Y TÚ MÁS no es una respuesta.
Cuando alguien no puede rebatir lo que le preguntas, ataca a quien pregunta. Se llama falacia ad hominem, y en España se ha convertido en la forma habitual de hacer política.
Mi padre me llamaba «abogada de pleitos pobres». Supongo que en parte es mi carácter innato y en parte mis experiencias de vida: soy de las que saltan ante una injusticia aunque no vayan conmigo. He intentado evitarlo, créeme, porque dar la cara tiene un precio y casi siempre acabas sola. Pero es superior a mí: me cuesta callarme.
Mientras fui creyente, las injusticias del mundo me pesaban menos. Ya se encargaría Dios. Pero cuando abandoné mis creencias, ya no había «primo de Zumosol» al que reclamar. Asumí que lo de aquí nos toca arreglarlo a los de aquí. Sobre todo si te preocupa el mundo que dejas a tus hijos.
Ruth Bader Ginsburg decía que las mujeres tenemos que estar en todos los lugares donde se toman decisiones. No solo donde se recogen ideas, sino donde se actúa. Así que empecé a interesarme por la política y a observar los lugares donde se deciden las cosas en mi país. Me aficioné a ver las intervenciones en el Congreso y, últimamente, las comisiones de investigación del Senado, que se suelen retransmitir enteras en YouTube.
Y lo que he visto lo resumo así: aquí casi nadie responde a lo que le preguntan. Y cuando no puedes responder, atacas a quien pregunta.
De las comisiones del Senado, de quién responde y quién esquiva, y de por qué en España no dimite nadie, hablaré en la segunda parte. Hoy quiero centrarme en otra cosa: el insulto como argumento.
Lo que hay detrásQué es la falacia ad hominem
Una falacia es un argumento que parece válido pero no lo es. La falacia ad hominem («contra la persona», en latín) consiste en atacar a quien hace un argumento en lugar de responder al argumento. Tiene tres versiones, y las tres se ven cada semana en el Congreso:
- La abusiva: el insulto. «Usted es un corrupto, un traidor, un indecente». No responde a nada; solo descalifica.
- La circunstancial: tu familia, tu pasado, tus amistades. «Usted no puede hablar de esto porque su hermano, su suegro, su foto con tal persona…». Puede que lo que digas sea cierto, pero sigue sin contestar a la pregunta.
- La «tú también» (tu quoque): el «y tú más». «¿Corrupción? Mire usted su partido». Que el otro haya hecho algo mal no convierte en bueno lo que hiciste tú.
Atacar al que pregunta no responde a la pregunta.
El «y tú más», en directoNo es de un partido. Es de todos.
Si piensas que esto es cosa de un solo bando, mira el catálogo. Están todos:
En la investidura de Rajoy, Gabriel Rufián llama «traidores» a los diputados socialistas por abstenerse, habla del «PSOE Iscariote» y califica a Susana Díaz de «cacique».
En la investidura de Sánchez, las cámaras captan a Isabel Díaz Ayuso, desde la tribuna de invitados, diciendo «hijo de puta» cuando Sánchez alude a ella. Su equipo dijo primero que había dicho «me gusta la fruta». Después lo reconoció y lo justificó como «lo mínimo» que merecía.
En la misma investidura, Santiago Abascal compara a Sánchez con Hitler y le acusa de dar un golpe de Estado. Se niega a retirarlo y sale del hemiciclo con su grupo sin escuchar la réplica.
En el debate sobre la comisión de la «Operación Cataluña», Míriam Nogueras llama «personas indecentes que deberían ser cesadas» a jueces como Pablo Llarena, a mandos de la Guardia Civil y a periodistas, y pide «poner nombres y apellidos». Señalar a personas concretas en vez de debatir los hechos.
Feijóo pregunta por el caso Koldo. Sánchez no contesta: le exige que pida la dimisión de Ayuso, le recuerda su relación con el narcotraficante Marcial Dorado y remata: «Antes de hablar de ejemplaridad y de corrupción, tápese un poco». La prensa lo resumió como una fiesta del «y tú más».
En una sola sesión de control: Feijóo llama a Sánchez «lobo de la manada corrupta», Sánchez llama al PP «enciclopedia de corrupción» y Abascal le llama «corrupto y traidor» y se va sin escuchar la respuesta.
Tras la comparecencia de Sánchez en el Senado, Jorge Buxadé critica, con razón, sus «risitas y bromitas»… y en la misma declaración dice que ante el juez Peinado estuvo a punto de «hacerse caquitas». Criticar la falta de nivel bajando el nivel.
Ione Belarra llama «despreciable» a Juan Roig, presidente de Mercadona, desde la tribuna del Congreso. Antes ya había llamado «corrupto» al juez García-Castellón, que la demandó.
Otra pregunta de Feijóo sobre corrupción. Respuesta de Sánchez: «Si quiere usted mirar a la corrupción, mírese al espejo».
Fíjate en el patrón: alguien pregunta algo concreto y la respuesta habla de otra persona. Del rival, de su familia, de su partido, de su pasado. Nunca de lo que se ha preguntado.
El caso extremoUn ministro que insulta a ciudadanos
Si hay alguien que ha convertido la falacia ad hominem en estilo propio, es el ministro de Transportes, Óscar Puente, en su cuenta de X. Y lo grave no es solo con quién se pelea, sino que ya no se limita a otros políticos:
- Junio de 2024. El activista y periodista Vito Quiles le acusa de usar el coche oficial para ir a un concierto. Puente responde que la matrícula era de un vehículo policial, y lo hace así: «Te lo voy a volver a explicar, saco de mierda», añadiendo que se encargaría personalmente de que lo pagara «caro».
