Señalar para no escuchar

Señalar para no escuchar

Superioridad moral · Comunicación · Sin filtros

Señalar para no escuchar.

Cuatro trampas de la superioridad moral. Para reconocerlas cuando te las aplican. Y, sobre todo, cuando las aplicas tú.

Trampas de la superioridad moral: muchas manos señalan a una figura que habla

En Huérfana de bandos conté lo que me ha costado, a lo largo de los años, negarme a comprar el marco completo. Aquel era un post personal. Este es práctico: las trampas de la superioridad moral y cómo se ponen en marcha en una conversación.

Llevo años enseñando a negociar, y hay una regla que no falla: cuando una conversación deja de ir de ideas y empieza a ir de quién es el bueno, se acabó la negociación. Ya nadie escucha. Solo se señala.

Y para señalar hay trampas que se repiten. En todos los bandos.

Cuando no puedes rebatir una idea, siempre puedes descalificar a quien la dice.

Trampa 1

La etiqueta que cierra la conversación.

El psiquiatra Robert J. Lifton acuñó en 1961 una expresión precisa: el cliché que termina el pensamiento. Palabras que no sirven para explicar, sino para dejar de pensar. Las usamos todos:

Desde un lado: facha, nazi, racista, tránsfoba, negacionista.

Desde el otro: rojo, perroflauta, feminazi, progre.

Me incluyo. Yo uso a menudo la palabra buenismo, y me vigilo: sirve para describir una actitud, no para despachar a una persona. En el momento en que la uso para no escuchar, me he convertido en lo que critico.

Cómo reconocerla

Quita la etiqueta de la frase. Si no queda ningún argumento, no lo había.

Qué responder

"¿Qué he dicho exactamente que sea eso?" Devuelve la conversación al hecho concreto.

Trampa 2

La víctima como autoridad.

Primero, el matiz, porque es imprescindible: las discriminaciones existen, y escuchar a quien las sufre es necesario. El problema no es denunciar. El problema es cuando ser víctima, o hablar en su nombre, se convierte en el argumento que cierra el debate: "si no lo has vivido, no puedes opinar".

Nietzsche lo describió en 1887 como resentimiento: convertir la debilidad en virtud y al fuerte, por definición, en malo.

Un estudio de 2021 (Ok, Qian, Strejcek y Aquino) encontró que señalarse como víctima virtuosa se asocia más a rasgos de narcisismo, maquiavelismo y psicopatía, y que funciona para obtener recursos de los demás. Ojo: no dice que las víctimas manipulen; dice que el rol de víctima también se puede usar como herramienta.

El psicólogo Nick Haslam (2016) lo llamó "concept creep": conceptos como trauma, acoso, violencia o prejuicio se van ensanchando hasta abarcar cosas cada vez más leves. Hasta que discrepar se vive como una agresión.

Tampoco es de un solo bando. "Ya no se puede decir nada" y "nos persiguen por decir la verdad" también son victimismo como argumento, solo que desde el otro lado.

Qué responder

Separar el dolor del argumento. El dolor se respeta. El argumento se discute.

Trampa 3

La clase como moral.

Aquí hay dos prejuicios espejo, y cada bando tiene el suyo:

"El rico es malo por definición", desde un lado.

"El pobre se lo ha buscado", desde el otro.

1El rico es malo por definición

En 2012, un estudio de Paul Piff en la revista PNAS concluyó que la clase alta se comporta de forma menos ética. Fue un titular mundial. Lo que tuvo mucha menos difusión:

De las tres réplicas registradas, ninguna lo confirma por completo: una da resultados mixtos (Balakrishnan y otros, 2017) y dos no lo replican (Jung y otros, 2023; Boyce y otros, 2023).

Un estudio con una gran muestra de población en los Países Bajos (Trautmann y otros, 2013) concluyó que la relación entre clase y ética es "un mosaico complejo", no una regla.

Un dato frágil convertido en dogma. Y en lenguaje: "buitres", "rentistas", "los de los yates".

2El pobre se lo ha buscado

El espejo. El psicólogo Melvin Lerner lo llamó la creencia en un mundo justo: necesitamos pensar que cada uno tiene lo que merece, y eso nos lleva a culpar a quien está peor. En lenguaje: "paguitas", "mantenidos". La filósofa Adela Cortina le puso nombre al rechazo al pobre: aporofobia, palabra del año para la Fundéu en 2017.

