¿Es la multiculturalidad el nuevo caballo de Troya?
Conocer otras culturas es una riqueza. Aceptarlas todas por igual, también las que niegan los derechos que tanto nos costó conquistar, es otra cosa muy distinta.
Esto es un artículo de opinión. Lo que vas a leer es lo que pienso yo, con mis argumentos y sin filtros. Puedes no estar de acuerdo, y para eso están los comentarios. Donde doy un dato, tienes la fuente al final.
¿Prefieres verlo? Te lo cuento en vídeo, arriba. Y si prefieres leerlo, sigue aquí abajo.
Si pudieras viajar a cualquier época de la historia, seguro que habría muchas que te gustaría ver. Estar ahí como testigo de lo que pasó. Ahora cambia la pregunta: ¿te quedarías a vivir allí? ¿Elegirías, por ejemplo, la Edad Media?
¿Sabes cuál era la esperanza de vida? Rondaba los 30 años al nacer, sobre todo porque morían muchísimos niños.
¿Qué derechos tenía una mujer?
¿Y un campesino, atado a la tierra de su señor y sin nada que decir sobre su propia vida?
Visitarla, sí. Vivir en ella, no. Y sin embargo la romantizamos, como romantizamos tantas cosas: nos dejamos llevar por la emoción sin analizar lo que hay de cierto detrás.
Como sociedad hemos ido avanzando así: quedándonos con lo bueno de cada época y dejando atrás lo que nos quitaba calidad de vida o violaba nuestros derechos. Con la multiculturalidad nos está pasando lo mismo que con la Edad Media. Nos gusta la postal, pero no miramos lo que hay detrás.
Una palabra, dos ideasLas dos multiculturalidades
Cuando oímos "multiculturalidad", la mayoría pensamos en algo bueno. Y lo es, si hablamos de esto:
La multiculturalidad del viajero. Conocer otras lenguas, otras comidas, otra arquitectura, otros paisajes, otras formas de vivir. Casi nadie ve eso como algo negativo. De hecho, viajar es de lo que más nos gusta hacer cuando nos lo podemos permitir.
La multiculturalidad política. Es otra cosa. Es la idea de que todas las culturas son igual de buenas y deseables, y de que incluso hay que favorecer a las minoritarias por el hecho de serlo.
Y aquí está la trampa. Una cosa es luchar para que no se discrimine a ninguna persona ni a ningún grupo. Otra muy distinta es usar el hecho de ser minoría para validar todo lo que ese grupo hace.
Me recuerda a cuando me dedicaba al mundo de la crianza. Cuando decía que no quería criar a mis hijos a base de amenazas, castigos o azotes, como nos criaron a mi generación, mucha gente entendía: "Entonces hacen lo que quieren". Y había que explicar que no. Que evitar lo que no querrías que usaran contigo no significa que no haya normas ni límites.
No es todo o nada.
Con las culturas pasa igual. Reconocer que la mayoría tienen cosas interesantes y atractivas no nos obliga a dar cabida a las que chocan con la nuestra. Porque hay culturas incompatibles no ya con nuestro modo de vida, sino con nuestra Constitución.
Lo que nos costóSiglos para llegar hasta aquí
Somos cultura occidental y mediterránea, y lo que tenemos hoy no ha salido de la nada. Es conocimiento acumulado y derechos pulidos a lo largo de generaciones, muchas veces a base de sangre:
Nos deja la idea de la democracia.
Nos deja el derecho. Nuestras leyes se inspiran todavía en el derecho romano.
La Reforma protestante, en parte contra los abusos de poder de la Iglesia. Le siguen guerras de religión sangrientas: gente dispuesta a matar y a morir porque creía rendir cuentas ante Dios.
La Revolución francesa y la Ilustración. Las ideas que siguen inspirando nuestra cultura.
Nuestra Constitución: ninguna confesión tendrá carácter estatal. La fe pasa a ser cosa de cada uno.
Nuestra cultura sigue impregnada de cristianismo, porque es parte de lo que somos, creas o no. Pero hemos aprendido a separar la fe de la ley. Y a poner por encima de todo unos derechos que hoy damos por hechos:
El derecho a la vida.
La libertad de pensamiento, de religión y de expresión. Creer lo que quieras sin imponérselo a los demás.
La igualdad entre hombres y mujeres. No somos iguales, pero tenemos los mismos derechos.
La libertad de amar a quien quieras sin acabar en la cárcel.
