LA ESPAÑA Y LA ANTIESPAÑA una bandera, dos trincheras.
En Chile, poner la bandera es una fiesta. En España, una declaración de guerra. Conviene preguntarse por qué, y a quién le renta que estemos a la greña.
El año pasado estuve en Chile justo en la semana de las Fiestas Patrias. Era mi tercer viaje a ese país, pero la primera vez en esas fechas. Fue alucinante ver todo el país (estuve en tres ciudades distintas) lleno de banderas y vivir ese ambiente festivo generalizado. Banderas en las casas, en los coches, en las tiendas, en los puestos de empanadas. Todo el país vestido de rojo, blanco y azul.
Allí, además, es obligatorio izar la bandera el 18 y el 19 de septiembre, y Carabineros puede multar a quien no lo haga con entre unos 69.000 y 346.000 pesos chilenos (aproximadamente, de 65 a 330 euros). Pero nadie con quien hablé lo vivía como una imposición.
«Si son las fiestas patrias, ¿cómo no vamos a querer celebrar la patria?» Me preguntaron si en España no era así, e imaginadme intentando explicarles qué nos pasa a los españoles con la bandera.
Me preguntaron cuál era nuestra fiesta patria… y ahí ya casi cortocircuito.
Yo nunca me he sentido muy apegada a ningún símbolo patriótico. Era de las que creían que «los cristianos no tienen patria ni bandera».
Y aun así:
Cuando veía algún evento deportivo internacional, como una final importante o las Olimpiadas, y ganaba España o algún deportista español, me emocionaba al oír el himno con la bandera detrás.
Cuando estando en el extranjero te encuentras con un bar de tapas con la bandera española y sonríes pensando en «casa».
Ahora escribo este artículo en un momento en el que casi todo se vive en clave de bandos. Y la bandera, en España, es el bando más visible de todos.
En España, una bandera en el balcón no dice «me gusta mi país». Dice «soy de los otros».
Cui prodest¿A quién le renta la trinchera?
La polarización no es solo pensar distinto. Los estudios distinguen la ideológica (lo lejos que están las ideas) de la afectiva (lo mucho que detestas al de enfrente). España tiene niveles altos de polarización afectiva. Y un dato que me parece clave: una investigación de la UAB demuestra que creer que el país está muy polarizado aumenta el odio al adversario, aunque la distancia real entre partidos sea menor de lo que creemos.
Traducido: nos odiamos más de lo que discrepamos. Y a varios les viene de maravilla.
A los partidos. Un votante con miedo al otro bando no te pide cuentas: te vota para que no ganen «ellos». La trinchera sustituye al programa. El odio moviliza más que el programa.
A las plataformas. La indignación genera clics, comentarios y tiempo de pantalla. El algoritmo no premia el matiz. Adivina cuáles son mis posts más vistos.
A potencias de fuera. Una sociedad dividida decide más lento y confía menos en sus instituciones. No es una teoría: este mismo mes se ha documentado cómo cuentas extranjeras avivaron en redes las protestas de Francia.
A los que viven de la tertulia. El enfrentamiento llena horas de programa. El acuerdo no da audiencia. Y a más agresividad, más audiencia.
¿Cuántas veces te has indignado esta semana con algo que viste en redes y no comprobaste?
¿Votas a favor de algo o en contra de alguien?
¿Conoces de verdad a alguien que vote distinto a ti, o solo la caricatura que te han vendido?
Una bandera que no se puede llevar
Y aquí vuelvo a Chile. Porque la polarización tiene en España un termómetro muy visible: la bandera.
Cuando viajas, ves a franceses, italianos o argentinos con la bandera de su país en la maleta, en la mochila, en la funda del móvil. Nadie piensa nada.
Aquí, una pulsera con los colores de la bandera en la muñeca te coloca automáticamente en un bando. «Facha» es la palabra que sale sola.
La única excepción es el fútbol. Solo cuando juega la Selección la bandera deja de levantar ampollas durante noventa minutos. Y si gana, tenemos excusa para salir con ella a la calle y celebrar que somos españoles sin miedo ni vergüenza.