1 + 2Lo que tienen en común

Debajo de los dos está la mentalidad de suma cero: creer que si alguien gana, otro pierde. Davidai y Ongis (2019) encontraron que cada ideología la aplica en un terreno distinto: unos, a la riqueza; otros, a los inmigrantes.

Qué responder

Hablar de conductas, no de categorías. "Este casero hizo esto" se puede discutir. "Los caseros son buitres", no.

Trampa 4

El fin justifica los medios.

"Al fascismo se le combate, no se le ignora", decía Laura Borràs, entonces portavoz de JxCat en el Congreso, en "La hora de La 1" (TVE), durante la moción de censura de Vox de octubre de 2020. La frase suele venir acompañada de la paradoja de la tolerancia de Karl Popper (1945): una sociedad tolerante no puede tolerar a los intolerantes. Lo que casi nunca se cita es el resto. Popper escribió que, mientras se pueda contrarrestar con argumentos racionales y con la opinión pública, reprimir sería imprudente. La excepción era para quien rechaza el diálogo y responde con la fuerza, no una licencia para agredir a quien opina distinto.

El psicólogo Albert Bandura describió cómo hacemos daño sin sentirnos mal, lo que llamó desconexión moral. Algunos de sus mecanismos:

Justificación moral: la causa lo justifica.

Lenguaje eufemístico: no es acoso, es "jarabe democrático"; no es violencia, es "autodefensa".

Comparación ventajosa: "lo de los otros es peor".

Deshumanización: ya no son personas, son "ratas", "escoria", "buitres".

Ejemplos, de los dos lados:

Vallecas, abril de 2021: lanzamiento de botellas y adoquines contra un mitin de Vox. Catorce heridos leves según el primer balance.

Universidad de Navarra, octubre de 2025: encapuchados boicotean un acto de Vito Quiles y un periodista de El Español es agredido. Al día siguiente, en "Malas lenguas" (TVE), la periodista Laura Arroyo: "Esto no es violencia, es responder a su violencia y me parece muy bien que en Navarra se haga"; "nos han dado una excelente lección de antifascismo".

Y la respuesta, desde el otro lado: la cuenta de Vox publica sobre ella "Los que propagan odio y violencia… también se van. Todos", leído como una amenaza de deportación, y Arroyo, peruana, recibe una campaña de acoso racista. Una barbaridad contestada con otra.

Ferraz, noviembre de 2023: noches de disturbios ante la sede del PSOE en las protestas contra la amnistía, en nombre de la defensa de España.

Los escraches: Pablo Iglesias los llamó "jarabe democrático" cuando se hacían a dirigentes del PP. Cuando los sufrió él, en 2020, dijo que había que "evitar situaciones de crispación" y que nunca había dicho "de ir a la casa de nadie".

La violencia que justificas hoy es la que te aplicarán mañana con tus mismos argumentos.

Qué responder

El test de simetría: "¿Lo aceptarías si lo hiciera el otro bando?"

El test

Cuatro preguntas antes de señalar.

Sirven para detectar las trampas en los demás. Pero funcionan mejor aplicadas a una misma:

Si quito la etiqueta, ¿queda algún argumento?

¿Estamos discutiendo lo que se dice o quién lo dice?

¿Hablo de una conducta concreta o de un colectivo entero?

¿Lo aceptaría si lo hiciera el otro bando?

Para terminar

Discutir sin enemigos.

En negociación hay un principio clásico, de Fisher y Ury en "Obtenga el sí" (1981): separar a las personas del problema. Ser duro con el problema y respetuoso con la persona.

Un ejemplo sencillo: tu vecino tiene la música a tope a las dos de la madrugada. Puedes subir y decirle "eres un egoísta", y él se defenderá y la música seguirá. O puedes decirle "mañana madrugo y así no puedo dormir; ¿cómo lo arreglamos?". No has cedido en nada, pero él ya no tiene que defender su dignidad, solo su volumen.

"Eres un facha" o "eres un perroflauta" es el "eres un egoísta" del vecino. "Esa medida tiene este problema" es el "no puedo dormir". De lo primero solo se puede discutir. De lo segundo, se puede hablar.