Rendir cuentas si haces daño a otro. Mi libertad termina donde empieza la del prójimo.
Por eso lo digo sin rodeos: sí, creo que hay culturas moralmente superiores a otras en esto.
Prefiero vivir donde me enseñan a perdonar que donde me permiten matar al que no piensa como yo.
Ojo: hablo de prácticas e ideas, no de personas. Que una cultura sea moralmente peor en algo no da derecho a nadie a hacer daño a quien nació en ella. Pero sí me da derecho a no querer esas ideas en mi casa.
Es lo que el filósofo Karl Popper llamó la paradoja de la tolerancia: si toleramos a los intolerantes sin límite, acaban con la tolerancia. Se pueden respetar todas las opiniones, salvo la que dice que no hay que respetar a los demás.
El caballo de Troya
Este verano se estrenó La Odisea, de Christopher Nolan. Y casi todo el mundo conoce el episodio más famoso de la guerra de Troya: el caballo de madera que los troyanos metieron en su ciudad como si fuera un regalo. Dentro iban los soldados que la destruyeron.
La expresión ha sobrevivido tres mil años porque describe algo que se repite: lo que entra disfrazado de regalo y acaba siendo el arma que te mata. En política tiene nombre: entrismo.
Nuestro sistema es garantista. Presume la inocencia de todo el mundo, incluso del que pillan con el cuchillo en la mano. Protege la libertad de expresión, de culto y de pensamiento. Eso es lo mejor que tenemos. Y es justo lo que el entrismo usa para entrar: nuestros propios mecanismos democráticos, para un día acabar con ellos.
Su herramienta favorita es el victimismo: "somos menos", "estamos oprimidos", "vuestros antepasados nos hicieron esto, así que nos debéis algo".
Que quede claro: no hablo de discriminación positiva. Sé lo que es y para qué sirve: corregir desigualdades históricas que todos conocemos. Hablo de otra cosa. De usar la etiqueta de víctima para colar ideas que van contra los derechos de todos.
Los datosNo es una teoría
Si crees que exagero, mira lo que dijo el propio Gobierno francés. En mayo de 2025 publicó un informe sobre los Hermanos Musulmanes y el islamismo político en Francia. Habla abiertamente de "entrismo islamista" y de un riesgo para la cohesión nacional:
El informe describe una estrategia discreta y a largo plazo: entrar en escuelas, clubes, asociaciones e instituciones locales. Mi lectura es que lo que no se consiguió hace siglos por la fuerza se intenta ahora por otros medios: el número, la paciencia y nuestras propias libertades.
Nota: estas cifras son de Francia y no las extrapolo a España. La interpretación de la estrategia a largo plazo es mía. El propio informe insiste en distinguir el islamismo político del islam y de los musulmanes, y yo también.
Lo que sí necesitamosEl problema no es quien viene
Seamos claros también en esto: Europa envejece y necesita inmigrantes. Tenemos muy pocos hijos y vivimos más años. Sin relevo, no se sostienen ni las pensiones ni el cuidado de quienes ya no pueden trabajar. Aquí hay trabajo que en muchos países de origen no hay.
Y muchos inmigrantes vienen precisamente huyendo de lo que nosotros dejamos atrás:
De que les mutilen los genitales por ser niñas.
De tener que taparse porque se considera que incitan al pecado.
De ir a la cárcel, o algo peor, por su orientación sexual.
De no poder pensar, creer o hablar en libertad.
Esas personas son las primeras víctimas de las ideas que algunos quieren traer aquí. Por eso:
El problema no es quien viene. Es lo que algunos pretenden imponer.
Hijos y nietosNacidos aquí, de allí por nostalgia
Lo más inquietante no son siempre los que llegan. Son a veces sus hijos y sus nietos, nacidos aquí, que nunca han vivido en una sociedad cerrada y autocrática, y que la idealizan. Otra vez la romantización: "allí sí me entienden, allí es donde pertenezco".
Hay que reconocer el contexto, porque negarlo sería mentir:
La discriminación existe. Como especie desconfiamos del diferente. Fue lo que nos salvó la vida durante milenios, y cuesta mucho desactivarlo.
A los inmigrantes se les suelen dejar los peores trabajos, los peor pagados y los que nadie quiere.
En países como Francia se les apartó en guetos a las afueras de las ciudades. Eso no favorece la integración: deja claro quién es de aquí y quién es de segunda.
