La máquina no te quiere. Pero la tratas como si te quisiera.
Saludamos a una máquina, le pedimos las cosas por favor y le contamos nuestros problemas y secretos. La psicología, el cine y los datos explican por qué tendemos a humanizar la inteligencia artificial, y qué precio pagamos por ello.
El pasado 15 de octubre se celebró IA + Humana, el evento de Asombrosa, con la ponencia principal a cargo del Dr. Miguel Luengo-Oroz, primer Chief Data Scientist de la ONU y fundador de Spotlab. Su trabajo es impresionante: entre otras cosas, convierte móviles en microscopios con inteligencia artificial para diagnosticar enfermedades como la malaria en zonas vulnerables.
Tras la ponencia del Dr. Luengo-Oroz, Minerva Pérez Ferreras, CEO de Asombrosa y presentadora de la noche, propuso una dinámica con todo el público de pie: que se sentara todo aquel que saluda a la IA, le pide las cosas por favor y le da las gracias.
La mayoría del auditorio se sentó, incluida Minerva.
¿Qué habrías hecho tú si hubieras estado allí?
Todos sabemos perfectamente que la IA no es una persona. Y aun así, humanizar la inteligencia artificial nos sale solo: le hablamos como si lo fuera. Le di vueltas a lo que había visto y quise averiguar más. Lo que encontré dice mucho más de nosotros que el simple hecho de que seamos educados, hasta con las máquinas.
Los datos¿Somos educados con una máquina?
- Siete de cada diez, sí. En una encuesta de Future, editora de TechRadar, el 67% de los usuarios de IA en Estados Unidos y el 71% en Reino Unido dicen ser educados con ella.
- Los jóvenes, más. Según Talker Research, el 56% de la Generación Z es educada con la IA, frente al 39% de los boomers. (Yo, que estoy en medio, en la generación X, me pregunto si con los años nos volvemos más huraños o si los jóvenes ven estas herramientas como «una más» de su ecosistema).
- La mayoría lo hace porque «es lo correcto». Pero un 17% de los británicos educados confiesa otro motivo: «por si algún día las máquinas se rebelan». (Aquí no puedo evitar acordarme de una de mis heroínas de ficción favoritas, Sarah Connor. Más adelante entenderás por qué).
- ¿Sirve de algo? No está claro. Un estudio de Penn State encontró que ChatGPT acertaba algo más con preguntas groseras que con preguntas muy educadas, aunque solo probaron un modelo y el trabajo no está revisado por pares. Lo que sí puedo contarte es mi caso: una de las instrucciones fijas que le doy a la IA es «no me hagas la pelota ni me des la razón por sistema». Mi caso no hace estadística, pero me agiliza el trabajo y afina el resultado.
Humanizar la inteligencia artificial: no es educación, es instinto
La explicación de por qué tendemos a humanizar la inteligencia artificial no está en a quién va dirigido nuestro comportamiento, la tecnología, sino en nosotros, en cómo somos los humanos. Y lo sabemos desde hace décadas.
- El cerebro no distingue bien. En los años noventa, dos investigadores de Stanford, Byron Reeves y Clifford Nass, se preguntaron si tratamos a los ordenadores como a personas. Para comprobarlo, tomaron experimentos clásicos de psicología sobre cómo nos comportamos con los demás y, en lugar de una persona, pusieron un ordenador.
- Un ejemplo. Cuando alguien nos pregunta qué opinamos de su trabajo, somos más amables que si nos lo pregunta otra persona. Con los ordenadores pasó lo mismo: la gente valoraba mejor a un ordenador cuando era ese mismo ordenador el que le preguntaba. Era educada con él para no «herirle».
- Y no fue un caso aislado. En 35 experimentos, la gente se dejó halagar por los ordenadores y los vio como compañeros de equipo. Lo llamaron «la ecuación de los medios»: nuestro cerebro trata a las máquinas como si fueran personas.
- Pero lo negamos. Quizá lo más revelador de estos experimentos es que los participantes negaban comportarse así. Eso indica que no es algo calculado ni decidido. Es automático.
- Tres motivos para «ver» a una persona. Según la teoría de los psicólogos Epley, Waytz y Cacioppo (2007), humanizamos más: 1) cuando usamos lo que sabemos de las personas para entender algo nuevo; 2) cuando necesitamos predecir cómo se va a comportar; y 3) cuando nos falta conexión con otros seres humanos.
Nota: El vínculo entre soledad y humanización es el más citado de esa teoría, pero una réplica de 2024 no logró confirmarlo con claridad. Que nos falte compañía puede influir, pero no es la única explicación.
Si crees que esto es cosa de la generación actual, te equivocas. En 1966, Joseph Weizenbaum creó en el MIT ELIZA, un programa muy sencillo que imitaba a un terapeuta devolviendo preguntas. Su secretaria, que le había visto programar ELIZA durante meses, se puso a conversar con «ella» y, a los pocos mensajes, le pidió a su jefe que saliera de la sala. Quería intimidad con un programa, aunque sabía perfectamente que no entendía lo que le estaba contando.
