¿Que viene el Coco?
Si no votas a los de siempre, viene la ultraderecha. Llevo años oyéndolo. Y a mí ese miedo ya me caducó.
La mayoría de la gente con la que puedo compartir ideología (algo así como la socialdemocracia: yo nunca me he considerado de derechas, ni de lejos, aunque comparta algunas ideas mal llamadas conservadoras y esté a favor de que el Estado intervenga poco) tiene un argumento estrella. Si no votas a los de ahora, viene la ultraderecha.
Es un argumento que no me canso de oír, en todas sus versiones:
«Los otros son peores».
«Hay que evitar que gobiernen los otros».
«Vox es lo peor para los derechos».
«El lado correcto de la historia», «evitar el mal mayor», «levantar un muro a la ultraderecha».
Eslóganes. Solo eso.
La pregunta¿Qué duele más: el contrario o los tuyos?
¿Qué es peor: que te gobierne alguien con quien no compartes políticas ni forma de mirar la economía o la sociedad, o que te gobiernen «los tuyos» mintiéndote descaradamente?
¿Que cambien las políticas de su propia ideología disfrazándolas de tu cuerda a base de relato?
¿Que hagan justo aquello que, de haberlo anunciado en campaña, nunca habrías votado?
¿Duele menos la traición de los tuyos que las decisiones del contrario?
No lo sé. Pero a mí me jode más que me traten de idiota.
Porque cuando tienes enfrente a alguien que hace cosas que no te gustan, alguien que no es de tu cuerda, te rebelas y exiges cambios. Pero cuando quienes lo hacen son de los tuyos, lo que provocan es disonancia cognitiva. Y la disonancia se resuelve casi siempre igual: justificando lo injustificable.
Como manifestarse contra el Gobierno siendo vicepresidenta de ese Gobierno. Yolanda Díaz, el 27 de septiembre, en la fiesta del PCE, apoyando la acampada de Sol contra los decretos de vivienda que su propio Gobierno no lograba sacar adelante:
«La derecha que se retrate votando y nosotros movilizándonos».
ObedienciaDe la polarización a los soldados
Ya no es solo la polarización de la sociedad. Es la transformación de una sociedad en soldados acríticos y obedientes.
Y yo creía que, como sociedad, habíamos dejado claro en los juicios de Núremberg que la obediencia no puede estar por encima de la humanidad. Lo dice el Principio IV que la ONU formuló en 1950:
«El hecho de que una persona haya actuado en cumplimiento de una orden de su Gobierno o de un superior jerárquico no la exime de responsabilidad conforme al derecho internacional, si efectivamente ha tenido la posibilidad moral de opción». Principios de Núremberg, Comisión de Derecho Internacional de la ONU (1950).
Por mucho que sean los tuyos.
La superioridad moralLos buenos por definición
El «que viene el Coco» funciona porque se apoya en una idea muy arraigada: la izquierda son los buenos. ¿De dónde sale?
En la Asamblea francesa, los contrarios al veto del rey se sientan a la izquierda. Desde entonces, la izquierda se identifica con el «progreso».
Gramsci teoriza la hegemonía cultural: ganar el sentido común antes que el poder.
En España, el antifranquismo da a la izquierda una legitimidad que, como escribió ABC, «valía para perdonar cualquier cosa». De los GAL a Filesa.
Lo reconoce hasta un autor de izquierdas, Ignacio Sánchez-Cuenca, en La superioridad moral de la izquierda (2018): «tener razón es muy difícil de gestionar». Y Andrés Trapiello lo resumió así: «La izquierda se considera moral y culturalmente superior a la derecha porque cree que la cultura es cosa de izquierdas».
La psicología también lo ha estudiado. Según Jonathan Haidt y sus colegas (2012), cuando se pide a la gente que adivine los valores morales del bando contrario, los progresistas son los que más se equivocan. Y un estudio con población española (2025) encontró que incluso las personas de derechas ven más morales las causas de izquierda.
Pero la historia no respalda esa superioridad. Las ideologías de extrema izquierda han sido tan culpables como las de extrema derecha de millones de muertes:
El nazismo exterminó a 6 millones de judíos y a millones de personas más. Ningún extremo tiene autoridad moral para dar lecciones.
¿Socialdemocracia?Lo que se ha hecho en su nombre
Lo que más me molesta no es que la izquierda se crea superior. Es que se lo crea mientras gobierna en contra de los principios que dice defender. Algunos ejemplos de lo que la socialdemocracia clásica defendería y aquí no se ha hecho:
Vivienda pública. La vivienda social es el 1,2-2,5 % del parque en España. En Dinamarca, el 21 %.