La superioridad moral hace exactamente lo contrario: es blanda con el problema, porque no lo discute, y dura con la persona, porque la señala. Por eso no resuelve nada. Solo gana discusiones, y pierde la confianza.

Señalar es fácil. Escuchar, no tanto. Por eso sobran dedos y faltan oídos.

— Nohemí Hervada

Fuentes Piff y otros, PNAS (2012) · FLoRA, réplicas de Piff · Trautmann y otros (2013) · Ok y otros (2021), en PsyPost · Última Hora (Vallecas, 2021) · El Independiente (Iglesias, 2020) · RTVE (Borràs, 2020) · El Debate (Arroyo, 2-11-2025) · El Independiente (2-11-2025) · El Plural (acoso a Arroyo) · Lifton, Thought Reform and the Psychology of Totalism (1961) · Nietzsche, La genealogía de la moral (1887) · Haslam, "Concept Creep" (2016) · Lerner, The Belief in a Just World (1980) · Cortina, Aporofobia (2017) · Davidai y Ongis, Science Advances (2019) · Popper, La sociedad abierta y sus enemigos (1945) · Bandura (1999) · Fisher y Ury, Obtenga el sí (1981)

Perdono pero no olvido

Perdono pero no olvido

Pareja · Negociación · Sin filtros

Perdono, pero no olvido.

La fidelidad es un acuerdo. Una infidelidad, el incumplimiento de ese acuerdo. La pregunta es si se puede renegociar, y a qué precio.

Infidelidad y negociación en la pareja: dos sillas frente a frente y un hilo rojo roto entre ellas

Hace unas décadas, la pareja en nuestra sociedad era monógama e implicaba casi siempre el matrimonio como muestra social y personal de un compromiso de convivencia y fidelidad.

Hoy el concepto es mucho más amplio. No pasa necesariamente por formalizar la unión, y el cambio no está solo en la forma, sino en el fondo, en lo que esperamos de esa relación de dos:

Antes vivíamos con el "para toda la vida", y la fidelidad era el eje del éxito de la pareja.

Hoy, ni todo el mundo se casa ni quien se casa da por hecho que será para siempre.

Y aun así, la fidelidad sigue siendo una expectativa mayoritaria. Salvo casos anecdóticos, nadie acepta el engaño como parte del acuerdo.

La terapeuta de pareja Esther Perel lo resume así:

«La monogamia antes significaba una persona para toda la vida. Hoy significa una persona a la vez.»

Y lo remata con humor: hoy muchos dicen "soy monógamo en todas mis relaciones".

Hay quien defiende que una infidelidad no es exactamente un engaño si no hay implicación emocional. Que "una canita al aire" no significa mucho, porque la relación que de verdad importa es la de la pareja.

¿Es eso así?

¿Afecta a una pareja una infidelidad, aunque sea algo puntual?

¿Puede la pareja sobrevivir a algo así?

¿Qué desafíos tiene por delante quien engaña? ¿Y quien ha sido engañado?

El punto de partida

Un acuerdo, no un sobreentendido

Toda pareja funciona con un acuerdo, aunque nunca se haya puesto en palabras. Y ahí está el primer problema: la mayoría de las parejas no negocian su acuerdo de fidelidad. Lo dan por supuesto.

"Hay parejas que pactan libremente tener relaciones con terceros", me diréis. Como en el poliamor: la práctica o el deseo de mantener relaciones afectivas, emocionales y sexuales con más de una persona a la vez, de forma simultánea, duradera y con el consentimiento expreso y pleno de todos los implicados.

Tengo mi propia opinión al respecto, pero lo que he observado es esto: casi siempre hay uno que está convencido y otro que acepta "pulpo como animal de compañía" por no perder la relación.

Aceptar pulpo como animal de compañía en la pareja: una figura roja sujeta con resignación la correa de un pulpo que se enrosca en su pareja

Eso no es un acuerdo. Es una concesión hecha desde el miedo. Y lo que se negocia desde el miedo casi nunca se sostiene.

Este artículo habla de las parejas en las que, dicho o no, ambos se comprometieron a ser fieles.

