Tengo una costumbre algo macabra: antes de subir a un avión me despido con «por si se cae el avión, que sepas que…». Y no pienso dejarla.
Vivo en una isla, lo que supone viajar bastante en avión. Y tengo una costumbre, algo macabra para algunas personas: despedirme con la frase «por si se cae el avión, que sepas que…».
A la mayoría de la gente le parece de mal gusto mencionar la muerte o la posibilidad de un accidente mortal. Si me paro a pensarlo, es normal: no queremos pensar que nos pueda pasar, precisamente porque sabemos que nos puede pasar.
Morirse es facilísimo. Como dice el refrán: «para morirse solo hay que estar vivo».
Por eso todos los vivos intentamos no pensarlo demasiado, para no amargarnos la existencia. Lo cierto es que yo pienso bastante en la muerte, porque me ha visitado de cerca y se ha convertido en una especie de enemiga íntima.
Lecciones
Lo que me enseñó la muerte
La muerte me ha dado lecciones de vida, de esas que te hacen replantearte muchas cosas:
Se me murió mi segundo bebé y perdí de golpe la inocencia. Aprendí a ver la cara B de la parte más bonita de la vida. Lo conté en Sí duele, mucho. Pero no vas a morir.
Se murió mi madre de repente y me di cuenta de que los «mañana hablamos» a veces no son posibles. Que se nos quedan conversaciones pendientes porque vivimos creyendo que somos, si no inmortales, sí longevos. Y no siempre es así.
La muerte no siempre avisa. Vivir es estar permanentemente en riesgo de morir, y no somos conscientes.
Y está bien que sea así. Pero no tanto.
El filtro
Saber que puedes morir es un aliciente para vivir
Aunque parezca contradictorio, ser consciente de que te puedes morir es un gran aliciente para vivir. Es:
Un filtro perfecto para saber qué es esencial y qué es superfluo, qué es prioritario y qué no.
Un examen implacable para saber qué gestionas desde el amor y qué desde el miedo.
Un espejo que te enfrenta a tu ego como nada más.
Con esa dosis brutal de verdad que solo dan los duelos, porque en ellos estás sola con tu dolor. Y en el dolor no hay máscaras que sirvan.
Modo avión
Mis últimas palabras: «te quiero»
Cuando me siento en el avión, los últimos mensajes que mando antes de poner el modo avión me dicen quiénes son las personas de mi vida.
Es un poco macabro, sí. Pero por unos segundos me imagino que muero estrellada y que mis últimas palabras fueron «te quiero».
Por si se cae el avión, que sepas que te quiero.9:55 ✓✓
Mi último mensaje antes del modo avión
Cuando publiqué esto en Facebook, tuvo más de 200 reacciones y se compartió 150 veces. Quizá no soy la única que piensa en esto antes de despegar.
Para terminar
No esperes al modo avión
Lástima que a veces tengamos que pensar en la muerte para decirlas.
Ojalá la vida nos motivara igual a vencer la vergüenza, el orgullo y el miedo, y a quedarnos con lo que de verdad importa.
Querida Nohemí
No sé por qué te escribo, no sé si te pareceré una loca, pero te sigo y sigo lo que escribes y ya sabes que a veces es más fácil contarle las cosas a un extraño.
No tengo blog como tú y de tenerlo no sé si me atrevería a publicar cosas personales e íntimas. No sé cómo tú puedes hacerlo. Es decir, yo te lo agradezco. Ver a personas que hablan en primera persona de lo que les pasa, bueno o malo, te hace sentir acompañada. Pero yo no sé si podría asumir exponer mi vida a cualquiera.
Esta carta te autorizo a que la publiques si crees que es interesante. Como sé que miras mucho la ortografía y la gramática, corrige lo que necesites :-).
Sé que has vivido de cerca el maltrato en diferentes formas. Me he releído 100 veces tus post sobre las relaciones tóxicas. Yo hoy no quiero hablarte de mi tipo de hombre tóxico, al que podríamos llamar de varias maneras, que al final son la misma: «el cobarde», «el inmaduro», «el egoísta»… Hoy voy a contarte que la tóxica soy yo.
