DEMOCRACIA SÍ, si gano yo.
Nadie se sienta a jugar una partida para cambiar las reglas cuando va perdiendo. En política, cada vez más gente lo intenta. Y algunos, con fuego.
El ayuntamiento de Limoges se inauguró en 1883. Sobrevivió a dos guerras mundiales. El 17 de octubre de 2026 no sobrevivió a una protesta contra el coste de la vida: lo incendiaron y se derrumbó la torre del reloj. El prefecto lo da por «en gran parte perdido».
Ese mismo sábado salieron a la calle en Francia entre 550.000 y 800.000 personas. La inmensa mayoría protestó en paz, con razones que se entienden: institutos sin profesores, clases de 35 alumnos, alquileres imposibles. Unos cientos decidieron que su causa les daba derecho a quemar, saquear y destrozar lo que es de todos.
Y aquí, en España, hay quien lo mira con envidia. De eso va este artículo: de por qué hay gente que cree que la democracia solo vale cuando gana su lado.
Qué es (y qué no es) la democracia
La palabra nace en Atenas hacia el 508 a. C., con las reformas de Clístenes: demos, pueblo; kratos, poder. Pero aquel «pueblo» era muy estrecho. Votaban solo los varones ciudadanos. Las mujeres, los esclavos y los extranjeros residentes se quedaban fuera.
Veinticinco siglos después, la democracia moderna se apoya en tres patas, y ninguna funciona sin las otras:
- Decide la mayoría. Se vota, se cuenta y gana quien suma más.
- Con límites. La mayoría no puede quitarle a la minoría sus derechos básicos. Para eso están la Constitución y la separación de poderes, que ya expliqué en «Fiscalizar al poder no es elegir bando».
- Y aceptando perder. Esta es la pata que más se olvida. El filósofo Karl Popper lo resumió así: la democracia es el sistema que permite echar a un gobierno sin derramar sangre. La contrapartida es que, si te echan a ti, te vas en paz y lo intentas en las siguientes elecciones.
En España las reglas están escritas. La Constitución de 1978 protege el derecho de huelga (art. 28) y la libertad de expresión (art. 20). Y el artículo 21 deja claro cómo se ejerce el derecho a salir a la calle:
«Se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas».
Artículo 21 · Constitución Española
Pacífica y sin armas. Ahí está la frontera exacta.
Nuestro sistema, además, es generoso: no prohíbe ideas, solo conductas. Es lo que los juristas llaman una democracia «no militante». Puedes defender lo que quieras, incluso cambiar la Constitución entera. La Ley de Partidos solo permite ilegalizar a un partido por apoyar la violencia o el terrorismo, no por su ideología. Así se ilegalizó Batasuna en 2003, y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos lo avaló.
La democracia no consiste en ganar. Consiste en saber perder.
La tesisLas reglas no se cambian a mitad de partida
Lo que percibo, en general, es esto. Nos sentamos todos a jugar con unas reglas: se vota cada cuatro años, gana quien reúne la mayoría y quien pierde hace oposición. Mientras vamos ganando, las reglas nos parecen justas. Cuando vamos perdiendo, de repente están amañadas.
- Si gana mi partido, «el pueblo ha hablado».
- Si gana el otro, «la democracia está secuestrada».
- Si la calle me da la razón, «la calle es del pueblo».
- Si la calle se llena contra mí, «son cuatro ultras manipulados».
Eso no es defender la democracia. Es usarla mientras te conviene.
Un sistema imperfecto
Que quede claro: la democracia no es un sistema perfecto. Yo siempre la he llamado «la tiranía de la mayoría», una expresión que popularizó Alexis de Tocqueville en el siglo XIX.
Y sé muy bien de lo que hablo, porque he estado en minoría casi siempre. Fui una niña que practicaba una religión diferente en un país en el que todavía se rezaba el Padrenuestro al entrar en clase. Ahí se aprende pronto que la mayoría no siempre tiene razón. Y también que lo que te protege cuando eres minoría no es la calle: son las reglas que obligan a la mayoría a respetarte.
Así que sí, el sistema tiene defectos que se ven a simple vista.
- Se puede gobernar sin ganar. En julio de 2023 el PP fue el partido más votado, con 137 escaños frente a 121 del PSOE. Gobernó el PSOE, sumando apoyos de partidos con ideologías opuestas entre sí. Es lo que Rubalcaba bautizó en 2016 como «gobierno Frankenstein»: un cuerpo hecho con trozos de muchos cuerpos.
- Se puede pactar con quien juraste no pactar.
- Bildu. En 2015, Pedro Sánchez lo dejó clarísimo: con Bildu no iban a pactar, y se ofreció a repetirlo «cinco veces o veinte». Lo repitió durante años. En 2023, Bildu votó su investidura y hoy es uno de sus socios habituales.
- Podemos. En 2019 dijo que no podría dormir tranquilo con ministros de Podemos en su Gobierno. Dos meses después firmaba la coalición con ellos.