El precio

El precio del engaño

Cualquier engaño es nocivo para una relación. Cuando alguien nos miente y lo descubrimos, es difícil que la confianza vuelva al nivel de antes. Es el famoso "perdono, pero no olvido".

Puede que no rompamos: evaluamos pros y contras y quizá no nos compensa perder a ese socio, ese amigo o esa empleada. Pero la sombra de la sospecha se queda sobrevolando.

En la pareja, el engaño se vive además como traición y deslealtad. No es solo aceptar que tu pareja ha tenido sexo con otra persona. Es sentir que alguien ha metido a un intruso en tu espacio más íntimo.

Muchos hemos dicho, antes de vivirlo, que jamás lo toleraríamos. Que sería el final inmediato.

¿Es así? ¿Estarías dispuesta o dispuesto a perdonar una infidelidad?

¿Podrías vivir con la huella emocional del engaño?

¿Y con el estigma social de que todo el mundo sepa que te han puesto los cuernos?

No todas son iguales

¿Un desliz o una doble vida?

No es lo mismo un engaño puntual que uno mantenido en el tiempo. No porque uno sea más grave que otro, eso lo juzga cada cual según su historia, sino porque nuestra predisposición a perdonar cambia:

Si fue algo aislado, solemos buscar alguna circunstancia que pueda considerarse (no que deba) atenuante. Lo vivimos como un desliz. Y es habitual que, en plena herida, nos preguntemos si tuvimos parte de culpa. No porque la tengamos, sino porque la culpa es una reacción frecuente en cualquier duelo: una forma de buscar sentido, y algo de control, ante lo que no hemos elegido.

Si fue prolongado, al hecho se suman la decisión de mantener el engaño, las mentiras para encubrirlo y una falta de respeto continuada. Ahí no encontramos atenuantes: solo agravantes. Repetir significa que la otra persona no es algo casual, sino alguien con quien hay una implicación mayor, aunque solo sea sexual.

Algunas parejas que deciden seguir tras un desliz consiguen algo paradójico: usar lo ocurrido para hablar con más sinceridad de la relación, del compromiso, de las expectativas y de los deseos de ambos. Se enfrentan con más verdad a su relación después de la mentira.

Es decir, hacen lo que no hicieron al principio: negociar de verdad su acuerdo.

La confianza no se recupera pronto. El tiempo dirá si la pareja es lo bastante madura para recomenzar.

Para terminar

Lo que se negocia y lo que no

Perdonar o no perdonar es una decisión personal. Pero en ambos casos estás ante una negociación: qué aceptas, qué no, en qué condiciones y a qué precio.

Y saber qué es negociable y qué no, en la pareja, en el trabajo o con tu familia, se aprende. De eso va mi programa #27días para negociar y para no negociar.

Y si decides no seguir, te dejo lo que escribí sobre el duelo del desengaño.

En la segunda parte hablo de qué implica perdonar una infidelidad mantenida en el tiempo y qué tienen que asumir los dos si deciden seguir juntos.

Perdonar no es olvidar. Es renegociar el acuerdo.

— Nohemí Hervada

¿Quiénes son los mejores negociadores?

¿Quiénes son los mejores negociadores?

Negociación · Sin filtros

¿Quiénes son los mejores negociadores?

Cuando hago esta pregunta en mis formaciones las respuestas suelen ser: «los abogados, los altos ejecutivos, los sindicalistas, los mediadores…»

No sé qué habrás respondido tú a esa pregunta. Imagino que dependerá de tu propia experiencia en este tema. Lo cierto es que la mayoría pensamos en algún colectivo relacionado con negocios o con conflictos y eso es porque el término «negociación» o «negociar» lo relacionamos con esos ámbitos.

Culpa de eso la tienen en gran parte:

  • Hollywood, con sus películas de secuestros o del tipo «Wall Street».
  • El sistema de crianza, educación y liderazgo autoritario, en el que el de arriba en la jerarquía (padre o madre, docente o jefe/jefa) mandaba y los de abajo obedecían, sin siquiera plantearse la opción a negociar.

Aprendimos que sólo sabían o podían negociar unos pocos.