Soy tóxica para mí misma porque permito que me falten al respeto manteniendo una relación que me daña. Porque veo todo lo que no funciona y aún creo que ocurrirá un milagro que le hará cambiar y asumir responsabilidades. Porque justifico sus mentiras, sus engaños y sus traiciones. Porque me engaño a mí misma creyendo sus promesas a pesar de que las ha incumplido vez tras vez. Porque no acabo de aceptar que si me hace daño no me quiere. Porque perdoné una infidelidad y sólo le pedí que cortara de raíz con esa relación y no lo hizo. Porque me he pasado meses culpándola a ella, cuando la realidad es que la culpa es de él. ¿Por qué las mujeres aun siendo engañadas seguimos haciendo responsables a otras mujeres y no a los hombres que engañan? ¿por qué seguimos queriendo mantener su «integridad» inmaculada cuando no lo es?
Imagino que porque necesitamos respetarles para justificar que les amamos, y un mentiroso no merece respeto. Es más fácil autoengañarnos pensando que la culpa siempre es de ella, que le escribe, que le llama o mensajea, que le llora o le provoca… da igual… Da igual que la otra sea una zorra o una bella persona también engañada, somos tan estúpidamente tóxicas con nosotras mismas y con todo el género que la odiaremos a ella y no a él. Y le pediremos que la bloquee cuando lo que tendríamos que hacer es bloquearle nosotras a él. Y nos preguntaremos «por qué» la ha escogido, qué tiene que nosotros no tengamos, qué nos sobra o qué nos falta… cuando la verdad es que nadie engaña por un tercero sino por sí mismo.
Soy la más tóxica de este trío en el que vivo, porque soy la única que no quiere vivir en una relación así y lo tolera. Ellos han encontrado la forma de que les funcione. Imagino que hasta hablarán de mi y me pongo enferma de pensarlo. Pero aquí estoy, contándote que me han engañado y que yo lo he tolerado.
Pienso en todas las veces que he juzgado a otras mujeres por soportar cuernos. Por prostituirse por un status, o por una estabilidad económica, o social… Yo lo he hecho por la peor de las razones. Lo he hecho diciendo que es por amor. Y ese razonamiento es el más tóxico de todos. De hecho, creo de verdad que la raíz de todas las relaciones tóxicas es precisamente atribuir al amor algo que no es.
El amor no puede causar sufrimiento deliberado, no puede ser tan egoísta, no puede hacer que nos perdamos el respeto a nosotros mismos.
[Tweet «El amor no puede causar sufrimiento deliberado, no puede ser tan egoísta, no puede hacer que nos perdamos el respeto a nosotros mismos.»]
Te he leído mucho escribir sobre el miedo y tienes razón, al final tenemos miedo. Tengo miedo.
Miedo a no sentir otra vez esa emoción cuando alguien que amas te mira o te roza. Miedo a no ser capaz de volver a confiar de nuevo en alguien. Miedo a no ser suficiente una vez más. Miedo a no volver a vivir el éxtasis de ser 1 siendo 2. Y ese miedo me hace aferrarme a alguien que me da migajas en forma de amor. Que dice amarme cuando en realidad su amor más grande es a sí mismo. Alguien que sabe qué me hace daño y continúa haciéndolo. Alguien que se cree el Dr. Frankenstein y quiere construir una mujer perfecta a base de ir cogiendo trozos de aquí y allá. Que dice buscar en otra lo que yo no le doy.
Así que sí, la tóxica aquí soy yo.
Y te lo cuento imagino que para tener el compromiso moral con alguien que no sea yo misma de que no lo voy a ser más. Como cuando uno tiene miedo a volar y se mete en un avión. Sé que me voy a arrepentir 1000 veces de esto. Sé que voy a volver a encontrar justificación para todo. Sé que voy a escuchar a esos gurús que me hablan del amor supremo sin ataduras y en total libertad. Yo no quería ataduras, sólo quería que no me engañaran. Imagino que no soy muy zen para aceptar esa «barra libre de amor». Soy demasiado convencional y me crié con las historias que acababan en final feliz de 2, no de 3 o de 25. Y sigo creyendo en la absurda mentira de que el amor todo lo puede. Y estoy segura que cuando le de a «enviar» a este mensaje tras un momento de alivio volveré a pensar en que todo se arreglará de la forma que sueño.
Porque sigo soñando que se va a dar cuenta, que va a aprender la lección y dejará de jugar a 2 bandas, o a 3 o a 4… ya ni sé…
Sigo creyendo que un día tocará en mi puerta y me dirá que todo acabó de verdad y que soy yo la persona con la que quiere estar a pesar de todo.
