es lo que alguna amiga denomina #ElEfectoPicha.
El mismo consejo, el mismo vídeo de porteo, el mismo razonamiento es más aplaudido entre las propias mujeres si el que lo da es un hombre.

Parece que todas desearíamos tener de pareja al tío guay que habla de las bondades de la lactancia, del parto natural y del porteo. Y por eso cuando vemos a uno así babeamos todas ( Y me incluyo yo con el Papá de Aurora que nos hizo suspirar a todas en el pleistoceno de mi maternidad, que recordarán muy bien mis amigas cofundadoras de  Red Canguro  😉 ).

Y la cuestión es que realmente ni nosotras mismas sabemos qué queremos del padre de nuestros hijos en realidad. O al menos no hasta que ves lo que no quieres.
Lo cierto es que si vives con el padre de tu(s) hijo(s) y crías de este modo, con eso de que el papel de la madre es vital e insustituible los primeros meses, resulta que acabas asumiendo prácticamente el 90% del trabajo del cuidado de los hijos. Aunque ya no sea dar teta, sino todo lo demás. Aunque los hijos crezcan y podamos ir aumentando la cantidad de trabajo a compartir.
Resulta que tu pareja sigue sin saber dónde está la ropa de los niños, o cómo se toma la medicina o cómo se comen la pasta.
Resulta que tú has aprendido a compaginar el cuidado de tus hijos con el resto de cosas que haces a diario, a veces incluso con el trabajo y los hobbies pero él con ellos sólo sabe llevarlos al parque.
Y aquí entono el mea culpa. Y aunque estas situaciones no son todas la mía, me vais a permitir que la escriba en primer persona

  • -Es culpa mía que no sepas dónde está su ropa
  • -Es culpa mía que no sepas peinar a la niña
  • -Es cupa mía que no sepas qué cosas se comen y cuáles no
  • -Es culpa mía que seas incapaz de pasar unos días solo con ellos sin la ayuda de tu madre o tu hermana (o tu nueva pareja)
  • -Es culpa mía que seas incapaz de prepararles algo de comer que no sea una pizza precocinada
  • -Es culpa mía que no seas capaz de hacer tus actividades normales con ellos
  • -Es culpa mía que no soportes verles enfadados o llorando
  • -Es culpa mía que no sepas gestionar sus emociones negativas, acompañarlas  y digerirlas.
  • -Es culpa mía que te agotes porque las noches que duermes con ellos te despiertan y es culpa mía que te quejes al día siguiente de lo hecho polvo que estás por ello
  • -Es culpa mía que no sepas qué actividades hacer con ellos
  • -Es cupa mía que no sepas quién es su médico, o su maestra, o su monitor de extraescolares
  • -Es culpa mía que no seas capaz de hacer tortillas con ellos en tu cocina o improvisar un disfraz
  • -Es culpa mía que no hayas entendido que la responsabilidad de ser padre es indelegable
  • -Es culpa mía que  sientas que el tiempo que decidimos que yo pasara criando a nuestros hijos te parezca ahora injusto
  • -Es culpa mía que tú gestiones mi agenda
  • -Es culpa mía que creas que pedirte que ejerzas de padre es injusto
  • -Es culpa mía que creas que tu situación es culpa mía
  • -Es culpa mía que arrojes contra mi tu frustración

Todo eso y más es culpa mía.Porque te lo he permitido yo.

Así que es hora de aceptar mi parte de responsabilidad y de que cambien las cosas.
Así yo podré liberarme de la culpa y tú de la situación en la que te encuentras.
A partir de ahora:

  • -Sabrás  dónde está su ropa
  • -Sabrás peinar a la niña, mejor o peor, pero lo harás.
  • -Sabrás qué cosas se comen y cuáles no
  • -Serás capaz de pasar unos días solo con ellos, con o sin ayuda es cosa tuya.
  • -Serás capaz de prepararles algo de comer que no sea una pizza precocinada
  • -Serás capaz de hacer tus actividades normales con ellos, como he hecho yo todos estos años.
  • -Aprenderás a soportar  sus enfados o lloros, porque en esos momentos también son tus hijos.
  • -Aprenderás a gestionar sus emociones negativas, acompañarlas  y digerirlas.
  • -Serás capaz de sobrevivir a sus despertares nocturnos, yo sigo viva tras años de hacerlo. Y aprenderás a hacerlo sin quejarte.
  • -Aprenderás  a saber qué  hacer con ellos
  • -Sabrás quién es su médico, o su maestra, o su monitor de extraescolares
  • -Harás  tortitas con ellos en tu cocina o improvisarás un disfraz
  • -Entenderás que la responsabilidad de ser padre es indelegable
  • -Entenderás que el tiempo que decidimos que yo pasara criando a nuestros hijos  nos parecía entonces lo justo, a ambos.
  • -Tu vida no afectará a mi agenda, ni la mía a la tuya.
  • -Entenderás que pedirte que ejerzas de padre es lo justo para ti, no para mí.
  • –Y no  sé si algún día aceptarás  que tu situación no es culpa mía, pero lo que no voy a dejar nunca más es que arrojes contra mí tu frustración.

Nuestros hijos aprenden de la vida mirándonos y ya les hemos dado más de una lección de cómo No hacer las cosas.

Es tiempo de cambiar.

He decidido vivir en la responsabilidad y no en la culpa y espero que tú hagas lo mismo.

 Y os dejo con un toque de humor… porque quien quiere, encuentra la forma 🙂


Imagen © de Mos-Taza HandMAde

Nohemí Hervada
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