- Puigdemont. En el debate electoral del 4 de noviembre de 2019, Sánchez se comprometió «hoy y aquí» a traer a Puigdemont de vuelta a España para que rindiera cuentas ante la justicia. Cuatro años después, necesitó los siete votos de Junts para seguir en la Moncloa, y lo que llegó no fue el juicio: fue la amnistía.
- Hay quien cuestiona el voto universal. Algunos pensadores, como el estadounidense Jason Brennan en Contra la democracia, proponen que vote solo quien demuestre ciertos conocimientos. Es la vieja idea ateniense con otro traje: votar como privilegio, no como derecho. En España las mujeres no pudieron votar hasta la Constitución de 1931, gracias a Clara Campoamor. Costó mucho llegar a «un ciudadano, un voto» como para regalarlo, aunque eso signifique permitir votar a quien lo hace con nulo criterio político. Una vez más: es mejor otorgar un derecho de más que de menos.
Un apunte: el gobierno Frankenstein se pudo formar legalmente porque nuestra Constitución lo permite. España es una democracia parlamentaria, y el artículo 99 establece que gobierna quien reúne la mayoría del Congreso, no quien queda primero. Nos puede gustar más o menos. Nos puede parecer incoherente, incluso inmoral, después de haber jurado no hacerlo. Pero esas eran las reglas cuando todos nos sentamos a jugar.
Legal es. Otra cosa es que sea éticamente lícito.
Y por eso tampoco valían las concentraciones violentas ante la sede del PSOE en la calle Ferraz en noviembre de 2023. La regla vale igual para todos los bandos.
Se puede debatir cómo mejorar el sistema. Lo que no vale es descubrir sus defectos solo cuando pierdes.
Francia, octubre de 2026Quién quema y quién paga
Las protestas francesas empezaron el 18 de septiembre en los institutos de Créteil, a las afueras de París. Los estudiantes denunciaban falta de profesores, aulas abarrotadas, edificios cayéndose y clases a 40 grados durante las olas de calor. El 17 de octubre se sumaron chalecos amarillos, sindicatos y agricultores. Y la protesta se desbordó.
- Quién estaba detrás de la violencia. El Gobierno francés habla de una «nebulosa muy organizada» de extrema izquierda. El primer ministro, Sébastien Lecornu, describió un patrón inédito: de día actuó la ultraizquierda, y por la noche, la delincuencia común. La táctica más repetida fue la de los black blocs, grupos vestidos de negro y encapuchados que rompen y desaparecen.
- Lo que se destrozó. Unos 1.500 comercios, con daños de varios cientos de millones de euros, según la patronal del comercio. El ayuntamiento de Limoges, ardiendo. En Lyon arrancaron la estatua del chef Paul Bocuse. En Marsella, unos encapuchados derribaron un busto de Marianne, el símbolo de la República. El alcalde de París habló de calles enteras «metódicamente arrasadas».
- Quién lo pagó. Las tiendas de barrio: supermercados de proximidad y tiendas de telefonía, muchas de ellas franquicias de autónomos. No el «sistema». El vecino que levanta la persiana cada mañana.
- El matiz. Hay investigadores franceses que piden no atribuirlo todo a la ultraizquierda, porque informes parlamentarios anteriores también detectaron grupos de ultraderecha en la violencia urbana. Y la extrema derecha de Bardella ya pide declarar terroristas a los antifascistas. Cada bando culpa al otro mientras la calle arde.
Macron lo dijo en una frase: «Nada lo justifica, nada lo explica, nada lo excusa». En eso, por una vez, debería estar de acuerdo todo el mundo.
Mientras tanto, en España«No habrá paz» y otras frases
Seamos justos: ninguna de estas frases llama a quemar nada. La huelga y la manifestación son derechos. Pero léelas juntas y fíjate en lo que tienen en común:
- Manuela Bergerot (Más Madrid), a Ayuso en la Asamblea de Madrid, tras el desahucio y la muerte de Maricarmen: «En las calles de Madrid no va a haber paz». El PP la denunció. Ella dice que no amenazaba, que solo describía lo que hay en la calle, y que no se arrepiente.
- Irene Montero (Podemos): tenemos una «democracia secuestrada» por rentistas y especuladores, y hay que liberarla «paralizando el país con una huelga general».
- Ione Belarra (Podemos): «Estar en el Gobierno no es tener el poder». Y sin gente en la calle, sin huelgas, «tampoco podremos cambiar las cosas».
- Mar Espinar (PSOE de Madrid), defendiendo la acampada de Sol: «La gente tiene derecho a tomar las calles. Las calles, aunque el PP no lo entienda, les pertenecen a ellos».
- Pepe Álvarez (UGT), sobre la huelga general del 11 de noviembre: «Quiero que las calles de mi país revienten de personas».
El hilo común no es la violencia. Es otro, más sutil: el poder de verdad está en la calle, no en las urnas. La democracia está «secuestrada». Gobernar «no es tener el poder». Las calles «les pertenecen».