Querida Nohemí… no espero respuesta. Porque lo que me vas a decir ya lo sé. La teoría de este examen la aprobé a la primera. Pero la práctica es mucho más difícil. Porque las normas, la teoría, es algo claro y cerrado, es absoluto, pero en la vida real tengo que conducir en una carretera donde hay otros coches, muchos coches, demasiados, y donde no todos cumplen las normas. En la vida real hay tantas variantes que nos condicionan que ser coherente se me antoja ahora mismo imposible.
Ojalá esto que hago me sirva de señal luminosa en mi camino para recordarme cuando lo olvide que la meta de nuestra vida no es amar a alguien, sino amarnos primero a nosotros mismos, y amarnos bien.
[Tweet «Ojalá esto me sirva de señal luminosa para recordarme cuando lo olvide que la meta de nuestra vida no es amar a alguien, sino amarnos primero a nosotros mismos, y amarnos bien. «]
Dicen que todos los miedos son en realidad el mismo miedo: el miedo a morir. Esto es lo que aprendí de él, a fuerza de atravesarlo.
Dicen que todos los miedos son en realidad el mismo miedo: el miedo a morir.
La muerte es el miedo por excelencia, porque acaba con toda la esperanza que, mientras hay vida, algunos nos empeñamos en mantener. Y así, los miedos que vamos acumulando, de los que nos despedimos o que transformamos con los años, son al final el mismo.
Por eso todos sabemos lo que es. Lo manifestamos de forma diferente, con más o menos intensidad, pero todos tenemos en el miedo a un viejo conocido.
El arma más antigua
El miedo como control
Precisamente por ser tan común, tan universal y tan atemporal, el miedo se ha usado siempre como arma, como herramienta de control y de sumisión.
La religión, la política, la cultura, la sociedad, la familia: en todas partes ha habido quien ha encontrado en el miedo el mejor aliado para someter a los demás en su provecho.
Nota de 2026: escribí esto hace más de diez años y hoy lo suscribo más que nunca. Gobernar con miedo y con enemigos sigue siendo la estrategia más barata. Lo analizo en El que vota no también es diputado.
Mis miedos
Los miedos que he conocido
Hoy, como adulta, puede que no le tenga miedo a la oscuridad, a los fantasmas, a los payasos o a los bichos. Pero mi capacidad de sentir miedo sigue ahí. He conocido:
El miedo a la incertidumbre. Durante una época viví casi al día y tuve que sobreponerme a la parálisis del miedo a no tener techo ni comida.
El miedo a la enfermedad. En una época de mala salud temí tener algo incapacitante y no saber vivir con sus limitaciones. Por fortuna, fue temporal. Pero me recordó lo frágiles que son cosas que damos por sentadas, y lo afortunadas que somos quienes tenemos miedo a una enfermedad grave y no la enfermedad.
El miedo por la gente que quiero. Por sus vidas y por sus muertes.
El miedo a quedarme atrapada en una vida que me iba robando la felicidad poco a poco. Y, cuando decidí salir, el miedo a acabar peor de lo que estaba.
Ser madre
El miedo como madre
Conocí el miedo como madre cuando alguien, con muy buena intención y muy poco tacto, me dijo que mi hijo llevaba mucho tiempo sin comer bien y que seguramente le había faltado glucosa al cerebro. Recuerdo como si fuera ahora el pánico de pensar que yo le había provocado lesiones cerebrales a mi bebé.
Este detalle no lo olvido nunca cuando hago una asesoría de lactancia: que nunca sea yo causa de más miedo para una madre.
Viví en primera persona el miedo a no ser lo bastante buena madre, hasta que la muerte de mi segundo bebé me enseñó la lección más valiosa y más dura de mi vida:
Hay algo peor que no sentirse una buena madre: no poder ser madre de ese ser que amas.
En el duelo por Altair aprendí casi todo lo que sé sobre el miedo, sobre el dolor y el sufrimiento. Sobre fases, etapas y retrocesos. Sobre la tristeza, la rabia, la negociación, la resignación, la transformación… y la sanación.