Lo cierto es que negociar es algo intrínseco a la vida de prácticamente todos los seres humanos porque somos seres sociales y desde el momento en que convivimos con otras personas van a aparecer las discrepancias, las diferencias de opinión, de objetivos, de formas de hacer las cosas, de ritmo, etc. Esto implica que o bien escogemos el sistema de «manda el más fuerte y los demás acatan» o toca negociar y llegar a acuerdos.

El origen

Un fémur sanado

Y lo cierto es que al parecer la ley del más fuerte no fue el origen de la humanidad como podríamos pensar, sino justo lo contrario. Obviando que como seres humanos nacemos totalmente dependientes de cuidados por muchos meses y que sin esa disposición de nuestra madre a «renunciar» a ella misma para responder a las necesidades de su cría, no estaríamos vivos, seguro que conoces la anécdota que se atribuye a la antropóloga Margaret Mead: cuando sus alumnos le preguntaron cuál fue el primer signo de civilización en la Humanidad, esperando oír que fue alguna herramienta, ella les sorprendió respondiendo que:

El primer signo de civilización en una cultura antigua fue un fémur que alguien se fracturó y luego apareció sanado.

Mead explicó que entre los animales, si te rompes una pierna, mueres porque no puedes buscar comida o agua ni huir del peligro, lo que te convierte en presa fácil de los depredadores. Ningún animal con una extremidad inferior rota sobrevive el tiempo suficiente para que el hueso se suelde por sí solo. De modo que un fémur quebrado y sanado es evidencia de que alguien se quedó con quien se lo rompió, que le vendó e inmovilizó la fractura y le proveyó lo necesario para sobrevivir todo ese tiempo. Es decir, que lo cuidó.

Nota: no hay un texto ni una grabación de Margaret Mead con esta frase. El relato más antiguo que se conoce es de un tercero (el cirujano Paul Brand, que contaba haberla oído en una conferencia), así que es una anécdota atribuida, no verificada. Lo que sí está documentado es que se han encontrado restos humanos prehistóricos con fracturas graves curadas, lo que indica cuidados prolongados de otras personas.

Así que el ser humano tiene esa capacidad de «ceder» o renunciar a su propio bienestar o una parte de él, para tener en cuenta las necesidades del otro. O sea que sabemos que una sociedad «civilizada» es la que no intenta imponer voluntades sino conciliar o negociar las voluntades del grupo.

  • Negociar es pensar, por ejemplo, a la hora de preparar la comida, si puedes hacerla de tal modo que le guste a todos los que van a comer en vez de tirar del: «se come lo que hay y punto».
  • Negociar es pensar, al organizar una reunión, en un momento que les vaya bien a los asistentes y no sólo al que la organiza.
  • Negociar es también no rendirte al primer «no» sino buscar otro momento y otras condiciones para obtener el «sí» que te negaron.
La respuesta

Los mayores expertos

Y es en este punto cuando te vuelvo a preguntar…

  • ¿Quiénes son los mayores expertos en negociar?
  • ¿Quiénes no se rinden al primer «no» (ni al segundo ni al tercero) y son capaces de insistir dándole la vuelta a otras formas de pedir lo que quieren?
  • ¿Quiénes son expertos en detectar «el punto débil» del otro para usarlo en su favor?
  • ¿Quiénes saben buscar «aliados» para apoyar su argumento en la negociación?
  • ¿Quiénes saben que para recibir algo también tienen que dar algo a cambio y lo proponen para obtener lo que quieren?

Sí, ese colectivo que no ha necesitado ir a una escuela de negocios ni a un training de liderazgo. Que solo necesitan estar muy conectados con lo que desean, tener una alta motivación y una gran inteligencia emocional para detectar cómo es el otro y qué tecla tocar.

Los niños y niñas.

Si cuando pedimos un aumento de sueldo o una renegociación de condiciones tuviéramos la misma determinación que nuestros hijos e hijas cuando nos piden algo, a no quedarse con el primer «no», la mayoría ahora cobraríamos más.

A no ser, claro, que, como algunos niños, topemos con alguien autoritario y no dispuesto a negociar. En ese caso, el niño o niña no tiene mucha más opción que obedecer o rebelarse con consecuencias, pero a ti, si es tu caso, lo que te recomiendo es: ¡Despide a ese jefe en cuanto puedas!

Para terminar

¿Negociador o negociable?