Impuestos justos. El IRPF no se ajusta a la inflación: pagas más aunque tu sueldo real baje. En 2025, 2.300 millones extra, según la propia Hacienda.
Igualdad ante la ley. Amnistía a cambio de votos. El propio Tribunal Constitucional, aunque la avaló, anuló dos artículos por vulnerar la igualdad.
Solidaridad entre territorios. Perdón de 83.252 millones de deuda autonómica y «financiación singular» para Cataluña. Emiliano García-Page, del PSOE, la llamó «el mayor daño a la ideología del PSOE de su historia».
Instituciones neutrales. El CIS de Tezanos, exmiembro de la dirección del PSOE, sobreestimó a la izquierda en 41 de 42 elecciones. RTVE se cambió por decreto ley para nombrar a su consejo por mayoría simple, y Bruselas habla de «injerencia política».
Cuentas públicas. Ni un solo presupuesto en toda la legislatura.
Familias. La Ley de Familias, bloqueada en el Congreso desde 2024.
Ni Venezuela ni Dinamarca
Seamos justas con los datos: los tres grandes índices de calidad democrática (The Economist, V-Dem y Freedom House) siguen considerando a España una democracia plena. Venezuela es una autocracia. No somos Venezuela.
Pero la socialdemocracia que muchos votaban miraba a Dinamarca. Y allí, la socialdemócrata Mette Frederiksen gobierna con superávit (4,5 % del PIB), deuda por debajo del 30 % y una política migratoria tan estricta que en inmigración se ha alineado con Meloni frente a Sánchez.
Mientras tanto, Bruselas le saca a España tarjeta amarilla por la corrupción, los ataques a los jueces, el bloqueo del CGPJ y la injerencia en RTVE.
No somos Venezuela. Pero cada año nos parecemos menos a Dinamarca.
Mi votoFeminismo no vota traidores
En las municipales de 2023 fui a votar con una camiseta que decía: «mujer: hembra humana adulta». Ese era mi mensaje, aunque ninguna papeleta lo recogiera.
Más de 100 colectivos feministas pidieron entonces no votar a PSOE, Podemos ni Sumar, con el lema #FeminismoNoVotaTraidores, por la ley del «solo sí es sí», la ley trans y la abolición de la prostitución que nunca llegó.
En las generales de julio, el feminismo que yo defiendo ni siquiera estaba en las papeletas. El Partido Feminista de España, de Lidia Falcón, había sido expulsado de Izquierda Unida en febrero de 2020 precisamente por ser crítico con la ley trans.
Es decir: la izquierda traicionó a uno de los partidos feministas más antiguos de España, fundado en 1977. A su presidenta, una mujer que fue detenida hasta siete veces y torturada durante el franquismo por defender la libertad, se la acabó tachando de «terf» y de «facha», e incluso fue denunciada por delito de odio. La Fiscalía archivó la denuncia: era libertad de expresión.
Torturada por el franquismo. Expulsada por la izquierda.
Así que escribí en mi papeleta: «Feminismo no vota traidores».
Hace años que me desengañé de quienes, diciendo que estaban «de mi lado», gobernaron en mi contra. Lo conté en Demasiado feminista. Así que no: lo de «que viene el Coco» a mí hace muchos años que me caducó.
Prefiero luchar y criticar, como lo he hecho desde que empecé a hacer política, a quienes a priori están alejados ideológicamente de mí. Me preocupa más que me gobierne gente que quiere cargarse la separación de poderes o que intenta que el cuarto poder sea su altavoz político para las masas.
Huérfana de partido, no de valores
No sé qué voy a votar este 29N. Pero tengo meridianamente claro a quién no voy a votar.
Evidentemente, no votaré a quienes no comparten mi ideología. Pero menos aún a quienes pretenden utilizarme disfrazándose de lo que tengo claro que no son.
Igual toca votar en blanco, masivamente, para que de una vez llegue el mensaje a una clase política más interesada en el escaño que en nuestro bienestar.
Sé que el voto en blanco no deja escaños vacíos: cuenta como voto válido y solo complica la entrada a los partidos pequeños. Pero existe hasta un partido para eso: Escaños en Blanco. Nació en 2011 con una única propuesta: si obtiene escaños, los deja vacíos y renuncia a las subvenciones. Un asiento vacío en el Congreso es el mensaje más claro que se le puede mandar a quien solo quiere ocuparlo.
Prefiero criticar a quien está lejos de mí que vivir con la vergüenza de apoyar a quien me mea encima y me pide que diga qué bonita es la lluvia.
— Nohemí Hervada