En mi tercer embarazo creo que apenas sentí nada que no fuera miedo. Hoy sé que era mi forma de amor, pero yo lo vivía como miedo. Me habían arrancado la inocencia y había visto la muerte cara a cara. Pero mi hija me regalaba señales para decirme: "mamá, estoy aquí". Y eso me ayudaba a no desfallecer.
Atravesé el umbral de la vida y la muerte que es un parto. En ese momento en que tu mente, tu cuerpo y tu alma te dicen "no puedo", el único antídoto que conozco contra el miedo, el amor, me gritaba: "Sí puedes. Vas a poder".
Y yo repetía esas mismas palabras, para mí y para mi hija: "Vamos a poder. Vamos a poder."
Y pudimos. Con el miedo, con la muerte y con la incertidumbre.
Después de eso nunca me sentí tan fuerte, tan viva ni tan lejos de la muerte. Y decidí que no volvería a ser presa del miedo.
Decidir
Lo que se mantiene por miedo
Cuando supe que mi vida no era como quería, decidí cambiarla. Lamento haber hecho daño a otras personas, pero estoy convencida de que no hacerlo habría sido mucho peor.
Si una relación no se mantiene por amor, se mantiene por miedo. Y el miedo no es un buen vínculo. Al menos, no para la felicidad.
Ninguna dinámica sostenida por el miedo a la soledad o por el miedo a hacer daño acaba siendo positiva.
Y fui feliz un tiempo. Quizá demasiado, como dirían los dioses griegos, para una simple mortal. Y volví a sufrir el miedo, esta vez en forma de engaño y abandono.
Y lloré. Lloré como no recordaba haber llorado nunca. De niña me recuerdo más enfadada que llorando. Pero en esas semanas, meses y años, lloré por fuera y por dentro. Lloré hasta creer secarme. Lloré de miedo a estar sola.
Por qué te lo cuento
Los duelos duelen
Porque da igual que tengas un mes, 15 años, 22 o 44. Cualquier miedo, a la oscuridad, a estar sola, a que no te quiera nadie, a no saber si tendrás techo y comida mañana, es al final una forma del único miedo real: a morir.
Saberlo no hace que no sientas los miedos. Ni que no te duelan los duelos. Porque duelen, mucho:
Algunos, por imprevisibles o inesperados.
Otros, por traicioneros, injustos o inmerecidos.
Otros, por desoladores, revividos o impuestos.
Y a veces, por todo junto.
Duele. Y lloras, y sigues llorando. Y cuando crees que no te quedan lágrimas, algo te devuelve a la casilla de salida y descubres que aún hay más dolor, más llanto, más angustia y más vacío.
Y crees morir, o quieres desaparecer aunque sea un rato para no sentir. Porque aún vive en ti ese miedo: no el miedo a la oscuridad, que sabes que se disipará con el día, sino el miedo a la oscuridad para siempre.
La última arma
El amor de verdad
Solo nos queda una última arma para recorrer ese camino sin perdernos en él. Lo que al final nos salva de la desesperación: el amor.
Pero el de verdad. No el que te juró alguien con más miedo a estar solo que tú, a la luz de la luna. El amor a la vida, a tu propia vida, y a quienes te quieren de verdad, sin egoísmo y sin rebajar tu dignidad ni la suya. El amor en mayúsculas.
A veces he envidiado a quien, por miedo a estar solo, se agarra a la primera tabla de salvación que encuentra. Pero las personas no somos tablas de salvación unas de otras. Así que, como escribí en Vender el alma por un abrazo, no es que yo no sea egoísta ni que no tenga miedo. Seguramente tengo más que tú.
Pero he decidido vencerlo. Aún no he ganado, pero estoy en ello.
Para terminar
Ahora toca llorar
Ahora toca llorar, mucho. Y toca sentir el dolor, mucho y muy fuerte.
Pero si algo sé, es que de esto no voy a morir.
— Nohemí Hervada
Si el dolor te supera y en algún momento sientes que no puedes más, no lo pases sola: llama al 024, la línea de atención a la conducta suicida. Es gratuita, confidencial y atiende las 24 horas.
Sobre las amigas que te sostienen en un duelo, la niña que fuimos y el abrazo que no tuvimos. Y sobre por qué, aun así, elegimos dar el que nos faltó.
Una de las mejores cosas de mi vida es tener amigas de verdad. De las que, cuando estás mal, te dicen:
"¿A quién hay que romperle las piernas?" O, mejor aún: "¿A quién hay que odiar?"