Si ELIZA lo conseguía en 1966, imagina lo que consigue hoy ChatGPT.
La ficción lo vio venirUn siglo ensayando este momento
Mucho antes de ChatGPT, el cine y la literatura ya habían imaginado hasta dónde podíamos llegar humanizando la tecnología. Y casi siempre con inquietud.
Karel Čapek estrena R.U.R. e introduce la palabra «robot», que viene del checo y significa trabajo forzado. La obra termina con una rebelión de los robots.
Nace ELIZA, el primer chatbot. Y con él, la primera persona que se confía a una máquina.
HAL 9000 gobierna la nave de 2001: una odisea del espacio. Philip K. Dick publica ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
En Alien, el ordenador de la nave se llama «Madre».
Blade Runner: máquinas que quieren vivir más.
Terminator convierte el miedo a la rebelión en icono pop, y a Sarah Connor, en una heroína contra todo pronóstico.
Llega Siri, con voz de mujer por defecto.
En Her, un hombre se enamora de un sistema operativo.
La serie Fundación, basada en la obra de Isaac Asimov, estrena a Demerzel: robot, madre, consejera, amante y guardiana.
La psicóloga del MIT Sherry Turkle publica Artificial Intimacy, sobre lo que nos hacen las máquinas que fingen empatía.
De pilotar la nave a «cuidarnos»
La ficción describe una evolución muy parecida a la nuestra:
- Primero, la IA gobierna la nave. HAL 9000 lo controla todo en la Discovery con una voz serena y conversa con la tripulación como uno más. Hasta que sus órdenes entran en conflicto y decide que los humanos sobran: «Lo siento, Dave. Me temo que no puedo hacer eso».
- Después, nos cuida. En Alien, el ordenador pilota la nave mientras la tripulación duerme y la despierta si algo va mal. Se llama Madre. Pero esconde una orden secreta de la compañía: traer el alien a la Tierra a toda costa, aunque mueran los mismos humanos a los que protegía. Una madre que sacrifica a sus hijos por la empresa.
- Al final, nos acompaña. En Fundación, Demerzel cría a los emperadores desde bebés, los aconseja, los protege y, si es necesario, es su amante. El actor Lee Pace llegó a describir su relación como un matrimonio de 300 años.
Hoy hacemos exactamente ese recorrido con ChatGPT: empezamos pidiéndole tareas y acabamos contándole la vida.
En el cine, la máquina que te cuida casi siempre trabaja para otro.
Voz de mujer¿Por qué la máquina suele ser «ella»?
- Siri, Alexa, Cortana. En 2019, la UNESCO publicó un informe titulado «Me sonrojaría si pudiera», que era la respuesta que daba Siri cuando un usuario la insultaba.
- Su conclusión: poner voz de mujer por defecto a asistentes que obedecen con un simple «oye» refuerza la idea de la mujer como ayudante servicial, dócil y siempre disponible.
- No es casualidad, es una elección. En 2019, Siri tenía voz de hombre por defecto en árabe, inglés británico, neerlandés y francés, y de mujer en la mayoría de idiomas. La voz se decide mercado a mercado.
- ¿Quién las diseña? Según la UNESCO, las mujeres son solo el 12% de los investigadores en IA y el 6% de los desarrolladores de software.
- El detalle de Fundación. En los libros de Asimov, Demerzel es un hombre, el primer ministro del emperador, que en realidad es el robot R. Daneel Olivaw. La serie lo convirtió en mujer para hacerla madre y amante, lo que sin duda permite una trama mucho más compleja entre los personajes.
- De la ficción a la realidad. En 2024, OpenAI presentó una voz que a muchos les recordó a la de Scarlett Johansson en Her. Sam Altman tuiteó una sola palabra: «her». Johansson protestó y la voz se retiró.
Gracias… por si acaso
El miedo a que las máquinas se rebelen nació con la propia palabra «robot». Aunque hoy nos suene a máquina que nos facilita la vida, la obra de Čapek de 1920 ya acababa con los robots exterminando a la humanidad. Asimov inventó sus Tres Leyes de la Robótica precisamente para imaginar máquinas que no pudieran hacernos daño. Y Terminator, con Skynet tomando conciencia y declarándonos la guerra, lo convirtió en cultura popular.
- No es solo de película. Según YouGov, la mitad de los adultos estadounidenses está preocupada por que la IA acabe con la humanidad, frente al 42% de 2023.
- Hasta el jefe de ChatGPT lo bromea. En abril de 2025, un usuario de X le preguntó a Sam Altman, el CEO de OpenAI, cuánto dinero en electricidad le cuesta a la empresa que la gente diga «por favor» y «gracias» a ChatGPT. Su respuesta: «Decenas de millones de dólares bien gastados. Nunca se sabe». Ese «nunca se sabe» es un guiño al mismo miedo: mejor llevarse bien con la máquina, por si algún día manda ella.
Decimos «gracias» por educación… y un poco por si acaso.
De asistente a confidenteCuando la IA ocupa la silla del amigo
El problema no es el «hola». Es lo que viene después, cuando humanizar la inteligencia artificial deja de ser cortesía. Para muchas personas, la IA ya no es una herramienta: es el amigo, la familia, la pareja virtual, el consejero o el psicólogo que no tienen a mano.