- Febrero de 2025. Tras la cumbre de Patriots en Madrid, publica una foto de Santiago Abascal con los zapatos rodeados en rojo y se burla de su físico: la barba para disimular que «no tiene barbilla», que va de puntillas porque Le Pen es más alta, las camisas pequeñas para «lucir musculitos»… y remata con su «cerebro vacío» y un «ACOMPLEJADO de manual». Más de 6 millones de visualizaciones. Ni una sola idea rebatida: solo su cuerpo.
- Julio de 2025. Llama a Feijóo «el personaje más inmoral que ha pasado por nuestra política» y vuelve a sacar su amistad con un narcotraficante.
- Agosto de 2025. En plena oleada de incendios, usa X para atacar a Mañueco y a Juanma Moreno por no estar donde, según él, debían estar.
- Su justificación: lo que él llama la «ley del embudo», es decir, que al PP se le permite insultar y a los socialistas no. Es la versión «tú también» en estado puro.
Puede que Vito Quiles no te guste. A mí no me hace falta que me guste nadie para ver el problema: un ministro no es un ciudadano más. Es el Gobierno de España hablándole a un ciudadano. Y si un ministro puede llamar «saco de mierda» a alguien que le critica, ¿qué le queda al resto?
Doble vara¿Odio? Depende de quién
En marzo de 2026, el Gobierno presentó HODIO («Huella del Odio y la Polarización»), una herramienta para medir los discursos de odio y la polarización en Instagram, TikTok, X, YouTube y Facebook, con un ranking semestral de plataformas. El mensaje fue claro: las redes tendrán que rendir cuentas por el odio que permitan.
Seamos precisos: no es lo mismo odiar que insultar. El delito de odio existe por algo, y todos entendíamos para qué servía: proteger a personas atacadas por lo que son. Llamar «saco de mierda» a alguien no es un delito de odio. Pero fíjate en lo que dice el nombre de la herramienta: odio y polarización. Y ahí la incoherencia salta a la vista:
- Un Gobierno que quiere medir la polarización en redes tiene a uno de sus ministros entre las voces más polarizadoras de X.
- Se exige a las plataformas que rindan cuentas por lo que publican otros, mientras nadie rinde cuentas por lo que publica un ministro con su nombre y su cargo.
- Se habla de convivencia en los foros, y en el Congreso y en X el insulto es lenguaje cotidiano.
Y hay algo más, y esto es opinión mía: tengo la sensación de que el concepto de odio se ha ido ensanchando hasta servir para callar a quien discrepa. Lo he vivido en primera persona: en debates donde defender con hechos y evidencia algo tan básico como una definición se ha llegado a tachar de odio. Cuando cualquier desacuerdo con una causa se etiqueta como odio, la palabra deja de proteger a nadie y empieza a servir de mordaza.
Si te nombras guardián contra el odio, el primer paso es no insultar tú.
Es la vieja historia de quien se coloca en el «lado correcto de la historia»: desde ahí, el insulto propio es ingenio y el ajeno es odio. Y eso, otra vez, vale para todos los que se ponen la etiqueta de buenos, se sienten en el banco que se sienten.
Por qué importaDebatir es como negociar
Me dedico, entre otras cosas, a enseñar a negociar. Y hay una regla que aplico siempre: no te puedes sentar a negociar con quien no quiere negociar. Lo conté en el post sobre democracia: una de las patas de la democracia es aceptar que pierdes.
Con el debate pasa lo mismo. Hacer política implica tres cosas:
- Escuchar la pregunta o el argumento del otro.
- Rebatirlo con datos y razones, no con su biografía.
- Aceptar cuando el otro tiene razón, o cuando te lo demuestra.
Lo que vemos es justo lo contrario: no se escucha, no se rebate, y nadie concede nada nunca. Se esquiva, te cambian de tema, se van por peteneras. Y la bancada aplaude, el vídeo se hace viral y nadie paga ningún precio. El único que pierde es quien quería una respuesta: tú.
Por eso te propongo algo para el próximo debate o la próxima sesión de control que veas. Hazte estas preguntas:
- ¿Ha respondido a lo que le preguntaron, o ha hablado de otra cosa?
- ¿Ha rebatido el argumento, o ha atacado a la persona que lo hacía?
- ¿Ha aportado algún dato, o solo un adjetivo?
- ¿Me parecería igual de mal si lo hubiera dicho alguien del partido que no voto?
La última es la más incómoda. Y la más importante.
El aplauso también es nuestro
Y ahora la parte incómoda: esto no es solo cosa de ellos. Cuando el zasca lo da uno de los nuestros, lo compartimos, nos reímos y sentimos una especie de orgullo: «¡qué repaso les ha dado!». Y casi nunca nos preguntamos si ha respondido a algo.
A mí me lo dijeron literalmente: «Sánchez se los ha merendado a todos». Fui a ver aquella comparecencia en el Senado. Y lo que vi no fue a alguien ganando un debate, sino a alguien que no respondía. Pero eso te lo cuento en la segunda parte.
Mientras el insulto dé más aplausos que una buena respuesta, seguirán insultando. Y esos aplausos también son nuestros.
No les pido que se caigan bien. Les pido que respondan. Y a nosotros, que dejemos de aplaudir cuando no lo hacen.
— Nohemí Hervada