Cosas de mujeres que solo entiende quien ha vivido esa complicidad, ese comadreo y esa lealtad de quien está dispuesta a todo para que sepas que es incondicional.
Si hay que odiar a un ex, ellas serán las primeras.
Si hay que odiar a la nueva novia del ex, seguro que sacan una lista de motivos más larga que una tenia.
Quien no ha pasado por esto quizá vea maldad, o machismo, o lo que sea. Pero las mujeres que recorremos la vida junto a otras mujeres sabemos que ser "políticamente correcta" es de todo menos útil en un duelo.
El duelo
En un duelo no hay cordura
En un duelo no eres muy racional. Tienes rabia, dolor, tristeza, autocompasión. Te rebajas, intentas negociar, peleas, te rindes, reniegas y suplicas.
Si no lo has vivido, no sabes lo que es un duelo. O vives anestesiada, o no has perdido nada de verdadero valor. Cuando pierdes algo que amas no hay razón ni cordura. Te vuelves loca por momentos.
Ellas, tus amigas, lo saben. Y hacen lo que hay que hacer: acompañarte.
Y poco a poco, a medida que pasan las etapas, cuando has llorado, has odiado, has luchado, has gritado, has explotado y te has rendido… aparecen para decirte las verdades. Entonces sí. No antes.
Si alguien se va, es que no quiere estar contigo. O no puede. Y si no puede, en el fondo, no quiere.
Cuando alguien no tiene el valor de estar contigo, no te merece. Lo escribí más tarde de otra forma: nadie se muere de desamor, y con quien ya no te quiere, no se negocia.
La transformación
Lo que asusta de una madre
Somos diosas dadoras de vida.
Nada hay que dé más fuerza a una mujer que saber que ha cruzado el umbral entre la vida y la muerte.
Nada hay más poderoso que saber que engendraste, gestaste y mantuviste una vida.
Nada hay más poderoso que sentir que has traído al mundo algo tan único y tan valioso.
Nada hay más fuerte que una madre luchando por sus crías.
Y eso asusta. A veces, hasta a los propios padres de nuestros hijos. Nos ven transformarnos en otra cosa: ya no somos "su mujer". No todos están preparados. No todos están a la altura. No todos están dispuestos a hacer ese viaje de entrega, renuncia, sacrificio y cambio, o no a nuestro ritmo.
Porque nada te cambia tanto como entregarte a criar. Nada te enfrenta tanto a tus propias verdades y mentiras, miserias y miedos, carencias y heridas, como ser responsable de otro ser de esta forma.
Nada te hace más fuerte que vencer tu propio deseo de salir huyendo de tanta responsabilidad.
Nada te hace más fuerte que darte cuenta de que a veces quieres renunciar a ese privilegio para ser tú la abrazada, la cuidada, la amada sin condiciones.
Y nada te hace más fuerte que no hacerlo.
La herida
El abrazo que no tuvimos
A veces nos falta lo mismo que hoy damos: el abrazo, la presencia, el amor incondicional que intentamos dar a nuestros hijos.
Es una herida aún abierta: saber que nosotras no lo tuvimos. Y supura cada vez que renunciamos a algo por darles el amor que merecen, del modo que nosotras esperábamos, del modo que merecíamos y no tuvimos.
A veces eso se hace insoportable. Y por momentos vendemos el alma al diablo por ese abrazo.
Y soñamos con ser libres, cuando esa libertad no es más que ser prisionera:
Prisionera de la soledad de la niña que fuimos.
Prisionera de la necesidad de los abrazos que no recibimos y hoy añoramos.
Prisionera de la falta del único amor incondicional que deberíamos haber tenido, y que pasó sin que llegara.
Y a veces encontramos a alguien especial, porque lo es o porque así lo vemos, que descubre que añoramos los abrazos. Y nos los da. Y nos engancha. Y lo amamos, a él y a sus abrazos.
Queremos quedarnos a vivir en sus brazos. Sentimos paz, calma, seguridad. Reposo para el alma.
Pero no podemos. Porque ya no somos aquella niña. Ahora somos nosotras las que abrazamos y cuidamos.
Nos toca crecer para criar, y hacer de nuestros hijos adultos más sanos, con menos heridas y menos carencias. Con una infancia colmada de cariño, de presencia, de respuesta, de consuelo y de compañía, en las horas activas y en las muertas.