Porque quien no está dispuesto a negociar no debería NUNCA tener autoridad sobre otras personas, del mismo modo que quien no está dispuesto a CUIDAR de quien lo necesita nunca debería tener personas a su cargo.

Ahora la pregunta es: ¿eres negociador/a o negociable?

Las profesionales también lloran

Las profesionales también lloran

Liderazgo · Negociación · Sin filtros

Las profesionales también lloran.

Llorar en una reunión no te resta fuerza. Creer que te la resta, sí.

Las profesionales también lloran: una mujer con americana llora en una reunión de trabajo, con una lágrima roja

¿Has llorado alguna vez en una reunión profesional?

¿Por nervios, rabia o frustración?

¿Has sentido que eso le restaba fuerza a tu posición?

Empezaré diciéndote que es habitual tanto lo primero como lo segundo. Y no: llorar no implica necesariamente perder fuerza en una reunión o una negociación.

Déjame explicarte por qué tenemos esa percepción y por qué es errónea.

La caja

Lo que hemos hecho con el llanto

Nuestra cultura ha metido el llanto en una caja con estas etiquetas: débil, sentimental, triste, pusilánime, vergonzoso y, por supuesto, femenino.

Lo cierto es que el llanto es una acción fisiológica con múltiples funciones: desde algo tan práctico como limpiar el ojo cuando nos entra algo o se irrita, hasta expresar emociones tan dispares como la tristeza, el dolor, la alegría o el placer.

Lloramos por cosas muy diferentes, con intensidades e implicaciones diferentes. Y las personas desarrollamos habilidades sociales que nos ayudan a «leer» qué significa el llanto en cada caso:

Nadie le dice «lo siento» a quien llora de alegría en la boda de su hijo o su hija.

Nadie le dice «me alegro por ti» a la viuda que llora en un funeral.

No minimices el enorme poder social que tiene saber leer estos comportamientos. Hay personas que no pueden hacerlo, y eso les genera muchos problemas.

En general, la mayoría interpretamos bien el llanto en esos ámbitos. Pero ¿qué pasa cuando, en un contexto profesional, sin películas, anuncios, música, bodas ni entierros, interpretamos mal el llanto propio o el ajeno?

Lo que me cuentan

¿Te ha pasado? A mí, sí.

Trabajando liderazgo y negociación con mujeres, muchas me relatan conversaciones en las que acabaron llorando delante de un cliente, un socio, un colaborador, un proveedor o incluso un empleado.

En mi vida profesional he llorado en reuniones, en medio de una discusión, hablando yo y escuchando a otras personas. Y no, no se debe necesariamente a debilidad. He llorado:

De angustia, impotencia, rabia y frustración.

De emoción, en una clase, al tocar un tema sensible.

Al descubrir la pasividad de la gente y cómo afecta a mis derechos o a los de los míos.

De angustia ante la mezquindad o la maldad.

Para descargar estrés o reequilibrar mi estado emocional.

Para descargar la agresividad en vez de darle rienda suelta, que es lo que me apetecía de primeras.

Ninguno de esos motivos le ha restado peso a mis argumentos ni credibilidad a mi persona ni a mi trabajo. Al menos, no a mis ojos.

Sé que hay quien percibe el llanto de una mujer en esos ambientes como un paso atrás, una derrota o sumisión. Esa reacción es una muestra más de desconocimiento de la psique humana.

El cine lo ha retratado mil veces. Acuérdate de la escena de Andy llorando en El diablo viste de Prada: su desahogo se recibe como una queja, no como lo que es, la señal de alguien que está dando todo y no se siente reconocida.

Imagen y poder

Cómo te perciben también cuenta

No voy a negarte que en una negociación la imagen que proyectamos importa. Trabajar nuestro rango de poder y autoridad es fundamental, porque el éxito profesional no depende solo de lo buenas que seamos, sino de lo buenas que se nos percibe.

Por eso trabajar la seguridad, la confianza, el aplomo y la gestión emocional es imprescindible para que tus competencias brillen.

Si eres de las que lloran en cada reunión, cada discusión, cada negociación, mi consejo es que analices primero el porqué de esa reacción.

Cuando una profesional formada reacciona así de forma habitual, casi nunca tiene que ver con su preparación (las hard skills), sino con la actitud (las soft skills): autoestima, seguridad, confianza. Por eso no basta con trabajar la inteligencia empresarial: también hay que trabajar la inteligencia emocional.