Este verano lo vimos clarísimo. España ganó en julio su segunda estrella en la final del Mundial contra Argentina, y la actriz Macarena Gómez subió un vídeo pintándose la bandera en la cara, camino de ver el partido, y se echó a llorar. Explicó que lloraba de emoción porque por fin todos los españoles pueden estar unidos por algo, olvidándose de tanto mal rollo y tanto odio.
Que llorar por pintarte la bandera de tu país sea noticia ya es la noticia.
Un poco de historiaCómo llegamos hasta aquí
Carlos III elige la rojigualda como pabellón de la Marina, para que los barcos españoles se distinguieran en el mar.
Isabel II la convierte en bandera de todo el país.
La Segunda República adopta la tricolor, con franja morada.
El franquismo recupera la rojigualda con su águila y la convierte en símbolo del régimen. Aquí nace la herida: un símbolo de todos usado como símbolo de un bando.
La Constitución consagra la rojigualda y en 1981 se aprueba el escudo actual, sin águila. Es la bandera de la democracia, pero la memoria tarda más que las leyes.
El Mundial de Sudáfrica llena los balcones. Por unas semanas, la bandera es de todos.
Tras el 1 de octubre en Cataluña, la bandera vuelve a los balcones, pero esta vez como respuesta política.
Segunda estrella. Otra vez, la bandera en la calle. Y otra vez, solo porque jugaba la Selección.
El Real Instituto Elcano lo describió hace años sin rodeos: tras la dictadura, exhibir una bandera española pasó a ser indicador de ideología conservadora, y hasta la palabra «España» resultó sospechosa, sustituida a menudo por «el Estado español», una expresión sin ninguna carga emocional.
Lo que no te cuentanNo es falta de orgullo. Es falta de permiso.
Aquí viene el dato que desmonta parte de mi propia intuición. Los españoles sí estamos orgullosos de serlo:
En una macroencuesta de 2023, el 79,3 % se declaraba muy o bastante orgulloso de ser español.
Casi el mismo porcentaje, un 80,7 %, se sentía orgulloso de su comunidad autónoma.
O sea: la mayoría siente las dos cosas a la vez y no ve contradicción. El problema no está en lo que sentimos. Está en lo que nos atrevemos a enseñar. El orgullo existe, pero vive en privado. Y lo que no se puede mostrar acaba pareciendo que no existe.
Para ser justos: España no es el único caso. Alemania vivió décadas de pudor con su bandera por el peso del nazismo, y fue también un Mundial, el de 2006 en su casa, el que empezó a normalizarla. La diferencia es que allí nadie la usa para señalar al vecino.
La paradojaPatria sí, pero la de otros
¿Será el concepto de patria lo que le chirría a una parte del espectro político de nuestro país?, me pregunto. Pero luego veo cómo se emocionan con el «patria o muerte» cubano o cómo entienden perfectamente el orgullo nacional de los palestinos o de los mexicanos.
Así que no es el concepto genérico. No son las patrias en general, sino, al parecer, la nuestra. Nuestra «querida España», como cantaba Cecilia.
Pero seamos justos también aquí, porque la culpa no es de un solo lado:
La izquierda lo ha intentado. Pedro Sánchez presentó su candidatura en 2015 delante de una bandera gigante, y Podemos hizo de la palabra «patria» parte de su discurso. Se les criticó dentro de su propio espacio.
La derecha se la ha apropiado. Cuando un partido convierte la bandera en su uniforme de mitin, el resto deja de sentirla suya. Y entonces acusa a los demás de no quererla.
Resultado: unos la abandonan y otros la secuestran. Y el ciudadano que solo quería ponerla en la mochila o en su muñeca se queda sin bandera.
Una protesta por la vivienda convertida en guerra de banderas
Lo que ha pasado estas semanas en Sol es el resumen perfecto de todo esto.
El motivo era la vivienda. La acampada empezó el 26 de septiembre tras el desahucio de Maricarmen, una mujer de 87 años. Un alquiler medio se come el 98,7 % del sueldo medio de un joven. Pocas causas hay más transversales.