Y es tan duro renunciar algunas veces. Es tan duro darse cuenta de que, por momentos, no compensa. Es tan dura la lucha del corazón de la niña, del corazón de la mujer y del corazón de la diosa, madre y guerrera.
Atenea, Afrodita, Hera…
Solo quien ha vivido esa lucha la comprende. Solo quien la ha llorado sabrá acompañarte.
El amor adulto
Los hombres que están a la altura
Solo los hombres fuertes y valientes son capaces de entenderlo. Y de aceptar que los amemos aunque no sean lo primero.
Solo el que reconoce que también tiene una herida buscará en nosotras el amor de una mujer, y no el de otra cosa. Nos querrá por lo que somos, con lo que podemos darle y con lo que le quitamos.
Le compensará más un tiempo a medias con la mujer que desea que todas las horas con otra solo por suplir una carencia.
Egoísmo y miedo
Amar es renunciar al egoísmo y al miedo
No significa no ser egoísta ni no tener miedo. Ser madre no me hizo menos egoísta ni me quitó el miedo. Pero me enseñó a verlo, aceptarlo y enfrentarlo.
Soy egoísta porque a veces deseo estar sola. Ser dueña de todo mi tiempo. Dormir con quien quiera hasta cuando quiera. Hacer planes sin preguntar. Quiero lo mismo que cualquiera.
La diferencia es que tengo además otro deseo: disfrutar de mis hijos. Y no solo que sepan, sino que sientan que para mí son lo primero. Que vean a su madre feliz, encontrando su equilibrio con su vida, sus amores y sus cosas, pero sin que ellos paguen el precio.
No siempre será así. Crecerán, y algún día no querrán dormir conmigo, ni salir conmigo, ni abrazarme en público (ojalá que no). Algún día podré viajar más de dos días, cenar sin hora de vuelta o perderme en un sendero sin ellos.
Pero aún no. Como dice Bei: "Las noches son largas y los años son cortos".
Y tengo miedo. Miedo a no volver a amar así. A no ser amada como quiero y merezco. A volverme descreída del amor a base de desengaños.
Para terminar
Lo que sí tengo
Como tú, soy egoísta y tengo miedo.
Pero, sobre todo, tengo amor. Del que vence al egoísmo y al miedo.
P. D.: Dedicado a mi madre. Ahora te comprendo más de lo que te comprendí nunca. Perdona por haberte juzgado tantas veces, por haber odiado tus elecciones y tus prioridades. Ahora sé que, a veces, una solo da lo que puede. Lo que tiene.
Pero duele como si sí. Un desengaño amoroso es un duelo, y como todo duelo, no tiene atajos. Estas son las verdades que no te va a gustar leer.
¿Has sufrido algún desengaño amoroso? ¿Te han dejado alguna vez? Si es así, sabes lo desoladora que puede ser esa experiencia.
Nos pasamos la vida oyendo frases como "sin ti no soy nada" o "sin ti me muero", porque casi todos hemos sentido alguna vez que, tras un desengaño, todo pierde sentido.
Pero ¿es cierto? ¿Podemos morirnos de amor, o mejor dicho, de desamor?
El duelo
Un duelo con alguien vivo
Morirse no es tan fácil. Pero eso no quiere decir que no sea una experiencia dolorosa, dura y, a veces, traumática. Y tiene que serlo, porque en el fondo un desengaño es un duelo.
Muertes, abandonos, cambios, pérdidas, fracasos: todo lo que implica una pérdida importante es un duelo. Pero el desengaño tiene un agravante: la persona que ya no está sigue viva.
Cuando muere alguien a quien amamos, el dolor es atroz porque es irreversible. No hay nada que podamos hacer para recuperarlo. Y, por brutal que suene, esa irreversibilidad ayuda a hacer el duelo: no hay esperanza de volver.
Cuando nos dejan, la otra persona sigue ahí. Y eso alimenta lo único que no ayuda: la esperanza de que vuelva.
Los dos duelos comparten mucho: no son lineales, hay recaídas, volvemos una y otra vez a los momentos compartidos. La diferencia es que en el desamor seguimos esperando.
La anestesia
Fantasías contra el dolor
Como la otra persona sigue viva, nos aferramos a la idea de que puede volver. Y fantaseamos sin parar:
Imaginamos escenarios en los que las cosas cambian.