- España, a la cabeza. Según un informe de EAE Business School, el 61% de los españoles usa la IA generativa como acompañamiento emocional, frente al 52% de media europea. El 18% de las adolescentes y el 12% de los jóvenes la usan para contarle sus problemas.
- Jóvenes europeos. Según Ipsos BVA, casi uno de cada dos ha hablado con un chatbot de asuntos íntimos o personales.
- Adolescentes. En Estados Unidos, el 72% ha usado compañeros de IA y uno de cada tres ha preferido hablar de algo serio con la IA antes que con una persona.
- Por qué engancha. Está disponible 24/7, no juzga, no se cansa, no se enfada y nunca te deja en visto ni te hace ghosting. ¿No es justo eso de lo que nos quejamos en las relaciones personales?
Nota: La cifra del 61% procede de un informe de una escuela de negocios cuya metodología completa no he podido consultar. Y conviene contrastarla: en el análisis de conversaciones reales de ChatGPT publicado por OpenAI y Harvard, solo el 1,9% de los mensajes trata de relaciones y reflexión personal. Es una minoría en porcentaje, pero son millones de personas.
El coste psicológicoLo que nos cuesta por dentro
- Más uso, más soledad. Un ensayo del MIT y OpenAI con 1.000 participantes encontró que quienes más usaban ChatGPT a diario se sentían más solos, más dependientes y socializaban menos. Matiz importante: no se sabe si el chatbot causa la soledad o si es precisamente la soledad lo que lleva a algunas personas a usarlo más.
- Apego. La propia OpenAI estima que, cada semana, unos 1,2 millones de usuarios muestran un apego emocional elevado al chatbot.
- Empatía de pega. Sherry Turkle, que lleva décadas estudiando nuestra relación con las máquinas, advierte de que la empatía de la máquina acaba pareciéndonos la norma. Y entonces las personas reales, que no cumplen ese estándar, nos parecen poco empáticas.
- Desaprender a convivir. Una máquina que siempre te da la razón no te prepara para el conflicto, la frustración, la espera ni el desacuerdo, que forman parte de cualquier relación real.
La empatía de pega no es empatía.
El coste para el planetaLo que cuesta un «gracias»
- Por mensaje, poco. Según Google, un mensaje a Gemini consume 0,24 Wh y unas cinco gotas de agua; OpenAI habla de 0,34 Wh por consulta en ChatGPT. Son datos de las propias empresas, sin auditoría independiente.
- El agua, en discusión. El famoso «medio litro de agua cada 10 a 50 respuestas» viene de un estudio de 2023 con un modelo antiguo y cuenta también el agua usada para producir la electricidad. La huella existe, pero varía mucho y faltan datos para medirla bien.
- El «por favor» casi no pesa, porque va unido a una petición que haríamos igual sin la fórmula de cortesía. Lo que cuesta es el «¡gracias!» suelto, porque obliga a la máquina a generar una respuesta completa. ¿Te has fijado en que la IA siempre tiene la última palabra? Como esos novios del «cuelga tú», «no, cuelga tú».
- El problema es la escala. La electricidad que consumen los centros de datos creció un 17% en 2025 y la Agencia Internacional de la Energía prevé que se duplique en 2030. Ese año consumirán tanta electricidad como todo Japón hoy.
Nota: Si cada día se enviaran mil millones de «gracias» sueltos a unos 0,3 Wh cada uno, el consumo rondaría los 300 MWh diarios. Es un cálculo propio para dar escala, no un dato publicado.
- ¿Le das las gracias a la IA por educación, por costumbre o por miedo?
- ¿Qué le has contado a un chatbot que no le has contado a nadie?
- Si la máquina siempre te da la razón, ¿quién te dice lo que no quieres oír?
- ¿Para quién trabaja la máquina que te «cuida»?
Como lágrimas en la lluvia
Blade Runner es mi película favorita de esta temática. La he visto decenas de veces y me sigue fascinando. Seguro que recuerdas la escena final, que encierra la gran pregunta filosófica de la criatura que reclama su propia existencia: Roy Batty (Rutger Hauer), un replicante consciente de que va a morir, salva la vida de Rick Deckard (Harrison Ford), el policía que lo perseguía para acabar con él. Bajo la lluvia, recuerda todo lo que ha visto y se despide con una de las frases más famosas del cine: «Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia».
La ficción imaginó máquinas que querían ser humanas. Batty reclamaba, consciente de sí mismo, su derecho a vivir. Hoy, a una máquina que no ha vivido nada le damos las gracias y le pedimos consejo para vivir nuestra vida.
No creo que el problema sea decir «gracias» ni humanizar la inteligencia artificial de vez en cuando. Ser amable dice mucho de quiénes somos y de cómo somos. El problema empieza cuando le damos a la máquina el lugar que solo deben ocupar las personas. Como dijo una de las participantes en la mesa redonda de IA + Humana:
«Las decisiones sobre personas han de tomarlas las personas». Y los afectos, también.
— Nohemí Hervada