El 12 de octubre, tras el desfile, llegaron grupos de jóvenes, muchos de ellos menores, con banderas de España, algunas preconstitucionales, y también de Falange, cantando el «Cara al sol». La acampada respondió con una cadena humana y consignas antifascistas. La policía tuvo que montar un cordón: dos detenidos y un agente herido.
El problema no es la bandera: es para qué se usa. Y sobre todo, contra quién, por llevarla o por negarla.
De lo que pasó ese día, seguro que has visto vídeos. Media España se escandaliza por lo que la otra media aplaude. En ambos sentidos. Y lo peor: AFP verificó que varios vídeos virales sobre la acampada estaban hechos con inteligencia artificial. Pero el daño ya estaba hecho.
¿Cuántos de los vídeos de Sol que te indignaron eran reales?
¿Y cuántos tenían el contexto completo?
Mientras discutimos de banderas, nadie habla de lo realmente importante. Y eso le viene muy bien a más de uno.
El otro orgulloLa senyera sí, la rojigualda no
Y toca hablar de cómo influyen las autonomías en la identidad de un país. Una ikurriña, una senyera o una bandera canaria en un balcón se leen como amor a la tierra. La bandera de España en el mismo balcón se lee como provocación.
El independentismo ha tenido mucho que ver: durante años ha construido su identidad contra España, no solo a favor de lo propio. Y eso ha calado más allá de sus votantes: la idea de que reconocer de dónde eres y estar orgulloso de tu cultura está bien… siempre que no sea la española.
Un ejemplo con nombre y apellidos: Gerardo Pisarello.
2015, Ayuntamiento de Barcelona. En la Mercè, un concejal de ERC colgó una estelada en el balcón; el del PP la quitó y puso la bandera de España. Pisarello, entonces primer teniente de alcalde, acabó retirando las dos, pero la imagen que se hizo viral fue la de él forcejeando para quitar la bandera de España. Él lo justificó después como respuesta a una «imposición» del concejal del PP, y dijo no tener ningún problema con la bandera cuando está «en manos de la gente sencilla».
2019, Congreso de los Diputados. Ya como miembro de la Mesa del Congreso, se publicó que había retirado la bandera de España de su despacho oficial. Preguntado por ello en televisión, en En boca de todos (Cuatro), no lo negó: explicó que en su despacho tiene la bandera de Barcelona y que se considera un diputado «orgullosamente catalán, orgullosamente latinoamericano».
¿Y español? Ante «ciertas formas impositivas de la hispanidad», como las del 12 de octubre, su respuesta fue clara: «Frente a eso no me siento español».
Orgulloso de Cataluña. Orgulloso de Latinoamérica. ¿Español? Depende del día. Sentado en el Congreso de España, el país del que cobra.
Como si querer a tu pueblo y querer a tu país fueran equipos rivales. Cuando el 80 % de la gente juega en los dos.
Las encuestas dicen que en la calle no están enfrentadas. Están enfrentadas en el discurso. Y el discurso lo fabrican los mismos que viven de la trinchera.
Símbolos que unen, usados para dividir
Dentro de un mes votamos. Vas a ver muchas banderas: unas para apropiársela y otras para rechazarla. Vas a ver vídeos que te encienden, titulares que te indignan y cuentas que no sabes de dónde salen. Antes de compartir, pregúntate a quién beneficia que te enfades.
Porque mientras discutimos quién es más patriota y quién es más facha, apenas se habla de lo que de verdad nos afecta a todos: la pérdida de poder adquisitivo. Que el sueldo dé cada vez para menos. Eso está detrás de casi todo, también de la vivienda. Y me parece que buena parte del ruido existe justo para que no hablemos de ello.
Los símbolos acompañan al ser humano desde hace miles de años. Precisamente porque significan cosas: otorgan identidad, cohesión y propósito.
No es casual que se utilicen justo para romper todo eso.
Yo quiero un país donde la bandera vuelva a ser lo que es en Chile, en Francia o en Italia: un trozo de tela que dice de dónde eres, no a quién votas.
Mientras peleamos por símbolos que deberían unirnos, alguien recoge las ganancias.
— Nohemí Hervada