En los que la causa de la separación ya no existe.
En los que una inspiración casi divina le hace ver que estamos predestinados.
Ni que decir tiene que es una ilusión. Da igual que siga vivo. Si no te quiere, no te quiere.
Fantasear alivia el dolor en el momento, pero lo agrava cuando chocas con la realidad. Es como beber o tomar pastillas para anestesiar las emociones: cuando pasa el efecto, la emoción sigue ahí, y tú estás peor preparada para gestionarla.
No hay atajos. El dolor hay que pasarlo, y cuanto antes, mejor.
Lo que no quieres oír
Verdades que tienes que oír
No me gusta llamarlos consejos, porque no sé si lo son. Lo que sí sé es que, si estás en esa situación, no te va a gustar leerlos. Nunca gusta.
1. Acepta que es un golpe a tu ego
No te quiere a ti. Así de sencillo. Cuando entiendes de dónde viene el dolor, es más fácil saber hacia dónde caminar para gestionarlo.
2. No negocies
Da igual lo que estés dispuesta a ofrecer, a dar, a cambiar. No te quiere. Eso salió de la otra persona, y no va a cambiar porque cambies tú.
Para negociar hacen falta dos partes que quieran llegar a un acuerdo. Cuando una ya se ha ido, no hay nada que negociar. Lo único que te queda por proteger son tus límites. Y si intentas negociar, puede que te pierda el respeto, y será aún peor.
Hay cosas que se negocian. El amor de alguien que ya no te quiere, no.
3. No va a seguir siendo tu amigo
Es imposible, al menos hasta que los sentimientos desaparezcan. Si te tiene cariño, te lo propondrá para que no sufras. Pero no entres en ese juego: no es real, y a veces solo sirve para aliviar su sentimiento de culpa.
4. Corta los lazos pendientes
Oblígate a cortar los flecos pendientes. Si no tienes fuerzas, pídele que lo haga la otra persona.
Una vez hecho, mantente en tu decisión.
Quita su número de tus contactos frecuentes y evita los lugares que sabes que frecuenta.
Resiste la tentación de preguntarte a cada rato qué hace y ocupa tu mente en otras cosas. Los amigos son la mejor terapia.
5. Da igual si hay otra persona
El dolor es el mismo. Si te deja por alguien, te sentirás inferior. Si te deja por nadie, creerás que prefiere estar sola que contigo. Los dos pensamientos están distorsionados.
No queremos a las personas por comparación: sencillamente las queremos o no. Si apareció alguien, fue una consecuencia, no la causa.
6. Un clavo no saca otro clavo
Lo primero que quiere un ego herido es que alguien lo levante. Puede distraerte, pero es otra anestesia.
Si un desengaño hunde tu autoestima, es que le diste a la otra persona un poder que no debería tener. La autoestima es eso: estima por una misma. Tu idea de quién eres y cuánto vales tiene que ser independiente de que alguien te quiera o no.
Si no, cuando esa persona se vaya, necesitarás a otra que te vuelva a levantar. Y entrarás en un círculo vicioso: la necesidad de gustar a todo el mundo es una droga peligrosa.
7. Míralo con objetividad
Hasta ahora lo has idealizado. Seguramente, en la última fase antes de la ruptura, mientras intentabas salvarlo, te centraste en lo que tú hacías mal. Es el momento de mirar con objetividad: una relación que no funciona es cosa de las dos partes.
8. Céntrate en ti
No busques en quién volcar el amor que te sobra, al menos no en otra pareja. Tampoco te escondas en el trabajo. Mímate. Tómate el tiempo de sanar. Conócete y reconócete.
9. Aprende algo de esto
Es una buena ocasión para preguntarte por qué quieres a personas que no te corresponden. Ese análisis puede llevarte a conocer tus heridas más profundas y los vacíos que arrastras y que no vas a llenar con nadie.
Si ves este trance como una oportunidad de aprender, como algo que te hará más sabia y más consciente, será mucho más fácil atravesar la tormenta y dejar la amargura en el agua, sin llevarla contigo a la orilla.
Y aprende a distinguir lo que se negocia de lo que no. En el amor, en el trabajo y en la vida.
Nadie se muere de desamor. Pero sí se puede perder una misma intentando no perder al otro.