Ese desborde puede venir de cosas como:

El miedo a hablar en público, tan generalizado.

El miedo a la exposición o al rechazo.

Una percepción poco realista de tus propias competencias: el síndrome de la impostora.

Una situación médica o personal, como una depresión o un duelo.

Si te pasa de forma puntual

Ten en cuenta esto

Es perfectamente normal.

No cambia quién eres.

No reduce tu valor profesional.

Es un mecanismo de liberación de estrés.

No luches contra él. Tu cuerpo recupera el equilibrio llorando, igual que la fiebre ayuda a combatir una infección.

No estás ofendiendo a nadie.

Recuérdate que todas las personas lloran.

Llorar no reduce tu rango de poder, a no ser que tú creas que lo reduce.

No te disculpes por llorar. Nunca.

Las mujeres hemos conseguido la mayoría de nuestros derechos entre lágrimas, sudor y sangre. No sonriendo.

Para trabajarlo

Refuerza tu poder

Sé que no es fácil decirnos mensajes positivos, y menos en situaciones que vivimos como debilidad. Por eso:

Aprovecha cada oportunidad para reforzar tu poder, tu autoridad y tu autoestima.

Aprende técnicas de negociación que te den seguridad.

Rodéate de mujeres referentes en tu sector y en otros, y si puedes, conócelas en lo personal.

Comprueba que la fuerza y la fortaleza van mucho más allá de ser fría, distante e impasible.

Aprende de tus errores sin culparte por ellos.

Recuerda que mostrarte vulnerable no es debilidad: es honestidad y humildad.

Celebra tus triunfos.

Para terminar

Y sobre todo

Llora si lo necesitas, respira, y sigue defendiendo tu posición. Tus argumentos siguen siendo los mismos con los ojos húmedos.

No dejes que nadie te haga sentir menos de lo que eres.

— Nohemí Hervada

Nadie se muere de desamor

Nadie se muere de desamor

Relaciones · Límites · Sin filtros

Nadie se muere de desamor.

Pero duele como si sí. Un desengaño amoroso es un duelo, y como todo duelo, no tiene atajos. Estas son las verdades que no te va a gustar leer.

Desengaño amoroso: un punto rojo que se queda y círculos grises que se alejan y se desvanecen

¿Has sufrido algún desengaño amoroso? ¿Te han dejado alguna vez? Si es así, sabes lo desoladora que puede ser esa experiencia.

Nos pasamos la vida oyendo frases como "sin ti no soy nada" o "sin ti me muero", porque casi todos hemos sentido alguna vez que, tras un desengaño, todo pierde sentido.

Pero ¿es cierto? ¿Podemos morirnos de amor, o mejor dicho, de desamor?

El duelo

Un duelo con alguien vivo

Morirse no es tan fácil. Pero eso no quiere decir que no sea una experiencia dolorosa, dura y, a veces, traumática. Y tiene que serlo, porque en el fondo un desengaño es un duelo.

Muertes, abandonos, cambios, pérdidas, fracasos: todo lo que implica una pérdida importante es un duelo. Pero el desengaño tiene un agravante: la persona que ya no está sigue viva.

Cuando muere alguien a quien amamos, el dolor es atroz porque es irreversible. No hay nada que podamos hacer para recuperarlo. Y, por brutal que suene, esa irreversibilidad ayuda a hacer el duelo: no hay esperanza de volver.

Cuando nos dejan, la otra persona sigue ahí. Y eso alimenta lo único que no ayuda: la esperanza de que vuelva.

Los dos duelos comparten mucho: no son lineales, hay recaídas, volvemos una y otra vez a los momentos compartidos. La diferencia es que en el desamor seguimos esperando.

La anestesia

Fantasías contra el dolor

Como la otra persona sigue viva, nos aferramos a la idea de que puede volver. Y fantaseamos sin parar:

Imaginamos escenarios en los que las cosas cambian.

En los que la causa de la separación ya no existe.

En los que una inspiración casi divina le hace ver que estamos predestinados.

Ni que decir tiene que es una ilusión. Da igual que siga vivo. Si no te quiere, no te quiere.