El resultado está en las noticias: una generación con pasaporte europeo que no se siente ni francesa, ni británica, ni española, y que mira con nostalgia a un lugar con leyes mucho más duras y muchos menos derechos que los que disfruta aquí.
BuenismoPedir perdón no salva a nadie
Frente a todo esto, ¿qué hacemos? Muchas veces, flagelarnos. Es muy de cultura cristiana: cargar con el sufrimiento ajeno, pedir perdón por lo que hicieron otros hace siglos. Pero nosotros no somos Cristo. Disculparnos eternamente no mejora la vida de nadie. Solo abre la puerta a las ideas que van contra nosotros. Es lo que te contaba en qué es el buenismo.
Yo misma me lo he creído durante años: que España tenía que pedir perdón por haber llegado a América, porque allí cometimos una masacre. Claro que hubo violencia y abusos, como en toda conquista. Pero no hubo un plan de exterminio. La mayor parte de la población indígena murió por las epidemias, no por las espadas. La Corona prohibió por ley esclavizar a los indígenas y los declaró súbditos, como cualquiera nacido en Valladolid o en Granada. Otra cosa es que esas leyes se cumplieran siempre. Y hubo mestizaje: buena parte de la población de esos países desciende de esa mezcla.
¿Por qué cargamos con la culpa, entonces? Porque el relato no lo gana quien tiene razón, sino quien tiene el altavoz. Nuestros rivales de entonces construyeron la leyenda negra. Y nadie le pide a un inglés que se disculpe por la India, ni a un belga por el Congo de Leopoldo II, donde murieron millones de personas. Esto da para otro post, y lo escribiré.
La propaganda funciona igual con las causas de hoy. En manifestaciones que no tienen nada que ver, como las de la vivienda de las que te hablé en la causa de esta temporada, aparecen banderas de Palestina por todas partes. El sufrimiento de la población de Gaza es real y nadie lo niega. Pero una cosa es ese pueblo y otra Hamás. Y yo le preguntaría a quien defiende a Hamás:
¿Sabes qué derechos tienes como mujer para Hamás?
¿Sabes qué le pasa en Gaza a un homosexual?
¿De verdad defenderías para ti lo que aplaudes para otros?
Se venden como luchas humanitarias causas que, detrás, esconden ideologías antiderechos. Y quien lo señala se gana la etiqueta. Ya lo conté en fascista es siempre el otro: grito "fascista" y así me blindo. El malo es el otro y yo soy el bueno.
Ser minoría no te pone en la cima moral.
Ceuta, Melilla y CanariasEl avestruz no ve venir nada
A veces ni siquiera esconden sus intenciones. En agosto y septiembre de este año, varios ministros marroquíes han vuelto a reclamar Ceuta y Melilla en público. Uno habló de un "derecho histórico y geográfico". Otro dijo en un mitin que Rabat no retrocederá "ni un palmo". Y con Canarias, el pulso es por las aguas que rodean las islas. Si eso lo dicen en público, imagina lo que se dice en privado.
No es lo mismo que el islamismo, que quede claro. Pero ilustra la misma ingenuidad: la de creer que si no lo miramos, no pasa. Ya te hablé de Ceuta en Ceuta no tiene foto.
Hacer como el avestruz es un comportamiento infantil: me tapo los ojos y, como no lo veo, desaparece. El problema no desaparece por no afrontarlo. Al contrario: cuanto más lo ignoramos, más alas les damos a quienes trabajan para que crezca. Y, de paso, a quienes se aprovechan del miedo para señalar a todos los inmigrantes por igual.
Conocer, sí. Aceptarlo todo, no.
España es mezcla. Por aquí han pasado romanos, judíos, musulmanes y muchos pueblos más. Hemos paseado por Córdoba y por Granada, y miles de palabras de nuestro idioma vienen del árabe. Admiramos muchas cosas de la cultura islámica, igual que de la sefardí. Nuestra identidad es, en parte, todo lo que nos hemos quedado de cada una.
Pero también tenemos claro lo que hemos dejado atrás, y por suerte: que el hombre está por encima de la mujer, que ser homosexual es delito, o que el padre, el imán o el que manda tienen derecho a maltratar al que no piensa como ellos.
Eso no se negocia. Ni en nombre de la tolerancia, ni de la hospitalidad, ni del buenismo.
Conocer todas las culturas, sí. Aceptarlas todas, no.
— Nohemí Hervada