Y aquí viene el dato que lo cambia todo: hay elecciones generales el 29 de noviembre. La huelga es el día 11. Dentro de unas semanas, cada español podrá decidir con su voto qué Gobierno quiere. ¿Por qué hablar de democracia secuestrada justo cuando está a punto de votar todo el país?
Las calles son de todos. Por eso nadie tiene derecho a quemarlas.
Gratitud selectivaBardem da las gracias
Ese mismo fin de semana, en el Festival de Cine de Roma, le preguntaron a Javier Bardem qué mensaje mandaba a los jóvenes que protestan en Sol, en Francia y en Italia. Respondió:
«Más que mensaje, mando gratitud».
Dijo que esos jóvenes desmontan el mantra de una juventud que no piensa, que sus movilizaciones son un ejemplo de vitalidad y esperanza, y que los mayores tenemos que apoyarlas «como sea», «de todas las maneras posibles». Cuando le preguntaron si lo de Sol había contagiado a otros países, contestó: «Claro que sí», y citó Francia e Italia.
No agradeció los incendios, eso hay que decirlo. Pero tampoco dedicó una sola palabra a la violencia. Ni al ayuntamiento de Limoges, ni a los comercios saqueados, ni a los casi mil agentes heridos.
Bardem mandó gratitud. A Limoges no le mandó nada.
Y hay un detalle revelador. En la misma respuesta, Bardem habló de los jóvenes que, según él, están adoctrinados por los peores ideales. O sea: movilización sí, si es la mía. Exactamente lo mismo que «democracia sí, si gano yo».
La historiaCuando las urnas no gustaron
Esto no es nuevo y no es de un solo bando. La historia está llena de gente que aceptó las reglas hasta el día en que perdió:
La CEDA, de derechas, había ganado las elecciones de 1933. Cuando entró en el Gobierno, el PSOE y la UGT lanzaron una huelga revolucionaria. En Asturias hubo más de un millar de muertos, y Companys proclamó el «Estado Catalán». La izquierda no aceptó el resultado de las urnas.
El Frente Popular ganó las elecciones de febrero. En julio, un golpe militar abrió la Guerra Civil. La derecha no aceptó el resultado de las urnas.
Salvador Allende había ganado las elecciones. Pinochet lo derrocó con un golpe de Estado.
El 23-F, Tejero asaltó el Congreso en plena votación de investidura de un presidente.
El ejército anuló unas elecciones que iban a ganar los islamistas. Siguió una guerra civil.
Un referéndum ilegal, suspendido por el Tribunal Constitucional, y una declaración unilateral de independencia. Saltarse las reglas comunes porque las de todos no daban el resultado deseado.
La noche en que Vox entró en el Parlamento andaluz, Pablo Iglesias proclamó la «alerta antifascista». Hubo concentraciones contra el resultado, algunas violentas. Él mismo reconoció después que fue un error.
Asalto al Capitolio para impedir que se certificara la victoria de Biden.
En Brasilia, los seguidores de Bolsonaro asaltaron las sedes de los tres poderes tras la victoria de Lula. En Madrid, las concentraciones contra la amnistía ante la sede del PSOE en Ferraz acabaron en disturbios.
Medio millón de personas protesta en paz. Unos cientos queman un ayuntamiento centenario.
El historiador y diplomático Salvador de Madariaga dejó escrita una idea que conviene recordar: con la rebelión de 1934, la izquierda perdió la autoridad moral para condenar la de 1936. Quien rompe las reglas cuando pierde le regala al otro la excusa para romperlas también.
- ¿Aceptarías el resultado de unas elecciones si gana el partido que más detestas?
- ¿Te parece igual de grave quemar una calle por una causa con la que estás de acuerdo que por una que odias?
- ¿Quién paga el escaparate roto: el «sistema» o el vecino que abre la tienda cada mañana?
- Si las reglas te parecían justas cuando ganabas, ¿qué ha cambiado ahora, las reglas o el marcador?
Nota: las palabras de Javier Bardem proceden del vídeo de sus declaraciones en la Fiesta del Cine de Roma, recogidas también por varios medios. Las cifras de detenidos y heridos son del Ministerio del Interior francés. La de comercios y daños es una estimación provisional de la patronal del comercio (FCD), sin balance oficial cerrado.
Las reglas son para todos
Protestar es un derecho. Hacer huelga es un derecho. Llenar las calles de gente es un derecho. Pensar que el sistema es mejorable, también: yo lo pienso.
Lo que no es un derecho es quemar lo que es de otros. Ni llamar «secuestrada» a la democracia justo cuando no te da la razón. Ni descubrir que las reglas son injustas el día en que el marcador te va en contra.
Si quieres cambiar las reglas, adelante: hay un camino para eso, y se llama urnas, mayorías y reformas. Ese camino es lento, frustrante y a veces te toca perder. Precisamente por eso funciona.
Si te sientas a jugar, juegas hasta el final. Aunque vayas perdiendo.
— Nohemí Hervada