Fantasear alivia el dolor en el momento, pero lo agrava cuando chocas con la realidad. Es como beber o tomar pastillas para anestesiar las emociones: cuando pasa el efecto, la emoción sigue ahí, y tú estás peor preparada para gestionarla.

No hay atajos. El dolor hay que pasarlo, y cuanto antes, mejor.

Lo que no quieres oír

Verdades que tienes que oír

No me gusta llamarlos consejos, porque no sé si lo son. Lo que sí sé es que, si estás en esa situación, no te va a gustar leerlos. Nunca gusta.

1. Acepta que es un golpe a tu ego

No te quiere a ti. Así de sencillo. Cuando entiendes de dónde viene el dolor, es más fácil saber hacia dónde caminar para gestionarlo.

2. No negocies

Da igual lo que estés dispuesta a ofrecer, a dar, a cambiar. No te quiere. Eso salió de la otra persona, y no va a cambiar porque cambies tú.

Para negociar hacen falta dos partes que quieran llegar a un acuerdo. Cuando una ya se ha ido, no hay nada que negociar. Lo único que te queda por proteger son tus límites. Y si intentas negociar, puede que te pierda el respeto, y será aún peor.

Hay cosas que se negocian. El amor de alguien que ya no te quiere, no.

3. No va a seguir siendo tu amigo

Es imposible, al menos hasta que los sentimientos desaparezcan. Si te tiene cariño, te lo propondrá para que no sufras. Pero no entres en ese juego: no es real, y a veces solo sirve para aliviar su sentimiento de culpa.

4. Corta los lazos pendientes

Oblígate a cortar los flecos pendientes. Si no tienes fuerzas, pídele que lo haga la otra persona.

Una vez hecho, mantente en tu decisión.

Quita su número de tus contactos frecuentes y evita los lugares que sabes que frecuenta.

Resiste la tentación de preguntarte a cada rato qué hace y ocupa tu mente en otras cosas. Los amigos son la mejor terapia.

5. Da igual si hay otra persona

El dolor es el mismo. Si te deja por alguien, te sentirás inferior. Si te deja por nadie, creerás que prefiere estar sola que contigo. Los dos pensamientos están distorsionados.

No queremos a las personas por comparación: sencillamente las queremos o no. Si apareció alguien, fue una consecuencia, no la causa.

6. Un clavo no saca otro clavo

Lo primero que quiere un ego herido es que alguien lo levante. Puede distraerte, pero es otra anestesia.

Si un desengaño hunde tu autoestima, es que le diste a la otra persona un poder que no debería tener. La autoestima es eso: estima por una misma. Tu idea de quién eres y cuánto vales tiene que ser independiente de que alguien te quiera o no.

Si no, cuando esa persona se vaya, necesitarás a otra que te vuelva a levantar. Y entrarás en un círculo vicioso: la necesidad de gustar a todo el mundo es una droga peligrosa.

7. Míralo con objetividad

Hasta ahora lo has idealizado. Seguramente, en la última fase antes de la ruptura, mientras intentabas salvarlo, te centraste en lo que tú hacías mal. Es el momento de mirar con objetividad: una relación que no funciona es cosa de las dos partes.

8. Céntrate en ti

No busques en quién volcar el amor que te sobra, al menos no en otra pareja. Tampoco te escondas en el trabajo. Mímate. Tómate el tiempo de sanar. Conócete y reconócete.

9. Aprende algo de esto

Es una buena ocasión para preguntarte por qué quieres a personas que no te corresponden. Ese análisis puede llevarte a conocer tus heridas más profundas y los vacíos que arrastras y que no vas a llenar con nadie.

Si lo que hubo fue un engaño y estás pensando en perdonar, te puede servir esta serie: Perdono, pero no olvido y La última oportunidad.

Para terminar

Atravesar la tormenta

Si ves este trance como una oportunidad de aprender, como algo que te hará más sabia y más consciente, será mucho más fácil atravesar la tormenta y dejar la amargura en el agua, sin llevarla contigo a la orilla.

Y aprende a distinguir lo que se negocia de lo que no. En el amor, en el trabajo y en la vida.

Nadie se muere de desamor. Pero sí se puede perder una misma intentando no perder al otro.

— Nohemí Hervada

Nohemí Hervada
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